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miércoles, 16 de noviembre de 2022

Orar no es sentir a Dios (Jean Danielou)

He encontrado este texto en el libro Contemplación: crecimiento en la Iglesia (1977), de Jean Danielou. Os lo transcribo porque me parece clarificador para nuestra oración en tiempos en que acostumbramos a verla sólo desde nuestra orilla y muy atados a la sensibilidad. Muchos de nuestros cansancios y abandonos nacen de la obsesión subjetivista que nos hace valorar las cosas desde el criterio del gusto o disgusto personal. Espero que hagáis de lo escrito una reflexión pausada; lo que se expone, como todo lo que escribe este autor, tiene mucha densidad.


Orar no es sentir a Dios. Hacer de la sensibilidad el termómetro de la religión conduce a ciertas aberraciones. Esto es verdad en todas las relaciones personales: el amor se sitúa más allá de la sensibilidad, lo que no quiere decir que se la desprecie. Ella es la maravillosa resonancia del amor a través de una cierta armonía del ser. El amor es el hecho de una comunicación que se establece entre dos seres y que se sitúa a un nivel más profundo que las zonas del sentir.

La sinceridad no consiste en poner los comportamientos en relación con los estados del alma, sino, por el contrario, en mantener los comportamientos pese a los estados de ánimo, en mantener las fidelidades profundas, pese a las infidelidades superficiales. Ser sincero es ser fiel a aquello a lo que se ha dado realmente el corazón en la plenitud de la libertad; es lo que debe ser en el matrimonio, en la amistad, pese a todas las vicisitudes exteriores posibles. Amar a Dios es saber que podemos contar con Dios y que Dios puede contar con nosotros pese a nuestras complicaciones sentimentales…

Hay que apartar, pues, la sustancia de la oración de las vicisitudes de nuestra experiencia o de nuestra sensibilidad religiosa, pues se funda en algo que está más allá: la oración es la expresión de nuestra relación fundamental con Dios…

Dos cosas importan en la oración: hacerla y dejar que Dios cumpla su obra en nosotros. A veces el Espíritu Santo toca nuestro corazón, nos convierte verdaderamente (cuando hace caer tal obstáculo, tal antipatía, cuando nos hace descubrir lo que es la humildad), nos hace sentir lo que es amar a Dios. Pero estas llamadas del Espíritu Santo, que son esenciales porque sabemos bien que no provienen de nosotros, Dios nos las da cuando quiere…


Lo esencial en la oración cristiana es ser conmovidos por otro, y establecer entre Dios y nosotros una comunicación de amor, lo que está más allá de todas las técnicas, pues lo propio de una persona es escapar a todas las técnicas. Además, las luces espirituales no siempre van unidas al tiempo de la oración: María de la Encarnación declara que sus más grandes revelaciones sobre la Santísima Trinidad le fueron dadas cuando hacía rodar toneles sobre los malecones de Tours. 

Es, en efecto, sorprendente ver cómo ciertas almas secas en la oración reciben asombrosas luces espirituales durante sus otras actividades. Esto muestra la soberana libertad de la gracia de Dios. ¡Aún así hay que haber sido fiel a la hora de oración! La oración sería, en efecto, sospechosa si estuviera demasiado ligada a una cierta sensibilidad. San Juan de la Cruz es casi demasiado severo a este respecto; san Ignacio es más humano y hace mucho caso de las consolaciones espirituales que nos ayudan, pero la “golosina espiritual” sería buscar en la oración más satisfacción personal que el dar a Dios la gloria que se le debe.

La oración hoy es también combate, un testimonio en un mundo en que el hombre tiende a encerrarse en el hombre.


JEAN DANIELOU, Contemplación: 
Crecimiento en la Iglesia, 26-28; 
citado por Marianne Schlosser, 
Teología de la oración, 258-259, 
Salamanca, 2018.

Noviembre 2022
Casto Acedo 

miércoles, 19 de octubre de 2022

SP.4 Don en tus dones espléndido

Va la cuarta entrega del comentario a la Secuencia de Pentecostés, Don en tus dones espléndido.  Es un misterio incomprensible que Dios infinito se de a sí mismo hasta entrar en comunión con la criatura finita. Dice san Juan de la Cruz, que "cuando el alma quitare totalmente de sí lo que repugna y no conforma con la voluntad divina, quedará transformada en Dios por amor" (S 2,5,3). "Dios se hizo hombre para hacernos Dios" (San Atanasio, CATIC 460).

Como siempre, puedes ver la secuencia de Pentecostés completa clicando la foto que sigue:


¡Ven, Espíritu divino, ...
DON EN TUS DONES ESPLÉNDIDO!

Dios es amor.  Amar es “darse”. La teología cristiana habla de autocomunicación de Dios. El Espíritu Santo no es un don (cosa) que Dios da, es Dios mismo en persona dándose. Dios se da Él mismo haciéndonos con su don "partícipes de la naturaleza divina"  (2 Pe 1,4).

San Juan de la Cruz dice que la vida cristiana no consiste en lograr la perfección de las virtudes cristianas sino en vivir la “unión de amor con Dios”.  Pero ¿cómo un ser finito como yo puede entrar en comunión con la infinitud de Dios? Es un misterio.

Algunos místicos de la iglesia ortodoxa dicen que en Dios hay Esencia y Energías; la esencia es Dios en tanto que permanece inagotable y misterioso en su inmensidad; las energías son Dios en cuanto amor que se parte y se comparte.

Dios es “don” y “dones”. La imagen del sol puede servirnos de ilustración. Tenemos el sol  y losrayos del sol. ¿Acaso el rayo de sol, la luz y el calor que me alcanzan,  no son también sol? 

El sol, que en la grandeza y distancia de su ser me supera,  me mataría si entro en él; pero en su comunicación, en la extensión de su energía en los rayos me hace partícipe de su mismo ser. Ya estamos y vivimos en Dios, pero todavía no en plenitud. “Nadie puede ver a Dios y seguir viviendo”  (Ex 33,20); nadie puede entrar en el sol sin morir; pero el sol sí puede iluminar y dar calor; y sin el sol no podría vivir.  

* * *

Orar, meditar, contemplar no es sino acercarte a Él, quitar impedimentos y ponerme al alcance de los rayos del sol que Dios es; ahí recibo sus dones, en la comunicación de amor con la luz del Espíritu que me ilumina e inhabita. Dios fuera y Dios dentro, don y dones, la misma divinidad, el mismo Espíritu que favorece la unión mística.

Entra en meditación. Admírate y sitúate al alcance de este misterio: Ven, Espíritu divino, don en tus dones espléndido.

* * *


MEDITACIÓN

1. Busca un lugar propicio para el silencio y colócate en una postura cómoda para la quietud.

2. Serena tu alma: pensamientos, emociones, deseos… Deja que el oleaje de tu alma se serene poniendo tu atención en la inmensidad del océano.

3. Primero mentalmente, luego por vía de intuición, dirige los ojos de tu corazón a Dios Espíritu Santo que como el Hijo es “sol que viene de lo alto” … Déjate , abrazar por la calidez de sus rayos y seducir por la belleza de su luz. Goza en ti sus dones de sabiduría, inteligencia, ciencia, … Repite: ¡VEN ESPÍRITU SANTO, … DON EN TUS DONES ESPLÉNDIDO! Deja que la mirada esplendente de Dios vaya calando en ti. Permanece así al menos 15 minutos.

4. Concluye el silencio con la audición del veni sancte spiritus

8. Haces tres inspiraciones profundas y sales suavemente del ejercicio.

9. Finalmente, puedes pararte y tomar nota de lo vivido y de las mociones (deseos de cambiarte o cambiar algo) sentidas.

No abandones el ejercicio de la oración

Y no olvides, antes de nada, dedicar tu oración para bien de todos y de todo.

Casto Acedo. Octubre 2022.

jueves, 13 de octubre de 2022

SP.3 Padre amoroso del pobre

 Vamos a por el tercer verso. Me ha salido muy teológico. Si no entiendes lo que pretendo decir no te preocupes; a Dios no se le puede ver por el intelecto, se le ve por intuición de amor. 

Ven, Espíritu divino,...

...PADRE AMOROSO DEL POBRE.

Al pararme a comentar este verso, lo primero que me viene a la mente es la imagen de Dios en su Trinidad de personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, misterio santo que inmerecidamente se me revela y me acoge en el amor.

La invocación de Dios como Padre es evidente en el verso: "Padre".

Con menos evidencia lingüística se le invoca como Espíritu en el adjetivo “amoroso”. San Agustín dice que en la Trinidad están el Padre-amante, el Hijo-amado y el Espíritu Santo-amor. “El Amor es de Dios y es Dios: por tanto, propiamente es el Espíritu Santo, por el que se derrama la caridad de Dios en nuestros corazones, haciendo morar en nosotros a la Trinidad” (Juan Pablo II).

En el bautismo de Jesús el Padre habla: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). Algún artista ha figurado este momento con el descenso de la Paloma sobre la cabeza del Hijo representando el amor de predilección del Padre hacia Jesús; y a su vez, en la cruz, cuando Jesús espira se dice que "entregó el Espíritu" (Jn 19,30), escena que también hay quien ha pintado  como una Paloma que vuelve al Padre (puedes verlo en la foto de entrada); la espiración de Jesús es el culmen de la misión del Hijo que entrega todo su Amor-Espíritu  al Padre. 

Menos evidente en el verso que comentamos es reconcoer al Hijo en “el pobre”. Dice san Pablo que Jesucristo, “siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza” (2 Cor, 8,9). El Hijo, “siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de si mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres” (Flp 2,6-7). Dios, con su encarnación en Jesucristo, asume la pobreza humana, que queda enriquecida por Él al incorporar por amor a toda la humanidad a su propio cuerpo, Jesús "nos ha salvado mediante la redención realizada en Cristo Jesús" (Rm 3,24). Decir "padre amoroso del pobre" es decir, Padre amoroso que en el Hijo y por el Hijo muestra su amor  a los pobres. En Cristo el Padre ama al pobre enriqueciéndolo con su Espíritu. 

* * *

Comprendo que lo dicho es difícil de entender con una mente racional. Pero no lo es si se mira con los ojos del corazón. Basta con mirarte y sentirte amado por Dios en Cristo, e incorporado a la Trinidad por la fe en su amor. El Padre te ama y te bendice, te da su Espíritu de amor y de misericordia en el Hijo, Jesús pobre, que te injerta en Él y te enriquece con su pobreza (1 Cor, 1,5). Eso sí, sólo quien se sabe pobre (humilde, necesitado) es capaz de captar el regalo del "Padre amoroso del pobre".

* * *

MEDITACIÓN (Pautas)

1. Como siempre, aquieta tu cuerpo y silencia tu mente dejando tu cuidado a la presencia de Dios. Date  un tiempo para acallarte echando mano de la respiración. Espira y suelta tensiones y agobios; espira y llénate de quietud y paz. 

2. Siente sobre ti la inmensidad y la riqueza de Dios que contrasta con la pequeñez y la pobreza que eres. ¡Eres Grande, Padre!, yo soy pequeño; Tú eres rico, yo soy pobre. No merezco recibir tu Espíritu de amor, pero te lo pido por tu Hijo, Jesucristo, mi Amado, que con su amor redime mi alma permitiéndole  participar de tu Divinidad. Porque eres “Padre, amoroso del Pobre”, ¡ven, Santísima Trinidad!

3.  Imagina al Padre sosteniéndote con sus manos, al Hijo sanando tus heridas, y al Espíritu Santo alentando tu ánimo (puedes contemplar la foto que acompaña). Siente la atracción de amor de Dios y déjate llevar al seno de su Trinidad amorosa. Acompasa tu oración con estas palabras: PADRE AMOROSO DEL POBREMientras repites “Padre amoroso del pobre” contémplate pobre unido a Cristo pobre (despojado, crucificado, por amor a ti entregado) y sábete amado por el Padre en el mismo Cristo. Mírate cuidado, protegido, a salvo en el corazón de Dios (contempla la misma foto). Haz silencio al menos durante 15 minutos. 

4. Puedes concluir con la audición Silencio de amor. Entrar en el Misterio de la Trinidad es entrar en un espacio de silencio, donde sobran las palabras e imágenes.

5. Haces tres inspiraciones profundas y sales suavemente del ejercicio de oración-meditación..

6.  Finalmente, puedes pararte y tomar nota de lo vivido y de las mociones sentidas: ¿Cómo siento a Dios? ¿Cómo describiría mi experiencia de lo divino?

Y no olvides, antes de nada, dedicar tu oración para bien de toda la creación y de todo la comunidad humana, especialmente por aquellos a los que amas menos.

Casto Acedo. Octubre 2022

viernes, 2 de septiembre de 2022

Cruz y silencio

"Ahora, gracias a Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos estáis cerca por la sangre de Cristo.  Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz" (Ef 2,13-15)

Hace poco, en una conversación privada, me hacían esta pregunta: ¿qué es lo que pretendéis con la práctica de la oración de silencio durante los años que lleváis?. 

La pregunta trajo a mi memoria algo en lo que insistíamos mucho al principio de nuestro caminar como grupo: hacemos silencio sin perseguir ningún objetivo concreto. Es verdad que el silencio tiene unos beneficios colaterales, pero no los buscamos directamente. Simplemente hacemos un acto de "esperanza presente”, de confianza en el amor-misericordia de Dios.

Hoy la Palabra de Dios me ha salido al paso en la lectura del oficio divino, en concreto de los laudes de este viernes de la segunda semana el Tiempo Ordinario. Es el texto que abre este post. San Pablo, que escribe para los Efesios, una ciudad donde la reciente creada comunidad cristiana la forman tanto judíos como gentiles (griegos y otras culturas), pone de relieve cómo Cristo, con su amor, acerca a todos, sin distinciones culturales o de otro tipo. 

A mi, la lectura me sugirió algo más personal; como si dijera: antes vivías disperso, alejado de ti mismo, ahora Cristo te ha unificado; antes llevabas una doble vida, por un lado tus trabajos y negocios fuera de ti, por otro tus pensamiento y sentimientos interiores; ahora, con Jesús,  van desapareciendo las barreras.

¿Para qué sirve la oración del silencio? Sigo manteniendo que no sirve para nada concreto y objetivable, pero sí puedo decirme a mí mismo que me está beneficiando al  darme cuenta de que mi vida, de modo casi imperceptible, se va unificando poco a poco. 

Por vida unificada entiendo una vida cuya interioridad y exterioridad son coherentes; se da unidad entre el pensar, sentir, querer y hacer. Esta unidad no se trata de un proyecto que me he propuesto y que debo llevar a cabo en soledad. La unidad o unificación de todo es obra de Cristo, y no puedo negar la  influencia que ejerce también la comunidad fraternal que me acompaña. 

¿Cómo se va produciendo esa unificación? Por el silencio humilde. Me explico. Leí o escuché hace unos días, no recuerdo dónde, una enseñanza acerca de la humildad. Esta virtud era definida como la virtud del despojo, del “desmonte del personaje” que a lo largo de la vida me  he ido forjando. ¿Qué es ser humilde? Ser yo mismo despojándome de todo lo que no soy. Cuando lo hago toco tierra (“humus”) y me encuentro y conozco a mi mismo.

Entonces veo que hacer silencio es despojarme de las piezas que han ido revistiendo mi personalidad hasta hacerla lejana, oculta a mi mirada, y encontrarme con mi "ser original". La tendencia a identificar mi vida con lo que hago, lo que siento, los títulos que tengo, las posesiones materiales, la familia a la que pertenezco, el círculo social o de amistad en que me muevo, etc. me aleja de lo que soy, me aleja de mi “personalidad de hijo de Dios”, hijo en el Hijo, otro Cristo.

Hay esperanza. Lo que san Pablo dice de la ley (normas exteriores, personaje exterior) y de la vida unificada lo aplico yo a  mis ruidos y mi silencio: “Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos (vida volcada en exterioridades), para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo (vida interior unificada)”.  

El silencio, ya sea el silencio puro como el que se apoya en la melopea de unas palabras repetitivas (oración jaculatoria, oración centrante) es como un cincel con el que Cristo abre el caparazón que me impide acceder a mi mismo, a mis hermanos y a Dios. Todo al mismo tiempo. Porque llegar al centro de mi ser es también descubrir y conocer a Dios y a mis hermanos; y no por confusión de los tres elementos (yo, hermano, Dios) sino por  identificar mi riqueza personal como don recibido; entenderme a mí mismo como  partícipe de la riqueza de Dios gozosamente compartida en la fraternidad. Cada hermano pasa a ser un regalo inmerecido, digno de ser amado y respetado en su identidad propia.

El texto de san Pablo me reafirma en que todo silencio sagrado confluye en el silencio de la Cruz. El misterio de la Cruz, amor de Dios revelado y contemplado en mi oración, es capaz, tal como he apuntado, de perforar el muro más grueso y fuerte que pueda imaginar para conocerme y sanarme a mí mismo. 

 Por la sangre de Cristo” (por su vaciamiento de todo lo exterior, por su despojo, por su donación amorosa, por su silencio) los que estabais lejos (alejados, alienados, perdidos) ahora estáis cerca”, dice el texto.

* * *

Aquí está la grandeza de la oración cristiana: en Jesucristo, en su cruz, en su pascua, en el misterio de reconciliación y amor que es. Dice Jesús: “cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí“ (Jn 12,32).  Si esto es así,  ¿no merece la pena contemplar la Cruz como el epicentro de nuestro silencio? En la cruz soy atraído, no soy yo quien se acerca a ella, ella me acerca por la atracción de su gracia; al contemplarla soy atraído por el amor con que Dios me ama. 

En la cruz confluyen, por un lado, mi ruido (ignorancia, pecado), que desaparece convirtiéndose en combustible que calienta  e ilumina al mundo al entrar en contacto con la otra parte: el fuego divino que es el corazón de Jesús, “llama de amor viva”. Cuando en mi oración surgen distracciones a causa de mis pensamientos, mis preocupaciones o mi inexplicable ánimo inquieto, procuro no enfadarme, intento llevar todo eso al centro, arrimarlo al amor misericordioso de Jesús que me habita. Dejo todo en sus manos. Confío en que la llama divina puede quemar toda mi basura y transformarla en luz y amor.

El misterio de la oración cristiana es el misterio de la cruz. En ella, “reconcilió  Dios a los dos (judíos y gentiles, yo lo aplico al hombre exterior y hombre interior, cuerpo-alma y espíritu) en un solo cuerpo mediante la cruz”. En la humildad de la Cruz tengo el paradigma de mi oración; hacer silencio, acallar mis inquietudes mundanas, permitiéndome entrar en el ámbito de amor del Crucificado. 

Al lugar sagrado de la unión con Dios no llegaré proponiéndome objetivos, ¿cómo saber qué es lo que me espera si Dios es inaudito e incomprensible? Poner un objetivo a mi silencio es imponerle a Dios lo que ha de decirme, lo que ha de darme o hacia donde debe dirigirme. ¿No terminaré haciendo de esa oración un soliloquio interesado? 

Creo que la oración pura es algo más simple y sencillo que ocupar mi boca en peticiones y alabanzas o llenar  mi alma de buenos propósitos. Al orar o meditar lo que importa no es mi voz sino mi capacidad de escucha; para facilitarla hago silencio y me dejo arrastrar por la atracción de la Cruz de Cristo. Me fio de la Palabra: "los que en un tiempo estabais lejos ahora estáis cerca por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz".

¡Feliz inicio de curso a todos!

Viernes, 2 de septiembre de 2022

Casto Acedo

domingo, 8 de mayo de 2022

Domingo del Buen Pastor


El silbo del Buen Pastor

Para Santa Teresa, la “oración de recogimiento” no es sino la respuesta al silbo del Buen Pastor

El alma que se inicia y dispone a la oración adentrándose en el castillo interior, dejando la vida superficial y torpe al adentrarse en la primera morada, volviendo su mirada a Cristo al corregir sus  actitudes negativas en la segunda, y decidiéndose a seguirle en la tercera, es  invitada por Cristo, Buen Pastor, con un silbo suave, a  entrar en la cuarta morada, iniciando así una relación de intimidad con Él. Es el comienzo de la "oración de recogimiento" o contemplativa. 

Desde este trasfondo merece la pena, hoy, domingo del Buen Pastor, leer cómo lo explica la Santa:  

"Dicen que «el alma se entra dentro de sí» y otras veces que «sube sobre sí». Por este lenguaje no sabré yo aclarar nada, que esto tengo malo que por el que yo lo sé decir pienso que me habéis de entender, y quizá será sola para mí. Hagamos cuenta que estos sentidos y potencias (que ya he dicho que son la gente de este castillo, que es lo que he tomado para saber decir algo), que se han ido fuera y andan con gente extraña, enemiga del bien de este castillo, días y años; y que ya se han ido, viendo su perdición, acercando a él, aunque no acaban de estar dentro -porque esta costumbre es recia cosa-, sino no son ya traidores y andan alrededor. Visto ya el gran Rey, que está en la morada de este castillo, su buena voluntad, por su gran misericordia, quiérelos tornar a él y, como buen pastor, con un silbo tan suave, que aun casi ellos mismos no le entienden, hace que conozcan su voz y que no anden tan perdidos, sino que se tornen a su morada. Y tiene tanta fuerza este silbo del pastor, que desamparan las cosas exteriores en que estaban enajenados y métense en el castillo" (4 M 3,2)

Hoy es fácil orar: silencio, oído atento al silbo del Pastor (puedes leer el evangelio de hoy), recogimiento en el redil del alma y dejarse apacentar por su Presencia.

Y no olvides orar por las vocaciones a la vida religiosa en la vida consagrada y el ministerio pastoral en las parroquias. Las respuestas a estas llamadas que piden dedicación total a la oración o a la evangelización son un termómetro de la verdad y seriedad de la reforma espiritual y oracional  que  tanto se enfatiza en círculos devotos.

¡Felíz día del Buen Pastor!

Casto Acedo

domingo, 1 de mayo de 2022

En el Nombre de Jesús

Evangelio de este domingo (fragmento)

"En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.

Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.»

Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo.»

Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?»

Ellos contestaron: «No.»

Él les dice: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.»

La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces" (Jn 21,1-8)

¡Palabra del Señor!

* * *

“Aquella noche no cogieron nada”. ¡Cómo me recuerda esta Palabra a la noche de la fe en mi vida espiritual! Días y días -noches y noches- echando las redes, chupando banquito, silla o cojín sin experimentar el mínimo progreso. El desánimo aparece entonces. La tentación del abandono.

Y vienes tú, Señor, y me dices: «Echa de nuevo  la red y encontrarás». Y me resisto: pero… ¡si llevo toda la noche intentándolo y no he conseguido nada!. Y tú insistes, y yo cedo a tu Palabra: “En tu Nombre echaré las redes”. En tu Nombre, no en el mío.

Y mi oración se vuelve a tu Nombre, te pongo en el centro. Tu Nombre,  a Ti, que en tu gran misericordia vienes a  mi “cuando está amaneciendo” y la noche se va diluyendo con la aurora. Y ahora sí, la abundancia de tu Nombre amanece sobre mí. Siento tu presencia y la gracia de sentir mi corazón latiendo al ritmo del tuyo.

En Tu Nombre, Señor. “El que invoque el Nombre del Señor se salvará” (Rm 10,13). Es el poder de tu nombre -“Señor Jesús, Hijo de Dios”- el que obra el milagro de la pesca abundante.

Me adentraré hoy en mi oración invocando tu Nombre bendito. Dejaré que sea Él quien marque el ritmo. Y cuando mi nombre ególatra se interponga ante el Tuyo, volveré insistentemente a poner Tu Nombre  en mis labios. Y aprenderé  que no hay mejor oración que la que tú haces en mí, ni mayor gloria que vivir “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Amén.

Felíz Domingo. Feliz día trabajadores con san José Obrero. Y feliz día de la madre  a las que habéis sido bendecidas con el don de la maternidad; María, madre nuestra, entre ellas.

1 de Mayo de 2022
Casto Acedo