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viernes, 21 de diciembre de 2018

Descansa, Laura.


Hoy absorve mi tiempo de meditación Laura Luelmo, una chica encantadora que ha visto truncada su vida por el ciego impulso de un “capricho”, por la incomprensible banalidad del mal que en un simple “me encapriché de ella” halla razones para pisotear la dignidad humana.

No puedo contemplar la imagen de su asesino sin que se me remuevan las entrañas. ¿Cómo hallar paz teniendo delante tanta infamia? ¿Cómo serenar mi corazón conmovido por la sinrazón de tanta violencia  infringida a esta mujer? La rabia enturbia mi silencio, rompe mi serenidad interior.  Ni siquiera en el más desordenado esquema de mi conciencia  logro encajar algo tan inhumano. En mi horizonte, de por sí difuso, apunta un negro abatimiento. ¿Qué hacer? ¿Venganza? ¿Resignación? No sé.

Intento decirme a mí mismo y convencerme de que eso no va conmigo, que debo mirar las cosas desde la distancia, desde fuera; pero no puedo dejar de sentir lo que Laura ha sufrido, y vienen a mi mente la dolorosa pasión que sufren otras muchas  mujeres en circunstancias similares; unas a mano de marginales violentos y salvajes, como en el caso de Laura, otras por obra de mafiosos sin escrúpulos que desde sus elegantes casas trafican con la pobreza y la indefensión de tantas y tantas esclavas encadenadas al sucio negocio del sexo.

Me da miedo abrir mi conciencia a tanto sufrimiento. Preferiría volver el rostro, no mirar. ¿Qué hacer? ¿Dibujar en mi rostro muecas de desagrado? ¿Menear la cabeza?, ¿Golpearme el pecho? ¿Volver el rostro ante el cuerpo herido y destrozado por la locura de la violencia asesina? … No sé qué es lo más adecuado. Sólo sé que siento odio y rabia, un deseo fruitivo de verme yo mismo embriagado de violencia, loco, incontrolado, obcecado por golpear y golpear al infame agresor; y con asco despreciar de paso a este mundo del que formo parte, y que seguirá  impasible su ritmo de consumo y olvido…

Me duele por mí, por todos, por todas. Laura podría ser cualquiera de esas mujeres que amo y admiro. Laura son ellas.

No quisiera sentir lo que siento, porque veo que mi odio se vuelve contra mí. … Y me pregunto cómo lo haría el Nazareno, … ¿Cómo pudo sacar palabras de perdón en el corazón de su tortura? … ¿Cómo sacó vida de la muerte? Yo no sé como hacerlo, ni puedo, incluso dudo si quiero perdonar. No entiendo la brutalidad del mal que se encapricha con el sufrimiento del inocente hasta matarle.

Hoy no puedo meditar. Por eso escribo, para sacar afuera mi protesta contra todo lo divino y humano que propicia que sean realidad cosas que creía  solo posible en pesadillas. Imposible encajar lo que esta mujer hubo de sufrir sin merecerlo.

En este día el silencio es espeso, áspero, punzante, … Va a costar mucho disolver la inquietud. Habré de hacerlo, pero no sin grabar antes en mi mente, y en la piel de mi conciencia, como un tatuaje indeleble, que Laura son todas esas mujeres que amo y admiro.  

Gracias, Laura, por despertar en mí la solidaridad con el dolor ajeno y la comunión con todas las mujeres a las que, hoy en ti, amo y admiro.

Descansa en la paz y en la belleza que siempre amaste.
 
Casto Acedo. 20 de diciembre de 2018, paduamerida@gmail.com

sábado, 8 de diciembre de 2018

Orar en la naturaleza

Os paso las notas del último día con parte del texto de los Papalagi.
 
Tomado, con leves variantes,
de Williams Johnston,
Enamorarse de Dios, pgs. 50-54 
 
 
 ·         Un modo de orar muy arraigado en el cristianismo es la oración en plena naturaleza. Jesús solía retirarse al monte o al desierto a orar. Sus parábolas dan pistas para pensar que era un contemplativo (observador) de la naturaleza; la naturaleza y el sencillo mundo agrícola y ganadero forman parte de su lenguaje. El monacato primitivo vio siempre una relación íntima entre trabajo manual y vida contemplativa. … Hoy como ayer, el trabajo manual es para el monje tan importante como el sentarse a meditar. 

·        Tenemos la tradición de la práctica de entrar en comunión con la naturaleza. ¿Panteísmo? No. Se trata de orar en y con  la naturaleza, no de orar a la naturaleza. Dios está ahí, y se trata de mantenernos abiertos a ese misterioso e indefinible sentido de  presencia.

·        Paséate por la naturaleza y hazte consciente de la presencia de Dios en los montes, los pájaros, la ciénagas, los árboles, las flores… Déjate envolver por el aire, empapar por la lluvia, bañar por el sol,… Es una excelente forma de oración … Cuando tu mente y tu corazón estén perturbados, paséate por la naturaleza, que renovará tus fuerzas, te liberará y te sanará.
 
·        Aprende los poetas místicos, que hablan con los montes y con el mar: Francisco de Asís, Juan de la Cruz preguntando a la naturaleza dónde está el Amado.
 
 
·        Relee una y otra vez el texto de Mateo 6 25-34 donde habla de los lirios del campo y las aves del cielo.  Jesús nos dice que los miremos. Recréate en su belleza. No pienses, mira. Y mientras miras ten presente el mensaje evangélico: deja de lado tus angustias. ¡Cómo nos gusta aferrarnos a nuestras angustias y ansiedades! … Fuera de nosotros está pa presencia, la verdad de Dios que nos ama y nos ama. 
 
·     Libérate no sólo de las angustias sino también de todo pensamiento, de todo razonar, pensar conceptuar o planificación. No te preocupes de botánica  u ornitología, simplemente contempla los pájaros y los lirios.

·        ¡Maravillosa naturaleza! Nos enseña a ser. Nuestra obsesión por el trabajo, la actividad o la productividad, oculta a nuestros ojos lo que somos. Y no olvides nunca: Lo que eres tiene mucha más importancia que  lo que haces. Importante enseñanza para los enfermos e imposibilitados de moverse.
 
·        Una manera más de orar: la contemplación o conciencia de tu propio cuerpo. “¿No vale más la vida que el alimento o el cuerpo que el vestido?”. … Haz oración contemplando tu cuerpo, no pienses en tu vida y en tu cuerpo, contémplalos, experiméntalos. … Puedes hacerlo con la respiración.
 
·        La tradición estética del Japón habla del simple mirar,  del simple escuchar, caminar, sentarse o hacer lo que uno esté haciendo. De ahí nos viene la expresión hacerse” flor, planta, pájaro o cualquier otra cosa; te desprendes de tu “yo” y adquieres el estado de “no yo” (mu-ga;  an-atman); consiste en perder el yo ilusorio (ego) para encontrar el yo-mismo (“sí mismo”) auténtico abierto al mundo entero. El descubrimiento de este “yo verdadero” es la puerta abierta a la experiencia de la mística (del Misterio). Lo veremos en su momento.  

Finalmente: igual que puedes orar en la naturaleza, lo puedes hacer en medio de la gran ciudad. Dios está en todas partes. Y cuando lo estés buscando recuerda que Él también te busca.

 * * *



Los Papalagi
Discursos de Tuiavii de Tiavea, jefe Samoano –
LA ENFERMEDAD DEL PENSAMIENTO PROFUNDO
(Fragmento)

Puede ser cierto que nunca practicamos el conocimiento o, como dicen los Papalagi (hombres occidentales), «el pensar». Pero es cuestión evidente quién es el más estúpido: el que no piensa muy a menudo o el que piensa demasiado. Mi cabaña es más pequeña que la palmera. La palmera se inclina en la tormenta. La tormenta habla con voz profunda. Esta es la forma en que piensan, a su particular modo, naturalmente. Pero también piensan sobre sí mismos: yo soy pequeño; mi corazón siempre se pone contento cuando veo a una muchacha; me divierto mucho yendo de malaga (viaje)
, etc…

Todo esto puede estar muy bien y ser muy bueno; incluso puede comportar toda clase de provechos a aquéllos a los que les gustan esos juegos en el interior de sus cabezas. Pero los Papalagi piensan tanto, porque para ellos el pensar se ha convertido en un hábito, una necesidad y una carencia. Tienen que continuar pensando. Sólo después de muchas dificultades logran realmente no pensar y, en vez de esto, viven de una vez con su cuerpo entero. A menudo viven únicamente con sus cabezas, mientras el resto de sus cuerpos está profundamente dormido, aunque caminen, hablen, coman y rían mientras tanto.

Crear pensamientos (el fruto del pensar) le mantiene esclavizado, intoxicado por sus propias reflexiones. Cuando el sol está brillando, él piensa todo el tiempo cuán bellamente brilla. Pero cuando el sol brilla, es mejor no pensar absolutamente nada. Un hombre sabio extendería sus miembros a la cálida luz y no produciría ni un pensamiento mientras tanto. Él no absorbería únicamente el sol en su cabeza, sino también con sus manos y pies, su estómago, sus tobillos y todos sus miembros. Dejaría que su piel y sus miembros pensaran por él, pues esas partes piensan también, aunque no del mismo modo que piensa la cabeza. Pero a menudo los pensamientos se yerguen en medio del camino del Papalagi como un gran pedregón de lava que no puede hacerse a un lado. Puede tener pensamientos felices, pero no le hacen reír, ni sus pensamientos más tristes le hacen llorar. Está hambriento, pero no va a por el taro o el palusami. La mayor parte del tiempo es un hombre cuyos sentidos viven en discordia con su espíritu, un hombre dividido en dos mitades.

La vida del Papalagi es muy parecida al viaje en bote de alguien a Savii, alguien que desde el momento de zarpar está pensando: ¿cuánto tiempo me tomará llegar a Sauii? El piensa y no se da cuenta del amistoso panorama por el que está viajando. Por el lado izquierdo, percibe una cordillera. Tan pronto como la han visto sus ojos ya la ha encerrado en su mente. ¿Qué habrá detrás de esa montaña? Quizás un desfiladero estrecho y profundo. Con todos esos pensamientos no puede unirse al cantar de los jóvenes remeros. Tampoco se da cuenta del parloteo feliz de las doncellas. Inmediatamente después de pasar la bahía con sus cordilleras, un nuevo pensamiento empieza a importunarle. ¿Se levantará una tormenta, antes de la caída de la noche? Sus ojos escrutan los claros cielos en busca de nubes. Todo el tiempo pensando en la tormenta que podría venir. La tormenta no llega y al caer la noche llegan a Savii.

Pero él tiene la sensación de que no ha hecho este viaje en bote, pues sus pensamientos han permanecido lejos de su cuerpo y lejos del bote. Podría perfectamente haberse quedado en su choza de Upolu. Un espíritu que es como una carga, yo lo considero un aitu, y para mí no está en absoluto claro por qué debo amarlo tanto.
 
Los Papalagi aman al espíritu, lo adoran y alimentan con pensamientos de sus cabezas. Nunca lo matan de hambre, pero no les importa demasiado si un pensamiento devora a otro. Hablan sobre sus pensamientos con una veneración que hace que el valor de un hombre y la belleza de una doncella no valgan nada en comparación. Se comportan como si el género humano estuviera destinado a pensar tanto, como si fuera una orden del mismo Gran Espíritu. Si la palmera y la montaña pensaran, al menos no harían tanto alboroto. Y si pensasen ruidosamente e incontroladas como los Papalagi, con certeza las palmeras no producirían tan bellas hojas verdes ni frutas doradas. Por ahora sabemos que pensar nos haría viejos y feos antes de tiempo. La fruta caería antes de madurar, pero lo más probable es que ellas no piensen en absoluto.

Casto Acedo. Diciembre 2018

lunes, 19 de noviembre de 2018

Modos de orar

El próximo jueves compartiremos acerca de nuestra manera de orar, de cara a enriquecernos con las enseñanzas de unos y otros. Como introducción os adelanto el tema que desarrolla el libro-texto que vamos siguiendo (Enamorarse de Dios, de John Williams).
 
 
Modos de orar
Hay muchos modos de orar, como hay muchas formas de expresar amor.


1) Algunos se sienten espontáneamente inclinados a orar: hablan con Dios, le exponen su problemas, se quejan como Job, … Amigos de Dios que dialogan con Él. ¡Déjalos ir, Dios les irá instruyendo a medida que pasen de la palabra al silencio. 


2)  Otros usan una frase o mantra:  “Jesús”, “Ten piedad”, “Señor mío y Dios mío”, “¡Ven, Espíritu Santo!”, “Santa María, ruega por nosotros”; Hay quienes tienen apego a una sola palabra: Dios, paz, amor, alegría, …, o a un sonido: campana, cuenco, una música concreta, … Canto interior de un himno favorito…, orar “en lenguas” (glosolalia). 


3)  Existe también la oración impetratoria o de petición. “Simón, he rogado por ti” (Lc 22,32)… “Os recuerdo a todos en mis oraciones”… Cuidado con el exceso de apego a la oración impetratoria… Mejor dejar las cosas en sus manos; Así hizo María, no pidió sino que expuso el problema: “No tienen vino”; No manipulemos a Dios exigiéndole: “¿Acaso no puedo hacer con mis bienes lo que me de la gana?” No trates de manipularme, te dice Dios.  
 

4)  Hay quien reduce su oración a “acción de gracias”… “Deo gratias”. Cuando lleguemos a dar gracias solamente es que hemos avanzado mucho en la oración.  

5)  Algunos oran con la respiración, al compás, repitiendo el nombre de Jesús… Durante el día suelen hacer una pausa para respirar y repetir el nombre. 

6)  Disponemos también de la llamada “aplicación de los sentidos”. Que recomienda san Ignacio en sus ejercicios, y que consiste en adentrarse en algún episodio de los evangelios “como si presente me hallase” y aplicando los sentidos de la imaginación: ver, oir, tocar, oler, gustar. Una variante es que Jesús entra en tu aposento y te dice que te ama, pidiendo que correspondas a su amor. 

7)  Contemplar las escrituras. Situarse, por ejemplo, ante los koan (paradojas) que parecen algunos textos, como “bienaventurados los pobres”, o “quien pierde su vida la ganará”…  

8)  Muy aconsejable para este tipo de meditación con la Escritura es el uso de las parábolas: escoge una parábola, léela y reléela varias veces a lo largo del día… repite alguna palabra,… al final del día verás que algo ha sido transformado en ti. 

9)  Hay quienes oran copiando las escrituras en una especie de ejercicio caligráfico, …más que un ejercicio de estética caligráfica, poco a poco la palabra escrita va adentrándose en el corazón. 

10)  Para los católicos es aconsejable orar ante el sagrario tratando del Señor acerca de lo que pasa por su mente o por su corazón, o guardando silencio sumiéndose en los abismos de la contemplación.

 
·  Todos estos modos de orar llevan a ese silencio en el que descansas ante Dios… Los antiguos teólogos (santos Padres) decían que toda forma de oración desemboca finalmente en la oración contemplativa…. Por eso, cada vez que entres en ese amoroso silencio, quédate ahí. Permanece en él hasta que no puedas ya luchar contra las distracciones. Vuelve entonces a la frase que te llevó ahí… Con el tiempo verás que las palabras surgen del silencio y el silencio de las palabras.


·    El silencio es valioso, pero no hagas de él un fetiche. Lo importante no es el silencio ni la palabra, sino el amor…. Tal vez Jesús nos diría hoy: “No abuses de los silencios como los gentiles, que creen que por mucho silencio oran mejor” … La experiencia religiosa no es la de un silencio sino la de un enamorarse sin restricciones.
 

·    Otro aspecto importante: Hay quien dice que cualquier palabra o frase basta para orar. ¡No!... Lo más adecuado es invocar el nombre del amado. Cuando recitas el Nombre u otra palabra religiosa tu ser queda invadido por el Dios al que estás invocando (In-voco = llamo hacia mi)… Si me detengo en cualquier palabra ¿qué valor tiene eso? … No olvides que lo más importante es el amor. Las palabras ayudan, pero solo eso.
  

·    Algunas tradiciones aconsejan dejarse hipnotizar por el sonido … A nosotros nos hipnotiza una persona: Jesús.  … poco importa el sonido que uses, lo importante es dejarte invadir por el Espíritu Santo. … A veces el mismo Espíritu te hará decir: “¡Padre!” … El gong, el cuenco,  la campanao cualquier otra música sólo es una muleta para ayudarte a volver la conciencia hacia Él.  
 
 

 CONCLUSIÓN

Hay muchas maneras de orar… A  veces se entremezclan… Y es fundamental que encuentres tu propio camino; y no pienses que al hallarlo ya has terminado; nunca digas que has hallado el definitivo y absoluto camino… Nunca digas “este es mi camino y lo seguiré hasta la muerte”, o “este es mi mantra y lo repetiré siempre”… La oración es un proceso o viaje, a medida que avanzas irás dejando atrás métodos y modos… Algunos acabarán por ser un obstáculo… Al final dirás con san Juan de la Cruz: “El camino no es ningún camino”: “Por aquí no hay camino, que para el justo no hay ley” (cf Dibujo del monte) … Dios tiene siempre la última palabra; a nosotros nos queda sólo seguirle. La vida de oración está llena de sorpresas. 

* * * 

-¿Qué me llama más la atención del tema?

-¿Cómo estoy meditando?

-¿Qué dificultades encuentro y cómo procuro superarlas?
No solemos compartir mucho en el grupo. Ya os he dicho alguna vez que el exceso de palabras a veces distrae más que ayuda. Pero si hablamos y escuchamos desde el corazón seguro que podemos sacar mucho provecho.
 
Casto Acedo. Noviembre 2018

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Avisos para la oración (San Pedro de Alcántara)



Igual que el año pasado os hacía un comentario sobre el inicio del Proslogion de san Anselmo, para ver que hay elementos de la meditación que son parte de la tradición cristiana, hoy hago lo mismo con un texto del Tratado de oración y meditación de nuestro paisano san Pedro de Alcántara. Os lo transcribo en letra roja con comentarios míos en azul.
 
Os aviso que el segundo año no es tan dulce como el primero. Tras un tiempo de experimentar el silencio meditativo y haber sentido sus beneficios (si no fuera así no creo que siguierais en el grupo), llega el momento de la rutina, el cansancio, el aburrimiento… ¿Sigo o lo dejo? Es la pregunta-trampa. He aprendido con la inteligencia que hay “noches oscuras”, aunque no llego a entender su sentido; en esos momentos de sequedad toca poner en marcha el corazón, o sea, la voluntad; no olvides que en latín “volo” –de donde viene voluntad-. significa “querer”. Ejercitarse en la voluntad supone seguir los pasos que Dios quiere para mí, no lo que yo quiero (normalmente confundo este “quiero” mío con “me apetece” o “me gusta”). San Pedro de Alcántara nos lo explica así:

 San Pedro de Alcántara
Tratado de oración y meditación 
CAPÍTULO V.

DE ALGUNOS AVISOS NECESARIOS PARA LOS
QUE SE DAN A LA ORACIÓN 

Aviso primero

Comienza el santo reconociendo que no es fácil llegarse a Dios, y sin una conveniente dirección (guía) y consejos para no perderse en el camino. O sea, que sin mapa de carretera y sin humildad para dejarnos guiar por los caminos adecuados,  es casi un imposible.
 
Una de las cosas más arduas y dificultosas que hay en esta vida es saber ir a Dios y tratar familiarmente con él. Y por esto no se puede este camino andar sin alguna buena guía, ni tampoco sin algunos avisos para no perderse en él, y por esto será necesario apuntar aquí algunos con la nuestra acostumbrada brevedad….


1.- El primer consejo o aviso que da el santo es que sobre el “para qué” de la oración. Y previene de la reducción “filosófica” de la oración: buscarse a sí mismos y amarse a sí mismos. Es este un engaño lógico cuando se practica “meditación sin Dios”, es decir, cuando se reduce la meditación (también alude a la celebración de Sacramentos) a una serie de técnicas orientadas a encontrar un “lugar estufa” donde aislarme de mis preocupaciones y problemas; algo muy propio de la Nueva Era. Menciona aquí san Pedro de Alcántara que estamos ante una versión espiritual de los pecados capitales (avaricia, lujuria y gula espiritual) tan peligrosa como la versión sensual.

Entre los cuales, el primero sea acerca del fin que en estos ejercicios se ha de tener. Para lo cual es de saber que (como esta comunicación con Dios sea una cosa tan dulce y tan deleitable, según dice el Sabio) de aquí nace que muchas personas atraídas con la fuerza de esta maravillosa suavidad (que es sobre todo lo que se puede decir) se llegan a Dios y se dan a todos los espirituales ejercicios, así de lección como de oración y uso de Sacramentos, por el gusto grande que hallan en ellos, de tal manera, que el principal fin que a esto les lleva es el deseo de esta maravillosa suavidad. Éste es un muy grande y muy universal engaño en que caen muchos. Porque como el principal fin de todas nuestras obras haya de ser amar a Dios y buscar a Dios, esto más es amar a sí y buscar a sí, conviene saber, su propio gusto y contentamiento, que es el fin que los filósofos pretendían en su contemplación. Y esto es también -como dice un Doctor- un linaje de avaricia, lujuria y gula espiritual, que no es menos peligrosa que la otra sensual.


2.- Luego dice algo muy importante para nosotros a partir de este segundo año en que el cansancio de la práctica de meditación diaria puede hacer mella: no sentir gustos ni regalos en la oración no es signo de no estar haciendo lo correcto. No os juzguéis a vosotros como malos orantes si no vivis experiencias dulces y consoladoras; tampoco os juzguéis como más santos, ni juzguéis a nadie como tal, en razón de estas experiencias. Santa Teresa tuvo muchas de estas experiencias (también tuvo sus noches oscuras, aunque se mencionan menos), pero su santidad no se debe a esos dones de Dios sino a la búsqueda de la voluntad de Dios sobre la propia; fue vaciándose de su “volo” (querer, amar, voluntad) para que ese espacio lo fuera ocupando el “volo” de Dios. Así lo dice san Pedro:

…Y lo que es más, de este mismo engaño se sigue otro no menor, que es juzgar el hombre a sí y a los otros por estos gustos y sentimientos, creyendo que tanto tiene cada uno más o menos de perfección, cuanto más o menos gusta de Dios, que es un engaño muy grande. Pues contra estos dos engaños sirve este aviso y regla general: que cada uno entienda que el fin de todos estos ejercicios y de toda la vida espiritual es la obediencia de los mandamientos de Dios y el cumplimiento de la divina voluntad, para lo cual es necesario que muera la voluntad propia, para que así viva y reine la divina, pues es tan contraria a ella….
 

3. ¿Qué sentido tienen entonces las experiencias  humanamente gratificantes que se pueden dar en la oración? La razón es que se trata de signos que Dios nos da para hacernos saber que está cerca de nosotros en esta lucha por vivir según su voluntad. Y si es para este fin no hay inconveniente en pedirle esos dones a Dios, sobre todo en los momentos en que nos abate la oscuridad. Eso sí, siempre con un “que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Vuelve a insistir reiterativamente el santo en que no son los gustos sino la conformidad con la voluntad de Dios libremente aceptada (lo que supone exiliar los propios gustos y voluntades) lo que determina la calidad de nuestra oración.
 
…Y porque tan gran victoria como ésta no se puede alcanzar sin muy grandes favores y regalos de Dios, por esto principalmente se ha de ejercitar la oración, para que por ella se alcancen estos favores y se sientan estos regalos para salir con esta empresa. Y de esta manera y para tal fin se pueden pedir y procurar los deleites de la oración  (según arriba dijimos), como los pedía David cuando decía: Vuélveme, Señor, la alegría de tu salud, y confírmame con tu espíritu principal (Ps.50,14). Pues conforme a esto, entenderá el hombre cuál ha de ser el fin que ha de tener en estos ejercicios, y por aquí también entenderá por dónde ha de estimar y medir su aprovechamiento y el de los otros, conviene saber, no por los gustos que hubiere recibido de Dios, sino por lo que por él hubiese padecido, así por hacer la voluntad divina, como por negar la propia.
 
Que éste haya de ser el fin de todas nuestras lecciones y oraciones, no quiero traer para esto más argumentos que aquella divina oración o salmo: Beati immaculati in via (Ps.118,1), que teniendo ciento setenta y siete versos (porque es el mayor del salterio) no se hallará en él uno solo que no haga mención de la ley de Dios y de la guarda de sus mandamientos, lo cual quiso el Espíritu Santo que así fuese, para que por aquí viesen los hombres cómo todas sus oraciones y meditaciones se habían de ordenar en todo y en parte a este fin, que es la obediencia y guarda de la ley de Dios, y todo lo que va fuera de aquí, es uno de los muy sutiles y más colorados engaños del enemigo, con el cual hace creer á los hombres que son algo, no siéndolo.
 
Por lo cual dicen muy bien los Santos que la verdadera prueba del hombre no es el gusto de la oración, sino la paciencia de la tribulación, la abnegación de sí mismo y el cumplimiento de la divina voluntad, aunque para todo esto aprovecha grandemente así la oración como los gustos y consolaciones que en ellas se dan.
 

4.- Finalmente invita a un examen personal acerca de la propia oración, con unas cuestiones concretas que ya el año pasado comentábamos en abundancia. Lo primero es  que miremos si vamos creciendo en humildad,que se manifiesta interiormente en una consideración equilibrada de nosotros mismos y en la capacidad de “sufrir las injusticias de los otros” (no se afirma que haya que promover esto), y exteriormente en la manera de relacionarnos con los demás, ayudándoles cuando nos necesitan, aceptándolos tal como son, con sus defectos y virtudes; también se ve la  humildad en el modo de soportar los momentos duros de la vida,  en la ausencia de críticas innecesarias (¿cómo rige su lengua?), en saber cuidar la vida afectiva (¿cómo guarda su corazón?), en luchar contra la dictadura de la sensualidad (dominar la carne), etc… ,

 

… Pues, conforme a esto, el que quisiere ver cuánto ha aprovechado en este camino de Dios, mire cuánto crece cada día en humildad interior y exterior. ¿Cómo sufre las injusticias de los otros? ¿Cómo sabe dar pasada a las flaquezas ajenas? ¿Cómo acude a las necesidades de sus prójimos? ¿Cómo se compadece y no se indigna contra los defectos ajenos? ¿Cómo sabe esperar en Dios en el tiempo de la tribulación? ¿Cómo rige su lengua? ¿Cómo guarda su corazón? ¿Cómo trae domada su carne con todos sus apetitos y sentidos? ¿ Cómo se sabe valer en las prosperidades y adversidades? ¿Cómo se repara y provee en todas las cosas con gravedad y discreción? …
 
 
5.- Y otra cuestión a analizar es la de la propia imagen, el propio “ego” (amor de la honra, del regalo y del mundo). Un elemento importante es que te preguntes si vas aceptándote cada día más como eres, más allá de querer proyectar ante los demás una imagen ideal de ti mismo que, a la larga, te esclaviza haciéndote decir y hacer lo que no quieres. Todo por temor al qué dirán, al rechazo, a sentirte solo.

Es verdad que ser tú mismo lleva a veces consigo incomprensiones, soledad, dudas de si no me estaré equivocando,… Es la experiencia de Jesús en Getsemaní: soledad, abandono (se sentía incluso abandonado del Padre)… Es la “muerte del ego  por mortificación, ¡habría que recuperar el significado de esta palabra como ejercicio de arrojar fuera de ti todo lo que te mata!. Ahora bien, eso que te anula y te mata,  tu “falso yo”,  no se va a retirar como si nada; luchará por seguir instalado en ti, por dominarte con el engaño de los pensamientos y las emociones; te dirá que te engañas a ti mismo si crees en la verdad de Dios, porque tú eres Dios; ¡usa tu inteligencia!; también te dirá tu ego que has nacido para disfrutar, ¿No escuchas muy a menudo eso de “tengo derecho a disfrutar” como argumento para evadirse de las responsabilidades?

 Pero Dios te dice que tú no eres tus pensamientos; ya decía B. Pascal que el corazón tiene razones que la razón no comprende. Y tampoco eres tus emociones, ni las gratificantes ni las dolorosas; las emociones y los pensamientos son parte de ti, pero tú eres más que inteligencia y sentimientos, eres “imagen de Dios”, lo más grande, lo más fuerte y duradero de ti está muy dentro de ti mismo; como decía santa Teresa, lo que te da valor es que  tu “alma es como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal, … un paraíso adonde dice Él tiene sus deleites” (1 Moradas 1,1). La puerta para entrar en ese paraíso interior que eres tú, donde -¡pásmate!- Dios mismo tiene sus deleites, es la oración.

…Y, sobre todo esto, mire si está muerto el amor de la honra, y del regalo, y del mundo, y según lo que en esto hubiere aprovechado o desaprovechado, así se juzgue, y no según no que siente o no siente de Dios. Y por esto siempre ha de tener en él un ojo, y el más principal en la mortificación, y el otro en la oración, porque esa misma mortificación no se puede perfectamente alcanzar sin el socorro de la oración…

 
Creo que merece la pena que tomes conciencia de lo te dice que san Pedro de Alcántara, paisano nuestro extremeño y maestro de santa Teresa de Ávila. Bueno es que medites, que dediques tiempo a silenciar la mente y el corazón para dar paso a Dios. Pero también es bueno que te pares a evaluar tu oración, no tanto valorando los gustos y regalos cuanto los cambios que se van danto en tu vida (conversión a Dios).
 
En este segundo año, menos propenso a sorprenderte por los avances en tu meditación, toca hacer oración contemplativa siguiendo la voluntad de Dios. ¿Por qué tengo que hacerlo? Te respondo con las palabras de Jesús a san Pedro, que no entendía por qué Jesús, el maestro, tenía que lavarle los pies:  «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?». Jesús le replicó: «Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde». Pedro le dice: «No me lavarás los pies jamás». Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes parte conmigo». Simón Pedro le dice: «Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza». (Jn 13,6-9). Orar, más que hacer, es “dejar hacer a Jesús”; para ello sólo tienes que descalzarte y poner los pies bajo el agua que Él  te acerca. Entiende así la oración; como un don que Jesucristo, Dios encarnado, te acerca. Te parecerá impropio de Dios tanta humildad. Es su forma de hacerse contigo. No dejes de poner tus pies ante él, tu vida entera, para que la purifique con el agua de su gracia. Eso es orar.

Por tanto, sé constante: no lo entiendes ahora, pero lo entenderás más tarde.


Casto Acedo. Noviembre 2018