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martes, 29 de septiembre de 2026

Carta 8ª del diablo a su sobrino.


Transcribo aquí la parte que en el último encuentro comentábamos de la octava carta del libro de C.S. Lewis, Cartas del diablo a su sobrino. Para leer el libro o cualquier fragmento tened en cuenta que el Enemigo es Dios, y que el paciente es la persona a la que Urogario, el diablo sobrino al que su tío alecciona, ha de tentar.

En este párrafo, irónicamente, C. S. Lewis pone en luz la importancia que en el camino espiritual tiene el mantenerse en fidelidad (oración y vida justa) a pesar de no sentir cercana la presencia de Dios. A esta "ausencia de Dios" se le suele llamar tiempo de desolación. Son momentos, a veces bastante  largos, en los que  Dios retira la mano al creyente después de haberle proporcionado ciertas "dulzuras emotivas". Estos alejamientos de Dios han de ser mirados como la oportunidad que Dios da al espiritual para que madure de veras. 

En los momentos de desolación la respuesta a los requerimientos de Dios no está contaminada del sutil egoismo del "hago esto porque me gusta"; "De ahí que las oraciones ofrecidas en estado de sequía sean las que más le agradan (a Dios)", dirá Escrutopo, el diablo experimentado. Por eso en los momentos de sequía de emociones agradables en la vida de oración recomiendará a su sobrino que no se deje engañar y no abandone el trabajo de acosarle, porque si "el paciente" persiste en su oración y fidelidad a los mandatos lo habrá perdido para siempre.

El texto que transcribo recoge muy bien el espíritu que san Juan de la Cruz quiere transmitir en el segundo libro de la Subida del monte Carmelo, donde quiere persuadirnos de la necesaria oscuridad de la fe y la bondad de la perseverancia para el progreso espiritual.
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CARTA VIII

.... Debes haberte preguntado muchas veces por qué el Enemigo no hace más uso de Sus poderes para hacerse sensiblemente presente a las almas humanas en el grado y en el momento que Le parezca. Pero ahora ves que lo Irresistible y lo Indiscutible son las dos armas que la naturaleza misma de Su plan le prohíben utilizar. Para Él, sería inútil meramente dominar una voluntad humana (como lo haría, salvo en el grado más tenue y reducido, Su presencia sensible). No puede seducir. Sólo puede cortejar. Porque Su innoble idea es comerse el pastel y conservarlo; las criaturas han de ser una con Él, pero también ellas mismas; meramente cancelarlas, o asimilarlas, no serviría. 

Está dispuesto (Dios, el Enemigo) a dominar un poco al principio. Las pondrá en marcha con comunicaciones de Su presencia que, aunque tenues, les parecen grandes, con dulzura emotiva, y con fáciles victorias sobre la tentación. Pero Él nunca permite que este estado de cosas se prolongue. Antes o después retira, si no de hecho, sí al menos de su experiencia consciente, todos esos apoyos e incentivos. Deja que la criatura se mantenga sobre sus propias piernas, para cumplir, sólo a fuerza de voluntad, deberes que han perdido todo sabor. 

Es en esos períodos de bajas, mucho más que en los períodos de altos, cuando se está convirtiendo en el tipo de criatura que Él quiere que sea. De ahí que las oraciones ofrecidas en estado de sequía sean las que más le agradan. Nosotros podemos arrastrar a nuestros pacientes mediante continua tentación, porque los destinamos tan sólo a la mesa, y cuanto más intervengamos en su voluntad, mejor. Él no puede "tentar" a la virtud como nosotros al vicio. Él quiere que aprendan a andar y debe, por tanto, retirar Su mano; y sólo con que de verdad exista en ellos la voluntad de andar, se siente complacido hasta por sus tropezones. 

No te engañes, Orugario. Nuestra causa nunca está tan en peligro como cuando un humano, que ya no desea pero todavía se propone hacer la voluntad de nuestro Enemigo, contempla un universo del que toda traza de Él parece haber desaparecido, y se pregunta por qué ha sido abandonado, y todavía obedece...

Tu cariñoso tío, 

ESCRUTOPO.

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NOTA: También comentamos en el encuentro algo sobre la película Tierras de penumbra (1993), protagonizada por Anthony Hopkins y Debra Winger. La recomendábamos porque en ella el personaje  protagonista es el autor de libro de Cartas del diablo a su sobrino, además de su obra más conocida: Crónicas de Narnia, y porque es una película de una sensibilidad, sencillez y belleza exquisitas.

 
Podéis ver la película en Youtube:


O descargándola de mi Drive, donde la mantendré una semana:

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Septiembre 2026
Casto Acedo

viernes, 11 de septiembre de 2026

Subida del monte Carmelo (2º libro)

El primer libro de Subida

El curso pasado estuvimos estudiando y meditando el libro primero de Subida del monte Carmelo, de san Juan de la Cruz. Y en este curso vamos a adentrarnos en el libro segundo.

El libro primero tiene un matiz que, cuando se lee sin contar con el resto de la obra, hace que pareca más un tratado de ascética que de mística, un simple manual acerca de la conveniencia de renunciar  a dar gusto a los sentidos. El primer libro aconseja olvidarlo y dejarlo todo, soltar todo, y desear sólo a Dios. Pero no hay que mirarlo como un texto aislado, hay que considerarlo como un tratado que prepara el terreno al libro segundo donde aparecerá la fe como el verdadero medio de unión con Dios.

 A la noche  propia de quien deja lo material (noche del sentido) le va a seguir la noche del espíritu, que tendrá sus propias dificultades; y más dolorosas.

De principio Dios concede ciertos gustos y consuelos a quienes se inician. Es normal sentir la satisfacción de verse libres de cosas que impedían avanzar, pero los gustos y consuelos no son el fin de la vida espiritual. Hay quienes buscan en la meditación y oración una especie de limbo feliz, un estado de  “ausencia de turbación”, ataraxia  que dirían los estoicos,  una fortaleza de ánimo que, por la ausencia de pasiones y deseos, afronta la adversidad con calma y serenidad. Para los estoicos el objetivo es permanecer en quietud y silencio (“keep calm & be quiet”), que no está mal si el silencio apunta a la escucha de Dios; el problema es que se suele aspirar más al quietismo, a confundir la meta, la felicidad o el “estar en Dios” con una especie de estado de abandono pasivo, un cielo en la tierra, donde no haya preocupaciones.  Si es esto lo que buscas te aviso que el libro segundo de la Subida te lo va a desmontar. Dios no es la dopamina que necesitas para olcidar tus problemas La meta es el paraíso, pero el camino es el desierto; e ignorar la necesidad de cruzarlo es arriesgarse a quedar tendido en él. Como dice san Pablo, ¡atención!:

"No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar;  y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto". Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos"¨(1 Cor 10,1-6)

El oasis está al final del desierto. Hay quienes quieren tenerlo antes de le travesía y se afanan por construirse su paraiso privado en esta vida; aunque sea un paraiso con tintes espirituales aparentemente poco mundanos. Instalarse en esta zona de confort es un error que conduce a la muerte espiritual. La renuncia ha de ser costante; como dice uno de los textos de la liturgia de Pascua al enumerar las seducciones del maligno. 

¿Renunciáis a todas sus seducciones (de Satanás), como pueden ser: el creeros los mejores, el veros superiores, el estar muy seguros de vosotros mismos, el creer que ya estáis convertidos del todo, el quedaros en las cosas, medios, instituciones, métodos, reglamentos y no ir a Dios?

Como puedes comprobar si lees detenidamente todo lo dicho, se trata de hilar muy fino; porque Dios no es el camino sino la meta.

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Claves del segundo libro

En el primer libro (noche del sentido) san Juan propone abandonar todo lo que el mundo exterior ofrece como objetivo necesario para ser feliz y vivir en Dios; el libro segundo va a mostrarte que los mayores obstáculos no están fuera sino dentro. A la sed del desierto (agua física) se le va a unir la desesperación del sediento (sed de sentido).

San Juan de la Cruz presenta su  itinerario como una progresiva purificación: primero los sentidos; después las potencias espirituales (mente, memoria y voluntad). Así explicó el Papa Benedicto XVI los pasos de la purificación del alma según el libro que seguimos:

“Subida al Monte Carmelo presenta el itinerario espiritual desde el punto de vista de la purificación progresiva del alma, necesaria para escalar la cima de la perfección cristiana, simbolizada por la cima del Monte Carmelo. Esta purificación se propone como un camino que el hombre emprende, colaborando con la acción divina, para liberar el alma de todo apego o afecto contrario a la voluntad de Dios. La purificación, que para llegar a la unión de amor con Dios debe ser total, comienza por la de la vida de los sentidos y prosigue con la que se obtiene por medio de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, que purifican la intención, la memoria y la voluntad”. (Audiencia del 16 de Febrero de 2011)

La clave ahora es pasar de "no apegarse" a "creer". Podríamos condensar así el movimiento: Libro primero: «No tomes la criatura como término». Libro segundo: "No tomes tampoco tus propias ideas de Dios como término: déjate conducir por la fe". Esto es muy importante.

En el primer libro san Juan de la Cruz se ocupa sobre todo de los apetitos sensibles: gusto, posesión, experiencia, placer, imágenes, cosas creadas... El problema no es que las criaturas sean malas, sino que el alma puede convertirlas en objeto de su deseo y, por tanto, en sustitutos de Dios. La famosa lógica de la «nada» comienza aquí: para llegar al Todo hay que dejar de confundir cualquier cosa limitada con el Todo.

Pero cuando llegamos al Libro segundo Juan de la Cruz hace algo todavía más radical: la purificación alcanza al entendimiento. Ya no basta con desprenderse de las cosas; hay que desprenderse también de la pretensión de comprender a Dios a nuestra medida; evitar caer en la trampa de hacer de Dios un ídolo que mi imaginación fabrica guiada por intereses poco santos.

Por eso el segundo libro empieza a hablando de la fe como noche. La fe no es oscuridad porque sea insegura, sino precisamente porque la realidad que comunica —Dios— supera infinitamente la capacidad natural del entendimiento. Si Dios no es como yo lo he imaginado y comprendido hasta ahora, entonces ¿quién y cómo es Dios?

           * * *

Al decir que el libro primero es preparación para el segundo, hay que matizar la expresión “preparación”. No designa simplemente que el primero sea ascético y el segundo de una doctrina más elevada, es más bien una forma de decir que en el camino espiritual se da un cambio progresivo de sujeto y de profundidad.

Observa este cuadro comparativo:

San Juan  de la Cruz dice que de hecho la segunda noche —la de la fe— que trata en el libro segundo de Subida es más interior y oscura que la primera, porque afecta directamente al entendimiento.

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La tarea que tenemos por delante este curso es ardua y pide perseverancia. Cualquier intento de querer avanzar en el camino sin la práctica de la oración (“atención amorosa a Dios”) y sin una vida física y moralmente correcta, hará imposible el avance. Por eso os animo a no abandonar el cuidado de la salud corporal (descanso, ejercicio, buena alimentación) y el silencio (oración de contemplación); y tampoco abandonaf la autocrítica necesaria a las acciones que cada día realizamos. Avanzar supone además  cambiar automatismos mentales de comportamiento (reacciones) que tenemos asumidos como normales y  que pueden ser la tumba de nuestras más nobles aspiraciones.

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NOTA: Para una visión global de la espiritulidad sanjuanista os aconsejo leer entero el texo de la audiencia del Papa Benedicto XVI enlazada en la cita que se da en este blog.

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Feliz camino

Septiembre 2026

Casto Acedo

domingo, 14 de junio de 2026

SP.2 Manda tu luz desde el cielo.

Nos adentramos en la segunda frase de la secuencia, en la que pedimos al Espíritu Santo que mande su luz. Esa luz no es sino el Espíritu Santo de Jesús ("Yo soy la luz del mundo").  Ya sabes  que "Dios es luz, y  en él no hay tiniebla alguna"(1 Jn 1,5).

Ven, Espíritu divino,

MANDA TU LUZ DESDE EL CIELO

Cuando atravesamos un momento difícil, complicado, confuso, solemos definirlo como tiempo de oscuridad, de noche. Esta noche puede ser fruto de nuestro no a Dios. Aferrados a los ídolos (posesiones materiales, poder, prestigio... ) creemos hallar luz en ellos, pero sólo son flashes efímeros que no iluminan lo suficiente y son incapaces de penetrar y llenar  el hondón del alma.

Pero hay otra oscuridad, o mejor “ceguera”, que no es consecuencia del apego a los ídolos que empañan la mirada del alma sino don del mismo Dios que se revela en su ser como luz indefectible, cegadora, invisible por exceso. Es la luz del Espíritu Santo, luz de Dios, que deslumbra y ciega  el alma con el fulgor y  la potencia de su Rayo.

Para ser iluminado por la Luz de Dios has de crear en ti un espacio de vacío renunciando a todo lo que hasta ahora has considerado luz. Una vez tu alma suelta todo aquello que la tuvo cautivada sobreviene una oscuridad desconcertante, la “noche de la fe” que, lejos de rehuir has de aceptar, porque es el camino para el deleite de la unión con Dios. 

* * *

"En los deleites de mi pura contemplación y unión con Dios, la noche de la fe será mi guía... -dice san Juan de la Cruz-. ... El alma ha de estar en tiniebla para tener luz para este camino” (2 S 3,6).

Tras un tiempo espiritual de luz, cuando más seguro estás, aparece la oscuridad y la duda. ¿Qué hacer entonces? Abandonarte a Dios. ¿A qué Dios? Desde luego no al "ya visto", al "gozosamente experimentado" en los primeros pasos, o al "ya cristalizado en tu imaginación". Deja ir a ese Dios. Agradece el amor que te dio en su momento y mira hacia adelante; Dios te tiene reservado gozos más grandes. Sólo si acallas la imaginación y quedas suspendido o suspendida en la silente y pura oscuridad de la fe tendrás la oportunidad de ver la luminosa novedad de un Dios que es siempre nuevo. 

Dionisio Areopagita resume así lo que pretendo decirte: 

“Renuncia a los sentidos, a las operaciones intelectuales, a todo lo sensible y a lo inteligible. Despójate de todas las cosas que son y aun de las que no son. Deja de lado tu entender y esfuérzate por subir lo más que puedas hasta unirte con aquel que está más allá de todo ser y de todo saber. Porque por el libre, absoluto y puro apartamiento de ti mismo y de todas las cosas, arrojándolo todo y del todo, serás elevado espiritualmente hasta el divino Rayo de tinieblas de la divina Supraesencia” (Teología mística, 1. 997 B - 1000 A).

Dios manda la Luz en el silencio de la noche (cf Sb 18,14-15). llegada a ti la noche, estáte atento a su venida mientras susurras: "¡Ven, Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo!" 

MEDITACIÓN (Pautas) 

1. Busca el lugar cómodo y apropiado para meditar y colócate en la postura más adecuada para mantener cuerpo y alma en quietud; luego haz unas breves inspiraciones y espiraciones abdominales. Observa como bajo el ombligo tu abdomen se hincha o encoge en cada movimiento respiratorio.

2. Recorre tu cuerpo relajando cada parte de él. desde la coronilla hasta los pies. Sin prisas.

3. Céntrate unos minutos en la respiración, “dejando ir” sin juicios ni condenas tus pensamientos o sentimientos, sean alegres o tristes. En cada inspiración imagina que inhalas luz, paz, serenidad ...  en cada espiración imagina que exhalas espesura, oscuridad, inquietud, gravedad... 

4. Toma conciencia de todo tu ser corporal (tacto): volumen, peso, temperatura roce de la piel… Todo tú presente en tu cuerpo. 

5. Observa tu interioridad, mezcla de luz y oscuridad. ... Contémplate en tu existencia más o menos opaca y gris que suspira por brillar y ser más luminosa.

6. Vuelve a la respiración y repite: Espíritu divino, ¡MANDA TU LUZ DESDE ELCIELO! Mantén una actitud de apertura, de corazón abierto, y si te ayuda también de brazos abiertos, anhelando recibir la luz del Espíritu. Permanece así al menos diez minutos. Si te distraes vuelve al “mantra” o jaculatoria: Espíritu divino, ¡manda tu luz desde el cielo!

7. Puedes concluir con la audición En nuestra oscuridad.

8. Haces tres inspiraciones profundas y sales suavemente del ejercicio de oración-meditación..

9. Finalmente, puedes pararte y tomar nota de lo vivido y de las mociones sentidas: deseos de despojarte de todo lo que oscurece tu vida, apertura a la Luz que es Dios, compromiso de ser luz para alguien de un modo concreto, etc.) 

Que te sea de utilidad. 

Y no olvides, antes de nada, dedicar tu oración para bien de todos y de todo.

Casto Acedo. Junio 2026

domingo, 10 de mayo de 2026

Consejos para entrar en la noche (II)

Segunda parte del tema Consejos para entrar en la noche. Segundo consejo.

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SEGUNDO CONSEJO
Renunciar a la mera satisfacción sensual
“Cualquiera gusto que se le ofreciere a los sentidos, como no sea puramente para honra y gloria de Dios, renúncielo y quédese vacío de él por amor de Jesucristo, el cual en esta vida no tuvo otro gusto, ni le quiso, que hacer la voluntad de su Padre, lo cual llamaba él su comida y manjar” (1 S 13,4).
San Juan de la Cruz pone ejemplos para esto: “Si se le ofreciere gusto de oír cosas que no importen para el servicio y honra de Dios, ni lo quiera gustar ni las quiera oír. Y si le diere gusto mirar cosas que no le ayuden (a amar) más a Dios, ni quiera el gusto ni mirar las tales cosas. Y si en el hablar otra cualquier cosa se le ofreciere, haga lo mismo; y en todos los sentidos, ni más ni menos, en cuanto lo pudiere excusar buenamente; porque si no pudiere, basta que no quiera gustar de ello, aunque estas cosas pasen por él. Y de esta manera ha de procurar dejar luego mortificados y vacíos de aquel gusto a los sentidos, como a oscuras. Y con este cuidado en breve aprovechará mucho” (Ibid).

Si quieres seguir a Cristo mortifica tus placerse sensoriales. Esto es lo central del mensaje. Sin embargo, no malinterpretemos las palabras, porque san Juan no está condenando sin más los placeres sensuales y sensoriales. El hecho de que añada “como no sea puramente para honra y gloria de Dios” implica que hay placeres que sirven para honrar y dar gloria a Dios.

Juan Casiano nos cuenta una anécdota que nos puede aclarar esto:
“Se cuenta que, cuando San Juan evangelista ya era muy anciano y vivía en Éfeso, pasaba sus días enseñando sobre el amor de Dios. Pero un día, un cazador que pasaba por allí se quedó asombrado al ver al gran Apóstol —el autor del cuarto Evangelio y el Apocalipsis— sentado tranquilamente, acariciando con ternura a una pequeña perdiz que tenía entre sus manos.

El cazador, algo confundido, le preguntó:

— "¿Cómo es posible que un hombre tan importante y sabio pierda su tiempo jugando con un pajarito?"

Juan, con una sonrisa llena de paz, miró el arco que el hombre llevaba al hombro y le preguntó:

— "Dime, amigo, ¿por qué llevas el arco destensado?"

— "Porque si lo mantuviera siempre tenso", respondió el cazador, "la madera se volvería rígida, perdería su fuerza y se rompería cuando necesitara disparar una flecha".

Juan asintió suavemente y le dijo:

"Exactamente lo mismo ocurre con el espíritu humano. Si no permitimos que nuestra mente descanse y se recree en las pequeñas maravillas de la creación, nos quebraríamos bajo el peso de nuestras responsabilidades y no podríamos elevar nuestro corazón hacia Dios".
Esta anécdota recuerda a la enseñanza budista sobre el camino medio. Siddharta escuchó a un maestro de música que instruía a sus alumnos sobre el modo de afinar un instrumento: "Si tensas demasiado la cuerda de tu instrumento revienta. Si la aflojas mucho, no suena. La clave está en el punto medio”.

San Francisco de Sales decía: “Es verdad que se debe llevar una vida de renuncias, pero hay que evitar el error de ser tan estricto con uno mismo, tan austero e insociable, que se niegue a los demás o a uno mismo la recreación”. Y también Santo Tomás de Aquino escribió: “¿Puede haber pecado donde nunca se juega?”. Su respuesta: “¡Sí!” Y argumenta que la ausencia de juego o la recreación no es solo algo necesario, sino además puede ser una falta de caridad, porque cuando nos privamos de los placeres necesarios, nos volvemos taciturnos y molestos parea los demás, o sea, nos convertimos en un aguafiestas.

Nos han educado para asociar el pecado y el placer. Y santo Tomás nos recuerda que el placer puede ser desordenado tanto por exceso como por defecto; la moderación ha de ser la norma: hallar el punto medio entre la austeridad de la renuncia y la relajación del placer. Esto es especialmente importante para aquellos “ocupados en los trabajos contemplativos”, pues los placeres derivados de los sentidos reaniman el espíritu y la mente fatigados (Summa Theológica II, II, q. 168, a. 2).

Los extremos se tocan. Ayunar demasiado y comer demasiado conduce a lo mismo. El ayuno excesivo también produce debilidad. Además, si los seres humanos son privados de los placeres del espíritu es probable que se muestren complacientes en exceso con los placeres de la carne. El enemigo no es el placer en sí, sino el placer desordenado. Por eso Juan es consciente de que los placeres, incluso los legítimos, necesitan algún tipo de control. Cada cual, examinándose, ha de buscar el equilibrio.

Las enseñanzas de san Juan de la Cruz acerca de las prácticas ascéticas no son ni maniqueas (todo placer es malo) ni epicúreas (el placer es lo único bueno). Nuestro santo no es ni riguroso ni permisivo. Es realista. Hay ciertos objetos que no podemos poseer sin evitar ser poseídos por ellos. Es uno de los temas centrales de la trilogía de J.R. R. Tolkien en El señor de los anillos, donde se muestra nuestra inhabilidad para ejercer un poder absoluto (simbolizado en el Anillo) cuando somos poseídos por él. Así los placeres pueden ser disfrutados, pero también puede que esos mismos placeres nos dominen haciéndonos adictos a ellos. Un aspecto esencial de la sabiduría es no asumir lo que no podemos afrontar. Reconozcamos que poner límites a la gratificación de nuestros deseos no restringe nuestras vidas, más bien nos libera de vivir absorbidos o esclavizados. Y cuanto menos obsesionados estemos con propósitos mundanos o egoístas, más capaces somos de vivir conscientes de la presencia de Dios.

Desde lo dicho sobre este consejo hay que leer los aforismos que escribe san Juan de la Cruz para apaciguar “las cuatro pasiones naturales que son gozo, esperanza, temor y dolor”, es decir, para vivir en quietud y serenidad espiritual; del cual estado salen muchos bienes. Para este apaciguamiento interior san Juan aconseja:

“Procure siempre inclinarse:
no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso;
no a lo más sabroso, sino a lo más desabrido;
no a lo más gustoso, sino antes a lo que da menos gusto;
no a lo que es descanso, sino a lo trabajoso;
no a lo que es consuelo, sino antes al desconsuelo;
no a lo más, sino a lo menos;
no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciable;
no a lo que es querer algo, sino a no querer nada;
no andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo peor,
y desear entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo cuanto hay en el mundo”. (1 S 13,6)

No quiere decir san Juan que debemos “hacer” sí o sí lo que es más difícil. Dice "procure inclinarse", es decir, vaya entrenándose en el arte de soltar lo más cómodo y abrazar lo más dificultoso si conviene para gloria de Dios. Se trata de desarrollar el hábito de inclinar la voluntad a la práctica de la virtud. Por ejemplo, acostumbrarse a escoger no mirar el wasap a cualquier hora del día, elegir conscientemente para que te acompañe en alguna tarea laboral ese compañero que no te cae muy bien, disciplinarte para hacer silencio durante unos minutos al día renunciando a otra actividad también buena y legítima, etc.

Lo que pretende decir san Juan es que hay como dos estilos de vida diferentes, uno que se inclina a hacer lo más fácil, lo más cómodo, agradable y gratificante, y otro que se centra en la búsqueda de la voluntad de Dios y el bien del prójimo. A primera vista parecería que el primer estilo proporciona paz y felicidad a la persona. Sin embargo da a entender que, aunque la vida tenga momentos de alivio frente a las dificultades, a la larga mirar exclusivamente por uno mismo hace la vida más pesada y frustrante; cuando uno se inclina a lo más fácil toda tarea se convierte en opresiva y la voluntad se resiste a las obligaciones de la vida diaria; nuestro deseo termina siempre en frustración.

Cuando nos inclinamos a buscar la voluntad de Dios y el bien del prójimo, aunque esto sea menos deseable que echarse en manos de la comodidad, descubrimos “gran deleite y consuelo”. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo va a ser más deleitoso y consolador lo que de entrada nos parece desagradable? San Juan da una doble respuesta: en primer lugar, porque la consolación y el deleite son los frutos de estas prácticas; aunque de principio hay resistencia, perseverar en esta práctica conduce a la felicidad, por eso aconseja: “procure allanar la voluntad en ellas” (1 S 13,7). Y en segundo lugar porque el delite y la consolación derivados de hacer la voluntad de Dios están más allá de todo cálculo humano. Se trata de una alegría que brota de la experiencia de la presencia de Dios. Hacer la voluntad de Dios nos hace sentirnos más unidos a Dios, y nos proporciona la satisfacción de estar haciendo lo correcto.

Anotar finalmente en este consejo que la práctica de “inclinarse a lo más difícil” ha de hacerse “ordenada y discretamente”, alejándose de penitencias corporales excesivas. La práctica de disciplinas corporales duras, que san Juan tacha de ”penitencia de bestias”, suelen conducir a la soberbia más que a la humildad. Lo conveniente en esto es la “via media”, disciplinar la vida alejándose de planteamientos individualistas de tinte masoquista y dejándose llevar por los consejos evangélicos y por la tradición espiritual de la Iglesia, en diálogo con la comunidad.

(Continuará)

C. A 
Mayo 2026

Consejos para entrar en la noche (III)

Tercera parte de la entrega de los consejos sanjuanistas: se recogen aquí el tercer y cuarto consejos.



TERCER CONSEJO 
Renunciar a uno mismo
“Procurar obrar en desprecio propio y desear que todos lo hagan (y esto es contra la concupiscencia de la carne). ... Procurar hablar en su desprecio y desear que todos lo hagan (y esto es contra la concupiscencia de los ojos). ... procurar pensar bajamente de sí en su desprecio y desear que todos lo hagan (también contra sí, y esto es contra la soberbia de la vida)” (1 S 13,9).
Ante este consejo hemos de advertir el peligro de interpretación masoquista. Quien conoce a san Juan de la Cruz sabe que está muy lejos de él justificar cualquier tipo de sufrimiento gratuito. Por eso hay que leer aquí sus palabras a la luz de su propósito: éstos son medios para entrar en la noche oscura. El desprecio del que habla san Juan no se dirige a nosotros mismos en cuanto criaturas de inmenso valor y dignidad, hechos a imagen y semejanza de Dios; estos consejos son más bien medios para educar los apetitios desordenados que alimentan nuestro yo egoísta.

Habla san Juan de la triple concupiscencia (de la carne, de los ojos y de la soberbia de la vida), que en la mentalidad escolástica diferenciaba el amor desordenado del amor ordenado o armonioso. Al hablar de la gtriple concupiscencia santo Tomás, resumiendo a san Agustín, escribe: “El amor ordenado de sí mismo, es decir, que quiera para sí el bien conveniente, es debido y natural. Mas el amor desordenado de sí mismo, que lleva hasta el desprecio de Dios, se propne según san Agustín ser la causa del pecado” (Summa Theologica I-II. Q. 77.a.4).

Amor propio (amor ordenado, que toma decisiones acordes a la voluntad de Dios) no es lo mismo que egoísmo (amor desordenado y autodestructivo).

Control o restricción, esta es la esencia del consejo de san Juan en lo relativo a rechazar los pensamientos, palabras o acciones egocéntricas. No permitas que entren en tu vida. No actúes de acuerdo con ellos. Resistete, nada más aparecer en tu conciencia, a la tendencia a una vida en la que tu yo ocupe el centro.


CUARTO CONSEJO
Para tenerlo todo, renunciar a todo
“Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada. / Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada. / Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada. / Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada. / Para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas. / etc.” (1 S 13,11).
Estas son las instrucciones o consejos que en la Subida del monte da san Juan para subir a la cumbre, es decir, para alcanzar el más alto grado de unión:

“Para venir a gustarlo todo
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a saberlo todo
no quieras saber algo en nada.
Para venir a poseerlo todo
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo
no quieras ser algo en nada.

Para venir a lo que gustas
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes
has de ir por donde no sabes.
Para venir a poseer lo que no posees
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres
has de ir por donde no eres”.
Dice William Blake que “aquel que atrapa para sí una alegría destruye la vida que vuela, pero aquel que besa la alegría mientras vuela vive en un amanecer eterno”. Imagina una mariposa que se posa en la mano de una mujer. Cuando la mujer mira la belleza des esta criatura divina, se siente llena de alegría por la belleza que está a su alcance. Si se ata a esta experiencia estética, su alegría se echará a perder por la ansiedad de saber que no durará, pues la mariposa terminará por alzar el vuelo.

Y al revés, si la mujer no se mueve por el afán de poseer puede disfrutar completamente de la belleza de la mariposa, porque tiene la capacidad de aceptar la experiencia por lo que es, un momento fugaz, un regalo pasajero por el que dar gracias.

Podemos ver las consecuencias de estas dos posturas en 3 S 20,2-3:
Se “adquiere más gozo y recreación en las criaturas con el desapropio de ellas, el cual no se puede gozar en ellas si las mira con asimiento de propiedad; porque éste es un cuidado que, como lazo, ata al espíritu en la tierra y no le deja anchura de corazón.

Adquiere más, en el desasimiento de las cosas, clara noticia de ellas para entender bien las verdades acerca de ellas, así natural como sobrenaturalmente; por lo cual las goza muy diferentemente que el que está asido a ellas, con grandes ventajas y mejorías. Porque éste las gusta según la verdad de ellas, ...

...Gózase, pues, éste en todas las cosas, no teniendo el gozo apropiado a ellas, como si las tuviese todas; y esotro, en cuanto las mira con particular aplicación de propiedad, pierde todo el gusto de todas en general; éste, en tanto que ninguna tiene en el corazón, las tiene ... todas en gran libertad; esotro, en tanto que tiene de ellas algo con voluntad asida, no tiene ni posee nada, antes ellas le tienen poseído a él el corazón; por lo cual, como cautivo, pena; de donde, cuantos gozos quiere tener en las criaturas, de necesidad ha de tener otras tantas apreturas y penas en su asido y poseído corazón”
El deseo de poseer, a decir de san Juan, genera “ansiedad” (“apreturas y penas” dice él); es como una cuerda que se amarra en torno a la presa y la hace sentirse atrapada. La ansiedad crea ansiedad. Cuanto más ansiedad experimenta la persona, más se agarra a la cosa poseída, lo que a su vez provoca más ansiedad. Un corazón asido está poseído por las cosas, y sufre como un cautivo. Un corazón no asido es verdaderamente libre, y aunque tales personas “no poseen nada, las tiene todas (las cosas) en gran libertad” (3 S 20,3).

Atentos, pues a esa “pausa fatal” en la que te detienes mentalmente y reparas en algo entrando en el momento de la decisión. Sopesas, mides, calculas, te pones a deliberar si decides hacer -compartir, soltar, dejar a un lado- eso que sabes que debes hacer sin pensarlo mucho, porque es la voluntad de Dios. ¡Ten cuidado!, porque ...
...Cuando reparas en algo
dejas de arrojarte al todo.

Para venir del todo al todo
has de dejarte del todo en todo,
y cuando lo vengas del todo a tener
has de tenerlo sin nada querer.

Porque, si quieres tener algo en todo
no tiene puro en Dios tu tesoro (1 S 13,12).
“Reparar” implica posponer algo en orden a considerar y reflexinar. “Arrojarse”, en sentido metafórico y espiritual, significa responder desde el abandono confiado. En el abandono de una pausa, nuestros miedos, nuestro egoísmo o nuestra pereza, pueden impedirnos tomar la decisión acertada. No está invitando san Juan a tomar alocadas decisiones temerarias, sino a decidir sin dilación cuando estamos ante algo que claramente es voluntad de Dios, por ejemplo cuando nos enfrentamos a las demandas cotidianas de la caridad. En ese instante entre inspiración y decisión suele meterse el demonio; no le dejes hablar, dile con Jesús: “¡Calla y sal! (Lc 4,35 ) Con el tentador no se dialoga, “sabe más el diablo por viejo que por diablo”, no te dejes engañar.

* * *
En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.
Los consejos que hemos expuesto siguiendo la estela de San Juan de la Cruz nos conducirán a la gracia de la “consolación” que se experimenta como cese de la tentación; pero también dirá el santo que soltar los apegos puede traer consigo una inflamación del deseo de Dios.

A veces la gracia se experimenta como un entusiásmo y energía que nos empuja hacia Dios: “con ansias en amores inflamada”. Otras veces la gracia capacita a la persona para superar apegos y ataduras, en la medida en que han dejado de tener control sobre ella. “estando ya mi casa sosegada”.

Cada cual experimenta la gracia de manera diferente. Lo esencial no es la manera de experimentarla sino el fin que logra cumplir en nosotros. Ya sea inflamando al alma para abrazar una nueva vida, o aquietando el corazón para adormecer los apetitos desordenados permitiéndole alejarse de su vieja vida, el efecto positivo es lo que importa.

Nadie sabe por qué la consolación se experimenta de distinta forma. Quizá se deba a la diferencia entre personas.

*
C.A. 
Mayo 2026

sábado, 9 de mayo de 2026

Consejos para entrar en la noche (I)

  

Partiendo de los capítulos 13-15 del Primer libro de la Subida del monte Carmelo de san Juan de la Cruz y apoyado en las reflexiones de Marc Foley: San Juan de la Cruz, una mística para vivir, os paso una entrada en tres partes sobre los consejos con los que el santo culmina esta parte de su libro. Aquí va la primera. Léela detenidamente, medita y sigue estos consejos. Merecen la pena. 

*

Introducción

Estamos siguiendo la estela de san Juan en el primer libro de la Subida del monte Carmelo. Nos hemos ocupado en conocer la importancia que san Juan da al tema de los deseos -él los llama “apetitos”-, y nos ha ido diciendo de que es necesario vaciar nuestra alma de apetitos -deseos, apegos, aferramientos- que no dejan a Dios el protagonismo que debería tener en nuestra vida.

En los últimos temas hemos aprendido cuáles son los daños que los apetitos causan al alma, y hemos señalado que san Juan  divide esos daños en dos tipos:

*Daño privativo: los apetitos que “privan al alma del Espíritu de Dios”. "Dos contrarios no caben en el mismo ser"; esto lo dice la filosofía clásica y Jesús lo afirma claramente refiriéndose al alma y al apetito de bienes materiales:
“Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”. (Mt 6,24
Es preciso vaciar el alma de aficiones como las riquezas, el poder, la vanidad, el orgullo, etc., que son contrarias a Dios. Dos realidades opuestas no pueden estar en el mismo corazón, por tanto, si llenas tu alma de lo que no es Dios estás impidiendo que Dios la ocupe. “Cada uno coge agua como lleva el vaso”, dice san Juan (2 S 24,2. Si tu vaso lo llenas de materialidades y fantasías poco espacio queda para que el Espíritu Santo la habite.

*También se señalan en el libro daños positivos, es decir, efectos negativos que afectan al alma impidiendo el crecimiento espiritual, y que “al alma en que viven la cansan, atormentan, oscurecen, ensucian y enflaquecen”.

El alma que está totalmente inmersa en la idolatría y vive en la obsesión de sus caprichos queda privada de Dios; privada “en esta vida de la gracia y en la otra de la gloria, que es poseer a Dios”. “Los apetitos de pecado mortal causan tal ceguera, tormento, y inmundicia y flaqueza, etc; mas los otros de materia de venial o imperfección no causan estos males en total y consumado grado”. No obstante, los apetitos que podemos llamar veniales son una rémora o traba que impide avanzar en las cosas del espíritu. ¿Cómo sé que me hacen daño? Porque "el apetito cuando se ejecuta es dulce y parece bueno, pero después se siente su amargo efecto. Lo cual podría bien juzgar el que se deja llevar dellos”.


CUATRO CONSEJOS

Para entrar en la noche es preciso soltar los desesos (apetitos). Para ello san Juan, en el capítulo 13 del primer libro de Subida, da unos consejos que podríamos denominar “método simplificado para entrar en la noche oscura”. En Subida expone san Juan lo que el alma puede hacer y hace de su parte para entrar en la noche, y en Noche oscura trata de lo que sucede al alma por la gracia de Dios, es decir, las maravillas que obra Dios en el alma que suelta sus apetitos.

Y ¡atención! la noche no es para san Juan un concepto negativo sino positivo. La noche es el fruto de la renuncia a los apetitos, un estado del alma que te ofrece la oportunidad de entrar en una vida nueva.

Los consejos que da san Juan en 1 Sub 13 ha de leerlo cada cual desde su particular experiencia. Cada persona debería discernir cuales son sus deseos desordenados, aquello que le ata a la tierra y le impide volar al cielo. 

¿Cómo saber qué es bueno y qué no para mi vida espiritual? Pregúntate si la práctica de la oración y tu modo de vida te ayudan a sintonizar con la voz de Dios y si están ayudándote a crecer en el amor. No olvides que todo lo que hacemos es un medio para un fin, cumplir el mandamiento nuevo: amar a Dios y amar al prójimo. Si tu objetivo al rezar o al actuar es dar una mayor gloria de Dios, si te mueve no el egocentrismo sino el amor, vas por buen camino. Sino, párate y medita qué apegos o apetitos desordenados debes soltar.

Veamos los consejos que nos da el santo.


PRIMER CONSEJO
Crecer en el deseo continuo de conocer e imitar a Cristo
“Lo primero, traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera él” (1 S 13,3)
Es importante y conveniente renovar cada día el deseo de estar con Cristo y de imitarlo. La clave de la enseñanza sanjuanista aquí está en hacer, no en sentir. Intentar imitar a Cristo en todo lo que haces. Para entender esto del “deseo de imitar a Cristo” hay que tener en cuenta que deseo no es emoción.

A veces las emociones nos juegan una mala pasada. Somos propensos a caer en lo que los psicólogos llaman “razonamiento emocional” y “sobregeneralización”. El razonamiento emocional consiste en que a veces, frustrados por un pequeño fracaso en una empresa deseada y querida, acabamos pensando que no valemos para nada; y la generalización define la tendencia a ver un hecho aislado y negativo como el comienzo de un fracaso sin remedio.

Aquí hay que considerar el consejo de san Juan: mi deseo de Cristo tiene que contar con mi carácter, a veces propenso a emociones negativas o pesimistas. Hay que saber distinguir entre crecimiento espiritual y madurez emocional. Vivimos inclinados a creer que el progreso espiritual ha de ir acompañado por el crecimiento en emociones agradables. Y no son la misma cosa; amar a nuestro prójimo no significa necesariamente que mis sentimientos hacia dicho prójimo hayan cambiado. Hay ciertas personas en nuestras vidas que, independientemente de lo que podamos amarles, nunca nos gustarán. Y tampoco Dios espera que nos agraden.

También hay que decir que la “imitación de Cristo” no consiste en pretender una “clonación espiritual”. Estamos llamados a practicar las virtudes de Cristo, pero según las situaciones y el momento de nuestras vidas. Cristo es un modelo a imitar en sus virtudes, no un molde a replicar. Cada cual ha de mirar su vida e imitar a Jesús con “orden y discreción” (1 S 13,7), es decir teniendo en cuenta la situación de cada uno. No es conveniente para un matrimonio, por ejemplo, dedicar un tiempo excesivo a la oración y descuidar el cuidado de su hogar y la atención a los hijos; y tampoco es conveniente que un monje dedicado a la oración se cargue de ocupaciones que le impidan su tiempo para la oración de contemplación. Cada cual debe encontrar su camino de santificación adaptado a su estado de vida.

Finalmente, anotar que considerar o conocer la vida de Cristo no es un simple acto intelectual; requiere un acercamiento meditativo a su persona. Para ello es esencial la lectura espiritual, especialmente la Sagrada Escritura, y más en concreto en Nuevo Testamento. Junto a los Evangelios una buena selección de lecturas espirituales predisponen nuestro corazón para imitar a Jesús en su arte de vivir de y en la voluntad del Padre (cf Jn 4,34). Y no consideremos como espirituales sólo los libros de literatura mística; también hay obras profanas que pueden ayudarnos a buscar la voluntad de Dios para nuestra vida.

(Continuará)

C. A 
Mayo 2026

miércoles, 8 de abril de 2026

Salir con ansias de amor (1 S 14-15)

 Os paso aquí los capitulos 14 y 15 del libro primero de la Subida del monte Carmelo. Al final tenéis un comentario elaborado por IA; en dicho cometnario hay un error: no es en Noche oscura donde se encuenta el texto comentado sino en el primer libro de Subida del monte Carmelo en sus capítulos 14 y 15.

SUBIDA DEL MONTE CARMELO 

LIBRO PRIMERO 

CAPÍTULO 14

En el cual se declara el segundo verso de la canción:

Con ansias en amores inflamada.

1. Ya que habemos declarado el primer verso de esta canción, que trata de la noche sensitiva, dando a entender qué noche sea esta del sentido y por qué se llama noche; y también habiendo dado el orden y modo que se ha de tener para entrar en ella activamente, síguese ahora por su orden tratar de las propiedades y efectos de ella, que son admirables, los cuales se contienen en los versos siguientes de la dicha canción, los cuales yo apuntaré brevemente en gracia de declarar los dichos versos, como en el prólogo lo prometí, y pasaré luego adelante al segundo libro, el cual trata de la otra parte de esta noche que es la espiritual.

2. Dice, pues, el alma que con ansias, en amores inflamada pasó y salió en esta noche oscura del sentido a la unión del Amado. Porque para vencer todos los apetitos y negar los gustos de todas las cosas, con cuyo amor y afición se suele inflamar la voluntad para gozar de ellos, era menester otra inflamación mayor de otro amor mejor, que es el de su Esposo, para que, teniendo su gusto y fuerza en éste, tuviese valor y constancia para fácilmente negar todos los otros. 

Y no solamente era menester para vencer la fuerza de los apetitos sensitivos tener amor de su Esposo, sino estar inflamada de amor y con ansias (deseos). Porque acaece, y así es, que la sensualidad con tantas ansias de apetito es movida y atraída a las cosas sensitivas, que, si la parte espiritual no está inflamada con otras ansias mayores de lo que es espiritual, no podrá vencer el yugo natural, ni entrar en esta noche del sentido, ni tendrá ánimo para se quedar a oscuras de todas las cosas, privándose del apetito de todas ellas.

3. Y cómo y de cuántas maneras sean estas ansias de amor que las almas tienen en los principios de este camino de unión; y las diligencias e invenciones que hacen para salir de su casa, que es la propia voluntad en la noche de la mortificación de sus sentidos; y cuán fáciles y aun dulces y sabrosos les hacen parecer estas ansias del Esposo todos los trabajos y peligros de esta noche, ni es de decir de este lugar, ni se puede decir; porque es mejor para tenerlo y considerarlo que para escribirlo. Y así, pasaremos a declarar los demás versos en el siguiente capítulo.


CAPÍTULO 15

En el cual se declaran los demás versos de la dicha canción:

¡Oh dichosa ventura!, salí sin ser notada estando ya mi casa sosegada.

1. Toma por metáfora el mísero estado del cautiverio, del cual el que se libra tiene por dichosa ventura, sin que se lo impida alguno de los prisioneros. Porque el alma, después del primer pecado original, verdaderamente está como cautiva en este cuerpo mortal (1) sujeta a las pasiones y apetitos naturales, del cerco y sujeción de los cuales tiene ella por dichosa ventura haber salido sin ser notada, esto es, sin ser de ninguno de ellos impedida ni comprehendida.

2. Porque para esto le aprovechó salir en la noche oscura, que es en la privación de todos los gustos y mortificación de todos los apetitos, de la manera que habemos dicho. Y esto, estando ya su casa sosegada, conviene a saber, la parte sensitiva, que es la casa de todos los apetitos, ya sosegada por el vencimiento y adormecimiento de todos ellos. Porque hasta que los apetitos se adormezcan por la mortificación en la sensualidad, y la misma sensualidad esté ya sosegada de ellos, de manera que ninguna guerra haga al espíritu, no sale el alma a la verdadera libertad, a gozar de la unión de su Amado.

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Recurso (audio 16 m)

https://drive.google.com/file/d/1amgMJsvm7zojg3hgtzvIayXC_pO0K6Gi/view?usp=sharing

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__________________

 Nota (1). Advertimos aquí el concepto de "alma" como "carcel del cuerpo", propio de la antropología platónica y neoplatónica. La doctrina cristiana, heredera del judaísmo y no de la cultura griega, no concibe el alma como una esclava de las pasiones corporales. Alma y cuerpo forman un todo, y las pasiones son cosa tanto del cuerpo como del alma. Así lo da a entender el evangelio: "lo que sale de la boca brota del corazón; y esto es lo que hace impuro al hombre, porque del corazón salen pensamientos perversos, homicidios, adulterios, fornicaciones, robos, difamaciones, blasfemias" (Mt 15,18-19). Por tanto, no se trata de abandonar el cuerpo (mortificación corporal) para liberar al alma, sino de liberar el cuerpo y el alma. De hecho san Juan de la Cruz no era nada amigo de las "penitencias de bestias" que hacían algunos que no entendieron la reforma teresiana del carmelo. Nuestro místico eras bien consciente de que la unión con Dios no se alcanza por el esfuerzo en "apagar" los sentidos, sino más bien por la gracia de la fe en el Amado del alma, que enciende en amor el corazón y alienta la esperanza.

C. A.

Abril 2026

Entrar en la noche del sentido (1 S 11-13)

Un tema un poco largo, y tal vez os resulte dificil de entender. Pero para ello tienes la interpretación que del texto hace la IA. Tienes el audio comentando al final. En dos versiones, parecidas pero no iguales. 

SUBIDA DEL MONTE CARMELO 

LIBRO PRIMERO 

CAPÍTULO 11

En que se prueba ser necesario para llegar a la divina unión carecer el alma de todos los apetitos, por mínimos que sean.

1. Parece que ha mucho que el lector desea preguntar que si es de fuerza que, para llegar a este alto estado de perfección, ha de haber precedido mortificación total en todos los apetitos, chicos y grandes, y que si bastará mortificar algunos de ellos y dejar otros, a lo menos aquellos que parecen de poco momento; porque parece cosa recia y muy dificultosa poder llegar el alma a tanta pureza y desnudez, que no tenga voluntad y afición a ninguna cosa.

2. A esto respondo: lo primero que, aunque es verdad que no todos los apetitos son tan perjudiciales unos como otros ni embarazan al alma, todos en igual manera se han de mortificar. Hablo de los voluntarios, porque los apetitos naturales poco o nada impiden para la unión al alma cuando no son consentidos; ni pasan de primeros movimientos todos aquellos en que la voluntad racional antes ni después tuvo parte; porque quitar éstos, que es mortificarlos del todo, en esta vida es imposible, y éstos no impiden de manera que no se pueda llegar a la divina unión, aunque del todo no estén, como digo, mortificados; porque bien los puede tener el natural, y estar el alma, según el espíritu racional, muy libre de ellos, porque (aún) acaecerá a veces, que esté el alma en harta unión de oración de quietud en la voluntad, y que actualmente moren éstos en la parte sensitiva del hombre, no teniendo en ellos parte la parte superior que está en oración. Pero todos los demás apetitos voluntarios, ahora sean de pecado mortal, que son los más graves; ahora de pecado venial, que son menos graves; ahora sean solamente de imperfecciones, que son los menores, todos se han de vaciar y de todos ha el alma de carecer para venir a esta total unión, por mínimos que sean. Y la razón es porque el estado de esta divina unión consiste en tener el alma, según la voluntad, con tal transformación en la voluntad de Dios, de manera que no haya en ella cosa contraria a la voluntad de Dios, sino que en todo y por todo su movimiento sea voluntad solamente de Dios.

3. Que ésta es la causa por que en este estado llamamos estar hecha una voluntad de Dios, la cual es voluntad de Dios, y esta voluntad de Dios es también voluntad del alma. Pues si esta alma quisiese alguna imperfección que no quiere Dios, no estaría hecha una voluntad de Dios, pues el alma tenía voluntad de lo que no la tenía Dios. Luego claro está que, para venir el alma a unirse con Dios perfectamente por amor y voluntad, ha de carecer primero de todo apetito de voluntad, por mínimo que sea; esto es, que advertidamente y conocidamente no consienta con la voluntad en imperfección, y venga a tener poder y libertad para poderlo hacer en advirtiendo.

Y digo conocidamente, porque sin advertirlo y conocerlo, o sin ser en su mano, bien caerá en imperfecciones y pecados veniales y en los apetitos naturales que hemos dicho; porque de estos tales pecados no tan voluntarios y subrepticios está escrito (Pv. 24, 16) que el justo caerá siete veces en el día y se levantará. Mas de los apetitos voluntarios, que son pecados veniales de advertencia, aunque sean de mínimas cosas, como he dicho, basta uno que no se venza para impedir.

Digo no mortificando el tal hábito, porque algunos actos, a veces, de diferentes apetitos, aún no hacen tanto cuando los hábitos están mortificados; aunque también éstos ha de venir a no los haber, porque también proceden de hábito de imperfección; pero algunos hábitos de voluntarias imperfecciones, en que nunca acaban de vencerse, éstos no solamente impiden la divina unión, sino también el ir adelante en la perfección.

4. Estas imperfecciones habituales son: como una común costumbre de hablar mucho, un asimientillo a alguna cosa que nunca acaba de querer vencer, así como a persona, a vestido, a libro, celda, tal manera de comida y otras conversacioncillas y gustillos en querer gustar de las cosas, saber y oír, y otras semejantes. Cualquiera de estas imperfecciones en que tenga el alma asimiento y hábito, es tanto daño para poder crecer e ir adelante en virtud, que, si cayese cada día en otras muchas imperfecciones y pecados veniales sueltos, que no proceden de ordinaria costumbre de alguna mala propiedad ordinaria, no le impedirán tanto cuanto el tener el alma asimiento a alguna cosa. Porque, en tanto que le tuviere, excusado es que pueda ir el alma adelante en perfección, aunque la imperfección sea muy mínima. Porque eso me da que una ave esté asida a un hilo delgado que a uno grueso, porque, aunque sea delgado, tan asida se estará a él como al grueso, en tanto que no le quebrare para volar. Verdad es que el delgado es más fácil de quebrar; pero, por fácil que es, si no le quiebra, no volará. Y así es el alma que tiene asimiento en alguna cosa, que, aunque mas virtud tenga, no llegará a la libertad de la divina unión.

Porque el apetito y asimiento del alma tienen la propiedad que dicen tiene la rémora con la nao, que, con ser un pece muy pequeño, si acierta a pegarse a la nao, la tiene tan queda, que no la deja llegar al puerto ni navegar. Y así es lástima ver algunas almas como unas ricas naos cargadas de riquezas, y obras, y ejercicios espirituales, y virtudes, y mercedes que Dios las hace, y por no tener ánimo para acabar con algún gustillo, o asimiento, o afición -que todo es uno-, nunca van adelante, ni llegan al puerto de la perfección, que no estaba en más que dar un buen vuelo y acabar de quebrar aquel hilo de asimiento o quitar aquella pegada rémora, de apetito.

5. Harto es de dolerse que haya Dios hécholes quebrar otros cordeles más gruesos de aficiones de pecados y vanidades, y por no desasirse de una niñería que les dijo Dios que venciesen por amor de él, que no es más que un hilo y que un pelo, dejen de ir a tanto bien. Y lo que peor es, que no solamente no van adelante, sino que, por aquel asimiento, vuelven atrás, perdiendo lo que en tanto tiempo con tanto trabajo han caminado y ganado, porque ya se sabe que, en este camino, el no ir adelante es volver atrás, y el no ir ganando es ir perdiendo. Que eso quiso Nuestro Señor darnos a entender cuando dijo: El que no es conmigo, es contra mí; y el que conmigo no allega, derrama (Mt. 12, 30).

El que no tiene cuidado de remediar el vaso por una pequeña resquicia que tenga basta para que se venga a derramar todo el licor que está dentro. Porque el Eclesiástico (19, 1) nos lo enseñó bien, diciendo: El que desprecia las cosas pequeñas, poco a poco ira cayendo. Porque, como él mismo dice (11, 34), de una sola centella se aumenta el fuego. Y así, una imperfección basta para traer otra, y aquéllas otras; y así, casi nunca se verá un alma que sea negligente en vencer un apetito, que no tenga otros muchos, que salen de la misma flaqueza e imperfección que tiene en aquél; y así, siempre van cayendo. Y ya hemos visto muchas personas a quien Dios hacía merced de llevar muy adelante en gran desasimiento y libertad, y por sólo comenzar a tomar un asimientillo de afición -y so color de bien- de conversación y amistad, írseles por allí vaciando el espíritu y gusto de Dios y santa soledad, caer de la alegría y enterez en los ejercicios espirituales y no parar hasta perderlo todo. Y esto, porque no atajaron aquel principio de gusto y apetito sensitivo, guardándose en soledad para Dios.

6. En este camino siempre se ha de caminar para llegar, lo cual es ir siempre quitando quereres, no sustentándolos. Y si no se acaban todos de quitar, no se acaba de llegar. Porque así como el madero no se transforma en el fuego por un solo grado de calor que falte en su disposición, así no se transformará el alma en Dios por una imperfección que tenga, aunque sea menos que apetito voluntario; porque, como después se dirá en la noche de la fe, el alma no tiene más de una voluntad, y ésta, si se embaraza y emplea en algo no queda libre, sola y pura, como se requiere para la divina transformación.

CAPÍTULO 12

En que se trata cómo se responde a otra pregunta, declarando cuáles sean los apetitos que bastan (a) causar en el alma los daños dichos.

1. Mucho pudiéramos alargarnos en esta materia de la noche del sentido, diciendo de lo mucho que hay que decir de los daños que causan los apetitos, no sólo en las maneras dichas, sino en otras muchas. Pero, para lo que hace a nuestro propósito, lo dicho basta; porque parece queda dado a entender cómo se llama noche la mortificación de ellos y cuánto convenga entrar en esta noche para ir a Dios. Sólo lo que se ofrece, antes que tratemos del modo de entrar en ella, para concluir con esta parte, es una duda que podría ocurrir al lector sobre lo dicho.

2. Y es lo primero, si basta cualquier apetito para obrar y causar en el alma los dos males ya dichos, es a saber: privativo, que es privar al alma de la gracia de Dios, y el positivo, que es causar en ella los cinco daños principales que habemos dicho.

Lo segundo, si basta cualquier apetito, por mínimo que sea, y de cualquiera especie que sea, a causar todos estos (cinco daños) juntos, o solamente unos causan unos y otros otros, como unos causan tormento, otros cansancio, otros tiniebla, etc.

3. A lo cual respondiendo, digo a lo primero que, cuanto al daño privativo, que es privar al alma de Dios, solamente los apetitos voluntarios que son de materia de pecado mortal pueden y hacen esto totalmente, porque ellos privan en esta vida al alma de la gracia y en la otra de la gloria, que es poseer a Dios.

A lo segundo digo que, así estos que son de materia de pecado mortal como los voluntarios de materia de pecado venial y los que son de materia de imperfección, cada uno de ellos basta para causar en el alma todos estos daños positivos juntos. Los cuales, aunque en cierta manera son privativos, llamámoslos aquí positivos, porque responden a la conversión de la criatura, así como el privativo responde a la aversión de Dios. Pero hay esta diferencia: que los apetitos de pecado mortal causan total ceguera, tormento e inmundicia y flaqueza, etc.; y los otros de materia de venial o imperfección no causan estos males en total y consumado grado, pues no privan de la gracia, de donde depende la posesión de ellos, porque la muerte de ella es vida de ellos; pero cáusanlos en el alma remisamente, según la remisión de la gracia que los tales apetitos causan en el alma. De manera que aquel apetito que más entibiare la gracia, más abundante tormento, ceguera y suciedad causará.

4. Pero es de notar que, aunque cada apetito causa estos males, que aquí llamamos positivos, unos hay que principal y derechamente causan unos, y otros otros, y los demás por el consiguiente. Porque, aunque es verdad que un apetito sensual causa todos estos males, pero principal y propiamente ensucia al alma y cuerpo. Y, aunque un apetito de avaricia también los causa todos, principal y derechamente causa (aflicción. Y, aunque un apetito de vanagloria, no más ni menos, los causa todos, principal y derechamente causa) tinieblas y ceguera. Y, aunque un apetito de gula los causa todos, principalmente causa tibieza en la virtud. Y así de los demás.

5. Y la causa por que cualquier acto de apetito voluntario produce en el alma todos estos efectos juntos, es por la contrariedad que derechamente tienen contra todos los actos de virtud que producen en el alma los efectos contrarios. Porque, así como un acto de virtud produce en el alma y cría juntamente suavidad, paz, consuelo, luz, limpieza y fortaleza, así un apetito desordenado causa tormento, fatiga, cansancio, ceguera y flaqueza. Todas las virtudes crecen en el ejercicio de una, y todos los vicios crecen en el de uno y los dejos de ellos en el alma. Y aunque todos estos males no se echan de ver al tiempo que se cumple el apetito, porque el gusto de él entonces no da lugar, pero antes o después bien se sienten sus malos dejos. Lo cual se da muy bien a entender por aquel libro que mandó el ángel comer a san Juan en el Apocalipsis (10, 9), el cual en la boca le hizo dulzura y en el vientre le fue amargor. Porque el apetito, cuando se ejecuta, es dulce y parece bueno, pero después se siente su amargo efecto; lo cual podrá bien juzgar el que se deja llevar de ellos. Aunque no ignoro que hay algunos tan ciegos e insensibles que no lo sienten, porque, como no andan en Dios, no echan de ver lo que les impide a Dios.

6. De los demás apetitos naturales que no son voluntarios, y de los pensamientos que no pasan de primeros movimientos, y de otras tentaciones no consentidas no trato aquí, porque éstos ningún mal de los dichos causan al alma. Porque aunque a la persona por quien pasan le haga parecer la pasión y turbación que entonces le causan que la ensucian y ciegan, no es así, antes la causan los provechos contrarios. Porque, en tanto que los resiste, gana fortaleza, pureza, luz y consuelo y muchos bienes. Según lo cual dijo Nuestro Señor a san Pablo (2 Cor. 12, 9) que la virtud se perfeccionaba en la flaqueza. Mas los voluntarios, todos los dichos y más males hacen. Y por eso el principal cuidado que tienen los maestros espirituales es mortificar luego a sus discípulos de cualquiera apetito, haciéndoles quedar en vacío de lo que apetecían, por librarles de tanta miseria.

CAPÍTULO 13

En que se trata de la manera y modo que se ha de tener para entrar en esta noche del sentido.

1. Resta ahora dar algunos avisos para saber y poder entrar en esta noche del sentido. Para lo cual es de saber que el alma ordinariamente entra en esta noche sensitiva en dos maneras: la una es activa; la otra, pasiva.

Activa es lo que el alma puede hacer y hace de su parte para entrar en ella, de lo cual ahora trataremos en los avisos siguientes.

Pasiva es en que el alma no hace nada, sino Dios la obra en ella, y ella se ha como paciente. De la cual trataremos en el cuarto libro, cuando habemos de tratar de los principiantes. Y porque allí habemos, con el favor divino, de dar muchos avisos a los principiantes, según las muchas imperfecciones que suelen tener en este camino, no me alargaré aquí en dar muchos; y porque también no es tan propio de este lugar darlos, pues de presente sólo tratamos de las causas por qué se llama noche este tránsito, y cuál sea ésta, y cuántas sus partes.

Pero, porque parece quedaba muy corto y no de tanto provecho no dar luego algún remedio o aviso para ejercitar esta noche de apetitos, he querido poner aquí el modo breve que se sigue; y lo mismo haré al fin de cada una de esotras dos partes o causas de esta noche de que luego, mediante el Señor, tengo de tratar.

2. Estos avisos que aquí se siguen de vencer los apetitos, aunque son breves y pocos, yo entiendo que son tan provechosos y eficaces como compendiosos, de manera que el que de veras se quisiese ejercitar en ellos, no le harán falta otros ningunos, antes en éstos los abrazará todos.

3. Lo primero, traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera él.

4. Lo segundo, para poder bien hacer esto, cualquiera gusto que se le ofreciere a los sentidos, como no sea puramente para honra y gloria de Dios, renúncielo y quédese vacío de él por amor de Jesucristo, el cual en esta vida no tuvo otro gusto, ni le quiso, que hacer la voluntad de su Padre, lo cual llamaba él su comida y manjar (Jn. 4, 34).

Pongo ejemplo: si se le ofreciere gusto de oír cosas que no importen para el servicio y honra de Dios, ni lo quiera gustar ni las quiera oír. Y si le diere gusto mirar cosas que no le ayuden (a amar) más a Dios, ni quiera el gusto ni mirar las tales cosas. Y si en el hablar otra cualquier cosa se le ofreciere, haga lo mismo; y en todos los sentidos, ni más ni menos, en cuanto lo pudiere excusar buenamente; porque si no pudiere, basta que no quiera gustar de ello, aunque estas cosas pasen por él.

Y de esta manera ha de procurar dejar luego mortificados y vacíos de aquel gusto a los sentidos, como a oscuras. Y con este cuidado en breve aprovechará mucho.

5. Y para mortificar y apaciguar las cuatro pasiones naturales, que son gozo, esperanza, temor y dolor, de cuya concordia y pacificación salen estos y los demás bienes, es total remedio lo que se sigue, y de gran merecimiento y causa de grandes virtudes.

6. Procure siempre inclinarse:

no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso; 

no a lo más sabroso, sino a lo más desabrido; 

no a lo más gustoso, sino antes a lo que da menos gusto; 

no a lo que es descanso, sino a lo trabajoso; 

no a lo que es consuelo, sino antes al desconsuelo; 

no a lo más, sino a lo menos; 

no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciado; 

no a lo que es querer algo, sino a no querer nada; 

no andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo peor, 

y desear entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo cuanto hay en el mundo.

7. Y estas obras conviene las abrace de corazón y procure allanar la voluntad en ellas. Porque, si de corazón las obra, muy en breve vendrá a hallar en ellas gran deleite y consuelo, obrando ordenada y discretamente.

8. Lo que está dicho, bien ejercitado, bien basta para entrar en la noche sensitiva. Pero, para mayor abundancia, diremos otra manera de ejercicio que enseña a mortificar la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la soberbia de la vida, que son las cosas que dice san Juan (1 Jn. 2, 16) reinan en el mundo, de las cuales proceden todos los demás apetitos.

9. Lo primero, procurar obrar en su desprecio y desear que todos lo hagan (y esto es contra la concupiscencia de la carne).

Lo segundo, procurar hablar en su desprecio y desear que todos lo hagan (y esto es contra la concupiscencia de los ojos).

Lo tercero, procurar pensar bajamente de sí en su desprecio y desear que todos lo hagan (también contra sí, y esto es contra la soberbia de la vida).

10. En conclusión de estos avisos y reglas conviene poner aquí aquellos versos que se escriben en la Subida del Monte, que es la figura que está al principio de este libro, los cuales son doctrina para subir a él, que es lo alto de la unión. Porque, aunque es verdad que allí habla de lo espiritual e interior, también trata del espíritu de imperfección según lo sensual y exterior, como se puede ver en los dos caminos que están en los lados de la senda de perfección. Y así, según ese sentido los entenderemos aquí, conviene a saber, según lo sensual. Los cuales, después, en la segunda parte de esta noche, se han de entender según lo espiritual.

11. Dice así:

Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada.

Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada.

Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada.

Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada.

Para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas.

Para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes.

Para venir a lo que no posees, has de ir por donde no posees.

Para venir a lo que no eres, has de ir por donde no eres.

MODO PARA NO IMPEDIR AL TODO

12. Cuando reparas en algo, dejas de arrojarte al todo.

Porque para venir del todo al todo has de negarte del todo en todo.

Y cuando lo vengas del todo a tener, has de tenerlo sin nada querer.

Porque, si quieres tener algo en todo, no tienes puro en Dios tu tesoro.

13. En esta desnudez halla el espiritual su quietud y descanso, porque, no codiciando nada, nada le fatiga hacia arriba y nada le oprime hacia abajo, porque está en el centro de su humildad. Porque, cuando algo codicia, en eso mismo se fatiga.

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Recursos: audios (20 m)

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C.A

Abril 2026