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martes, 20 de junio de 2017

EL ESPIRITU CONTEMPLATIVO (4. EL VALOR DE LO PEQUEÑO)


Va la cuarta entrega de las reflexiones acerca de la mirada del contemplativo en relación a la modernidad. Y en este caso hablamos de la obsesión del hombre contemporáneo por la grandiosidad y espectacularidad,  como si quisiéramos  conjurar  con grandezas absurdas el hecho y la realidad de ser finitos, limitados, pequeños.
 
La vida contemplativa, sin embargo, pone su grandeza en lo pequeño, lo cercano. Si, como dice santa Teresa siguiendo la estela de san Pablo, "humildad es andar en verdad", queda claro que lo pequeño, lo humilde, es lo más verdadero. Todo el Nuevo testamento está lleno de alabanzas a la pequeñez. El reino de Dios no está en lo espectacularmente grande, sino ahí, en la pequeña interioridad de cada hombre  (cf Lc 17,20-21) .
 
Lo pequeño es hermoso
La modernidad tiende a “lo grande” (grandes ciudades, grandes obras, grandes eventos, grandes metas…). Todo es big en nuestro mundo. Los pequeños oficios artesanos, las pequeñas empresas familiares, el pequeño agricultor, el núcleo rural pequeño, etc., tienden a desaparecer. El pez grande se come al chico, y los tiburones que son las multinacionales devoran al tendero de la esquina y al artista callejero.  El pez grande se come al chico. Goliat pone en jaque la existencia de David.
 
En mis tiempos de estudiante tuve en mis manos un libro de E.F. Schumacher sencillamente maravilloso. Su título es muy sugestivo: Lo pequeño es hermoso.  Economía como si la gente importara (1973). En aquellos años de crisis del petróleo, el autor pone en  evidencia los peligros que supone la explotación de la tierra por parte de las grades multinacionales. Estas macro-empresas, cuyo único objetivo es el beneficio, recorren la geografía terrestre esquilmando bosques, quemando tierras, agotando recursos. Su movilidad y capacidad depredadora es cada vez mayor. Una vez desaparecido un bosque se trasladan a otro. Agotado un banco de pesca se mueven hacia la siguiente, dejando tras de sí la destrucción y la muerte.
 

Los habitantes tradicionales de los lugares explotados por ellos se quedan sin recursos para sobrevivir, empobrecidos, a veces exterminados, mientras que el capital obtenido por el negocio de semejante crimen algo más que ecológicose asegura en centros financieros localizados en países como Suiza, cuya belleza paisajística es mimada con un esmero encomiable. Aquí son severísimas las  leyes orientadas a la  conservación del medio ambiente y el respeto a los recursos tradicionales de supervivencia. Quienes se benefician de la política de tierra quemada del planeta construyen sus zonas residenciales allí donde cortar un árbol es casi un crimen. 

E. F. Schumacher propone dar valor a lo pequeño. Crear comunidades que trabajen la tierra con el cariño de quienes saben que de ella depende la propia supervivencia y la de sus hijos. ¿Quién mejor que un pequeño agricultor sabe cómo tratar su tierra evitando esquilmarla? Su porvenir y el de sus hijos está en juego en el modo que tenga de relacionarse con su explotación agrícola. Así, consciente de ello, su trabajo se humaniza y su medio ambiente natural es respetado. Nada parecido al trato abusivo que la multinacional da a la tierra. Y lo mismo ocurre a las personas. La mano de obra barata es propia de los países dominados por las grandes marcas comerciales, que, sometiendo poblaciones enteras a explotación laboral, obtienen beneficios que sólo engordan a unos pocos.

El autor del libro reseñado recomienda la fundación de lo que podríamos llamar "economía monacal",  cooperativas de pequeños agricultores, ganaderos  y artesanos, unidos por la geografía de una comarca, que procuran cubrir sus necesidades con los productos que elaboran con sus manos, evitando en lo posible la adquisición de aquellos bienes de consumo que generan las multinacionales y que acaban por hacer desaparecer a la pequeña economía local. Lo grande es devastador, lo pequeño es hermoso, podríamos concluir.

Concentración versusexpansión

Propio de la modernidad es lo grandioso, lo espectacular, todo aquello que suponga un record Guinness. Se trata de llegar a donde nadie llega, aunque eso que ha de ser lo más grande sea un absurdo o un veneno, como ser el que más comida basura come en una hora o el que consigue hacer el queso o la tortilla más enorme. ¿Para qué? Para nada. Lo importante no es el absurdo del reto a superar, sino su tamaño. Aunque tal vez el Guinness más grande esté en el tamaño del absurdo de este premio. Para estos, desde luego, lo pequeño no es hermoso, simplemente es insignificante y despreciable.

¿Qué decir? Lo primero que lo propio de la contemplación no está en expandirse hacia fuera como si fuéramos globos gigantescos que hay que hinchar hasta límites infinitos. No. Lo propio del contemplativo no es la expansión sino la concentración. El contemplativo no se deja seducir por un lucimiento cada vez mayor, por la atracción de las cosas grandes  por sí mismas; es consciente de que  las sustancias concentradas tienen más densidad, pero menos volumen. Una vez alcanzado el centro, llega el sosiego, la calma, la paz. Aunque no debemos confundir estos estados con la autosatisfacción.


Nos engañamos si caemos en la trampa de identificar lo “grande” (cantidad) con lo “bueno” (calidad). Hay  quien cree que la bondad o maldad de las cosas, la valoración ética de los actos humanos, dependen de la opinión de la mayoría de los que democráticamente han alcanzado el poder. Como si la verdad, la bondad y la belleza, es decir, el ser mismo de las cosas, fuera algo cuyo valor dependiera de la aprobación de una mayoría.  Craso error.

Tampoco a nivel moral la cantidad de aceptación social de un valor es la medida de su calidad. El valor de las personas y de los actos humanos no está fuera sino dentro; por eso la meta que hay que alcanzar no es la conquista de las mayorías, sino la de la propia interioridad. Lo decisivo no es la cantidad de cosas que abarco o de personas que me aplauden, sino la calidad de mi persona y el modo de relacionarme con la realidad que me rodea.

El contemplativo abre sus ojos a lo pequeño. No ignora lo grande, pero es lo suficientemente inteligente como para percatarse de que la seducción de lo grande suele dañar la calidad. Las grandes empresas cosifican al trabajador, las grandes ciudades condenan al hombre al anonimato y los grandes eventos anulan y masifican a las personas.  Sin embargo, nos hemos acostumbrado tanto a la idea de que lo máximo y expansivo constituye el ideal, que estamos matando el valor de lo pequeño y concentrado. Si no abandonamos esta dinámica, seremos incapaces de superar el complejo y la sensación de sentirnos como desplazados si no vivimos en la capital, si no hemos pasado por la universidad, o  si no viajamos a lugares grandiosos por su exotismo, belleza y lejanía. Así viven muchos de nuestros vecinos, y tal vez muchos de nosotros: obsesionados y nerviosos por alcanzar cimas de éxito profesional, o de aventuras viajeras, olvidando que el éxito de la vida no está en la expansión sino en la concentración. “El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,20).

El contemplativo ama las pequeñas cosas, lo cotidiano, lo familiar y vecinal. No se siente llamado a realizar gestas grandiosas, sino "pequeñas grandes cosas", y cuando las realiza sabe que estas no son  mérito propio, sino fruto del poder de Dios que se manifiesta en lo pequeño de su persona. “El poderoso ha hecho obras grandes en mí” (Lc 1,49). 

Para quien vive en contemplación lo pequeño es  visto como más auténtico, por cercano y por real. Una multitud de personas solo puede vivir su unidad desde parámetros virtuales, porque es imposible conocer a fondo a todos los miembros de una masa humana. Sin embargo, en la cercanía de lo pequeño nos empapamos de la carne y del espíritu del hermano.

Jesús gustó de lo pequeño, del reducido grupo de los discípulos más cercanos, sin despreciar a la multitud,  a la que se acercó y de las que dijo que andaban  como “ovejas sin pastor” (Mt 9,36). Pudo limitarse a las grandes predicaciones y actos multitudinarios, pero escogió darse a conocer de modo más íntimo al pequeño grupo (Mc 3,13-19). Mejor en grupos pequeños. ¿No es significativo que santa Teresa pusiese un tope ideal de 13 monjas por casa en su proyecto de fundaciones, corrigiendo así la masificación del monasterio de la Encarnación? Un pequeño grupo de amigos los pone cara a cara y humaniza las relaciones abriéndolas más fácilmente a la realidad del otro.

Lo pequeño es hermoso” porque goza de la belleza que supone conocer la verdad y la bondad de cada miembro del grupo, que, aunque no sean cualidades perfectas en cada uno de los miembros, al menos son tangibles, reales, palpables. En la intimidad de los Doce Jesús pudo preparar a los suyos con más intensidad, con más detalles, con más acierto, indicándoles cómo aprender de los pequeños detalles que nos ofrece la vida.

Como aquel día en que “estando Jesús sentado enfrente de las arcas para las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho;  se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.  Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie.  Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir»”  (Mc 12,41-44).

En esta ocasión los discípulos, como todos solemos hacer, se hallaban cegados por lo espectacular y grandioso del templo y por la copiosidad y ostentación de los donativos que ofrecían los potentados. Jesús, sin embargo, les enseñó a mirar la realidad con más profundidad, mostró cómo su mirada contemplativa estaba abierta a la hermosura de lo pequeño. Sólo él vio a aquella humilde viuda y captó el mensaje del Padre: ahí, en lo escondido, lejos del  brillo de las lentejuelas, está la verdad, la bondad y la belleza. Una excelente lección para todos.


Actuar el monje que llevamos dentro

Contemplativo es quien ha descubierto la “dimensión monástica" que está en el corazón de cada hombre, su vocación innata a entrar en sí mismo, su llamada a descubrir el tesoro del ser concentrado en la simplicidad del aquí y el ahora. El contemplativo  huye del ruido de los títulos, de las grandezas y de las cumbres del poder. Sabe que lo más grande está misteriosamente escondido en lo pequeño.

En un mundo donde lo que se busca es “lo grande”, la meditación y la contemplación están amenazadas por un doble peligro.  Por un lado, el riesgo de perderse en una práctica meditativa para masas. Los medios de comunicación consiguen transformar en una gran feria espiritual todo lo relacionado con la meditación. De hecho ya lo hacen. Resulta extraño el éxito arrollador de muchas  escuelas de meditación, sorprendentes  los títulos de “maestro” que se asignan quienes las dirigen, y escandalosos los negocios que se montan en torno a lo espiritual. ¿Cómo se iba a escapar este fenómeno a la tentación de la grandiosidad y la especulación económica?

Por otro lado, existe un peligro más cercano y personal: transformar la práctica de la meditación en un juguete con el que entretener la vida. Quien hace esto cree que la meditación le llevará a encontrar la idílica felicidad que tanto soñó. Hay quienes creen que el objetivo de la meditación es  proporcionar satisfacciones gozosas a las personas. Falso. El gozo auténtico es algo que no podemos ligar a  las técnicas meditativas. La satisfacción del meditador no es el premio de la práctica, es un don que el contemplativo no espera. Hay que tener claro que los resultados no determinan la utilidad de la práctica meditativa; en todo caso los “gustos y contentos” del místico dan sentido a algunos momentos puntuales de su vida, pero luego toca desapegarse de ellos. Si no se da el desapego de la gratificación afectiva, ésta se transforma en obstáculo más que en ayuda para el camino.  Cuando el objetivo de mi meditación es la satisfacción de mis deseos, estoy atrapado en una  trampa.

Para discernir la auténtica de la falsa meditación podemos fijarnos en la esencia del monacato. El monje es ya de por sí un crítico social, un inconformista; su vocación nace como reacción al malestar espiritual que se detecta en sociedades acomodadas política o religiosamente. Sociedades que, en no pocos casos, utilizan la religión y los mismos métodos meditativos como opio para el pueblo. El monje busca huir de ese estado de narcosis mundana a la que lleva lo espiritual masificado y manipulado. 

Pero hay que matizar: el monje no huye del mundo, sino que se sitúa en él de un modo compasivo y crítico. Hay que prevenirse de la utilización de la meditación como refugio interior y olvido de la justicia. Es muy común hoy la consideración de que la “espiritualidad” es connatural al hombre y, sin embargo,  la “religión” es un constructo más o menos malintencionado de quienes quieren encerrar al espíritu entre rejas. Esto, además de falso, es una trampa para justificar espiritualidades anárquicas y  sometidas a los caprichos del mercado y de la propia autosatisfacción. Convencido de que la religión es un estorbo, el meditador se lanza a unas prácticas para las que no tiene ni guía (la tradición monacal de una religión) ni freno (la teología de una religión que ejerza  el control necesario ante los excesos de la mística). En incontables casos es el propio hombre el que se narcotiza con las prácticas meditativas, en soledad o en grupo-estufa,  a fin de no afrontar las realidades desagradables que tiene ante sí. Opio del pueblo.

 Al final, quien se deja llevar por esta anárquica forma de meditar, suele ser fácilmente manipulable. Su “santa indiferencia”, su hipócrita “apatía” (ausencia de pasiones) suele ser una cómoda venda en los ojos que impide ver las injusticias y el sufrimiento del ambiente; y  este modo de meditar, alejado de la encarnación en los problemas humanos, anula el espíritu profético y favorece a quienes mandan e imponen sistemas sociales injustos.   Cuando la meditación sea un fenómeno de masas, sospechad que el gran hermano no perderá la oportunidad de dominar los espíritus. ¡Ojo a esto!

Espiritualidad y religión no son dos realidades opuestas. Toda religión verdadera es portadora de una tradición espiritual, y toda espiritualidad tiende a una cierta institucionalización como modo necesario de pervivencia y canalización de su riqueza espiritual.
Así, pues, contemplativo, huye de espiritualidades "idealistas y utópicas", de fuga mundi, propias de quienes no quieren aceptar la realidad que son y en la que viven. Tampoco  te obsesiones por pertenecer a un grupo de contemplativos numerosos y de moda. Ni aspires a templos sofisticados para practicar tu meditación. Medita en lo secreto de tu corazón, sin muchas palabras y  exigencias, y Dios te dará su mano (cf Mt 6,5-8). Disfruta del pequeño grupo en el que puedes conocer a todos y a cada uno de sus miembros, llegando a sentir la verdad de sus luces y sus sombras, la belleza de su vida entre dificultades. Aquí, en el pequeño grupo, es más fácil acercarse a la interioridad propia y aprender de la enseñanza del hermano. Dios se revela a los sencillos y huye de la grandilocuencia de los sabios y entendidos (cf Lc 10,21), no gusta de los poderes y ama lo pequeño (cf Lc 1,51-52).
Sé constante en tu meditación. Y mantén los ojos abiertos a la realidad histórica y humana en la que vives. Mírala con atención a los detalles, como Jesús. Con una mirada contemplativa, siempre  compasiva.
Casto Acedo. Junio 2918
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sábado, 10 de junio de 2017

Felíz día, contemplativos.

Me hubiera gustado que en el día Pro-orantibus nos hubiéramos reunido para orar, o all menos para celebrar juntos la Eucaristía en un mismo lugar. Pero la coincidencia con otras celebraciones (San Bernabé en Don Álvaro, y San Antonio en Mérida) han hecho imposible el deseo. No obstante, confío en que celebremos este día en el próximo encuentro, el último oficial del curso, fijado para el 22 de Junio. 
 
No obstante, aprovecho para recordar este día que es el nuestro, el de los que buscamos, entre otros caminos, el encuentro con Dios por el silencio contemplativo.
 

El Domingo de la Santísima Trinidad, pone ante nosotros a todas las comunidades religiosas de vida contemplativa.

En un documento del Papa Francisco sobre la vida contemplativa femenina (Vultum Dei quaerere) habla así del silencio:
"En la vida contemplativa ... considero importante prestar atención al silencio habitado por la Presencia, como espacio necesario de escucha y de rumiatio de la Palabra y requisito para una mirada de fe que capte la presencia de Dios en la historia personal, en la de los hermanos y hermanas que el Señor os da y en los avatares del mundo contemporáneo. El silencio es vacío de sí para dejar espacio a la acogida; en el ruido interior no es posible recibir nada ni a nadie. Vuestra vida integralmente contemplativa requiere «tiempo y capacidad de guardar silencio para poder escuchar» a Dios y el clamor de la humanidad. Que calle, pues, la lengua de la carne y que hable la lengua del Espíritu, movida por el amor que cada una de vosotras tiene para su Señor" (n. 33).

Este año el lema del día recoge también palabras del Papa: Contemplar el mundo con la mirada de Dios. En el silencio contemplativo buscamos adentrarnos en el Misterio que es Dios para poder hacer desde ahí  una lectura distinta de nuestra realidad. El cartel del día  lo ilustra una interpretación del Icono de A. Rublev sobre la Santísima Trinidad.
 
 
No puede ser más acertado el día elegido para recordar la importancia de los contemplativos en la Iglesia: la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Me gusta decir que no celebramos un dogma de fe sino una experiencia esencial para la fe: DIOS ES MISTERIO. Como tal es incomprensible, inabarcable, inefable, ...Y ante tanta grandeza  lo más conveniente es el silencio de la lengua, la mente y la voluntad.
 
Aprovechemos este día para orar por los religiosos y las religiosas contemplativas, y para hacer nuestro silencio ante el Icono de la Santísima Trinidad.  Dejemos que su mirada transforme nuestra mirada, que los ojos de Dios sean cada día más nuestros ojos y nos miremos a nosotros mismos, a los hermanos y al mundo de un modo nuevo.
 
¡Feliz día, contemplativos!
Casto Acedo. 11 de Junio de 2017

viernes, 9 de junio de 2017

EL ESPIRITU CONTEMPLATIVO (3. TRABAJ0)

 
Va la tercera entrega de nuestras reflexiones sobre modernidad y vida contemplativa. En esta ocasión dedicada al trabajo.

Cuando convoco a los padres y madres de los niños que van a ser bautizados, o que se preparan para la Primera comunión, en un barrio marginal y de integración como es el de mi Parroquia de san Antonio, suelen estos utilizar como excusa eximente una razón que hoy parece inapelable; “tengo que trabajar”. Es curioso que en un barrio con alto nivel de paro laboral y a la hora de la tarde en que suelen celebrarse los encuentros parroquiales, la mayoría declaren que trabajan.

La historia cambia cuando las mismas personas acuden a Cáritas solicitando alimentos (llegamos a tener más de doscientas familias en lista). Entonces la razón esgrimida para solicitar ayuda es que “estamos en paro, no tenemos trabajo".
 
Cuento esta anécdota para que, irónicamente, entendamos la importancia que se da al “trabajo”. En ambos casos, se apela a un argumento de peso para conseguir lo que se quiere: el trabajo, cuya falta es una degradación y el hecho de tenerlo es un derecho y obligación sagrados e intocables. El trabajo, sea como derecho o deber, es un dogma de la modernidad, y se puede obtener beneficio de este dogma incluso creando complejos de culpabilidad a quien no facilite ese sagrado deber.
 
Pero lo malo no es que se use, en los casos citados, como argumento con el cual manipular recurriendo a culpabilidades, sino que es tónica general que sin un puesto de trabajo, y éste bien remunerado, las personas tienden a minusvalorarse y sentirse insignificantes. En el juego de la modernidad lo que nos define no es lo que somos sino lo que hacemos, y este hacer lo identificamos con la profesión y el sueldo. 
 
Transcribo esta reflexión a sabiendas de que no va a ser entendida por muchos. Metidos en la dinámica del hacer es complicado entender la importancia del ser.
 
 
III. TRABAJO
 
¿Qué reflexión hacer sobre el trabajo desde un enfoque contemplativo? ¿Cómo considerar desde la óptica contemplativa la idolatría de la excelencia empresarial, o la productividad creciente hasta el infinito, con las que se presiona con vehemencia a los trabajadores? La respuesta es evidente: la vida contemplativa es incompatible con esa carrera hacia una excelencia empresarial y unos beneficios extremos que ahogan la necesaria parsimonia de la vida.


Trabajo y contemplación
 
Cuando el ocio se considera un vicio y el negocio una virtud, algo falla. Porque el hombre no ha sido creado para el trabajo sino para la fiesta. Sin embargo, cuando se trata de "trabajo", todo lo demás se minusvalora. ¿No os dais cuenta de cómo se ningunea el tercer mandamiento de la ley de Dios -¡santificarás las fiestas!- que manda dedicar el día al descanso y la alabanza a Dios? Pocos sienten escrúpulos de conciencia por no cumplir con este precepto.  

Ante esto, hay que decir que la meta última del hombre no es llegar a ser una máquina de alto rendimiento, sino “descansar”; así lo dice al menos la espiritualidad cristiana: caminamos hacia “el domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en el descanso” (cf Prefacio dominical), Dios no creó al hombre para el trabajo sino para la fiesta.

Por otra parte, el valor del trabajo no está en su productividad, sino en lo que tiene en sí de actividad, de acción humana. El hombre es un artesano, aquel que crea algo con sus manos. El artesano está en relación directa con la naturaleza, y esa cercanía hace de su trabajo en ella un arte, es decir,  un acto creativo cuya finalidad no es sólo la de producir lo necesario para sostener y mejorar la vida, sino también un modo de realizar la propia existencia abierta desde dentro a toda la creación. El trabajador es feliz en su trabajo cuando lo ve así, y no lo es tanto cuando lo experimenta como una especie de esclavitud, un “castigo por el pecado de Adán”.

Si es verdad que el trabajo fue un castigo por el pecado, también lo es que ha sido redimido por Cristo. Por tanto,  el trabajo del hombre redimido no es un castigo, sino un lugar de salvación, de encuentro con la vida. Los beneficios materiales son importantes, pero secundarios comparados con los espirituales. Y este es un dato a considerar de cara a la vida contemplativa. "¿De qué sirve al hombre ganar el mundo entero si al final se pierde a sí mismo” (Mt 16,26).

La rentabilidad no lo es todo. Y convéncete también de que es falsa la idea de que, una vez que alcanzas el “sitio” o posición laboral a la que aspirabas, ya te has realizado. Quien cree haber llegado a la meta está sin duda retrocediendo. Sencillamente, y lo hemos repetido ya con insistencia en otros lugares, no hay meta que alcanzar, porque la meta está aquí y ahora. No esperes un premio a tu trabajo como los niños a los que hay que ilusionar con promesas y regalos. El premio de la virtud es la virtud misma. ¿Acaso no es bastante premio por el trabajo bien hecho la satisfacción misma de haberlo realizado? Es la felicidad del artista, algo que el especulador es incapaz de entender.

Así, pues contemplativo, vive tu trabajo desligándote de la cadena mental o afectiva que te arrastra a vivirlo como un mal necesario, una suerte de la que no se puede huir. Si consideras inhumano o deshumanizador el trabajo con que te ganas la vida, piensa si de veras merece la pena deshumanizarte inmolando tu vida a no sé que extraño dios que te pide esos sacrificios. Es duro y cruel decírtelo, pero ¿merece la pena?  Procura encontrar el lado humano y gratificante, contemplativo, a tu trabajo u oficio.

No eres una máquina, eres una persona; respira hondo y déjate llevar por todo lo que tocas y tienes en tu mano en tus quehaceres. Siéntete, en la medida de tus posibilidades, unido a la naturaleza que manejas y a la humanidad a la que sirves con tu tarea.
 

No trabajes para forjarte una imagen o para justificar tu existencia. A los ojos de Dios vales por lo que eres, no por lo que haces. No eres lo que construyes o acumulas, te haces a ti mismo desde lo que ya eres. Tu valor no está en tu posición socio-laboral ni en tu sueldo. “No estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos?" (Mt 6,25-26). La libertad que Dios quiere para ti incluye la liberación del sometimiento al activismo desmesurado y despersonalizado.

 

 

 

 
Ora et labora


Tal vez lo que te he dicho acerca de hacer gratificante tu trabajo parezca una utopía, un ideal inalcanzable, pero no son pocos los que lo han intentado y conseguido con acierto. Para ello hace falta un cierto estoicismo, una toma de conciencia de que el bien no está en los objetos externos, sino en la sabiduría y dominio del alma, que permite liberarse de las pasiones y deseos que perturban la vida.

Y también hace falta una chispa de cinismo clásico; los cínicos consideraban equivocada la doctrina de Sócrates, de la que es heredera nuestra modernidad; para ellos la civilización y su forma de vida era un mal, y la felicidad estaría en vivir una vida simple y acorde con la naturaleza. El hombre, dicen, lleva ya en sí mismo los elementos para ser feliz y conquistar su autonomía y libertad, que para el cínico es de hecho el verdadero bien. De ahí su desprecio a las riquezas y a cualquier forma de preocupación material. Para un cínico, el hombre con menos necesidades es el más libre y el más feliz.

No viene mal recordar el episodio clásico que se cuenta de Diógenes de Sinope, uno de los cínicos más destacados, que vivió en un tonel en la plaza del mercado de Atenas. No escribió nada. Sólo se conservan anécdotas de su vida, y a través de ellas entresacamos su filosofía. El cínico no pretende vivir lo que dice, simplemente dice lo que vive, porque es su vida la que habla. Una de esas anécdotas cuenta cómo Alejandro Magno, que había oído hablar de él, se acercó a conocerle; y lo encontró tumbado al sol.

-“Quería demostrarte mi admiración", dijo Alejandro. Y continuó: "Pídeme lo que tú quieras. Puedo darte cualquier cosa que desees, incluso aquellas que los hombre más ricos de Atenas no se atreverían ni a soñar".

-"Por supuesto, contestó Diógenes, no seré yo quien te impida demostrar tu afecto hacia mí. Sólo quiero pedirte que te apartes del sol. Que sus rayos me toquen es, ahora, mi mayor deseo. No tengo ninguna otra necesidad, y también es cierto que sólo tú puedes darme esa satisfacción".  

-"Si no fuera Alejandro -comentó más tarde el emperador a sus generales- me hubiera gustado ser Diógenes", dándoles a entender que en todo su imperio sólo él le superaba en libertad.


Me encanta la anécdota, sobre todo por esta última reflexión de Alejandro, el hombre más poderoso de su tiempo, el único que podría decir que era dueño de su vida; la vida de todos los demás le pertenecían. Aunque no todas. Diógenes mostró con su actitud y su respuesta que era, a pesar de su apariencia de pobreza y debilidad, tan rico y poderoso como Alejandro. O tal vez más, porque ni siquiera el miedo a perder su poder o su vida le harían temblar.


El contemplativo, a pesar de las distancias debidas, debería de tener un poco de este cinismo clásico. Para el contemplativo lo importante no es ninguna doctrina, el seguimiento de una determinada filosofía o religión, sino simplemente vivir. La práctica de la meditación. O la vida como oración. Contemplar conduce a adentrarse en la realidad del aquí y ahora que uno es; vivir el presente; así, el contemplativo no hace un discurso sobre la vida, no se dedica a inventar o propagar sofismas, el discurrir de su propia vida es el discurso.

 
No me imagino a Diógenes con escrúpulos de conciencia por no trabajar lo suficiente por su ciudad. ¿No fue precisamente su trabajo el de ser testigo de una forma de vida distinta en una cultura demasiado socrática? Es este un punto que en el que merece que te pares y reflexiones. ¿No es el contemplativo un crítico silencioso de los despropósitos de la modernidad? Para la sociedad moderna, donde el tiempo se mide por su rentabilidad laboral, donde el trabajo productivo es sagrado, tanto Diógenes como el contemplativo, que no están atentos al "cuánto" sino al "qué", son un peligro; de ahí que a menudo resulten molestos. 
 
Ora et labora, así resume san Benito su regla monástica. Para el monje la oración, de coro y contemplativa, es una tarea irrenunciable; y con ella el trabajo, entendido también como tiempo de Dios, una forma de seguir orando a la vez que se cubren las necesidades materiales del monasterio. No me imagino al monje viviendo su trabajo como un castigo, al contrario, lo veo trabajar con la conciencia de estar haciendo un acto de caridad hacia sí mismo y hacia la comunidad, un trabajo redentor; porque toda obra hecha con amor redime al que la hace y a los que se benefician de ella.
 
 
Meditador, no renuncies al trabajo diario de la meditación. Considéralo un deber de amor para contigo y con tu prójimo. Un trabajo de libertad. Y no consideres tu tiempo de orar desligado del tiempo de laborar. Sin detrimento de los espacios propios de dedicación a Dios, no cabe duda de que también el trabajo es oración.

¡Buena tarea de contemplación y silencio!
 
 Casto Acedo. Junio 2018.
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lunes, 5 de junio de 2017

Sobre el silencio

 

Cuando trabajamos para entrar en el camino de la contemplación cristiana, camino de silencio y meditación, os he repetido una y otra vez: “¡No esperes nada!”. No se trata de una invitación a sumirnos en una especie de “desesperanza insensible”, sino más bien en una “esperanza  cristiana”, la propia de quien sabe que espera poco de sus fuerzas y mucho de Dios.  Por eso habría de añadir; “no esperes nada de ti mismo”, de tus esfuerzos y tus técnicas de meditación. Limítate a cultivar el silencio, a eliminar los ruidos; lo demás es cosa de Dios, nuestra esperanza (“Dios proveerá”, “sea lo que Dios quiera”).

Meditar con esta perspectiva de renuncia a los propios méritos y apertura a la “gratuidad de Dios”, es lo correcto. Yo pongo la tierra (mi cuerpo y mi espíritu), la cultivo quitando las malas hierbas que envenenan mi memoria, mi entendimiento y mi voluntad. Pero es Dios quien pone la semilla  y hace crecer y fructificar.
Esta es la actitud que se pide al hombre: quietud activa. Y esperar en Dios. Ahora bien, sabemos, por la experiencia de los que nos precedieron en el camino de la contemplación, que con la práctica del silencio meditativo suelen conseguirse determinados beneficios. No se buscan, repito, pero se esperan “si Dios quiere”.

Por ello os transcribo un artículo del Padre José Fernández Moratiel, dominico, andaluz y creador de lo que llama "Escuela de silencio". Confieso que he cambiado algunos giros y expresiones que me parecían reiterativas u oscuras de entender, y que no he podido evitar la tentación de añadir alguna idea propia.  Pero mantengo el espíritu del autor, o eso creo. Y, creedme, no pretendo crear expectativas de beneficios espirituales al transcribir este artículo, sino animar a no desfallecer en la práctica diaria de la meditación.
* * * *

Por el silencio
al encuentro consigo,
a la paz, a la plenitud.

(P. José Fernández Moratiel, O.P.)
Quizás te preguntes que es lo que vas a encontrar en el silencio. En el silencio te vas a encontrar a ti mismo, casi se podría decir que el silencio eres tú mismo.
 
Cuenta Cervantes en una de sus novelas, que un día llegó un caballero a la Venta y cuando salió la ama y saludó al caballero, éste le preguntó: "¿y qué hay para comer?",  y la ventera, con todo el salero respondió; "Lo que traiga mi Señor".

 ¿Qué es lo que hay en el silencio?

En el silencio hay lo que hay en tu corazón, lo que hay en tu vida, no hay otra cosa.

Quizás te sorprenda al iniciar este camino, que de repente cuando trabajas y buscas descansar, o directamente te dispones a atender en el silencio, de repente aparecen mil pensamientos de cosas que van contigo y que pensabas estaban olvidadas o que ya no te herían, ni te afectaban. Todo eso que emerge no es extraño a ti, va contigo y está bien que aparezca, porque eso es lo que has de vivir, eso es lo que has de asimilar.

En la vida hay muchas cosas que no hemos vivido bien y que hemos querido olvidar, y en cuanto hacemos silencio se nos presentan como pidiéndonos cuenta, como diciendo: "aquí estamos, a ver que haces con nosotras".

Son recuerdos a veces dolorosos,  episodios que no hemos admitido, que nos hemos resistido a aceptar y nuevamente se nos hacen presentes a la primera oportunidad. Y esa oportunidad la da el silencio, porque en otras circunstancias no les dejamos aparecer. El silencio es un momento en el que no existen grandes estímulos, mejor dicho: no existen los estímulos; de alguna manera en el silencio se neutralizan los estímulos y por eso también se neutralizan, se anulan, nuestras respuestas, y de ahí que emerja lo que está ahí en nosotros como aletargado o dormido. En la vida habitual nos escapamos de esos estímulos distrayéndonos, huyendo de ellos; pero en el silencio no hay escapatoria, no puedes marcharte, porque en el silencio todo se te hace presente, todo está ahí, para que lo vivas, para que lo aceptes, para que te  hagas cargo.

Puede que en el momento en que tienes programado tu silencio, te esté invadiendo un momento de amargura,  de desazón o de azoramiento; nada más iniciar tu meditación se te hace presente. Entonces  puedes levantarte y buscar distracción. Frecuentemente los hombres hacemos esto, cuando hay una preocupación; decimos: "vamos a distraernos, vamos a dar un paseo, nos vamos a tomar un café"; pero el problema no queda resuelto, el problema queda orillado,  como aparcado, y a la primera oportunidad, volverá a hacérsenos  presente. Cuando te sientas y haces silencio, o bien al acostarte y querer dormir, o en cualquier otro momento en que estás parado, inactivo, cuando entras en  un momento silencioso el problema vuelve y  reclama que le atiendas.


 El silencio redime del ruido

El silencio,  es profundamente curativo, es pacificador, porque esas situaciones sin resolver, esas situaciones, que van como alojadas, como metidas en la propia historia y en la propia vida, se nos hacen presentes con el afán de que nosotros las vivamos, las aceptemos, nos hagamos cargo de ellas. Por eso, no es solución escapar del silencio. Uno no puede escapar de si mismo, y está bien que sea así.

 Cuando llegue la hora del silencio, cuando llegue la hora en la que alguna situación de tu vida se te haga presente, busca vivirla, asimilarla, aceptarla. Todo se supera cuando se acepta, todo se supera cuando en el silencio se mira, se ve, se digiere y se pacifica. El silencio nos redime de nuestras dependencias obsesivas,  nos salva de los ruidos que distorsionan la música del corazón; porque en el silencio se asume todo, y asumiéndolo se cura, se diluyen los problemas que nos obsesionan al situarlos en su irrealidad o aceptarlos en su realidad inevitable.

Deja que en el silencio  todo se asiente, deja que en el silencio  todo se vaya posando. Cuando hace mal tiempo, cuando el tiempo está revuelto, cuando hay tormenta, miramos al cielo y decimos: “pues, no acaba de asentar” cuando asienta, la atmósfera está limpia, el cielo está despejado, y como que todo se llena de vida. Cuando una mujer está en estado y va al médico y el ginecólogo le dice: “pues ya se ha asentado”, la mujer escucha eso con profunda alegría, y se queda tan a gusto, porque todo se ha asentado. Cuando un adolescente, está agitado, está lleno de alteración, pasa el tiempo y la gente dice: “parece que ha sentado la cabeza” y como que se le ve lleno de equilibrio, lleno de mayor serenidad, lleno de vida.

 El silencio consigue que todo se asiente,  que las cosas que están fuera lugar, vayan encajando. Lo irreal -decía alguien que "es una pena que haya estado preocupado toda mi vida por cosas que nunca sucedieron ni sucederán"-  desaparece; y lo real e inevitable se encaja en su debido sitio dejando vía libre a la expansión libre del espíritu. Cuando todo se asienta todo se vuelve equilibrio, todo se vuelve serenidad.
 
Ya ves lo que pasa con un vaso de agua revuelta: la dejas un rato y se va posando y se va volviendo trasparente,  limpia. En el silencio también todo lo que en un momento de agitación se presenta  turbio, vas   comprobando como se va asentando, como se vuelve claro y transparente.
 
La atmósfera queda limpia cuando llueve y el horizonte parece más despejado. Después de una tormenta, después de la lluvia aparecen las montañas en el horizonte y se ve cómo nacen de la tierra muchas fuentes. Con la aceptación, en el silencio, toda esa agitación, toda esa turbación que nos embarga se va posando, se asienta, y aparece un paisaje interior lleno de armonía, de esperanza, de luz. Y en ese páramo, en esa llanura de silencio, vas descubriendo  un paisaje de paz donde  brotan fuentes de agua cristalina. ¿De dónde viene ese agua?  Poco a poco tomas conciencia de que el manantial de la vida está en lo hondo del corazón. 
 

El Reino del Silencio está dentro de ti

 Tras del silencio, tu corazón estará más despejado,  será un manantial, recobrarás la vida, vivirás la plenitud de tu ser. En el silencio vas a aprender también una cosa que puede ser de mucho interés. Los hombres solemos vivir cargados de dependencias: del mundo, del cosmos, de la creación, de los otros. En el silencio aprendes que, sobre todo, dependes del soplo del espíritu que hay en tu interior.  En  ti hay cuanto necesitas,  no careces de nada,  no tienes que buscar nada lejos de ti,  no tienes por que buscar nada que esté fuera. En el silencio se te revela que todo está en tu corazón,  todo está ahí, al otro lado de tu piel, muy cerca.

Siempre que buscamos algo fuera de nosotros, nos alejamos, nos distanciamos y nos separamos de esa presencia, de ese soplo de vida que es lo primero y más imprescindible, que está en el fondo y nos basta para vivir. Si deseas algo que está más lejos acabas distanciándote  del soplo, de la vida, de la presencia, de lo que te inunda, de lo que te llena, de lo que te abastece.

Si te separas de ti entonces te destruyes, porque  creas una división. En  el silencio todo se puede reintegrar, unificar,  armonizar, aprendes que no te recibes de nadie, ni de las opiniones de los otros, ni del reconocimiento de los otros incluso, ni, por qué no decirlo, tampoco te recibes del amor de los otros. Es posible que te suene a una exageración, pero atiende a tu vida, atiende en el silencio a este soplo y verás que te recibes, que sobre todo te recibes de Él, no de lo que los demás piensen, de lo que los demás hablen, de lo que los demás valoren, sino que te recibes de ese soplo, de esa presencia, de ese viento, de ese silencio infinito que es Dios.
 
En el silencio aprendes que no vives a expensas de ningún hombre o institución, que no tienes porque vivir en dependencia de nada. Te recibes de una fuente, de una presencia, de un soplo, de un viento que no te falta. Te recibes del Espíritu de Dios, que te hace sentirte nacido de ti mismo.  

 ¡Comprueba esto! Practica silencio meditativo. ¡Verifícalo día tras día! y verás como florece en ti la libertad, la autonomía,  la firmeza, la armonía, la seguridad; todo está escondido en tu centro, sólo tienes que excavar, quietar las barreras que te impiden ahondar; si profundizas hallarás tu núcleo misterioso, el Espíritu que te sostiene, y verás como renace en ti una paz que no tiene fin.
 
¡Buena semana de silencio, meditadores!
 
Casto Acedo. Mayo 2018.
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