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martes, 20 de junio de 2017

EL ESPIRITU CONTEMPLATIVO (4. EL VALOR DE LO PEQUEÑO)


Va la cuarta entrega de las reflexiones acerca de la mirada del contemplativo en relación a la modernidad. Y en este caso hablamos de la obsesión del hombre contemporáneo por la grandiosidad y espectacularidad,  como si quisiéramos  conjurar  con grandezas absurdas el hecho y la realidad de ser finitos, limitados, pequeños.
 
La vida contemplativa, sin embargo, pone su grandeza en lo pequeño, lo cercano. Si, como dice santa Teresa siguiendo la estela de san Pablo, "humildad es andar en verdad", queda claro que lo pequeño, lo humilde, es lo más verdadero. Todo el Nuevo testamento está lleno de alabanzas a la pequeñez. El reino de Dios no está en lo espectacularmente grande, sino ahí, en la pequeña interioridad de cada hombre  (cf Lc 17,20-21) .
 
Lo pequeño es hermoso
La modernidad tiende a “lo grande” (grandes ciudades, grandes obras, grandes eventos, grandes metas…). Todo es big en nuestro mundo. Los pequeños oficios artesanos, las pequeñas empresas familiares, el pequeño agricultor, el núcleo rural pequeño, etc., tienden a desaparecer. El pez grande se come al chico, y los tiburones que son las multinacionales devoran al tendero de la esquina y al artista callejero.  El pez grande se come al chico. Goliat pone en jaque la existencia de David.
 
En mis tiempos de estudiante tuve en mis manos un libro de E.F. Schumacher sencillamente maravilloso. Su título es muy sugestivo: Lo pequeño es hermoso.  Economía como si la gente importara (1973). En aquellos años de crisis del petróleo, el autor pone en  evidencia los peligros que supone la explotación de la tierra por parte de las grades multinacionales. Estas macro-empresas, cuyo único objetivo es el beneficio, recorren la geografía terrestre esquilmando bosques, quemando tierras, agotando recursos. Su movilidad y capacidad depredadora es cada vez mayor. Una vez desaparecido un bosque se trasladan a otro. Agotado un banco de pesca se mueven hacia la siguiente, dejando tras de sí la destrucción y la muerte.
 

Los habitantes tradicionales de los lugares explotados por ellos se quedan sin recursos para sobrevivir, empobrecidos, a veces exterminados, mientras que el capital obtenido por el negocio de semejante crimen algo más que ecológicose asegura en centros financieros localizados en países como Suiza, cuya belleza paisajística es mimada con un esmero encomiable. Aquí son severísimas las  leyes orientadas a la  conservación del medio ambiente y el respeto a los recursos tradicionales de supervivencia. Quienes se benefician de la política de tierra quemada del planeta construyen sus zonas residenciales allí donde cortar un árbol es casi un crimen. 

E. F. Schumacher propone dar valor a lo pequeño. Crear comunidades que trabajen la tierra con el cariño de quienes saben que de ella depende la propia supervivencia y la de sus hijos. ¿Quién mejor que un pequeño agricultor sabe cómo tratar su tierra evitando esquilmarla? Su porvenir y el de sus hijos está en juego en el modo que tenga de relacionarse con su explotación agrícola. Así, consciente de ello, su trabajo se humaniza y su medio ambiente natural es respetado. Nada parecido al trato abusivo que la multinacional da a la tierra. Y lo mismo ocurre a las personas. La mano de obra barata es propia de los países dominados por las grandes marcas comerciales, que, sometiendo poblaciones enteras a explotación laboral, obtienen beneficios que sólo engordan a unos pocos.

El autor del libro reseñado recomienda la fundación de lo que podríamos llamar "economía monacal",  cooperativas de pequeños agricultores, ganaderos  y artesanos, unidos por la geografía de una comarca, que procuran cubrir sus necesidades con los productos que elaboran con sus manos, evitando en lo posible la adquisición de aquellos bienes de consumo que generan las multinacionales y que acaban por hacer desaparecer a la pequeña economía local. Lo grande es devastador, lo pequeño es hermoso, podríamos concluir.

Concentración versusexpansión

Propio de la modernidad es lo grandioso, lo espectacular, todo aquello que suponga un record Guinness. Se trata de llegar a donde nadie llega, aunque eso que ha de ser lo más grande sea un absurdo o un veneno, como ser el que más comida basura come en una hora o el que consigue hacer el queso o la tortilla más enorme. ¿Para qué? Para nada. Lo importante no es el absurdo del reto a superar, sino su tamaño. Aunque tal vez el Guinness más grande esté en el tamaño del absurdo de este premio. Para estos, desde luego, lo pequeño no es hermoso, simplemente es insignificante y despreciable.

¿Qué decir? Lo primero que lo propio de la contemplación no está en expandirse hacia fuera como si fuéramos globos gigantescos que hay que hinchar hasta límites infinitos. No. Lo propio del contemplativo no es la expansión sino la concentración. El contemplativo no se deja seducir por un lucimiento cada vez mayor, por la atracción de las cosas grandes  por sí mismas; es consciente de que  las sustancias concentradas tienen más densidad, pero menos volumen. Una vez alcanzado el centro, llega el sosiego, la calma, la paz. Aunque no debemos confundir estos estados con la autosatisfacción.


Nos engañamos si caemos en la trampa de identificar lo “grande” (cantidad) con lo “bueno” (calidad). Hay  quien cree que la bondad o maldad de las cosas, la valoración ética de los actos humanos, dependen de la opinión de la mayoría de los que democráticamente han alcanzado el poder. Como si la verdad, la bondad y la belleza, es decir, el ser mismo de las cosas, fuera algo cuyo valor dependiera de la aprobación de una mayoría.  Craso error.

Tampoco a nivel moral la cantidad de aceptación social de un valor es la medida de su calidad. El valor de las personas y de los actos humanos no está fuera sino dentro; por eso la meta que hay que alcanzar no es la conquista de las mayorías, sino la de la propia interioridad. Lo decisivo no es la cantidad de cosas que abarco o de personas que me aplauden, sino la calidad de mi persona y el modo de relacionarme con la realidad que me rodea.

El contemplativo abre sus ojos a lo pequeño. No ignora lo grande, pero es lo suficientemente inteligente como para percatarse de que la seducción de lo grande suele dañar la calidad. Las grandes empresas cosifican al trabajador, las grandes ciudades condenan al hombre al anonimato y los grandes eventos anulan y masifican a las personas.  Sin embargo, nos hemos acostumbrado tanto a la idea de que lo máximo y expansivo constituye el ideal, que estamos matando el valor de lo pequeño y concentrado. Si no abandonamos esta dinámica, seremos incapaces de superar el complejo y la sensación de sentirnos como desplazados si no vivimos en la capital, si no hemos pasado por la universidad, o  si no viajamos a lugares grandiosos por su exotismo, belleza y lejanía. Así viven muchos de nuestros vecinos, y tal vez muchos de nosotros: obsesionados y nerviosos por alcanzar cimas de éxito profesional, o de aventuras viajeras, olvidando que el éxito de la vida no está en la expansión sino en la concentración. “El Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,20).

El contemplativo ama las pequeñas cosas, lo cotidiano, lo familiar y vecinal. No se siente llamado a realizar gestas grandiosas, sino "pequeñas grandes cosas", y cuando las realiza sabe que estas no son  mérito propio, sino fruto del poder de Dios que se manifiesta en lo pequeño de su persona. “El poderoso ha hecho obras grandes en mí” (Lc 1,49). 

Para quien vive en contemplación lo pequeño es  visto como más auténtico, por cercano y por real. Una multitud de personas solo puede vivir su unidad desde parámetros virtuales, porque es imposible conocer a fondo a todos los miembros de una masa humana. Sin embargo, en la cercanía de lo pequeño nos empapamos de la carne y del espíritu del hermano.

Jesús gustó de lo pequeño, del reducido grupo de los discípulos más cercanos, sin despreciar a la multitud,  a la que se acercó y de las que dijo que andaban  como “ovejas sin pastor” (Mt 9,36). Pudo limitarse a las grandes predicaciones y actos multitudinarios, pero escogió darse a conocer de modo más íntimo al pequeño grupo (Mc 3,13-19). Mejor en grupos pequeños. ¿No es significativo que santa Teresa pusiese un tope ideal de 13 monjas por casa en su proyecto de fundaciones, corrigiendo así la masificación del monasterio de la Encarnación? Un pequeño grupo de amigos los pone cara a cara y humaniza las relaciones abriéndolas más fácilmente a la realidad del otro.

Lo pequeño es hermoso” porque goza de la belleza que supone conocer la verdad y la bondad de cada miembro del grupo, que, aunque no sean cualidades perfectas en cada uno de los miembros, al menos son tangibles, reales, palpables. En la intimidad de los Doce Jesús pudo preparar a los suyos con más intensidad, con más detalles, con más acierto, indicándoles cómo aprender de los pequeños detalles que nos ofrece la vida.

Como aquel día en que “estando Jesús sentado enfrente de las arcas para las ofrendas, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho;  se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.  Llamando a sus discípulos, les dijo: «En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie.  Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir»”  (Mc 12,41-44).

En esta ocasión los discípulos, como todos solemos hacer, se hallaban cegados por lo espectacular y grandioso del templo y por la copiosidad y ostentación de los donativos que ofrecían los potentados. Jesús, sin embargo, les enseñó a mirar la realidad con más profundidad, mostró cómo su mirada contemplativa estaba abierta a la hermosura de lo pequeño. Sólo él vio a aquella humilde viuda y captó el mensaje del Padre: ahí, en lo escondido, lejos del  brillo de las lentejuelas, está la verdad, la bondad y la belleza. Una excelente lección para todos.


Actuar el monje que llevamos dentro

Contemplativo es quien ha descubierto la “dimensión monástica" que está en el corazón de cada hombre, su vocación innata a entrar en sí mismo, su llamada a descubrir el tesoro del ser concentrado en la simplicidad del aquí y el ahora. El contemplativo  huye del ruido de los títulos, de las grandezas y de las cumbres del poder. Sabe que lo más grande está misteriosamente escondido en lo pequeño.

En un mundo donde lo que se busca es “lo grande”, la meditación y la contemplación están amenazadas por un doble peligro.  Por un lado, el riesgo de perderse en una práctica meditativa para masas. Los medios de comunicación consiguen transformar en una gran feria espiritual todo lo relacionado con la meditación. De hecho ya lo hacen. Resulta extraño el éxito arrollador de muchas  escuelas de meditación, sorprendentes  los títulos de “maestro” que se asignan quienes las dirigen, y escandalosos los negocios que se montan en torno a lo espiritual. ¿Cómo se iba a escapar este fenómeno a la tentación de la grandiosidad y la especulación económica?

Por otro lado, existe un peligro más cercano y personal: transformar la práctica de la meditación en un juguete con el que entretener la vida. Quien hace esto cree que la meditación le llevará a encontrar la idílica felicidad que tanto soñó. Hay quienes creen que el objetivo de la meditación es  proporcionar satisfacciones gozosas a las personas. Falso. El gozo auténtico es algo que no podemos ligar a  las técnicas meditativas. La satisfacción del meditador no es el premio de la práctica, es un don que el contemplativo no espera. Hay que tener claro que los resultados no determinan la utilidad de la práctica meditativa; en todo caso los “gustos y contentos” del místico dan sentido a algunos momentos puntuales de su vida, pero luego toca desapegarse de ellos. Si no se da el desapego de la gratificación afectiva, ésta se transforma en obstáculo más que en ayuda para el camino.  Cuando el objetivo de mi meditación es la satisfacción de mis deseos, estoy atrapado en una  trampa.

Para discernir la auténtica de la falsa meditación podemos fijarnos en la esencia del monacato. El monje es ya de por sí un crítico social, un inconformista; su vocación nace como reacción al malestar espiritual que se detecta en sociedades acomodadas política o religiosamente. Sociedades que, en no pocos casos, utilizan la religión y los mismos métodos meditativos como opio para el pueblo. El monje busca huir de ese estado de narcosis mundana a la que lleva lo espiritual masificado y manipulado. 

Pero hay que matizar: el monje no huye del mundo, sino que se sitúa en él de un modo compasivo y crítico. Hay que prevenirse de la utilización de la meditación como refugio interior y olvido de la justicia. Es muy común hoy la consideración de que la “espiritualidad” es connatural al hombre y, sin embargo,  la “religión” es un constructo más o menos malintencionado de quienes quieren encerrar al espíritu entre rejas. Esto, además de falso, es una trampa para justificar espiritualidades anárquicas y  sometidas a los caprichos del mercado y de la propia autosatisfacción. Convencido de que la religión es un estorbo, el meditador se lanza a unas prácticas para las que no tiene ni guía (la tradición monacal de una religión) ni freno (la teología de una religión que ejerza  el control necesario ante los excesos de la mística). En incontables casos es el propio hombre el que se narcotiza con las prácticas meditativas, en soledad o en grupo-estufa,  a fin de no afrontar las realidades desagradables que tiene ante sí. Opio del pueblo.

 Al final, quien se deja llevar por esta anárquica forma de meditar, suele ser fácilmente manipulable. Su “santa indiferencia”, su hipócrita “apatía” (ausencia de pasiones) suele ser una cómoda venda en los ojos que impide ver las injusticias y el sufrimiento del ambiente; y  este modo de meditar, alejado de la encarnación en los problemas humanos, anula el espíritu profético y favorece a quienes mandan e imponen sistemas sociales injustos.   Cuando la meditación sea un fenómeno de masas, sospechad que el gran hermano no perderá la oportunidad de dominar los espíritus. ¡Ojo a esto!

Espiritualidad y religión no son dos realidades opuestas. Toda religión verdadera es portadora de una tradición espiritual, y toda espiritualidad tiende a una cierta institucionalización como modo necesario de pervivencia y canalización de su riqueza espiritual.
Así, pues, contemplativo, huye de espiritualidades "idealistas y utópicas", de fuga mundi, propias de quienes no quieren aceptar la realidad que son y en la que viven. Tampoco  te obsesiones por pertenecer a un grupo de contemplativos numerosos y de moda. Ni aspires a templos sofisticados para practicar tu meditación. Medita en lo secreto de tu corazón, sin muchas palabras y  exigencias, y Dios te dará su mano (cf Mt 6,5-8). Disfruta del pequeño grupo en el que puedes conocer a todos y a cada uno de sus miembros, llegando a sentir la verdad de sus luces y sus sombras, la belleza de su vida entre dificultades. Aquí, en el pequeño grupo, es más fácil acercarse a la interioridad propia y aprender de la enseñanza del hermano. Dios se revela a los sencillos y huye de la grandilocuencia de los sabios y entendidos (cf Lc 10,21), no gusta de los poderes y ama lo pequeño (cf Lc 1,51-52).
Sé constante en tu meditación. Y mantén los ojos abiertos a la realidad histórica y humana en la que vives. Mírala con atención a los detalles, como Jesús. Con una mirada contemplativa, siempre  compasiva.
Casto Acedo. Junio 2918
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