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martes, 26 de enero de 2021

Meditación en la humildad (6)

Los últimos grados de humildad de san Benito son el colofón de la virtud: el undécimo consiste en ser dulce en el hablar y en el porte externo con todos, aceptando  y amando a los otros tal como son; y el duodécimo habla de vivir centrado y sereno, inconmovibles (que no impasibles)  ante los acontecimientos que sucedan a nuestro alrededor.


Recordemos de nuevo que el capítulo de los grados de la humildad contenidos en la regla de san Benito son la coronación de la obra. El santo, tal y como mencionamos al inicio de esta serie de temas, hace algo sorprendente: comenzar por la toma de conciencia y el reconocimiento de la presencia de Dios; y hasta llegar al undécimo grado no brilla lo específico de la humildad en todo su esplendor: “El undécimo grado de humildad consiste en que el monje, al hablar, lo haga suavemente, sin risas, con humildad, seriedad y pocas palabras, no hable a voces, como está escrito: ´al sabio se le conoce por sus pocas palabras´”. En resumen: quien es humilde es persona de silencio, amigo de pocas palabras, y éstas, cuando sean necesarias, son siempre amables. 

Amabilidad 

En el undécimo grado se deja ver que la vida espiritual es algo más que una relación piadosa con Dios; más que a ser santos, hay que ser felices, sentirse bien en el mundo. Y la clave está en el modo de relacionarnos con las cosas y, sobre todo, con las otras personas.

El grado de nuestras relaciones con Dios se mide en el modo en que nos relacionamos con el prójimo. La cercanía y acogida es cercanía y acogida de Dios: “Tuve hambre y me disteis de comer…” , y el desprecio y rechazo es desprecio y rechazo de Dios “Tuve hambre y no me disteis de comer” (Mt 25). La humildad muestra su cenit en la compasión. Eres humilde cuando eres compasivo. El grado de nuestra compasión es el grado de nuestra santidad. 

San Benito pone sobre la mesa el papel que juegan las demás personas en tu vida. La espiritualidad no es algo abstracto sino concreto, no se llega a Dios sino por el encuentro personal humano. ¡Misterio de la encarnación! Dios se hace hombre para enseñarte que el campeonato de la vida eterna (espiritualidad) se juega en la liga de la humanidad. Todos los que te rodean son el puente que se te ofrece para llegar a Dios, el trampolín de tu realización personal. 

Para el humilde el otro no es nunca un competidor en la carrera por sobresalir o sobrevivir. No es el prójimo un ladrón que limita tu libertad y te roba la vida sino, como queda dicho, un puente que te acerca más al conocimiento de Dios y al propio conocimiento. 

Los otros no son un estorbo sino una gracia para crecer. Con su presencia, a menudo molesta, compensan lo que te falta para madurar; el prójimo activa en ti una nueva conciencia, la necesidad de la aceptación y la paciencia. Dios pone al prójimo ante ti, con sus luces y sus sombras, para tu crecimiento. Ellos te enseñan a admitir las diferencias, a reconocer que todos habéis de habitar un espacio común, que entre todos debéis hacer posible un mundo cada vez más respirable. 

Ser humilde no es sentirse inferior a nadie, es simplemente sentirme igual a todos, parte de todos, hermano de todos, sin acepción de personas.


Serenidad 

El último grado de la humildad, el duodécimo, te pide que tu presencia en el mundo sea pacífica. La paz y el silencio interior se expanden hacia el exterior: “El duodécimo grado de humildad –dice san Benito- consiste en que el monje no solo sea humilde en su interior sino que también lo manifieste en su porte externo a los que le ven”. Con la humildad conduces tu alma a la verdad, al reconocimiento de tu propia deficiencia, de tu propio pecado; "dirá siempre en su interior, con los ojos clavados en la tierra: Señor, soy un pecador indigno de alzar mis ojos al cielo"; así te descubres y conoces como débil entre débiles, sostenido o sostenida por la fe y la fuerza de Dios que te habita. 

Cuando la persona, despojada de todos sus ruidos, se adentra en el silencio, adquiere una gran serenidad interior que se deja ver en su capacidad de escucha, compasión y acogida incondicional. Esta serenidad es su carta de presentación. 

Remitiéndonos a la parábola de la casa edificada sobre roca (Mt 7,27-29), podemos decir que la verdadera humildad es la cima de una vida sólidamente asentada en la Palabra; y no hay otra palabra que Cristo; cuando se vive en Él, por muchas que sean las contrariedades que te salgan al paso, mantienes la serenidad; eres como esa casa bien edificada sobre la que "cayó la lluvia, se desbordaron los ríos, soplaron los vientos, pero no no se hundió , porque estaba cimentada sobre la Roca" (Mt 7, 25). 

El verdadero místico, por mucho que se le provoque o se le incite a odiar, se mantiene siempre sereno; es más, su sola presencia transpira y expande paz y amabilidad. Los pobres se sienten seguros a su lado, porque saben que junto a él están libres de la dominación y pueden encontrar sosiego. 

Así, la humildad nos conecta con el mundo de una manera nueva. Hace que el mundo sea percibido como un espacio bueno y agraciado. La multitud de personas que se mueven a nuestro alrededor nunca son vistas como competidores, como un peligro potencial, sino como hermanos, como una gracia de Dios, una oportunidad para, amándoles, lograr la felicidad y la paz para todos. 


Alcanzar el perfecto amor de Dios 

Concluye san Benito sus grados de humildad diciendo cuál es la meta que se alcanza con ella: 

“Subidos, pues, todos estos grados de humildad, el monje llegará enseguida a aquel amor de Dios que, por perfecto, echa fuera todo temor. Gracias a él, lo que ante cumplía no sin temor, comenzará a observarlo sin esfuerzo, como espontáneamente y por costumbre. No tanto por temor al infierno, cuanto por amor a Cristo, por la misma buena costumbre y por el gusto de las virtudes. El Señor, por el Espíritu Santo, manifestará todo esto a su obrero ya limpio de vicios y pecados”. 


* * * 
Con esta entrada en el blog  terminamos nuestras reflexiones acerca de la humildad. Han sido temas de mucho interés, aunque deberíamos saber que su valor real no es tanto que sean lecciones magistrales sino en que sean practicadas. Como modelo insuperable de práctica de humildad tenemos a la Virgen María. No te olvides de contemplarla en sus misterios (anunciación, visitación, natividad, junto a la cruz...). Y, por supuesto, imita su humildad.

La espiritualidad, en el fondo, escapa a toda especulación teórica. Se trata de vivir, de sentir, de encarnar la vida de Cristo en el día a día. Si todo lo expuesto en estos temas te ha servido para conocerte un poco mejor, enhorabuena. Pero ya que te conoces en lo bueno y en lo malo, haz silencio y practica todo lo que has aprendido. 

Esperemos y oramos para que pase pronto esta época de pandemia para poder retomar nuestros encuentros presenciales. Mientras tanto, no dejes de hacer silencio y unirte de corazón a la comunidad.

Casto Acedo. Enero 2021

sábado, 16 de enero de 2021

Orar con Samuel (Domingo 17 de Enero)

“Escuchar requiere ejercicio y entrenamiento. Nuestros oídos están embotados: podemos incluso oír, pero no escuchamos. “Hijo de hombre, vives entre ciudadanos rebeldes que tienen ojos pero no ven, oídos pero no oyen”, leemos en el libro del profeta Ezequiel (12,2). ¡Se nos dicen tantas cosas que simplemente no escuchamos!”.

La escucha requiere una radicación, un habitus, una permanencia. No hay duda de que en la escucha hay muchos equívocos, por lo que necesitamos que nos orienten en la escuela de la audición. La historia del joven Samuel (cf 1 Sam 3,1-19), que aún no sabe que lo llama Dios (creyó oír la voz de Elí, su maestro), es la historia del aprendizaje de la escucha. Hay una vigilancia interior que se aprende progresivamente, una disposición de corazón que nos permite escuchar lo inaudible. No tengamos dudas: todo aquello que escuchamos, pero verdaderamente todo, debe ser solo la preparación para la escucha de lo que permanece en silencio. Sólo en el hábitat del silencio, en largos viajes de silencio y exposición orante, puede madurar la escucha” (J. Tolentino Mendoça,  La mística del instante).

Este domingo parece prevalecer en la liturgia de la Palabra el tema de la vocación. La llamada de Dios a Samuel y la de Jesús a sus discípulos me parece una buena ocasión para meditar sobre la importancia del silencio. 

Como dice el texto citado arriba, “sólo en el habitat del silencio, en largos viajes de silencio y exposición orante, puede madurar la escucha”. Porque no hay duda de que Dios sigue estando ahí, y sigue hablando, pero ¿hay oyentes de su Palabra? 

* * * 

La historia de la vocación de Samuel nos sirve de ejemplo para comprender la íntima relación existente entre el silencio, la vida espiritual y la vocación religiosa. Samuel hubo de aprender a escuchar. Por tres veces oyó la voz del Señor que le llamaba: “¡Samuel, Samuel!”. Pero de principio no identificó esa voz, la confundía con la del sacerdote Elí. Su religiosidad primaba sobre su espiritualidad. Y siguió desconcertado en el silencio de la noche. 

Pero Dios  es perseverante y pronunció de nuevo su nombre. Y tuvo Samuel la suerte de tener cerca un maestro experimentado que le ayudó a dar el paso de ir más allá de lo religioso (ritos y leyes) hacia lo contemplativo; Elí, además de sacerdote, era un hombre espiritual y como tal condujo magistralmente al discípulo al encuentro con el Señor: “comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven”,  y le dió el consejo oportuno: “Ve a acostarte (vuelve al silencio de la noche) y si llama de nuevo dí: Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Y ahora sí,  la Palabra de Dios no sólo fue oída e interpretada por la inteligencia del joven, sino acogida en el corazón. Así, desde su experiencia mística, se inició la vocación profética de Samuel.


Orar con el texto de la vocación de Samuel.
(Lo tienes transcrito al final de esta entrada)

Meditar es un ejercicio de entrenamiento para la escucha. Se trata de entrar en el silencio desde la oscuridad de la fe, cuando nuestras preguntas no encuentran respuestas, cuando los acontecimientos que vivimos, ya sea personales o sociales (como la pandemia que vivimos), no tienen una definición clara. Disponte a la oración:

* Busca un lugar tranquilo donde nada ni nadie interrumpa tu tiempo de oración. Colócate en una postura que te facilite a la vez la atención y la quietud. Respira pausadamente mientras apartas de tu mente y tu corazón todo lo que en este momento te inquieta o preocupa. Relaja tus músculos soltando todo lo que tensa tu cuerpo. Deja salir cualquier cosa que te oprima el corazón. Párate unos minutos donde se señala con una (+) 

* Comienza adentrándote en el silencio oculto tras los sonidos que percibes. Escúchalos sin juzgarlos. Mira detrás de ellos. Cada pequeño sonido, la más mínima vibración está siendo sustentada por el silencio que hace posible su existencia. Dios es ese silencio. Como el gran silencio, Dios lo sostiene todo.  Contempla.  (+) 

* Deja que tu silencio se funda con el suyo. ¡Habla, Señor, que tu siervo (tu sierva) escucha!. No fabriques con tu imaginación respuestas a tu ruego; mantén tu atención al silencio, al gran silencio, no olvides que “todo aquello que escuchamos, pero verdaderamente todo, debe ser solo la preparación para la escucha de lo que permanece en silencio”. Contempla esta paradoja. Dios habla en el silencio. No pienses, no especules, sólo escucha. (+) 

* Medita unos instantes este texto de san Juan de la Cruz: “Una Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta habla siempre en eterno silencio y en silencio ha de ser oída del alma”. (+) 

* Entra en la noche de la fe: silencia tus ideas y creencias, tu visión de ti mismo y de tu historia, tus planes y permanece atento al silencio.... (+) Escucha tu nombre pronunciado por Dios resonando en el silencio, hábitat de Dios …(+) … Si tienes dificultas para hacerlo te puede ayudar el repetir interiormente “¡Habla, Señor, que yo, N., tu siervo (tu sierva) estoy a la escucha!”. Déjate llevar por esta jaculatoria. (+) 

* Permanece en el silencio. Permanece en Dios. Déjate invadir por su silencio elocuente, por su música callada, por su palabra inefable…. ¡Habla, Señor, que tu siervo (tu sierva) escucha!. (+)

* Dice un maestro espiritual que “cuando el silencio habla, la vida se transforma”. No hay duda de que la mejor preparación a la escucha y, al mismo tiempo, la mejor respuesta a la llamada de Dios es el silencio. Sólo desde él despojo que supone el silencio puedes escuchar la voz de Dios y dar una respuesta pura, no subjetiva ni interesada, a su llamada. ¡Habla, Señor, que tu siervo (tu sierva) escucha! (+)

* * *


Terminada el rato de oración me pregunto acerca de lo que Dios me ha concedido vivir. ¿He sentido en algún momento que mi corazón se ensanchó? ¿Me he sentido impulsado a responder a la llamada de Dios con algún gesto concreto? ¿Debo esmerarme en algo concreto en el próximo ejercicio de meditación? … Escribo mis impresiones convencido de que eso me ayudará a mejorar mi práctica oracional. 

* * * 

Lectura del primer libro de Samuel 
(3, 3b-10. 19)

En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy.»

Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 

Respondió Elí: «No te he llamado; vuelve a acostarte.» 

Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. 

Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 

Respondió Elí: «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.»
Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. 

Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 

Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: "Habla, Señor, que tu siervo te escucha."» 

Samuel fue y se acostó en su sitio. 

El Señor se presentó y le llamó como antes: «¡Samuel, Samuel!» 

Él respondió: «Habla, que tu siervo te escucha.»

Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.


Palabra de Dios

Casto Acedo. Enero 2021.

sábado, 9 de enero de 2021

Meditación en la humildad (5)

Seguimos, apoyados en J. Chittister,  la serie de grados de humildad de san Benito con el fin de llegar a mirarnos y conocernos mejor. Recuerda que el trasfondo de todo está en la tercera morada de santa Teresa, que nos pedía conocimiento propio. Un conocimiento que sólo es posible en humildad, y no es otra cosa humildad que andar en verdad.

San Benito, en su regla, dice así acerca de los grados de humildad noveno y décimo: 
“El noveno grado de humildad consiste en que el monje no deje hablar a la lengua y, guardando silencio, no hable hasta que se le pregunte. Pues la Escritura enseña que en las muchas palabras no falta el pecado, y el que refrena la lengua es hombre prudente (Prov 10,19), y que el deslenguado no estará firme en la tierra (Sal 140,11). 

El décimo grado de humildad consiste en no ser de risa fácil y pronta, pues está escrito que el necio se ríe a carcajadas (Eclo 21,20)". 


Hablemos del silencio 

Hablemos del silencio, aunque el silencio es algo inefable, sólo palpable desde la práctica.  

El silencio es un tema transversal y eje en muestro grupo de oración. Y no viene mal recordar su importancia, esta vez alentados por la sabia recomendación de san Benito, que pone la práctica del silencio como determinante para el hombre humilde. 

Si algo caracteriza a nuestra sociedad es la contaminación acústica que lo invade todo. Desde fuera nos vienen constantemente ruidos de motores y todo tipo de máquinas, música por todas partes, altavoces, tonos de teléfonos, gritos de vendedores, proclamas invitando al consumo, etc. Estamos tan acostumbrados al ruido que cuando nos falta lo echamos de menos.

Y también vivimos en la abundancia de ruidos interiores: ambiciones desmedidas, aspiraciones imposibles, exigencias, caprichos, descontentos, preocupaciones inútiles, miedos, etc… que impiden el propio despertar. Un alma que está despertando a la vida espiritual necesita no solo luchar contra los ruidos exteriores, sino también vencer a los demonios interiores; sin hacer frente a estos adversarios  no es posible el crecimiento espiritual. 

Existe un vínculo íntimo y muy fuerte entre silencio y humildad. No escribió san Benito su regla y normas sobre el silencio para hacer del monje una persona sumisa al mirarse en sus vergüenzas, sino para que pueda conocerse a sí mismo en toda su gloria. 

La humildad permite dejar a Dios ser Dios en la propia vida; para ello has de despojarte de todo título, de toda pretensión, de toda máscara, de todos esos ruidos que ensordecen tu alma y te impiden escuchar la voz divina, que no es necesariamente la que  imaginas. 


Silencio para conocerte 

Los monjes del desierto eran claros y concisos a la hora de destacar el silencio como elemento clave para la vida monástica. Ya conocemos este apotegma del siglo III que evidencia el preponderante papel del silencio en una espiritualidad madura: “Cierto hermano fue al abad Moisés de Escitia y le pidió una palabra. Y el anciano le dijo: Ve, siéntate en tu celda y ella te lo enseñará todo”. 

¿Se puede decir tanto con tan pocas palabras? La verdadera sabiduría no se adquiere a partir de lecciones magistrales o edificantes, sino desde el silencio. “¡Siéntate en tu celda!”, es decir, entra en el silencio de tu interioridad, y ella te lo enseñará todo. 

No busques maestros y doctores que te expliquen las cosas del espíritu, porque no es cuestión de “saber” sino de “sabor”; no se trata de teorizar sobre la fórmula del H20 sino de sumergirte en el agua que eres tú mismo y Dios. 

¡Qué importante es esto! Buscamos respuestas a nuestras preguntas en el exterior: fórmulas, teorías, consejos, programas, etc. y no nos damos cuenta de que la única respuesta medianamente válida nos viene de dentro: “¡siéntate en tu celda!”, entra en ti; todas las respuestas están en ti; y lo mismo ocurre con las preguntas, esas preguntas que nadie sino solo tú puedes hacerte. Pregunta y respuesta surgen del silencio.

En el silencio llegamos a conocernos a nosotros mismos; ahí sentimos la furia que nos consume, la codicia que pudre nuestro corazón, la soledad que socaba nuestras esperanzas, la falsedad que desmiente nuestra apariencia de sinceridad, etc. En el silencio interior miramos lo que somos, nos conocemos desde fuera, como otros nos conocen, y entonces nos sonrojamos con lo que vemos en nuestra misma vida; y aquí llega la humildad. 

Cuando llegas a conocerte de veras, súbitamente brota en ti la humildad que atempera tu arrogancia y te hace amable para con tu hermano o hermana. Al saber de tus luchas te capacitas para conocer y valorar las suyas, al conocer tu fracaso sientes temor reverencial ante sus éxitos, y disminuyes tu tendencia a alardear, a castigar a nadie con tu arrogancia, a abrumar con tus certezas. De este modo el silencio se convierte en una virtud tuya, y desde ti en una virtud social. 

Moderación en el hablar

El silencio exige moderación en el hablar; el debido silencio de la lengua. Todos tenemos tendencia a imponer nuestras ideas, a colocar nuestras opiniones por encima de cualquier otra, a tener siempre la última palabra en la discusión. Ser el último en una conversación en lugar de ser el primero, es una agresión a nuestro ego. San Benito en su regla te está diciendo: escucha, aprende, permanece abierto a los demás. Ahí está la materia del crecimiento personal, el barro en que se moldea la humildad. 

Es bueno, por tanto, que analicemos nuestras palabras. Hay palabras que hieren y palabras que acarician, palabras que abruman y palabras que descargan, palabras que hunden y palabras que levantan, palabras inútiles y palabras necesarias ¿Cuáles son las más abundantes en mi? Reconoce que la mejor respuesta que podemos dar en muchos de los momentos de nuestra vida es la del silencio, la de la escucha. De este modo alimentamos nuestra sabiduría y servimos de muleta a quienes están necesitados de descansar su alma en la conversación. 


No ser de risa fácil 

Y para alcanzar humildad, además del silencio, el décimo grado: la moderación en la risa, el dominio de esa risa cruel que se burla del hermano o se jacta socarronamente de vivir una vida desprecupada y superficial. 

El “no ser de risa fácil y pronta” es una buena consigna para quien se ejercita en humildad. Hay que entender su significado en nuestro tiempo. Los antiguos dedicaron mucha atención a la calidad de la risa, un valor olvidado en nuestro siglo. Toleramos con “humor” incluso aquello que en su base es procaz e incluso brutal. Nos reímos de lo obsceno, lo hiriente, lo burlesco. 

La risa incontrolada es cosa de hoy; ayer se practicaba la moderación en el reír. Las fotos de ahora son todas de caras sonrientes, pero si miramos los retratos antiguos observamos gestos serios; los colegios para señoritas enseñaban el fino arte de sonreír bajo presión y de ser sobrias ante las trivialidades. 

En tiempos pasados, la advertencia del libro de la Sabiduría de que “el necio ríe estrepitosamente” era considerado como algo básico en la vida espiritual. Reyes y grandes señores eran personas serias y controladas; la gravedad era lo apropiado para las personas maduras y responsables. La risa, se pensaba, caracterizaba lo vulgar, lo basto, lo de mal gusto. Quien no se moderaba en ella demostraba una desafortunada falta de autocontrol. 

Hoy, en una cultura donde abundan las series cómicas, el club de comedias y los monólogos graciosos, en un tiempo en el que la risa parece ser exigencia de toda persona considerada dichosa, hay que matizar lo que dice san Benito al respecto. 

Hay que distinguir entre risa y humor. El humor nos permite ver la vida desde una perspectiva fresca y graciosa; con el humor aprendemos a tomarnos a nosotros más a la ligera. Y no creo que san Benito estuviera en contra del humor, habida cuenta de que tomarnos con humor nuestras vidas, reírnos de nosotros mismos, supone un alto grado de humildad. 

Lo que sí es indecoroso y cruel es reírse de las tragedias o las faltas ajenas, de los chistes racistas o sexistas, de las creencias de los otros. La burla, el escarnio, el comentario despectivo, el regocijo por el mal ajeno, no es sino una falsa apariencia de alegría. 

La persona humilde no usa nunca sus palabras chistosas para herir a otra persona; no ríe con desprecio. Todo lo contrario, cultiva la dulzura en el trato, la ternura, la sonrisa acogedora. El humilde se sabe inacabado, incompleto, uno más entre los demás; lo que no espera de sí mismo no lo espera de los demás; no se burla de los desvaríos ajenos, pero sí sabe aceptar con humor sus propias debilidades. Quien humildemente se acepta a sí mismo con humor tal como es no suele tener inconveniente en aceptar también a los demás, y sabe ayudar a otros a aceptar, con cierta gracia, sus limitaciones, algo muy importante para  el crecimiento espiritual. 


* * * 

Concluyendo los grados de humildad noveno y décimo de san Benito podemos decir que el silencio es una de las piedras angulares de toda vida que podamos tildar de humilde. Ahora bien, en la práctica del silencio no se trata simplemente de no hablar. No se trata de un silencio absoluto, sino de un silencio juicioso. El silencio egoísta, desdeñoso, el pasivo agresivo, el insensible a las necesidades del otro, no es el silencio que recomienda san Benito. 

El consejo es, por tanto, hacer silencio para escuchar la voz de Dios que nos habla dentro de nosotros y alrededor de nosotros por la palabra del maestro;  y también es importante el silencio para estar atentos a la  voz de los hermanos; cuando no hay silencio, cuando mi propio ruido me ahoga, se ahoga el dinamismo de la vida espiritual. Cuando me muevo en el monólogo, cuando discuto queriendo imponer mi visión de las cosas convierto mi ego en un obstáculo que me impide aprender nada de nadie. 

Cuando el discurso se descontrola y el cotilleo se convierte en el alimento del alma, la soberbia no anda muy lejos. Cuando lo frivolizamos todo y nos burlamos de todo ponemos en peligro la seriedad de toda la vida, y nuestro espíritu desfallece. 

Llegar a hacer silencio, a escuchar a otro, a ti mismo y a Dios debe ser un deseo importante para ti. La Palabra que buscas habla en tu interior; por eso es importante que hagas silencio; sólo desde él se puede cribar la sabiduría que se mueve en medio de los ruidos del mundo. En el silencio y la atención plena a tu interior podrás escuchar esa palabra que es Silencio y en el silencio va trabajando tu espíritu. 

Casto Acedo. Enero 2021