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viernes, 19 de julio de 2019

Oración y silencio (4): El silencio de la imaginación.

Va la cuarta entrega de "oración y silencio". En esta ocasión, no muy satisfecho con la exposición que del tema hace el p. Juan Carlos Ortega, la he escrito casi toda de mi puño y letra. Tal vez mezclo imaginación y memoria; pero lo cierto es que ambas se rozan. Espero que, más allá de detalles estilísticos y de precisión de términos, os sirva de orientación.
 

4. El silencio de la imaginación
 
 
El hombre es un ser dotado de inteligencia, libertad, deseos,... y también de imaginación, es decir, capaz de imaginar, de construir imágenes a partir de sensaciones y experiencias.
 
Con la imaginación podemos crear. ¿Qué es el arte? Me atrevo a decir que  no es otra cosa que el fruto de la creatividad de la imaginación, que en la literatura, la música, la pintura, la escultura, etc. expresa las sensaciones y la experiencia íntima del artista. La verdad, la bondad y la belleza se exteriorizan en la obra de arte, transmitiendo a quienes la contemplan las mismas sensaciones de ser y de plenitud. 

Pero a veces el mal ofrece a  la imaginación temas que le  apartan de su fin natural, que no es otro que servir al bien y ampliar el campo de la contemplación de Dios . La deriva negativa de la imaginación la podemos ver en los relato del Génesis; la serpiente  seduce a Eva y  Adán alimentando su imaginación con mentiras, llevándoles a imaginarse a sí mismos con una grandeza  que no les corresponde: "El día en que comáis del árbol, se os abrirán los ojos, y seréis como Dios en el conocimiento del bien y el mal" (Gn 3,5) La imaginación les aleja de Dios, donde encontraban su razón de ser,  y les lleva a un mundo irreal, fantástico, donde juegan a ser su propio dios, un juego peligroso con el que pierden la inocencia. ¿no pierde el niño la inocencia cuando su imaginación, desde la desconfianza, entra en sospechas, celos,  juicios...?


La imaginación, cuando  distorsiona la realidad, traiciona la naturaleza humana original al poner ante el hombre trampantojos que engañan y,  como dice Gregorio de Nisa,  sumergen en un mundo falso donde  “ninguna de las cosas que se ven en la vida aparece como es en realidad, sino que la vida nos presenta unas cosas por otras en fantasías engañosas, burlando a los que ponen sus esperanzas en ella, y ella se oculta tras el engaño de las apariencias”.  

 
Adán imaginó  un día que podría ser dios. Es más, se lo creyó. Y así nació el ego, el "yo inexistente" que se disfraza de real y que viste un traje imaginario de perfecciones. El ego se alimenta de ilusiones, de fantasías, de creencias, que la imaginación se encarga de hacer pasar por reales.  Sin la ayuda delirante y fantasiosa de las imágenes que la mente inventa, el ego no puede subsistir.
 
Todos tenemos un ego más o menos oculto en nuestra personalidad. Es ese personaje que sabemos que no es real, pero ¡nos gusta tanto! Con frecuencia vivimos un mundo inventado por nosotros, donde todo gira en torno a mí, donde oculto las frustraciones de mi yo bajo la máscara de la apariencia, donde mis ilusiones me alejan de mí mismo, de mi yo real.
 Pero, si Dios quiere, porque es una gracia suya, tarde o temprano puede que caiga el velo de la falsedad en que vivo. Es el momento en que se me abren los ojos y descubro mi desnudez, es decir, me doy cuenta de que he vivido ocultando mi yo auténtico bajo un ropaje de egolatría.
La realidad se impone siempre aunque no estemos muy preparados para asumirla; cuando lo hace, nuestro ego entra en crisis. La primera reacción suele ser la de Adán: cuando Dios sale a su encuentro tras la caída, lo primero que hace es tratar de ocultar su vergüenza; pero a la mirada de Dios, mirada exterior, objetiva, desde fuera, la evidencia no puede ocultarse.  Y entonces no  queda sino el reconocimiento de uno mismo como un iluso (¿no es un iluso todo el que vive de ilusiones inexistentes?), como un pequeño ratón que presume de elefante.
Llegado a este punto en el que el ego  toca fondo,  la mejor salida es trabajarme (trabajar mi yo), recuperar la inocencia perdida ahondando en la verdad de mi ser. ¿Dónde hallarla? En la interioridad. Se trata de retirar los escombros de mi ego, sostenido hasta ahora por los trampantojos y las adulaciones de la imaginación, e ir poco a poco descubriendo mi yo auténtico ahondando en mi ser .
Con lo dicho queda clara la importancia que tiene para la espiritualidad el "silencio de la imaginación". Porque hay que acallar a la "loca de la casa", expresión no literal de santa Teresa, pero que resume muy bien su opinión acerca del obstáculo que  para la práctica de la oración de recogimiento o contemplativa suponen el pensamiento y la imaginación (cf 4ª Moradas, 1). 
 
Cuando me dispongo a mi tiempo de meditación no tarda en activarse la imaginación. Parece perdida y ausente cuando vivo en la exterioridad,  cuando estoy centrado en  las rutinarias tareas del día; pero en cuanto  entro en mi interior, en el momento en que busco el silencio y la  quietud, la imaginación aparece como un niño caprichoso que pide ser atendido con urgencia.

Parece como si temiera que algo malo fuera a salir de la interioridad; por eso intenta desviar la atención, evitar que mire dentro. Y tal vez lo que pone en marcha en ese momento a la imaginación no sea otra cosa que  los celos que el "ego" tiene del "yo";  el miedo  del ego a no ser atendido o a desaparecer;  porque el ego sabe de su defunción si el yo auténtico adquiere el protagonismo que le corresponde.
 
Me gusta decir que la razón por la que algunas personas  no aguantan la quietud y el silencio es porque no se aguantan a sí mismas; no se gustan, o incluso no se conocen; y aquí viene la imaginación a darle alas al ego para distraer al yo y evitar que se inquiete. 

Si no se vive centrado en uno mismo , en el ser real que somos, no podemos vivir en plenitud. La imaginación, desbordada, dispersa en previsiones futuras e inexistentes, suele ser fuente de insatisfacción y retraso en el crecimiento espiritual.  La santa andariega tenía toda la razón. La imaginación nos hace retornar a un pasado que ya no se puede cambiar o nos pone en un previsible futuro por el que no merece la pena estar preocupados. Es la loca de la casa que no nos deja poner orden en ella.

La imaginación nos hace identificarnos con nuestro pasado, o con los proyectos del futuro. ¿Qué podemos hacer con lo pasado? ¿Acaso podemos cambiar algo de lo que fue? Sólo nos queda observarlo desde fuera para aceptarlo, aprendiendo de los aciertos y tomando nota de las equivocaciones para no repetirlas. ¿Qué sabemos con certeza del porvenir? Nada. Pero la imaginación no se conforma, y forja en la mente un futuro inexistente que nos distrae de lo único importante: el presente.
¿En qué consiste el silencio de la imaginación? Se trata simplemente de acallar todos los idealismos triunfalistas y todos los temores y miedos que nos impiden lanzarnos al vacío de la vida con el paracaídas de la esperanza. Expresándolo de un modo positivo y en lenguaje nupcial, silencio de la imaginación es dar pruebas de confianza plena en el Amado, es decir, de certeza de que está aquí, ahora, conmigo, y su amor nunca me faltará en el futuro, pase lo que pase, ocurra lo que ocurra.
 

San Juan de la Cruz liga la memoria -imágenes y pensamientos del pasado, expectativas de futuro, experiencias que positiva o negativamente nos han marcado- con la virtud de la esperanza. E invita al silencio de la memoria. La esperanza dice, "pone a la memoria en vacío y tiniebla de lo de acá y de lo de allá. Porque la esperanza siempre es de lo que no se posee, porque si se poseyese, ya no sería esperanza. De donde san Pablo dice: la esperanza que se ve no es esperanza, porque lo que uno ve, esto es, lo que posee, ¿cómo lo espera? (Rm 8,24). Luego también hace vacío esta virtud, pues es de lo que no se tiene, y no de lo que se tiene" (Subida, L. II, cap 6, n.3). Así pues, la oración contemplativa silencia la memoria, es decir, todo recuerdo imaginativo de lo que hasta el momento se ha vivido, y toda expectativa imaginaria de lo que pudiera venir.
No viene mal poner aquí las máximas que el santo carmelita escribe en el Libro I, cap 13, n. 11:
Para venir a gustarlo todo
no quieras tener gusto en nada.
 
Para venir a saberlo todo
no quieras saber algo en nada.
 
Para venir a poseerlo todo
no quieras poseer algo en nada.
 
Para venir a serlo todo
no quieras ser algo en nada
 
Estas paradojas sanjuanistas  son todo un programa para silenciar la imaginación. Porque la imagen suscita el apetito y el deseo de las cosas. Si apartamos la imagen, apartamos el apetito. Si no imagino un Dios según mis expectativas, y que satisfaga mis esperanzas, me estaré disponiendo a dejar que "Dios sea Dios", evitando así que mis imágenes sean un obstáculo para conocerlo. Hay que acallar, pues, la imaginación y la mente que la alimenta.
Acallar, que no eliminar. Es bueno  saber que la mente no puede permanecer inactiva; ni se le puede apartar sin gran pérdida. Si lo hiciéramos estaríamos renunciando a una facultad potencialmente positiva.  Lo más acertado será educarla para centrarla en el presente; a ella, que siempre quiere llevarnos de viaje al pasado o al futuro. 
Cuando en la meditación me asaltan pensamientos y la fábrica de imágenes, ilusiones y sueños que es la mente se pone a funcionar, ¿qué hacer? Volver al presente. Me hago consciente de que he entrado en imaginación y vuelvo a mi respiración o a mi mantra: a mi aquí y ahora, a mi presente. No me enfado, no hago valoraciones acerca de la bondad o maldad de los pensamientos e imágenes que me han venido, simplemente lo suelto todo, lo dejo ir sin irme yo detrás.
La clave es el "presente". Evitar los pensamientos de un futuro ideal soñado que pone en mí unas expectativas que posiblemente terminarán en desilusiones y frustraciones.  Lo más apropiado es entrar en el presente, la única realidad, el único lugar donde se puede dar la unión, porque Dios es Presencia (presente).

 Por lo tanto, silenciar la imaginación es hacer silencio de  mis sueños, idealismos y castillos en el aire que no tienen fundamento lógico ni real. Silencio de la imaginación es hacer silencio de actitudes competitivas que buscan alcanzar y superar a otros en vez de luchar por lo que uno mismo puede lograr en el momento. En todo caso,  la imaginación puede  proyectar un futuro acorde con el propio presente, con lo que realmente soy y tengo.

Otro extremismo frecuente, distinto de la fantasía y los idealismo  al que nos lleva la imaginación, es el de dejarnos agobiar por el miedo al futuro. No recuerdo quien dijo aquello de que solemos vivir preocupados por cosas que nunca pasarán. Lo dice la palabra: "pre-ocupados", agobiados antes de que ocurra lo que
espero que ocurra, y que luego no suele ocurrir. Es una fijación en un futuro imaginario terrible. Soltar ese miedo es necesario para estar en el ahora.


Toda experiencia vivida, sea positiva o negativa del pasado, así como toda expectativa de futuro, placentera o terrible,  deben soltarse en la meditación; porque enganchan y retrasan el crecimiento interior, que se alimenta de la realidad del presente.  Y digo lo de soltar las experiencias positivas, los gustos y los gozos, porque a menudo nos quedamos en la experiencia, vivimos fijados en aquel gusto que el Espíritu nos ha dado, como si ya hubiéramos llegado a no sé que destino. Y ya no avanzamos más.

No es bueno, pues, recrear con la imaginación los gustos y contentos que la contemplación nos regala. Y me refiero a aquel fenómeno concreto, aquel sentimiento de plenitud que me embargó, aquella sensación de bienestar total que viví, aquella iluminación; eso pasó. Te dejó un regusto de plenitud un tiempo. Pero no esperes la repetición. Quédate simplemente con el sello de amor que Dios gravó en tu corazón a causa de ello. Y sigue hacia adelante, esperando lo que aún no sabes ni conoces.

"De todo lo que el alma ha de procurar  en todas las aprehensiones que de arriba le vinieren, así imaginarias como otra cualquiera género (no me da más visiones, que locuciones o sentimientos o revelaciones) es no haciendo caso de letra y corteza -esto es, de lo que significa o representa, o da a entender-, sólo advertir en tener el amor de Dios que interiormente le causan al alma. Y de esta manera ha de hacer caso de los sentimientos, no de sabor o suavidad o figuras, sino de los sentimientos de amor que le causan" (San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, L. 3, cap 14, n.6)

 
No puedo terminar sin advertir que lo dicho aquí sobre la imaginación y el silencio necesario de ella se refiere a la oración contemplativa, y no a la oración de meditación de tipo ignaciano, propuesta como práctica en los ejercicios espirituales de san Ignacio: ésta echa mano de la imaginación para adentrarse mentalmente en los misterios del Señor, reviviendo imaginativamente esos misterios según se narran en los evangelios "como si presente me hallase". En este modo de oración ignaciano lo más apropiado no es acallar totalmente la imaginación sino evitar que divague fuera del motivo que se medita.

Pero, como advierte san Juan de la Cruz, llega un momento en que el pensamiento cesa, y se comienzan a vivir instantes en que se llega a un estado de "advertencia amorosa", de Presencia envolvente y penetrante. Es entonces cuando el orante se abandona al instante, dejando a un lado todo pensamiento y todo acto de la voluntad. Es el momento de permitir que sea Él quien tome las riendas de la oración. Se entra entonces en contemplación.

 
Casto Acedo. Julio 2017

viernes, 12 de julio de 2019

Oración y silencio (3) El silencio de la memoria


Sigo escribiendo sobre el silencio. En esta ocasión alejándome mucho de lo que el del P. Juan Carlos Ortega, L.C. publica en Catholic.net. Tomo prácticamente sólo el esquema.

El silencio de la memoria

El silencio exterior facilita la capacidad de ser libres frente al atractivo de todo lo que desde fuera quiere seducirnos. Para alcanzar este silencio es recomendable el control de los sentidos (vista, oído. olfato, gusto y tacto),  que consiste en procurar que la percepción del mundo exterior no sea un obstáculo para adentrarnos en nuestra interioridad.

Para ello es preciso tomar conciencia  (darnos cuenta) de todo lo que nos puede perturbar desde fuera  dejándolo ir sin violencia. Si ante los estímulos exteriores que nos alejan de nuestro centro reaccionamos con apego o con agresividad, no lograremos abrir la mente a la riqueza interior. Es importante este silencio psicológico, porque sólo cuando los ruidos exteriores son aceptados y controlados, dejan de vibrar y se serena nuestro interior.
Del silencio exterior al silencio interior
El silencio exterior es una condición importante en el difícil camino hacia la plenitud, pero no es suficiente. Hay que acallar otros ruidos más sutiles, como  son el ruido interior de los sentimientos, de las ideas y del corazón. Sólo cuando somos dueños de estas facultades  podemos acceder a lo profundo.

Todos constatamos como en nuestra mente, aunque nuestros sentidos y nuestro cuerpo estén callados, se suceden muchos ruidos  por medio de los recuerdos, imágenes, ideas, juicios y demás actividades de la inteligencia, la memoria y la imaginación. Todo ello nos dispersa, nos distrae.
Es necesario, por tanto, silenciar también la mente.
Ahora bien, el silencio de la mente no es parálisis mental ni pobreza de ideas, sino capacidad de escuchar todo y seleccionar lo que se desea. Silenciar una idea, recuerdo o imaginación, no es negarlos ni condenarlos, sino tomar conciencia de ellos, reconocerlos, aceptar su realidad y luego "dejarlos" dándoles su lugar. ¿Cómo trabajar el silencio de la mente?

Silencio de la memoria

 Hemos apuntado antes tres actividades de la mente: la memoria o recuerdo del pasado, la imaginación o proyección del futuro, y la inteligencia que organiza y elabora el pensamiento en el presente. Empecemos por el silencio de la memoria.
¿Qué entendemos por memoria? La memoria es la capacidad humana para conservar contenidos de vivencias más allá del ahora y aquí en que fueron vividos, con la posibilidad de actualizarlos en momentos posteriores. En dos palabras, la memoria es la conservación del pasado.
¿Qué función tiene aquí el silencio? No es fácil el silencio de la memoria, dado que esta facultad ejerce su influjo en los hombres antes de que nos demos cuenta. Sin apenas saberlo, consciente o inconscientemente, el peso de las experiencias pasadas, ya sean agradables o desagradables, soportables o no, influyen en el devenir de nuestra interioridad.
Solamente es beneficiosa aquella memoria del pasado que ayuda a vivir el presente con realismo. No está mal revivir el gozo de las buenas experiencias pasadas, siempre que no nos estanquemos en nostalgias paralizantes (¡Ay, si volvieran aquellos días!).

Tampoco está mal borrar de la memoria las malas experiencias pasadas, aunque en este caso sería mejor "dejar que se disuelvan", porque las experiencias traumatizantes, las que nos han dejado heridas que perduran, no podemos eliminarlas simplemente con un golpe de voluntad. No basta tapar nuestros ojos al recuerdo; cuando menos lo esperemos, la herida vuelve a descubrirse y a sangrar. Por es importante sanar esos recuerdos por un aceptación realista y misericordiosa de lo pasado.  
Sanar las heridas de la memoria

Una de las tareas propias de la meditación es la de poner ante nosotros esas vivencias pasadas que tanto nos incordian, y que cuando aparecen tendemos a evitar reflejamente. A veces, cuando intentamos hacer silencio interior, nos viene el recuerdo de acontecimientos que nos avergüenzan o personas a las que no queremos recibir de ningún modo, e instintivamente a evitar esos recuerdos.
Cuando estas memoria se hace obsesiva en los momentos de oración, la tentación es la de huir, levantarse y dejar la meditación para otro momento; o bien exorcizarnos con rezos y signaciones. No es un buen camino. 

Más correcto es pararse, respirar hondo, mirar de frente con los ojos del corazón el acontecimiento o la persona que nos perturba. Se trata de recapacitar y aceptar  lo que pasó, asumirlo como un hecho que ya no tiene vuelta atrás,  o aflojar tu rechazo y perdonar a la persona que quieres evitar. En una palabra:  misericordia.
Para sanar la memoria es muy necesaria la compasión para contigo mismo; perdonarte a ti mismo tus errores pasados. El primer derecho humano es el que proclama que "todo hombre tiene derecho a equivocarse". Si alguna vez te equivocaste, o tienes el sentimiento de haber decidido mal, y te sientes herido o herida por ello, ahora es tiempo de sanar. Y el primer paso es contemplar tu desgarro con amor, reconocerlo y aceptarlo, e irá sanando pasito a pasito, como poco a poco sana la herida a la que se le aplica cada día el bálsamo necesario.  En este caso el bálsamo es la meditación con la que haces presente la  misericordia ejercida desde  tu mismo corazón herido.

También es saludable aplicar el "bálsamo de amor" a nuestro corazón cuando lo perturba el recuerdo de alguna persona ante la que instintivamente volvemos el rostro.  Es tan sencillo como sobreponernos al deseo de no mirarle y procurar contemplarle con misericordia. Tal vez le odias porque en un momento dado te hizo mucho daño; o simplemente por un desdén inconsciente e inexplicable.  Siempre has creído que la venganza de tu desprecio podría reparar el malestar de su recuerdo. Te equivocas; lo único que ha hecho hasta ahora ha sido ahondar en tu herida. Sólo el amor puede sanar.


La compasión hacia el hermano es el único remedio para tu propia enfermedad. Y el silencio de la meditación, la contemplación serena de su persona, te puede ayudar a  ir creando en tu interior un espacio para aquel o aquella a quien rechazas.

Vivir el presente
También es importante, para hacer silencio de la memoria, silenciar las añoranzas de todo lo bueno que ocurrió en el pasado. El ayer ya pasó. Debemos valorar lo que nos enseñó, lo que recibimos de él. Pero lo nuestro es el presente, que no puede ser creativo si no se silencia lo que ya fue. Sólo así podemos escuchar nuevas voces interiores y exteriores que nos enriquezcan. Mientras fijas y atas tus sentidos a lo que ya fue, los incapacitas para percibir lo que es.
¡Cuántas veces lo bueno del pasado, vivido como añoranza, impide acoger la riqueza del presente! Ejemplos claros es cuando añoramos etapas anteriores de la vida, o funciones y actividades que antes tuvimos, o juventud y salud física, o gozos contemplativos… Son añoranzas que nos sacan de quicio, nos descentran e impiden que nos sumerjamos en la única realidad: el hoy. 
Cuando en la meditación te sitúas en tu presente, aquí y ahora, con tu mente y tu corazón centrados en lo que estás viviendo o reviviendo en ese mismo momento, ¡cuánta vida disfrutas! Pues bien, ese presente inaprensible, que parece que al punto se nos escapa hacia atrás o hacia adelante, es el instante de la Presencia, con mayúscula (Dios) y minúscula (tú mismo). Un solo segundo de Presencia es capaz de sanar y llenar una vida.

 Las experiencias positivas del pasado también pueden ser un estorbo a nuestro crecimiento espiritual. Lo son cuando hacemos de ellas un punto de llegada, un "ya estoy" que perseguimos con la mirada puesta en "lo que fue". Olvidamos que "Dios hace nuevas todas las cosas" (cf Ap 21,5). Lo que fue no volverá; el futuro será algo nuevo, y mientras te afanas por revivir o repetir lo que pasó, estás cerrando tus ojos a lo que ahora mismo pasa, a lo que la vida te está regalando en esta jornada. Cuando meditas te ejercitas en disfrutar tu ahora, el presente, la Presencia. No dejes que el recuerdo de tiempos que fueron alegres, te impida entrar en la alegría del tiempo presente.
* * *

En resumen: el silencio de la memoria no es parálisis u olvido del pasado. Silencio significa acallar la memoria de las experiencias negativas del pasado; para ello es bueno escoger el camino de la misericordia.

También es silencio de la memoria acallar las gracias recibidas en el pasado en lo que tienen de trampa que engorda nuestro ego. Hay que agradecer lo recibido, traer a la memoria lo generoso que es Dios que se nos dio en aquellos dones, pero desligada esa memoria del deseo de que vuelva aquello mismo. ¡Fue tan hermoso!. No caigas en la trampa.
La virtud del silencio contemplativo lleva en sí un dinamismo interior que, de las vivencias del pasado, conserva en tu memoria solamente aquello que sirve de punto de apoyo para vivir a fondo el presente, gestando en el hoy el futuro que aún desconoces pero que esperas con confianza.

 Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Julio 2019

domingo, 7 de julio de 2019

Oración y silencio (2): El silencio de los sentidos

Sigo transcribiendo, con ajustes de estilo y alguna variación de fondo, las ideas del  P. Juan Carlos Ortega, L.C. publicadas en  Catholic.net.
 

 2. El silencio de los sentidos
 
La virtud del silencio abarca todos los niveles del ser humano. Digamos algo sobre el silencio exterior, el silencio de los sentidos. ¿Cómo vivir este silencio que es la lógica puerta de todos los demás?
 
La proliferación de medios de comunicación y propaganda audiovisuales excitan la imaginación y los sentidos. Se habla mucho, y se habla de todo. La abundancia y el desorden externo de los mensajes reclaman y provocan a los sentidos, pero no hay espacio para pensar ni tiempo para reflexionar; no se meditan los acontecimientos, no se sopesan los hechos, todo pasa con celeridad.
 
Pablo VI advirtió que “El silencio es una condición admirable e indispensable del espíritu cuando nos encontramos envueltos en tantos clamores y gritos provenientes de esta ruidosa e hipersensibilizada vida moderna”. (Nazaret, 5 de enero de 1964).

Y más recientemente, el Papa Francisco advertía  que “para entender los signos de los tiempos, ante todo es necesario el silencio: hacer silencio y observar.  Y después reflexionar dentro de nosotros …nuestro trabajo es mirar qué cosa sucede dentro de nosotros, discernir nuestros sentimientos, nuestros pensamientos; y ver qué cosa sucede fuera de nosotros y discernir los signos de los tiempos.  Con el silencio, con la reflexión y con la oración”.” (Homilía en santa Marta, 23 de octubre de 2015).
En el libro del Génesis encontramos un pasaje que nos puede hacer entender la necesidad y conveniencia del silencio: “Entonces el señor Dios modeló al hombre de arcilla de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser vivo” (Gn 2,7). El hombre una vasija de arcilla, y recibe un soplo; así pues nuestro ser está hecho para llenarse de vida, para llenarse de Dios. Somos arcilla alentada por el espíritu. El interior de nuestro ser lo podemos llenar de Dios, o podemos ocuparlo con cosas del mundo. Nuestra interioridad es un recipiente, un "espacio para Dios".
 
Recordad a san Juan de la Cruz y su enseñanza: "Dios es como la fuente, de la cual cada uno coge como lleva el vaso". Si tu vaso, tu interioridad,  está lleno  de cosas, poco espacio queda para Dios. Pero ¿cómo vivir atentos a la interioridad?

Cuentan de un rey muy rico que, cosa extraña para un personaje de su categoría, tenía fama de ser indiferente ante las riquezas materiales y, a la vez, ser un hombre de profunda espiritualidad.

Movido por la curiosidad un súbdito quiso averiguar el secreto del soberano para no dejarse deslumbrar por el oro, las joyas y los lujos excesivos que caracterizaban a la nobleza de su tiempo.

- Majestad, ¿cuál es su secreto para cultivar su vida espiritual en medio de tanta riqueza?

- Te lo revelaré –respondió el rey–, pero antes tendrás que superar una prueba. Recorrerás mi palacio para que conozcas la magnitud de mi riqueza. Durante el recorrido, llevarás en tu mano una vela encendida. Si durante el trayecto se te apaga, te decapitaré.

El vasallo no tenía más remedio que aceptar la prueba después de su osadía. Recorrió todo el palacio y logró llegar nuevamente ante el rey con la llama encendida. Le preguntó el rey:

- ¿Que te han parecido mis riquezas?

- No vi nada –respondió el osado curioso–, he estado todo el tiempo preocupado de que la llama no se apagara.

- Ese es mi secreto –afirmó satisfecho el rey–. Estoy tan ocupado tratando de avivar mi llama interior, que no me interesan las riquezas de fuera.
 
Valiosa enseñanza la de esta historia. Muchas veces deseamos tener una vida espiritual más rica, pero sin decidirnos a apartar la mirada de las cosas que nos rodean y deslumbran con su aparente belleza, y de las trivialidades y preocupaciones de la vida, que nos roban la paz y la serenidad interior. Si de veras queremos la paz y serenidad interior, necesitamos concentrarnos en la llama. Y cuanto más concentrados en la llama, menos nos preocuparemos o distraeremos de las cosas de fuera.

Callarse, abstenerse del ruido que el deseo de cosas materiales que constantemente nos envuelve en la sociedad consumista, no es el todo del silencio; es solamente parte de su aspecto externo. 
El silencio es un hábito de interiorización mediante el cual podemos recogernos en nosotros mismos y advertir cuán lleno está nuestro corazón del apego o el deseo de cosas. Tan lleno, que no queda espacio para Dios y para los hermanos; y tal vez tampoco quede espacio para ti mismo. 
Silenciar tus sentidos (vista, oído, olfato, gusto y tacto), cerrar la puerta a los deseos exteriores que te llegan a través de ellos (deseos de tener, de poder, de aparentar), es un primer paso en el camino del silencio. Se trata de que, como dueño de tu ser, dejes pasar a tu sagrario interior sólo las realidades que te hacen ser de verdad tú mismo.
La práctica del silencio meditativo centra tus energías en la luz divina que llevas dentro, dejando en un segundo plano todo lo que puede oscurecer tu ser.
C.A. Julio 2019