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domingo, 7 de julio de 2019

Oración y silencio (2): El silencio de los sentidos

Sigo transcribiendo, con ajustes de estilo y alguna variación de fondo, las ideas del  P. Juan Carlos Ortega, L.C. publicadas en  Catholic.net.
 

 2. El silencio de los sentidos
 
La virtud del silencio abarca todos los niveles del ser humano. Digamos algo sobre el silencio exterior, el silencio de los sentidos. ¿Cómo vivir este silencio que es la lógica puerta de todos los demás?
 
La proliferación de medios de comunicación y propaganda audiovisuales excitan la imaginación y los sentidos. Se habla mucho, y se habla de todo. La abundancia y el desorden externo de los mensajes reclaman y provocan a los sentidos, pero no hay espacio para pensar ni tiempo para reflexionar; no se meditan los acontecimientos, no se sopesan los hechos, todo pasa con celeridad.
 
Pablo VI advirtió que “El silencio es una condición admirable e indispensable del espíritu cuando nos encontramos envueltos en tantos clamores y gritos provenientes de esta ruidosa e hipersensibilizada vida moderna”. (Nazaret, 5 de enero de 1964).

Y más recientemente, el Papa Francisco advertía  que “para entender los signos de los tiempos, ante todo es necesario el silencio: hacer silencio y observar.  Y después reflexionar dentro de nosotros …nuestro trabajo es mirar qué cosa sucede dentro de nosotros, discernir nuestros sentimientos, nuestros pensamientos; y ver qué cosa sucede fuera de nosotros y discernir los signos de los tiempos.  Con el silencio, con la reflexión y con la oración”.” (Homilía en santa Marta, 23 de octubre de 2015).
En el libro del Génesis encontramos un pasaje que nos puede hacer entender la necesidad y conveniencia del silencio: “Entonces el señor Dios modeló al hombre de arcilla de la tierra, sopló en su nariz aliento de vida y el hombre se convirtió en un ser vivo” (Gn 2,7). El hombre una vasija de arcilla, y recibe un soplo; así pues nuestro ser está hecho para llenarse de vida, para llenarse de Dios. Somos arcilla alentada por el espíritu. El interior de nuestro ser lo podemos llenar de Dios, o podemos ocuparlo con cosas del mundo. Nuestra interioridad es un recipiente, un "espacio para Dios".
 
Recordad a san Juan de la Cruz y su enseñanza: "Dios es como la fuente, de la cual cada uno coge como lleva el vaso". Si tu vaso, tu interioridad,  está lleno  de cosas, poco espacio queda para Dios. Pero ¿cómo vivir atentos a la interioridad?

Cuentan de un rey muy rico que, cosa extraña para un personaje de su categoría, tenía fama de ser indiferente ante las riquezas materiales y, a la vez, ser un hombre de profunda espiritualidad.

Movido por la curiosidad un súbdito quiso averiguar el secreto del soberano para no dejarse deslumbrar por el oro, las joyas y los lujos excesivos que caracterizaban a la nobleza de su tiempo.

- Majestad, ¿cuál es su secreto para cultivar su vida espiritual en medio de tanta riqueza?

- Te lo revelaré –respondió el rey–, pero antes tendrás que superar una prueba. Recorrerás mi palacio para que conozcas la magnitud de mi riqueza. Durante el recorrido, llevarás en tu mano una vela encendida. Si durante el trayecto se te apaga, te decapitaré.

El vasallo no tenía más remedio que aceptar la prueba después de su osadía. Recorrió todo el palacio y logró llegar nuevamente ante el rey con la llama encendida. Le preguntó el rey:

- ¿Que te han parecido mis riquezas?

- No vi nada –respondió el osado curioso–, he estado todo el tiempo preocupado de que la llama no se apagara.

- Ese es mi secreto –afirmó satisfecho el rey–. Estoy tan ocupado tratando de avivar mi llama interior, que no me interesan las riquezas de fuera.
 
Valiosa enseñanza la de esta historia. Muchas veces deseamos tener una vida espiritual más rica, pero sin decidirnos a apartar la mirada de las cosas que nos rodean y deslumbran con su aparente belleza, y de las trivialidades y preocupaciones de la vida, que nos roban la paz y la serenidad interior. Si de veras queremos la paz y serenidad interior, necesitamos concentrarnos en la llama. Y cuanto más concentrados en la llama, menos nos preocuparemos o distraeremos de las cosas de fuera.

Callarse, abstenerse del ruido que el deseo de cosas materiales que constantemente nos envuelve en la sociedad consumista, no es el todo del silencio; es solamente parte de su aspecto externo. 
El silencio es un hábito de interiorización mediante el cual podemos recogernos en nosotros mismos y advertir cuán lleno está nuestro corazón del apego o el deseo de cosas. Tan lleno, que no queda espacio para Dios y para los hermanos; y tal vez tampoco quede espacio para ti mismo. 
Silenciar tus sentidos (vista, oído, olfato, gusto y tacto), cerrar la puerta a los deseos exteriores que te llegan a través de ellos (deseos de tener, de poder, de aparentar), es un primer paso en el camino del silencio. Se trata de que, como dueño de tu ser, dejes pasar a tu sagrario interior sólo las realidades que te hacen ser de verdad tú mismo.
La práctica del silencio meditativo centra tus energías en la luz divina que llevas dentro, dejando en un segundo plano todo lo que puede oscurecer tu ser.
C.A. Julio 2019
 

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