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domingo, 23 de febrero de 2020

Contemplar es amar (23 de Febrero)

Una breve reflexión para este domingo a partir de un cuento de Toni de Mello recogido en El canto del pájaro, y que quienes me conocen bien saben que he referido en  muchas ocasiones.

Un hombre, que se sentía orgullo del césped de su jardín, se encontró un buen día con que en dicho césped crecía una gran cantidad de cardos. Y aunque trató por todos los medios de librarse de ellos, no pudo impedir que se convirtieran en una auténtica plaga.
Al fin escribió al ministerio de Agricultura, refiriendo todos los intentos que había hecho, y concluía la carta preguntando: «¿Qué puedo hacer?». Al poco tiempo llegó la respuesta: «Le sugerimos que aprenda a amarlos».

* * *

 Cuando está en tus manos la posibilidad de cambiar una situación negativa, o mejorar las actitudes de alguien que no te quiere bien, lo mejor es poner todo el empeño en cambiar las cosas dedicándole tiempo y esfuerzo al problema. 


 Has de cuidar con esmero el césped del jardín de tu alma. Pero ¿qué hacer cuando te nacen cardos y fracasan todos tus intentos por erradicarlos? Entonces puedes poner tus esperanzas en el Evangelio, que suele dar respuesta a cuestiones imposibles.

Jesús dice que cuando las cosas van bien, cuando en tu césped crecen flores exquisitas, es fácil amar y ser delicado. En este caso no haces nada extraordinario. “Si amas solo a los que te aman, ¿qué merito tienes?”.

El problema surge cuando no está a tu alcance erradicar los cardos, cuando, por más que lo intentas, no consigues cambiar el corazón de quien no te quiere bien. Es entonces cuando Jesús te recomienda el plus de “amor en la dimensión de la cruz”; ya sabes: el perdón incondicional al hermano más allá de sus actitudes.

¿Por qué amar a quien no te ama? ¿No es mejor hacerle sentir tu odio para que experimente en su misma carne el daño que te está haciendo? ¿Por qué tienes que amarle? Pues bien, se  me ocurren tres razones:

*La primera, porque con la ley del talión, “ojo por ojo, diente por diente”, sólo consigo que el veneno del odio se apodere también de mi corazón. Cediendo a la provocación del enemigo justifico su actitud beligerante. No  debo olvidar que la victoria de Cristo en la cruz estuvo en vencer las provocaciones del mal.

*La segunda, porque quien me odia no es feliz; nadie que acumula rencor en su alma puede ser feliz, ¿sé de alguien que odie desde la alegría y el gozo? Tras la máscara del violento hay una persona frustrada, un hermano que sufre. Él no lo sabe, ignora la raíz de su malestar; si lo supiera no odiaría (cf Lc 23,34; 1 Cor 2,8); pero yo, si en verdad soy contemplativo, lo sé; Dios me lo ha enseñado, como también sé lo que Él espera de mí: compasión y misericordia.

*La tercera razón para amar a quien no me ama, es porque quien me odia (mi enemigo) es, como yo y conmigo, hijo de Dios; es mi hermano, parte de mí; soy uno con él; y “nadie odia su propia carne” (Ef 5,29).

Jesús te da un consejo muy directo para el caso: “aprende a amar los cardos”. Reza por los que te odian y te persiguen. Vence los miedos y trae a tu contemplación a quien te considera o tú mismo consideras enemigo. Si no puedes acercarle físicamente a tí, acércale espiritualmente; siéntele como un hermano, ten compasión de él, ámalo y siente como tuyo el sufrimiento que le genera su propio odio. Y, sin darle nunca la espalda, espera de Dios que tu enemigo cambie, que, como tú, tome conciencia de que su naturaleza es amor, porque contigo es imagen de Dios-Amor.

Lo dicho sobre la contemplación compasiva de la persona que es enemiga vale también para todas las situaciones que puedan confabularse contra ti. Míralas desde fuera, con visión contemplativa. Nada pasa porque sí.

No olvides nunca que contemplar es amar, mirar al mundo, al prójimo y  a ti mismo con los ojos amorosos de Dios.
* * *
  
EVANGELIO 
Mateo 5, 38-48

 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

 -«Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo, diente por diente." Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas. 

 Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos. 

 Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.» 

Casto Acedo. Febrero 2020.

sábado, 15 de febrero de 2020

¿Religión o espiritualidad? (16 de Febrero)

 

Puedes buscar en la red una cantidad ingente de cartelitos como el que encabeza este post. En todos ellos se pone de manifiesto el empeño por desacreditar la religión en beneficio de la espiritualidad. Como si fuera posible vivir una espiritualidad sin un mínimo de organización y práctica comunitaria (religión).

Tengo la sospecha de que esa fobia a la religión por parte de supuestos “espirituales” no responde sino al deseo de afirmarse en una religión sin Dios, por no decir una contradictoria "religión sin religión"; se trata de grupos sectarios e idealistas, que se tienen por puros e impecables, y capaces de vivir una espiritualidad seria sin referencia al Otro y a los otros, sin Dios y sin comunidad.

Pablo d´Ors explica la relación, que no oposición, entre espiritualidad y religión remitiéndose a la figura de una copa de vino; la copa es la religión y el vino la espiritualidad. Me gusta la imagen, porque si una mala religión es una copa sin vino, no es menos cierto que un vino sin copa es una pésima espiritualidad.

Las tradiciones religiosas de la humanidad han demostrado sobradamente su eficacia como poseedoras y transmisoras de espiritualidad. ¿Conoceríamos hoy la espiritualidad taoísta, budista, cristiana o musulmana sin sus respectivas religiones? 

Yendo a la tradición o religión cristiana, la forma más sencilla para dilucidar la supuesta oposición ficticia entre religión y espiritualidad es contemplando y preguntándonos acerca de Jesús de Nazaret: ¿fue religiosoo espiritual?  
La respuesta correcta creo que está en que Jesús fue un hombre   profundamente espiritual y a la vez religioso; lo cual no le impidió ser crítico, tanto con la religión que profesaba como con las  espiritualidades hipócritas con las que se cruzó.  

Que fue religioso lo demuestra su circuncisión y presentación en el templo, hechos de los que nunca renegó, así como su asistencia asidua a la reunión litúrgica del sábado en la sinagoga, su respeto y defensa de la pureza del templo de Jerusalén, o su conocimiento y valoración positiva de la ley. Jesús no condenó la ley sino el legalismo.

Que fue espiritual se deduce de su mirada contemplativa sobre el mundo y las cosas, de su acercamiento a todos sin exclusión alguna (ser todo para todos), de su exaltación de la misericordia del Padre, o de su práctica orante y sus enseñanzas al respecto.

Jesús, en el evangelio, habla de religión: “habéis oído que se dijo” (ley de Moisés); y también de espiritualidad: “pero yo os digo”. Vive el espíritu de la ley no te limites a “no matar”, trabaja por dar vida. Reconcíliate con el hermano antes de dejar tu ofrenda en el altar (Mt 5,23-25 ). Esto es lo que hay que hacer, cumplir la religión y sus normas, pero sin olvidar la espiritualidad que les debe acompañar (cf Mt 23,23 ). “No creáis que he venido a abolir la ley y los profetas(religión), no he vendió a abolir, sino a dar plenitud (cimentar la ley de la religión en una verdadera espiritualidad, en una verdadera relación con Dios)


Oponer religión y espiritualidad es un ejercicio de infantilismo, por no decir cinismo, intelectual. Una religión sin espiritualidad, como una copa sin vino,   es una absurda necedad, simplemente un adorno; pero también es meramente ornamental una espiritualidad  sin religión (relación con Dios y con los hermanos, fe encarnada). Sin la copa de las tradiciones religiosas, de la que han bebido millones de personas a lo largo de la historia, la riqueza espiritual de los pueblos  se hubiera perdido en las arenas del tiempo. ¿Hubieran llegado a nosotros los Evangelios sin una comunidad interesada en escribirlos para mantener viva su transmisión?

Hay que prevenirse de las espiritualidades que pretenden desprenderse de las religiones. Probablemente terminarán formando una religión o un grupo sectario dentro o al margen de alguna de las ya existentes. Su mayor peligro es el obsesionarse tanto por la pureza de lo espiritual que acaban tirando el niño con el agua del baño. Despreciando la religión acaban despreciando sus  propias tradiciones espirituales.  

Eso de “ser espiritual” está muy bien,  tener mucha fe es bueno; pero, sin unos hermanos con los que madurar esa fe idealista, el vino de su espiritualidad puede perderse como vino derramado en el suelo.

“La espiritualidad es una, las religiones muchas”, dicen los espiritualistas. Hay que responderles que sin pluralidad no es posible la unidad, y que las espiritualidades también son muchas. Uno, lo que se dice uno, sólo es Dios; y en nuestra tradición cristiana Dios, más que Uno, es amor, comunión de tres personas.  ¿No es la comunión de muchos (multiplicidad) en el amor (unidad),  la más hermosa de las espiritualidades?
 
Casto Acedo. Febrero 2020

viernes, 7 de febrero de 2020

Vender el libro (9 de Febrero)

Una pequeña reflexión sobre un apotegma de los padres del desierto que recoge Thomas Merton en La sabiduría del desierto, dichos de los padres del desierto del siglo IV.
Considero que es un buen texto al hilo de la liturgia de este domingo en que celebramos la Campaña contra el hambre de Manos Unidas, y la liturgia de la palabra  habla e invita a compartir el pan con el hambriento y a ser luz por el testimonio de las obras. 
 

"Un monje de Escitia, llamado Serapión, vendió el libro de los Evangelios y dio el dinero a los que estaban hambrientos, diciendo: He vendido el libro que mandaba vender todo lo que tenía y dárselo a los pobres".
 
* * *


En la liturgia bautismal de la Vigilia Pascual, antes de recibir la luz de la fe, se pide al catecúmeno que renuncie a las seducciones de Satanás, entre las que se menciona “… el quedaros en las cosas, medios, instituciones, métodos, reglamentos, y no ir a Dios”.
 
Se nos previene de no confundir los medios con los fines; porque eso es   quedarse en las cosas, medios, instituciones, métodos, reglamentos, y no ir a Dios. Y tal vez podríamos añadir con Serapión: quedarse en el libro y no ir a la vida, quedarse en la comprensión y aprendizaje del evangelio y no ir a la práctica, embelesarse con la hermosura del bien y no hacer el bien. En nuestra cultura pensante, moderna,  es muy común considerar que una vez pensado y comprendido algo, ya está todo resuelto. La engañosa luz de la razón  pasa así de ser medio a convertirse en fin. 
 
Cuentan que un joven sacerdote de las Comunidades Neocatecumenales, completado con éxito su doctorado en Sagradas Escrituras, comunicó orgulloso su logro a Kiko Argüello; y éste le respondió: “Muy bien. Has pasado por la Biblia. Deja ahora que la Biblia pase por ti”.  

Una cosa es atar la Palabra con las cadenas de la mente, y otra muy distinta dejar que la Palabra libere la mente; porque el Ser y los pensamientos de Dios no se pueden abarcar y superan nuestros cálculos y esquemas mentales (cf Is 55,8). Una cosa es "manejar" la Biblia y otra muy distinta dejarse "manejar" y  modelar por ella. En fin, un cosa es la Sagrada Escritura, la materialidad de un libro, y otra la Palabra de Dios, revelación del Espíritu; la primera se estudia, la segunda se escucha. 
 
Para alcanzar la vida, para ser iluminado por Cristo, has de dejar ir todo lo que retienen tus manos y calcula celosamente tu mente; y luego has de fijar la atención de tu corazón, tus oídos  y tus ojos en Dios y su mandato del amor. «Parte tu pan con el hambriento, -dice Isaías- hospeda a los pobres sin techo, cubre a quien ves desnudo y no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas, … pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy” (58,6-8).
 
El evangelio de Jesús no es un tesoro que guardas en un arcón que pueden robar los ladrones o raer la carcoma (cf Mt 6,19-20). El evangelio es tan real e indómito como la vida misma. No ata a nada sino que libera de todo. No llama Jesús a seguir un protocolo de iniciación y un posterior programa de actos sino a confiar en Él, a adentrarte en la aventura de la noche donde sólo la sed y el anhelo de Dios te alumbra. Cuando el mapa te lleve al destino, tira el mapa; sólo así podrás seguir adelante. La Biblia no es Dios, sólo es el mapa.
 
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“He vendido el libro que me mandaba vender todo lo que tenía y dárselo a los pobres”. Son muchas las personas que, tras largos años de elucubración intelectual y oración mental, se quejan de no haber tenido la suerte de ver a Dios. Pero, ¿han vendido el libro que les manda vender todo lo que tenían y dárselo a los pobres? Porque puede ser que no vean la Luz porque las reflexiones y estudios sobre ella sólo le dan oscuridad. Piensan mucho y viven poco; caminan sobre huellas ya marcadas y pretenden vivir vidas prestadas. Ignoran que Dios tiene hermosos planes para cada uno de sus hijos e hijas.
 
La Luz está en la Encarnación. La Palabra se hizo carne (Jn 1,14), no letra; tampoco pensamiento. No caigas en la ingenua y farisea trampa de confundir tu yo con tus ideas y tus palabras;  pasa a la acción. Ya lo dice el sabio: “cada día se escriben más y más libros, y el mucho estudiar desgasta la vida. Tú, después de oírlo todo, teme a Dios y guarda sus mandamientos” (Qh, 12,12-13). 
 
Quien vive en  contemplación ve más allá de las letras, intuye el Ser escondido tras la pátina de las palabras, lo saborea en el silencio, allí donde la nada es todo, donde el desasimiento absoluto es la más hermosa de las posesiones. Aferrarse a la teoría, confiar en razonamientos, es edificar sobre arena; vivir el Amor en la noche de la fe, es cimentarse en la roca (Mt 7,24-27).
 
 
* * *
 
Aquieta tu cuerpo, vacía tu mente. Deja que fluyan y se desprendan de tu ser todas las posesiones materiales, intelectuales y espirituales. Permite que tu corazón se ensanche para acoger la belleza que supone darlo todo;  alegra a los hambrientos con los beneficios obtenidos al vender el libro que te manda vender todo. Que en tus adentros sólo resuene el eco y reverbere la luz de la sabiduría: “He vendido el libro que mandaba vender todo lo que tenía y dárselo a los pobres”.

 Casto Acedo. Febrero 2020.

sábado, 1 de febrero de 2020

Orar con el anciano Simeón (2 de Febrero)

 
En  el capítulo 31 de Camino de perfección, santa Teresa pone como ejemplo de orante contemplativo a Simeón. La escena de la Presentación de Jesús en el templo (Lc 2,21-35), la ve como ese momento especial en el que se da el paso de oración vocal y mental a  oración de quietud o recogimiento, que es como la santa llama a la oración contemplativa. Es la “oración de quietud, -dice la santa- adonde a mí me parece comienza el Señor… a dar a entender que oye nuestra petición y comienza ya a darnos su reino aquí, para que de veras le alabemos y santifiquemos su nombre y procuremos lo hagan todos”.
 
Simeón ha perseverado en la oración anhelando y pidiendo poder ver la manifestación de Dios y consecuente  salvación de Israel. Y su oración es respondida.

Hasta ese momento ha prevalecido en Simeón el esfuerzo, la “determinada determinación” de orar a pesar de los obstáculos que pudiera haber encontrado (cf Camino 21,2); ahora, con un giro de ciento ochenta grados, es Dios quien toma las riendas: “impulsado por el Espíritu, fue al templo” (v. 27). No es Simeón el que llega a la oración de quietud, sino que es el mismo Dios quien le lleva. El P. Tomás Álvarez solía decir que “no se llega” a la oración de contemplación, “te llegan”. 
 
La oración de quietud o contemplación, dice la santa, “es ya cosa sobrenatural y que no la podemos procurar nosotros por diligencias que hagamos. Porque es un ponerse el alma en paz, o ponerla el Señor con su presencia, por mejor decir, como hizo al justo Simeón, porque todas las potencias se sosiegan. Entiende el alma, por una manera muy fuera de entender con los sentidos exteriores, que está ya junto cabe su Dios, que con poquito más llegará a estar hecha una misma cosa con El por unión".
 
No se llegó pues Simeón al templo, sino que fue llevado por el Espíritu al lugar y en el momento en que María y José presentan al Niño.  En ese instante se le concede ver a Dios y reconocerlo  entre la multitud. Y "esto no es porque lo ve con los ojos del cuerpo ni del alma. Tampoco no veía el justo Simeón más del glorioso Niño pobrecito; que en lo que llevaba envuelto y la poca gente con El que iban en la procesión, más pudiera juzgarle por hijo de gente pobre que por Hijo del Padre celestial; mas dióselo el mismo Niño a entender”.
 
La práctica de la oración, que ha ejercitado y facilitado a Simeón en el arte de apartar la algarabía de pensamientos, preocupaciones, y expectativas que pudieran dispersar la "atención amorosa a Dios”, ha debido ser fundamental para llegar a esta contemplación. Porque como da a entender san Agustín, "Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti" (cf Sermón 169,13).
 
Por otro lado, conviene tener en cuenta que la experiencia de quietud o recogimiento gozoso en la oración, la gracia y la alegría de ver a Dios en la Luz, es un momento importante, pero no el último.

El don de la oración de quietud es un stop, un alto en el que el caminante repone fuerzas con la vista puesta en la meta, que es la unión. “Es como un amortecimiento interior y exteriormente, que no querría el hombre exterior (digo) el cuerpo, porque mejor me entendáis, que no se querría bullir, sino como quien ha llegado casi al fin del camino descansa para poder mejor tornar a caminar, que allí se le doblan las fuerzas para ello”.
 
Se advierte aquí del peligro de quedarse en el “amortecimiento”, la tentación fatal del “¡qué bien se está aquí, hagamos tres tiendas” (Lc 9,33). Repitamos las palabras de Teresa: Entiende el alma,... que está ya junto cabe su Dios, que con poquito más llegará a estar hecha una misma cosa con El por unión". Hay que “tornar a caminar” un poquito más para llegar a la unión, donde, oración y compromiso, contemplación y acción, “Marta y María” andan juntas.
 
 
* * *
La fiesta de la Presentación del Señor, o Candelaria, es la fiesta de la iluminación. Quemadas en la hoguera las vanidades del mundo, limpios los ojos del alma de todo lo que le impide ver, eso mismo que era estorbo se arroja al fuego y alimenta la llama que ilumina el corazón abriéndolo a la visión de Dios; porque “donde abundó el pecado sobreabundó la gracia” (`Rm 5,20).
 
Simeón recibió la iluminación, la visión de Dios, y con ella una visión más clara de sí mismo al ser despojado de sus apariencias y descubierto en su naturaleza más genuina: “Mis ojos han visto a tu Salvador … Ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz” (v. 29-30). Puede vivir en adelante con la paz que da el saber que Dios está ahí, iluminando la vida aunque se camine por cañadas oscuras (cf Salmo 22,4).

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Simeón tomó al Niño en sus brazos y bendijo a Dios” (v 28). Qué hermosa imagen para un ejercicio de meditación. Poner al Niño-Dios en el regazo y bendecir al Padre-Dios por ese don.
 
 
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EVANGELIO
Lc 2,21-32 

Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo Llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: «Todo varón primogénito varón será consagrado al Señor», y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: «un par de tórtolas o dos pichones».

 Había entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo estaba con él. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo.
 
Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:
-«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel».
 
Casto Acedo, Febrero 2010