Una breve reflexión para este domingo a partir de un cuento de Toni de Mello recogido en El canto del pájaro, y que quienes me conocen bien saben que he referido en muchas ocasiones.
Un hombre, que se sentía orgullo del césped de su jardín, se encontró un buen día con que en dicho césped crecía una gran cantidad de cardos. Y aunque trató por todos los medios de librarse de ellos, no pudo impedir que se convirtieran en una auténtica plaga.
Al fin escribió al ministerio de Agricultura, refiriendo todos los intentos que había hecho, y concluía la carta preguntando: «¿Qué puedo hacer?». Al poco tiempo llegó la respuesta: «Le sugerimos que aprenda a amarlos».
* * *
Cuando está en tus manos la posibilidad de cambiar una situación negativa, o mejorar las actitudes de alguien que no te quiere bien, lo mejor es poner todo el empeño en cambiar las cosas dedicándole tiempo y esfuerzo al problema.
Has de cuidar con esmero el césped del jardín de tu alma. Pero ¿qué hacer cuando te nacen cardos y fracasan todos tus intentos por erradicarlos? Entonces puedes poner tus esperanzas en el Evangelio, que suele dar respuesta a cuestiones imposibles.
Jesús dice que cuando las cosas van bien, cuando en tu césped crecen flores exquisitas, es fácil amar y ser delicado. En este caso no haces nada extraordinario. “Si amas solo a los que te aman, ¿qué merito tienes?”.
El problema surge cuando no está a tu alcance erradicar los cardos, cuando, por más que lo intentas, no consigues cambiar el corazón de quien no te quiere bien. Es entonces cuando Jesús te recomienda el plus de “amor en la dimensión de la cruz”; ya sabes: el perdón incondicional al hermano más allá de sus actitudes.
El problema surge cuando no está a tu alcance erradicar los cardos, cuando, por más que lo intentas, no consigues cambiar el corazón de quien no te quiere bien. Es entonces cuando Jesús te recomienda el plus de “amor en la dimensión de la cruz”; ya sabes: el perdón incondicional al hermano más allá de sus actitudes.
¿Por qué amar a quien no te ama? ¿No es mejor hacerle sentir tu odio para que experimente en su misma carne el daño que te está haciendo? ¿Por qué tienes que amarle? Pues bien, se me ocurren tres razones:
*La primera, porque con la ley del talión, “ojo por ojo, diente por diente”, sólo consigo que el veneno del odio se apodere también de mi corazón. Cediendo a la provocación del enemigo justifico su actitud beligerante. No debo olvidar que la victoria de Cristo en la cruz estuvo en vencer las provocaciones del mal.
*La segunda, porque quien me odia no es feliz; nadie que acumula rencor en su alma puede ser feliz, ¿sé de alguien que odie desde la alegría y el gozo? Tras la máscara del violento hay una persona frustrada, un hermano que sufre. Él no lo sabe, ignora la raíz de su malestar; si lo supiera no odiaría (cf Lc 23,34; 1 Cor 2,8); pero yo, si en verdad soy contemplativo, lo sé; Dios me lo ha enseñado, como también sé lo que Él espera de mí: compasión y misericordia.
*La tercera razón para amar a quien no me ama, es porque quien me odia (mi enemigo) es, como yo y conmigo, hijo de Dios; es mi hermano, parte de mí; soy uno con él; y “nadie odia su propia carne” (Ef 5,29).
Jesús te da un consejo muy directo para el caso: “aprende a amar los cardos”. Reza por los que te odian y te persiguen. Vence los miedos y trae a tu contemplación a quien te considera o tú mismo consideras enemigo. Si no puedes acercarle físicamente a tí, acércale espiritualmente; siéntele como un hermano, ten compasión de él, ámalo y siente como tuyo el sufrimiento que le genera su propio odio. Y, sin darle nunca la espalda, espera de Dios que tu enemigo cambie, que, como tú, tome conciencia de que su naturaleza es amor, porque contigo es imagen de Dios-Amor.
Lo dicho sobre la contemplación compasiva de la persona que es enemiga vale también para todas las situaciones que puedan confabularse contra ti. Míralas desde fuera, con visión contemplativa. Nada pasa porque sí.
No olvides nunca que contemplar es amar, mirar al mundo, al prójimo y a ti mismo con los ojos amorosos de Dios.
No olvides nunca que contemplar es amar, mirar al mundo, al prójimo y a ti mismo con los ojos amorosos de Dios.
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EVANGELIO
Mateo 5, 38-48
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
-«Habéis oído que se dijo: "Ojo por ojo, diente por diente." Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también la capa; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Habéis oído que se dijo: "Amarás a tu prójimo" y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto.»
Casto Acedo. Febrero 2020.


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