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sábado, 30 de mayo de 2020

El aliento del alma (Pentecostés)

Una oración para Pentecostés. 

“Entonces el Señor Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo” (Gn 2,7).

Hermoso versículo del libro del Génesis. Cada vez que lo leo imagino al autor, un judío exiliado en Mesopotamia donde la cultura del adobe y las vasijas de arcilla disfrutan una época de esplendor. Nuestro hagiógrafo observa cómo los alfareros modelan sus vasijas con el barro sacado de las tierras que bordean los ríos Éufrates y Tigris.

 Los poemas babilónicos hablan de una diosa, Marduk, que en el paradisíaco vergel donde convergen los dos ríos, da vida al héroe nacional, Guilgamés. La diosa  moldea el cuerpo del superhombre con  arcilla empapada en sangre derramada durante una pelea entre dioses;  y toma vida por el  aliento que la diosa  insufla en su nariz.

El autor bíblico no se había preguntado nunca el cómo y cuando había sido creado el género humano. Su Dios era de otro orden; no se había dado a conocer por mitos intemporales que cuentan historias y enseñanzas para explicar lo desconocido. Su Dios se había revelado obrando en la historia de su pueblo,  salvando del hambre, de la enfermedad, de la esclavitud y de la muerte. 

No obstante, observando el interés de los babilonios por las historias de creación no dudó ni un momento en señalar a su único Dios como autor del origen del hombre. Adaptándose a la cultura en la que se halla cuenta que  Dios crea a Adán, el primer hombre como cenit de todo lo creado antes. Yahvé, "el que es desde antes de existir nada", creó todo ordenando el caos (nada) preexistente con su Palabra y animándolo con su Espíritu.  Para ello nuestro escritor toma las imágenes de la cultura en la que vive su exilio: polvo, agua, arcilla, alfarero, soplo...

Al decir que Adán “se convirtió en ser vivo” el autor sagrado afirma que toda persona recibe de Dios su aliento  (ruáh, espiritu). Todo ser ha sido creado por Dios, y todo se sostiene por su Espíritu: “(Todas las criaturas) aguardan a que les eches comida a su tiempo: se la echas, y la atrapan; abres tu mano, y se sacian de bienes; escondes tu rostro, y se espantan; les retiras el aliento, y expiran y vuelven a ser polvo” (Sal 134,27-30).

El aliento de Dios, su soplo, está en la base del ser y el devenir de los seres. La tierra, el mar, los cielos, tú y yo, el universo entero, … viven gracias al aliento de Dios. De la conexión espiritual con Dios depende la vida toda. Sin su Espiritu, todo perece.

Después de resucitar, Jesús se apareció a los suyos y les dijo: “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo”; es decir, como el Espíritu descendió sobre mi en el Jordán y me urgió a “evangelizar a los pobres, a proclamar a los cautivos la libertad, y a los ciegos, la vista; a poner en libertad a los oprimidos;  a proclamar el año de gracia del Señor” (Lc 4,18), así será para vosotros. "Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”, y les da el encargo de atar el mal y desatar el bien. 

El soplo de Jesús sobre los discípulos va a generar el movimiento del envío, lo cual evidencia que el Espíritu no es sólo Creador, también Redentor. El Espíritu es motor de nuestra razón de ser, está presente en el punto de partida de la práctica de la justicia, es la fuente del dinamismo del amor. Y amar como Dios es la vocación y destino (espiritualidad) del hombre.


* * *
Prácticamente todas las religiones tienen en cuenta la respiración como símbolo del Espíritu y camino para entrar en comunión con Él. 

Hoy es Pentecostés, la fiesta del Espíritu. Y te ofrezco aprovechar la evocación y contacto con la realidad de tu aliento para entrar en el silencio de Dios. 

·        Comienza  con la Secuencia del Espíritu Santo, esa invocación que te dispone a ser pertrechado por el Espíritu para afrontar con paciencia los avatares de la vida: oscuridad, sequedad, frialdad, fatigas, errores, etc.,; "Ven, Espíritu divino, / manda tu luz desde el cielo...".

·        Después de esa invocación, silencia tu cuerpo manteniendo la postura adecuada para permanecer  en quietud. Relaja todos y cada uno de los músculos que no necesitas para mantenerte despierto y respirar. Imagina como la caricia de Dios va moldeando tu cuerpo, como el alfarero que modela una vasija: tu cabeza, tronco, manos, pies,… Deja que el barro que eres se rinda dócil a sus manos. 

·        Observa ahora con atención cómo tus pulmones reciben por la nariz el aire que te une a toda la creación. Siente la comunicación, el diálogo y la compenetración, con el Todo y con todo al ritmo de tu inspiración y espiración. 

·       Deja que el aliento de Dios te invada. e invada. El Espíritu se une a tu espíritu. Sumérjete en Dios Espíritu Santo, que “lo trasciende todo, lo penetra todo, y lo invade todo” (Ef 4,6). En él vives, te mueves y existes (Hch 17,28).  ¡Te sientes uno con Él! 

·       “Todo es presencia y gracia. Vivir es este encuentro”. Quédate ahí, en gracia, en presencia… Tu espíritu unido al Espíritu… "¡Tú eres yo, yo soy Tú!  

·        Finalmente, repite con el salmo y el magníficat:Todo ser que alienta alabe al Señor”.(Sal 150, 6). "Se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador" (Lc 2,47).


 * * *

Terminada tu oración. Siéntate, toma papel y lápiz y escribe tu experiencia del momento.

·        Si ha sido gratificante, ¿qué he sentido? ¿Qué mociones –movimientos de tu corazón- han surgido en mi? ¿Perdón? ¿Alabanza? ¿Atención a la creación? ¿Comunión? ¿Comunicación de bienes? …

·        Si no has conseguido entrar en el silencio y el recogimiento necesarios: ¿Qué esperaba del momento? Ya sabes que la oración de silencio es desinteresada: sin un “por qué”, sin un “para qué”. …¿Qué me ha distraído? ¿Cuánto de utilidad le pido a mi momento de oración? ¿Qué ocupa mi corazón que le impide entrar en silencio?

·        A que me llama la práctica del silencio de hoy: ¿Moderar mi deseo de….? ¿Cuidar mis relaciones con …. (personas, cosas)? ¿Desprenderme de tiempo o bienes en beneficio de alguien? ¿Más fidelidad a …? ¿Desapego de ….? ¿Seguir orando a pesar de la sequedad?


* * *
Que no te falte nunca el aliento de Dios. Y no olvides que si el alimento material es el sostén del cuerpo, la práctica de la oración es el aliento del alma.

Mérida. Mayo 2020

jueves, 28 de mayo de 2020

Camino de Perfección. 28



CAPÍTULO 28

En que declara qué es oración de recogimiento, y pónense algunos medios para acostumbrarse a ella.

1. Ahora mirad que dice vuestro Maestro: «Que estás en los cielos».

¿Pensáis que importa poco saber qué cosa es cielo y adónde se ha de buscar vuestro sacratísimo Padre? Pues yo os digo que para entendimientos derramados que importa mucho, no sólo creer esto, sino procurarlo entender por experiencia. Porque es una de las cosas que ata mucho el entendimiento y hace recoger el alma.

2. Ya sabéis que Dios está en todas partes. Pues claro está que adonde está el rey, allí dicen está la corte. En fin, que adonde está Dios, es el cielo. Sin duda lo podéis creer que adonde está Su Majestad está toda la gloria. Pues mirad que dice San Agustín que le buscaba en muchas partes y que le vino a hallar dentro de sí mismo. ¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con El, ni ha menester hablar a voces? Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá. Ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con gran humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija.

3. Se deje de unos encogimientos que tienen algunas personas y piensan es humildad. Sí, que no está la humildad en que si el rey os hace una merced no la toméis, sino tomarla y entender cuán sobrada os viene y holgaros con ella. ¡Donosa humildad, que me tenga yo al Emperador del cielo y de la tierra en mi casa, que se viene a ella por hacerme merced y por holgarse conmigo, y que por humildad ni le quiera responder ni estarme con El ni tomar lo que me da, sino que le deje solo. Y que estándome diciendo y rogando le pida, por humildad me quede pobre, y aun le deje ir, de que ve que no acabo de determinarme!

No os curéis, hijas, de estas humildades, sino tratad con El como con padre y como con hermano y como con señor y como con esposo; a veces de una manera, a veces de otra, que El os enseñará lo que habéis de hacer para contentarle. Dejaos de ser bobas; pedidle la palabra, que vuestro Esposo es, que os trate como a tal.



4. Este modo de rezar, aunque sea vocalmente, con mucha más brevedad se recoge el entendimiento, y es oración que trae consigo muchos bienes. Llámase recogimiento, porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios, y viene con más brevedad a enseñarla su divino Maestro y a darla oración de quietud, que de ninguna otra manera. Porque allí metida consigo misma, puede pensar en la Pasión y representar allí al Hijo y ofrecerle al Padre y no cansar el entendimiento andándole buscando en el monte Calvario y al huerto y a la columna.

5. Las que de esta manera se pudieren encerrar en este cielo pequeño de nuestra alma,adonde está el que le hizo, y la tierra, y acostumbrar a no mirar ni estar adonde se distraigan estos sentidos exteriores, crea que lleva excelente camino y que no dejará de llegar a beber el agua de la fuente, porque camina mucho en poco tiempo. Es como el que va en una nao, que con un poco de buen viento se pone en el fin de la jornada en pocos días, y los que van por tierra tárdanse más.

6. Estos están ya, como dicen, puestos en la mar; que, aunque del todo no han dejado la tierra, por aquel rato hacen lo que pueden por librarse de ella, recogiendo sus sentidos a sí mismos. Si es verdadero el recogimiento, siéntese muy claro, porque hace alguna operación. No sé cómo lo dé a entender. Quien lo tuviere, sí entenderá. Es que parece se levanta el alma con el juego, que ya ve lo es las cosas del mundo. Alzase al mejor tiempo y como quien se entra en un castillo fuerte para no temer los contrarios: un retirarse los sentidos de estas cosas exteriores y darles de tal manera de mano que, sin entenderse, se le cierran los ojos por no las ver, porque más se despierte la vista a los del alma.

Así, quien va por este camino casi siempre que reza tiene cerrados los ojos, y es admirable costumbre para muchas cosas, porque es un hacerse fuerza a no mirar las de acá. Esto al principio, que después no es menester; mayor se la hace cuando en aquel tiempo los abre. Parece que se entiende un fortalecerse y esforzarse el alma a costa del cuerpo, y que le deja solo y desflaquecido, y ella toma allí bastimento para contra él.

7. Y aunque al principio no se entienda esto, por no ser tanto –que hay más y menos en este recogimiento-, si se acostumbra (aunque) al principio dé trabajo, porque el cuerpo torna de su derecho, sin entender que él mismo se corta la cabeza en no darse por vencido), si se usa algunos días y nos hacemos esta fuerza, verse ha claro la ganancia y entenderán, en comenzando a rezar, que se vienen las abejas a la colmena y se entran en ella para labrar la miel, y esto sin cuidado nuestro; porque ha querido el Señor que por el tiempo que le han tenido, se haya merecido estar el alma y voluntad con este señorío, que en haciendo una seña no más de que se quiere recoger, la obedezcan los sentidos y se recojan a ella. Y aunque después tornen a salir, es gran cosa haberse ya rendido, porque salen como cautivos y sujetos y no hacen el mal que antes pudieran hacer. Y en tornando a llamar la voluntad, vienen con más presteza, hasta que a muchas entradas de éstas quiere el Señor se queden ya del todo en contemplación perfecta.

8. Entiéndase mucho esto  que queda dicho, porque, aunque parece oscuro, se entenderá a quien quisiere obrarlo. Así que caminan por mar; y pues tanto nos va no ir tan despacio, hablemos un poco de cómo nos acostumbraremos a tan buen modo de proceder. Están más seguros de muchas ocasiones; pégase más presto el fuego del amor divino, porque con poquito que soplen con el entendimiento, como están cerca del mismo fuego, con una centellica que le toque se abrasará todo. Como no hay embarazo de lo exterior, estáse sola el alma con su Dios: hay gran aparejo para entenderse.

9. Pues hagamos cuenta que dentro de nosotras está un palacio de grandísima riqueza, todo su edificio de oro y piedras preciosas, en fin, como para tal Señor; y que sois vos parte para que este edificio sea tal, como a la verdad es así, que no hay edificio de tanta hermosura como una alma limpia y llena de virtudes, y mientras mayores, más resplandecen las piedras; y que en este palacio está este gran Rey, que ha tenido por bien ser vuestro Padre; y que está en un trono de grandísimo precio, que es vuestro corazón.
 

10. Parecerá esto al principio cosa impertinente -digo, hacer esta ficción para darlo a entender- y podrá ser aproveche mucho, a vosotras en especial; porque, como no tenemos letras las mujeres, todo esto es menester para que entendamos con verdad que hay otra cosa más preciosa, sin ninguna comparación, dentro de nosotras que lo que vemos por de fuera. No nos imaginemos huecas en lo interior. Yplega a Dios sean solas mujeres las que andan con este descuido; que tengo por imposible, si trajésemos cuidado de acordarnos tenemos tal huésped dentro de nosotras, nos diésemos tanto a las cosas del mundo, porque veríamos cuán bajas son para las que dentro poseemos. Pues ¿qué más hace una alimaña que en viendo lo que le contenta a la vista harta su hambre en la presa? Sí, que diferencia ha de haber de ellas a nosotras.

11. Reiránse de mí, por ventura, y dirán que bien claro se está esto, y tendrán razón; porque para mí fue oscuro algún tiempo. Bien entendía que tenía alma; mas lo que merecía esta alma y quién estaba dentro de ella, si yo no me tapara los ojos con las vanidades de la vida para verlo, no lo entendía. Que, a mi parecer, si como ahora entiendo que en este palacio pequeñito de mi alma cabe tan gran Rey, que no le dejara tantas veces solo, alguna me estuviera con El, y más procurara que no estuviera tan sucia. Mas ¡qué cosa de tanta admiración, quien hinchiera mil mundos y muy mucho más con su grandeza, encerrarse en una cosa tan pequeña! A la verdad, como es Señor, consigo trae la libertad, y como nos ama, hácese a nuestra medida.

12. Cuando un alma comienza, por no la alborotar de verse tan pequeña para tener en sí cosa tan grande, no se da a conocer hasta que va ensanchándola poco a poco, conforme a lo que es menester para lo que ha de poner en ella. Por esto digo que trae consigo la libertad, pues tiene el poder de hacer grande este palacio. Todo el punto está en que se le demos por suyo con toda determinación, y le desembaracemos para que pueda poner y quitar como en cosa propia. Y tiene razón Su Majestad, no se lo neguemos. Y como El no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos, mas no se da a Sí del todo hasta que nos damos del todo.

Esto es cosa cierta y, porque importa tanto, os lo acuerdo tantas veces: ni obra en el alma como cuando del todo sin embarazo es suya, ni sé cómo ha de obrar; es amigo de todo concierto. Pues si el palacio henchimos de gente baja y de baratijas, ¿cómo ha de caber el Señor con su corte? Harto hace de estar un poquito entre tanto embarazo.

13. ¿Pensáis, hijas, que viene solo? ¿No veis que dice su Hijo: «que estás en los cielos?». Pues un tal Rey, a osadas que no le dejen solo los cortesanos, sino que están con El rogándole por nosotros todos para nuestro provecho, porque están llenos de caridad. No penséis que es como acá, que si un señor o prelado favorece a alguno por algunos fines, o porque quiere, luego hay las envidias y el ser malquisto aquel pobre sin hacerles nada.

Mérida Mayo 2020

Oración de recogimiento

Santa Teresa habla en la tercera morada de la oración de recogimiento (activo). La base del tema, expuesta por la misma Teres en el capítulo 28 de Camino de perfección q Tomado de la página de espiritualidad carmelitana CIPECAR os pongo aquí el resumen del tema. En entrada aparte os paso el Capítulo 28 de Camino de perfección de Santa Teresa.


Oración de recogimiento 
(Camino de perfección, 28)

Texto tomado de

Cómo entrar dentro de sí. Es un tema central del proceso de crecimiento espiritual. Santa teresa lo incluirá en las tercera moradas. El recogimiento es un estadio intermedio entre la oración rezada y la oración de pura contemplación. En el capítulo 28 de Camino de perfección Teresa intenta decirnos qué es oración de recogimiento, los medios, y cómo podemos acostumbrarnos a ello.
En un primer momento nos ha dicho que recogerse es centrarse en el Otro. Ahora consiste en «entrar, con El, dentro de sí».
Un presupuesto básico: entrar dentro de sí mismo. La Santa prefirió como punto de partida la segunda palabra del Padrenuestro «que estás en los cielos». No en los cielos estrellados, sino en los cielos de mi alma o de mi vida, cielos espaciosos y dilatados de mi espíritu. Le da calado teológico al tema del recogimiento, hondura de fe. La interioridad del hombre es morada, o templo del Espíritu. Dios tiene sus delicias ahí, en estar con nosotros. Es importante «no solo creerlo, sino procurar entenderlo por experiencia» (C 28,1). Esto de experimentar que somos morada de Dios no es cosa fácil cuando un alma comienza a orar. «El no se da a conocer hasta que va ensanchándola poco a poco, conforma a lo que es menester para lo que ha de poner en ella» (C 28,12)
Consignas
  • Ahí, en mi espacio interior, «Dios está tan cerca que nos oirá» (C 28,2), basta hablarle bajito.
  • Basta «ponerse en soledad y mirarle dentro de sí, y no extrañarse de tan buen huésped» (C 28,2).
  • Aprender a «hablarle como a Padre, pedirle como a Padre» (C 28,2).
  • Comunicarse con El sin falsas humildades (cf C 28,3).
  • Audacia cristiana: «tratad con él como con Padre y como con hermano y como con Señor y como con Esposo, a veces de una manera, a veces de otra, que El os enseñará lo que habéis de hacer para contentarle. Dejaos de ser bobas: pedidle la palabra, que vuestro Esposo es, que os trate como a tal» (C 28,3).
Recogerse 
¿Qué es? «Llámase recogimiento porque recoge el alma toda las potencias y se entra dentro de sí» (C 28,4).
  • Es cosa del alma, es decir, cosa del centro interior de la persona.
  • Es ella la que ha de convocar hacia dentro los sentidos y potencias.
  • El alma misma «se entra dentro de sí con su Dios» (C 28,4).
  • Dios actúa ahí: «viene con más brevedad a enseñarla su divino Maestro» (C 28,4).
  • La persona recibe todo el misterio de Cristo con hondura y sentido nuevos, en ese nuevo mundo de la interioridad.
Catarata de imágenes plásticas. «Es llegar a beber el agua de la fuente» (C 28,5). «Caminar mucho en poco tiempo» (C 28,5). Es como un viaje por mar llevados por el viento, es entrarse como las abejas en la colmena «para labrar allí la miel» (C 28,7). Es disponer de una centellica para soplar sobre ella y prender fuego de amor que lo abrase todo (C 28,8).
Cómo acostumbrarse. «Hablemos un poco de cómo nos acostumbraremos a tan buen modo de proceder» (C 28,8).
  • «Hagamos cuenta que dentro de nosotras está un palacio de grandísima riqueza» (C 28,9).
  • Pero el palacio no es fin para sí mismo, es morada para alguien. «No nos imaginemos huecas por dentro» (C 28,10). «En este palacio está un gran rey» (C 28,9).
  • Mi interioridad tiene una especie de dimensión religiosa y sacra: está hecha para ser capacidad de Dios, morada para él.
  • Entrar dentro.
  • Ser sensibles a la acción de El. Dios no nos habita como el ídolo está en su templo. Está en el palacio interior para la comunión de las personas.
  • El se da a conocer, enriqueciéndola experiencia interior del orante. «Que pueda poner y quitar como en cosa propia» (C 28,12). «El no ha de forzar nuestra voluntad», pues «El no se da a Sí del todo hasta que nos damos del todo» (C 28,12).



Lectura complementaria.

Lee detenidamente estos pensamientos del Diario de Etty Hillesum, una mujer que sintoniza con Teresa y que puede sintonizar también contigo.
«Creo que lo voy a hacer: cada mañana, antes de ponerme a trabajar, dedicaré media hora a «volverme hacia el interior», a escuchar lo que pasa en mí. También podría decir meditar. Pero esa palabra me hace sentirme aún un tanto incómoda. 
Sí, ¿por qué no media hora de paz conmigo misma? Movemos los brazos, las piernas y otros músculos por la mañana en el cuarto de baño, pero eso no basta. El hombre es cuerpo y espíritu. Media hora de gimnasia y media hora de ‘meditación’ puede proporcionarnos una buena base de concentración para toda la jornada. Pero conseguir una ‘hora de paz’ no es tan sencillo. Es algo que se aprende.
 Tendríamos que borrar del interior todo ese pequeño fárrago bajamente humano, todas las florituras. Una pequeña cabeza como la mía está siempre atiborrada de inquietud por naderías. Hay también sentimientos y pensamientos que nos elevan y nos liberan, pero ese fárrago se insinúa por todas partes. 
El fin de la meditación debería consistir en crear en nuestro interior una llanura grande y extensa, limpia de los zarzales disimulados que nos tapan la vista. Hacer entrar un poco de ‘Dios’ en nosotros, del mismo modo que hay un poco de ‘Dios’ en la Novena de Beethoven. Hacer entrar también un poco de ‘Amor’ en nosotros, no de un amor de lujo de media hora con el que te regalas, orgullosa de la elevación de tus sentimientos, sino de un amor que podamos transferir de algún modo a la modesta práctica cotidiana».
«Hay en mí un pozo muy profundo. Y en ese pozo está Dios. A veces consigo llegar a él, pero lo más frecuente es que las piedras y escombros obstruyan el pozo, y Dios quede sepultado. Entonces es necesario volver a sacarlo a la luz».
Mérida. Mayo 2020


sábado, 23 de mayo de 2020

Quedaos en Jerusalén (24 de Mayo)

Unas ideas para la oración contemplativa. De fondo un texto de H. de Lubac comentando a Orígenes y que habla de la connaturalidad que existe entre el alma y la Escritura, que podemos referir también al alma y el Espíritu Santo: "Cada vez que vuelvo a limpiar  mi pozo, obturado sin cesar por los Filisteos, limpio al mismo tiempo el pozo de las Escrituras.  Al agua que brota de uno corresponderá la que brota  del  otro". También podemos tener de fondo las video-diapositivas El país de los pozos, que podéis ver en 
https://www.youtube.com/watch?v=-OgV_CWYv1g.




Antes de subir a los cielos, el Señor ordenó a los suyos: “no os alejéis de Jerusalén. Aguardad que se cumpla la promesa del Padre, … porque Juan bautizó con agua, pero vosotros vais a ser bautizados con Espíritu Santo” (Hch 1,4-5). ¡Quedaos en Jerusalén! Es como decir: “aguardad seguros en la Comunidad. No tengáis prisa por contar a todo lo que habéis vivido conmigo, aún no he terminado mi obra en vosotros”. 



Quedarse en Jerusalén es “quedarse en casa”, entrar en el aposento interior. 

Durante estos días hemos escuchado insistentemente el eslogan: “¡Quédate en casa!”. Y ha sido ese gesto la menor manera de mostrar nuestro amor a todos. A muchos les ha costado entender el mensaje, porque según sus esquemas no se puede hacer nada por nadie quedándose en casa. Lo suyo es salir. Y no deja de ser cierto, pero “todo tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo” (Ecl 3,1). Y hay tiempo de parar y tiempo de andar, tiempo de quietud y tiempo de acción. Pues bien, en la Ascensión Jesús invita a empezar permaneciendo en Jerusalén, orando, invocando, esperando. 

Jesús sabía que a los discípulos, tras la experiencia pascual, no le faltaban ganas de salir corriendo a anunciar la Buena Nueva de la resurrección. Pero aún necesitaban algo: la fuerza y presencia del Espíritu. Por eso les aconseja que aguarden aún un tiempo, que se dispongan en la oración a recibir el impulso. 

Fuimos bautizados con agua y con Espíritu. Formalmente ya hemos recibido la fuerza que viene de lo alto. Está dentro de nosotros. Pero la tenemos enterrada bajo el peso del ego. El manantial de agua está dentro, pero a medio camino y en la superficie solo hay escombros y sequedad. La idolatría de las potencias ha cegado el pozo de agua viva que habita en nosotros. 
Cuando Isaac se estableció en Guerar huyendo del hambre, “volvió a excavar los pozos de agua que habían sido cavados en tiempo de su padre Abrahán y que los filisteos habían cegado después de la muerte de éste” (Gn 26,18), y los pozos dieron agua abundante. Y comprobaron, además, que mientras más reexcavaban, más se abrían los veneros y más agua nacía de ellos. Esta imagen bíblica nos puede servir en esta semana-puente entre Ascensión y Pentecostés, entre ausencia de Jesús y espera de su retorno: bajo los escombros que tapan nuestro pozo interior corren manantiales de agua viva. Para acceder a ella sólo hay que reexcavar el pozo que soy. 

Hemos sido bautizados. El Espíritu Santo, como agua viva y revitalizante, habita en la profundidad de nuestro ser. Pero los poderes de este mundo (empoderamiento del ego, filisteos enemigos) han querido darnos muerte cegando el acceso al manantial de la vida. Por eso hay que volver a excavar, apartar con el silencio de las potencias los ídolos que han ido diseñando nuestra mente, memoria y voluntad. Esos ídolos son nuestras ideas, nuestros prejuicios y nuestros deseos. Reexcavar el pozo es ahondar metros hacia lo profundo del ser, ir echando a un lado las imágenes falsas o limitadas de Dios, las desconfianzas, miedos, prejuicios, rutinas, malas costumbres, etc. que a lo largo de los años han taponado el brocal de nuestro pozo 

Quedarse en Jerusalén es entrar en recogimiento y silencio, cavar pacientemente el pozo interior que los filisteos han cegado. El camino para lograrlo es la fe, “que desembaraza el entendimiento encaminándole y enderezándole … en la noche espiritual de la fe a la unión con Dios” (San Juan de la Cruz. 2 S 23,4), la esperanza, que deja atrás las imágenes y experiencias de Dios, que no son Dios (cf 3 S,8), y la caridad, “que se goza solo en aquello que es honra y gloria de Dios” (3 S 17,2). 

El agua del Espíritu brota en el silencio de los pensamientos, obra de la FE (“el que cree en mí; como dice la Escritura: ´de sus entrañas manarán ríos de agua viva´.”Jn 7,37), el silencio de las experiencias e imágenes de Dios (ESPERANZA: “Dios es espíritu, y los que adoran deben hacerlo en espíritu y verdad” Jn 4,24) y el silencio de la propia gloria (CARIDAD: “acogeos mutuamente, como Cristo os acogió para gloria de Dios”. Rm 15,7; “el que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él". Jn 14,23). 

Pues ya sabes la tarea de esta semana. Contémplate como un pozo. Observa lo que te impide entrar a fondo en tu ser. Siléncia todo soltando, dejando ir, ignorando. No prestes atención a esos filisteos, no tienen consistencia, deja que se diluyan, porque sólo son fuertes si tú les das tu atención. Por eso se resisten a apartarse de tu mente. 

Espera en Jerusalén el envío del Agua del Espíritu que invade, penetra y fecunda todas las cosas. Abísmate en el silencio, en la noche. Hasta beber el agua de la Vida. Y deja que en la noche oscura brote el agua viva que sacia tu sed. “Qué bien se yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche” (San Juan de la Cruz).

Casto Acedo. 

viernes, 15 de mayo de 2020

Sumergirte en la Verdad (17 de mayo)

Una lectura en clave contemplativa de uno de los versículos del evangelio de este domingo: "Le pediré al Padre que os de otro paráclito que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad". Buen domingo a todos.



En el evangelio de ni este domingo Jesús habla de “el Espíritu de la Verdad”. 

 Hablar de la verdad resulta un tanto complicado. Dado que somos tantos, y cada uno con su mirada propia, es difícil lograr una verdad que unifique.  Cada uno mira el mundo desde su orilla y se percibe  a sí mismo como una ola entre otras similares que que va y viene al mar una y otra vez con monotonía cansina. Sin embargo, también podemos decir que, miradas desde la anchura y profundidad del océano,  todas y cada una de las olas son el mar. 

¿Dónde está la verdad de nuestro ser? Cuando me miro en referencia a realidades exteriores a mí, me percibo como una ola entre otras que  agitada por el viento acaricia la arena o golpea las peñas del acantilado en su vaivén monótono; la existencia de los otros y lo otro crea en mí conflictos, diferencias, dispersión,… límites a mi ser. Pero si entro en el silencio, si permito que mi ola se recoja y repose totalmente en la inmensidad el mar, si me fundo con el océano, mi experiencia es de unidad, de plenitud. Entonces la caricia de la arena y el golpe de la roca me son indiferentes, porque la ola va y viene, pero el mar permanece.


Hay verdades como hay olas; y hay Verdad como hay mar. Las verdades son postes indicadores para el encuentro con la Verdad. Las sagradas escrituras, los mandamientos, los dogmas, son grandes olas que nacen de la inmensidad del mar, verdades que dulcifican el ánimo o lo remueven, verdades que alimentan la inteligencia, suscitan sentimientos y justifican acciones. Pero no son el mar. Aunque a veces adquieren tal proporción que se transforman en impedimento para ver  el mar que somos.


Dios es “el Espíritu de la Verdad”. Silenciar nuestras verdades, dejar que sean arrastradas por la fuerte atracción de la Verdad, permitir que reposen en su origen que es el Espíritu de la Verdad, nos da paz. La meditación contemplativa imita el movimiento de recogida de la ola. El contemplativo, soltando el modo ola, se deja llevar por la atracción del fondo y se hace océano. 

Yo he venido al mundo a dar testimonio de la Verdad, y todo el que es de la verdad escucha mi voz” (Jn 18,37). Cristo es la Verdad. Contemplar es mirarle, reconocerse en Él, vivir en él; es permitir que el mar ejerza su atracción natural, no oponer resistencia a la llamada del océano, dejar que la ola vuelva al punto del que procede para volver a emerger con una vitalidad nueva. 


Aprovecha la imagen para meditar. Es fácil. Tan fácil como soltar tu ser ola y abismarte en el mar del silencio. Meditar es  dejarte llevar por la Verdad infinita que da sentido a tus verdades, es permitir que el Océano te abrace y te permita fundirte y hacerte  Uno con en Él. Luego vuelves como ola nueva que acaricia la sequedad de la arena y pule con su constancia las ariscas peñas del acantilado. 

¿Te imaginas una ola sin mar? ¿Te imaginas una vida sin Dios? Tus verdades, tus ritos, tus dogmas, tus acciones, tienen sentido sólo cuando despareces en el Océano para volver renovado. "Tenéis que nacer de nuevo" (cf Jn3,7). ¿Entiendes ahora por qué es bueno la determinada determinación de hacer silencio? 

* * *
EVANGELIO  
Jn 14, 15-21
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
—«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.

No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él».

Casto Acedo. castoacedo@gmail.com. Mayo 2020

miércoles, 13 de mayo de 2020

Humildad (Tema 13 de Mayo)




Habíamos aprendido que para Teresa las virtudes más importantes que deberían trabajar sus hijas  eran el AMOR  de unas con otras, el  desasimiento (POBREZA), y la HUMILDAD, que es la más importante y abarca a las otras dos. 

Hoy comentamos esta la  virtud de la humildad. Lo hacemos en tres pasos. Primero exponiendo brevemente el tema de la "honra" en la vida y los escritos de la santa; luego comentamos la gran relación que hay entre humildad y silencio, para terminar apuntando algo sobre la importancia de la contemplación de Dios para alcanzar humildad. 

Si humildad, al decir de Teresa, es "andar en Verdad", y esa Verdad no es otra que Dios, la humildad se aprende en el silencio contemplativo de esa Verdad... Sólo quien es humilde está capacitado para practicar la meditación del silencio; y sólo quien acalla su ego puede crecer en su verdadero ser, hecho a semejanza de quien se hizo el último de todos y el servidor de todos. 

La voz de la Santa: "Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entienda agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella. Plega a Dios, hermanas, nos haga merced de no salir jamás de este propio conocimiento, amén". (6 M 10,7) 

Aunque me hubiera gustado exponer este tema en directo y a viva voz, sé que ello mi no puede ser debido a al estado de alarma. La exposición es un tanto desbalazada y no me da tiempo a redactarla más narrativamente. Si alguno/a tiene dudas puede llamarme y hablaremos. 


"HONRA" Y HUMILDAD 

Teresa hubo de sufrir en su infancia y a lo largo de toda su vida, el estigma de ser considerada judeoconversa, o sea, una cristiana de segundo orden. En sus escritos ella habla mucho de “la honra”. ¿Lo hace por resentimiento?  Lo cierto es que nunca llega a reconocer ni poner en luz algo que ella sabía: su condición de nieta de converso judío, su abuelo Juan Sánchez .

De su matriz judeoconversa le vienen posiblemente su formación y  afición a la lectura, su buen trato y conocimiento de mercaderes o su visión práctica de la vida y los negocios. También su crítica a la honra. Se refiere a ella con terminos como “puntos de honra”, “negra honra”;  y la considera “oruga que carcome”, o “cadena que no hay lima que la quiebre”;  está inquina al tema puede ser fruto de la reacción ante algo que, por experiencia familiar, considera a todas luces injusto. Ella se jacta en menospreciar la honra que viene del linaje. 

Honra –dice Lope de Vega en "Las partidas"- es aquello que consiste en otro; ningún hombre es honrado por sí mismo; que la honra está en otro y no en sí mismo”. Es duro esto y da que pensar, porque el miedo a perder la honra, el miedo al qué dirán,  conduce sin remedio al sometimiento social.

Teresa no puede menos que ridiculizar la importancia desmesurada que se da a la honra en su medioambiente social. Es consciente de la hipocresía que se encierra en lo referente a la buena fama, y destroza  su falsedad con una de sus mejores armas: la ironía.  

Un ejemplo: cuando visita Duruelo y encuentra a fray Antonio barriendo, le dice: “¿Qué es esto, mi padre? ¿Qué se ha hecho de la honra?” (obsérvese la maliciosa pregunta), a lo que el interpelado le contesta: “Yo maldigo el tiempo que la tuve”. respuesta transmitida con verdadero placer por la narradora en el libro de Las Fundaciones.

Podríamos alargarnos más sobre el tema de la honra en los escritos teresianos, pero sirva lo dicho como muestra para hacer una valoración de lo que opinaba la santa de la honra, y su valoración de la humildad. Si la honra es cosa de apariencias, ella dirá que la humildad es “andar en verdad”.
No se refería a “la verdad del mundo” (en este caso ella faltaría a la verdad ocultando su linaje) sino a la “verdad de Dios” o, más concretamente, a “la verdad que es Dios”. Sólo Dios es realmente digno de honra. Todo hombre, por muy importante que se precie,  colocado frente a Dios, es insignificante por si mismo. Solo en Dios encuentra valor.
Se da cuenta la santa de que en el camino de perfección la “negra honra” es un obstáculo difícil de superar (cf Vida 31,20-21; Camino E 12,7). 

A la opinión del mundo contrapone la única a tener en cuenta, la de Dios (cf ya citado Vida, 37,5-6), y para ella la reforma está en no someterse a la honra del mundo, alcanzando así la libertad de “perder mil honras por Vos” (Camino 3,7; (2,5-7).

Han pasado los siglos, y puede parecernos que esto de la honra es cosa de otros tiempos. Pero no cabe duda de que, con nombre distinto, sigue presente. La podríamos llamar “cuidado de la propia imagen”. El culto al cuerpo, la obsesión por ser admirados, la búsqueda de ascenso social, siguen siendo aspiraciones comunes. Tal vez uno de los mayores problemas para crecer en humildad. El ego se ha apoderado de nuestra vida y resulta difícil la sinceridad con Dios y con uno mismo, es decir, la humildad, que no es otra cosa que estar en el justo centro de nuestra condición de hijos de Dios. 


HUMILDAD Y SILENCIO

Humildad es andar en verdad”. Esa verdad a la que la santa se refiere no es nuestra verdad, sino la Verdad que es Dios (Jesús dijo: "Yo soy la verdad"); se trata de  vivir con transparencia ante Dios, de ser y andar en Cristo, de vivir sin vivir en mí sino en Él.

Cuando Adán peca el ego se empodera de su vida y se esconde a la mirada divina; la  soberbia, su principal atributo, le hace huir de Dios porque pone al descubierto su equivocación. Teme se visto, porque teme la muerte, ya que el ego es la mentira y sometida a la luz de la Verdad queda totalmente desvalorizada y diluida.

Y aquí comienza la "huida de Dios" que no es sino huida de uno mismo. Si Dios no me deja ser –dice el ego- invento un Dios que me lo permita. Así el hombre fabrica en  su mente un Dios adaptable a su soberbia. Ese Dios-ídolo suele ser tan engreído como su hacedor, tan falso como la oscuridad de sus intenciones, tan fantástico como sus delirios de grandeza. Es un Dios útil para justificar las propias miserias, para alcanzar la propia gloria y hacer soportable una vida que se pretende libre pero está programada para la esclavitud y el fracaso. 

La soberbia descarada, y más sutilmente, la falsa humildad, ofuscan la mirada e impiden ver la belleza de nuestra desnudez original, la hermosura que somos cuando nos despojamos de lo superfluo.

¿Cuál es entonces el camino de la humildad? Sin duda el camino de la nada y el silencio. Venir a nada para poseerlo todo. Para llegar a esa “nada”, que, en perspectiva cristiana,  no es vacío sino plenitud, se requiere entrar en el silencio de todo lo que sean nostalgias de  experiencias pasadas, conceptos sobre Dios y éxitos de nuestro ego. Ser humilde es abajamiento, kénosis, desaparición.

El hombre espiritual camina hacia la negación de sí para afirmarse en Otro. Tenemos un ejemplo evangélico en el Bautista. Ante el  “yo soy” de Jesús, Juan pone el “yo no soy”. La existencia y el ser de Juan Bautista sólo tienen sentido en el Todo que es Jesús. “El tiene que crecer, y yo tengo que menguar” (Jn 3,30). Resulta coherente que Aquel que vino a servir y no a ser servido, a anonadarse en vez de a mostrarse en poder, sólo pueda ser hallado en la nada más absoluta, en la humildad. Es la paradoja cristiana, la Pascua, el acceso a la vida por la muerte.

La palabra humildad tiene su origen en el latín “humus” (tierra). Ser humildes es volver a la tierra de la que uno ha salido. Morir a lo que pretendo para vivir en lo que soy: divino.  Cuando se inicia la Cuaresma se nos recuerda en la imposición de la ceniza el hecho de que somos tierra, humildad, y volveremos a la tierra para renacer de nuevo. Para ello necesitamos ejercitarnos  en el silencio como acceso a la interioridad.

Lo externo, es decir, las ideas, deseos, egoísmos, es impermanente, y como todo lo pasajero incapaz de satisfacer nuestra sed de vida eterna. Para poder aspirar a ella hay que entrar dentro, algo sólo posible cuando lo exterior se silencia. Es un gozo encontrar una persona vacía del ruido de la soberbia, la vanidad, la envidia, la competitividad,… una persona sin ego, es decir, sin ambición, sin deseo de dominar, sin interés particular. Pues esa persona eres tú, ese es tu yo escondido tras las máscaras del ego. 

El camino de la humildad es el del silencio de todo lo exterior para tomar conciencia del propio ser. Ahí, en el fondo, en la séptima morada, no se mueve el ego, porque la persona que eres descansa en el Ser. “Que no tiemble vuestro corazón –dice Jesús- creed en mí y creed también… En la casa de mi Padre hay muchas moradas”, es decir, descansad en mí centro, en el más hondo silencio.

Hay una gran diferencia entre moverse en el plano del ruído  (lo exterior), donde nuestro ego busca afirmarse con soberbia ante los demás, o moverse en el plano del silencio (lo interior), donde la conciencia humilde de ser en Dios te hace bienaventurado o bienaventurada. Ahí, en el fondo cristalino de la fuente que es tu  ser, no existe el ansia de tener, ni el deseo de aparentar, ni la aspiración de mandar, ni el miedo a la muerte,  porque la casa del Padre en la que habitas está edificada sobre roca, y ningún terremoto ni tormenta la hundirá.

Para llegar a esa casa no hay mapas ni etapas. A ella sólo se llega, o mejor: se accede, en el silencio humilde. 

El misterio del silencio es el camino, aunque en realidad “para el justo no hay camino”. Hasta en esto es pobre. El silencio es una esperanza, un advenimiento, una venida. “Es bueno esperar en silencio la venida del Señor”. Hallar a Dios es buscarlo siempre. Cada paso que tú das hacia Él, cada pregunta que te haces,  no es sino respuesta a los pasos que ya Él ha dado hacia tí. 

La práctica del silencio me va despojando de lo que me desquicia. ¿Qué es lo que me preocupa? ¿Merece la pena estar preocupado por esas cosas? Observa como al hacer silencio enseguida tu ego se remueve y quiere apartarte de él suscitando en ti imaginaciones, sentimientos e incluso dolores físicos para que no sigas por ese camino. ¡Qué tontería! ¿Silencio? ¡Como si no hubiera algo mejor que hacer! ¿Te vas a pasar la vida así, escondido, sin darte a conocer? ¡Con lo que tú vales! ¿No será mejor hacer algo práctico? Enseguida acuden a tu mente un montón de ocupaciones aparentemente más prácticas y necesarias; multitud de cosas que ni siquiera piensas que debes hacer cuando pierdes horas mirando la pantalla del móvil o la televisión. Ahí, alimentando tu ego, pasas muchas horas al día. Disperso, desquiciado, borracho de sueños, de  juicios, de envidias, de aspiraciones vanas.  Sé consciente de que es esto lo que te desquicia: tu falta de humildad, tus aspiraciones mundanas, el cuidado de tu honra.



BUSCANDO A DIOS 
EN LA VERDAD (HUMILDAD) 
DEL SILENCIO

Serena tu cuerpo y tu espíritu. Silencia tus deseos, tus ambiciones, “la honra” en lenguaje teresiano. Desdibuja en ti la imagen de Dios que interesadamente has ido figurando en tu mente. No necesitas nada de eso para subir al monte del Silencio, donde “solo mora honra y gloria de Dios” (Juan de la Cruz. Dibujo del monte).

En la práctica de la oración contemplativa y el silencio se esconde siempre un deseo de encontrar o encontrarse con Dios. Buscamos a Dios. Pero tengamos en cuenta que lo decisivo no es buscar a Dios con vehemencia. A menudo tras nuestra búsqueda de Dios se esconde una provocación, un “ponerle a prueba” (tentar). En realidad no busco a Dios sino a “mi Dios”; un Dios útil, que responda a mis expectativas, a mis necesidades. Sino ¿para qué quiero a Dios?, te dices. Este dios no existe, es proyección de tu soberbia. Se trata de un dios estresante, que acaba robándote incluso la poca paz y sosiego con que partes en la búsqueda: “Cuanto más tenerlo quise, con tanto menos me hallé” (Juan de la Cruz. Monte)

A Dios más que buscarlo hay que esperarlo. Recordad la respuesta del monje preguntado acerca de qué hace ahí tanto tiempo en silencio: “¡Estoy esperando al Amado de mi alma!”, respondió. Dios no se deja encontrar por los que le buscan con algún interés particular. Dice san Pablo citando a Isaías: “Fui hallado entre los que no me buscaban; me hice manifiesto a los que no preguntaban por mí”. (Is 65,1; Rm 10,20). Buscar a Dios vehementemente, con codicia, es un error. Para hallarle es preciso humildad, una virtud eminentemente teologal. Santa Teresa dice que “humildad es andar en verdad”, pero entendiendo que esa verdad en la que anda el humilde es Dios mismo; sólo la experiencia de Dios, el encuentro con su grandeza y su bondad pueden descubrir mi pequeñez y hacerme gozar de su amor inmerecido y de crecer en humildad ante Él.




"Un día le preguntaron a Buda; ¿Existe Dios?; y él dijo; No. El mismo día, por la tarde, otro hombre le preguntó; ¿Existe Dios?; y él dijo; Sí. Y ese mismo día, por la noche, un tercer hombre preguntó; ¿Existe Dios?; y Buda se quedó en silencio.”

A simple vista, el comportamiento de Buda, causa confusión. Hasta su mismo discípulo, Ananda, estaba muy molesto, no entendía la conducta de Buda. Naturalmente, había escuchado las tres respuestas. Así que, por la noche le dijo al Buda; No puedo dormir, cuéntame. Si La pregunta fue la misma, ¿Por qué contestaste de modo diferente?; A uno le dijiste que no, a otro le dijiste que sí, al siguiente no le dijiste nada, simplemente te quedaste en silencio, y cerraste los ojos. ¿Por qué?; si la pregunta fue exactamente la misma.

Buda dijo: Los que preguntaban eran diferentes. Estaba contestando a los que preguntaban. Uno era un ateo, no creía en Dios. Había venido a reforzar sus convicciones, Quería que yo dijera que no creo en Dios, para que su creencia pudiera hacerse más fuerte, y yo no puedo ayudar a la creencia de nadie. Tengo que destruir las creencias. A ese hombre le dije; ¡Sí, Dios existe!, porque a menos que las creencias sean disueltas, nadie llega a saber.

El otro hombre creía en Dios. Había venido a que le apoyara. No estoy aquí para apoyar las creencias de nadie. Estoy aquí para destruir todas las creencias; para que así, la mente pueda ascender por encima de ellas, hacia el conocimiento. Por eso a él tuve que decirle algo diferente. ¡Tuve que decirle no!

Y el tercer hombre no era ni creyente ni ateo, de modo que no hacía falta ni un sí, ni un no. Tuve que quedarme en silencio. Le estaba diciendo: entra en silencio, y conocerás. Haz lo que estoy haciendo. Cierra los ojos, entra en silencio, y conocerás. La pregunta es tal, que no puede ser respondida con un sí, o un no. La pregunta es tan profunda, que sólo puedes conocer la respuesta cuando entras en un profundo silencio. Tú sólo conocerás, cuando la pregunta haya desaparecido; entonces la respuesta surgirá en tu ser.

Esta enseñanza del Budismo nos puede ayudar a entender nuestro silencio en este momento de nuestro itinerario  por las moradas en que santa Teresa  invita a considerar la importancia de la humildad. Podemos buscar a Dios desde la soberbia de nuestras ideas queriendo encontrar a un Dios que a la postre sólo será la proyección de nuestras creencias religiosas o nuestros esquemas mentales. O incluso podemos asegurarnos en la idea de que no existe porque no cabe en nuestros pesos y medidas. Ambas posturas no son sino una provocación, una ridícula afirmación de nuestro ego. La conclusión de estas búsquedas tan pobres la nombra así san Juan de la Cruz: “cuanto más buscarlo quise, con tanto menos me hallé” (Dibujo del monte).

También podemos callar. Hacer silencio. Si Dios es el incognoscible, el incomprensible, el inefable, el “más allá de todo”, si supera todos nuestros esquemas y capacidades, está claro que no puede ser abarcado por nuestra mente y nuestras medidas. Sólo puede ser esperado. Y para esto lo más conveniente es el silencio que asoma por el hueco de tu  deseo de recibirle y gustarle. “En esta desnudez (silencio) –dice también san Juan- halla el espíritu quietud y descanso, porque como nada codicia, nada le impele hacia arriba, y nada le oprime hacia abajo, que está en el centro de su humildad. Que cuando algo codicia, en esto mismo se fatiga” (Dibujo del monte)

Entonces, me dirás:  ¿por qué hablamos de Él? ¿Para qué la Biblia? ¿Qué sentido tienen las doctrinas? Y te respondo: todo esto no es sino el torpe esfuerzo humano por tematizar y expresar lo inefable. Y está bien. Porque hay un tiempo para reflexionar y pensar, otro para cantar y poetizar, otro para danzar y hacer música,… todo ello puede dar razón de lo experimentado. Pero Dios siempre quedará más allá de nuestras pobres ideas, símbolos y palabras. Solo se da en la experiencia misma. Luego desaparece. "No me retengas", le dijo el resucitado a Maria Magdalena.  “Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado” (B. Pascal, Pensées, 553). Hallar a Dios es buscarle siempre, porque él sólo se revela en la humildad de la búsqueda.

El Buda, como san Juan de la Cruz, recomienda el silencio como disposición para el encuentro con el Misterio. Esa debe ser también tu práctica: el silencio humilde que se sitúa “ante” y “en” la Verdad. El audio que mando unido a este texto quiere simplemente que te adentres en el Silencio que es Dios. Que tomes conciencia de que sólo desde la experiencia de Dios se puede entender la verdadera humildad, que no es un menosprecio de uno mismo, sino un aprecio tan alto por Dios que te lleva  a sentirte pequeño pero feliz de ser mirado por Él. 

Humildad es andar en Verdad. Que la meditación os sirva de apoyo para ese andar en humildad.  Y que Santa María de Fátima, mujer humilde  que caminó en la Verdad, se para todos  intercesora y ejemplo. 

castoacedo@gmail.com. Mayo 2020.