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domingo, 10 de mayo de 2026

Consejos para entrar en la noche (II)

Segunda parte del tema Consejos para entrar en la noche. Segundo consejo.

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SEGUNDO CONSEJO
Renunciar a la mera satisfacción sensual
“Cualquiera gusto que se le ofreciere a los sentidos, como no sea puramente para honra y gloria de Dios, renúncielo y quédese vacío de él por amor de Jesucristo, el cual en esta vida no tuvo otro gusto, ni le quiso, que hacer la voluntad de su Padre, lo cual llamaba él su comida y manjar” (1 S 13,4).
San Juan de la Cruz pone ejemplos para esto: “Si se le ofreciere gusto de oír cosas que no importen para el servicio y honra de Dios, ni lo quiera gustar ni las quiera oír. Y si le diere gusto mirar cosas que no le ayuden (a amar) más a Dios, ni quiera el gusto ni mirar las tales cosas. Y si en el hablar otra cualquier cosa se le ofreciere, haga lo mismo; y en todos los sentidos, ni más ni menos, en cuanto lo pudiere excusar buenamente; porque si no pudiere, basta que no quiera gustar de ello, aunque estas cosas pasen por él. Y de esta manera ha de procurar dejar luego mortificados y vacíos de aquel gusto a los sentidos, como a oscuras. Y con este cuidado en breve aprovechará mucho” (Ibid).

Si quieres seguir a Cristo mortifica tus placerse sensoriales. Esto es lo central del mensaje. Sin embargo, no malinterpretemos las palabras, porque san Juan no está condenando sin más los placeres sensuales y sensoriales. El hecho de que añada “como no sea puramente para honra y gloria de Dios” implica que hay placeres que sirven para honrar y dar gloria a Dios.

Juan Casiano nos cuenta una anécdota que nos puede aclarar esto:
“Se cuenta que, cuando San Juan evangelista ya era muy anciano y vivía en Éfeso, pasaba sus días enseñando sobre el amor de Dios. Pero un día, un cazador que pasaba por allí se quedó asombrado al ver al gran Apóstol —el autor del cuarto Evangelio y el Apocalipsis— sentado tranquilamente, acariciando con ternura a una pequeña perdiz que tenía entre sus manos.

El cazador, algo confundido, le preguntó:

— "¿Cómo es posible que un hombre tan importante y sabio pierda su tiempo jugando con un pajarito?"

Juan, con una sonrisa llena de paz, miró el arco que el hombre llevaba al hombro y le preguntó:

— "Dime, amigo, ¿por qué llevas el arco destensado?"

— "Porque si lo mantuviera siempre tenso", respondió el cazador, "la madera se volvería rígida, perdería su fuerza y se rompería cuando necesitara disparar una flecha".

Juan asintió suavemente y le dijo:

"Exactamente lo mismo ocurre con el espíritu humano. Si no permitimos que nuestra mente descanse y se recree en las pequeñas maravillas de la creación, nos quebraríamos bajo el peso de nuestras responsabilidades y no podríamos elevar nuestro corazón hacia Dios".
Esta anécdota recuerda a la enseñanza budista sobre el camino medio. Siddharta escuchó a un maestro de música que instruía a sus alumnos sobre el modo de afinar un instrumento: "Si tensas demasiado la cuerda de tu instrumento revienta. Si la aflojas mucho, no suena. La clave está en el punto medio”.

San Francisco de Sales decía: “Es verdad que se debe llevar una vida de renuncias, pero hay que evitar el error de ser tan estricto con uno mismo, tan austero e insociable, que se niegue a los demás o a uno mismo la recreación”. Y también Santo Tomás de Aquino escribió: “¿Puede haber pecado donde nunca se juega?”. Su respuesta: “¡Sí!” Y argumenta que la ausencia de juego o la recreación no es solo algo necesario, sino además puede ser una falta de caridad, porque cuando nos privamos de los placeres necesarios, nos volvemos taciturnos y molestos parea los demás, o sea, nos convertimos en un aguafiestas.

Nos han educado para asociar el pecado y el placer. Y santo Tomás nos recuerda que el placer puede ser desordenado tanto por exceso como por defecto; la moderación ha de ser la norma: hallar el punto medio entre la austeridad de la renuncia y la relajación del placer. Esto es especialmente importante para aquellos “ocupados en los trabajos contemplativos”, pues los placeres derivados de los sentidos reaniman el espíritu y la mente fatigados (Summa Theológica II, II, q. 168, a. 2).

Los extremos se tocan. Ayunar demasiado y comer demasiado conduce a lo mismo. El ayuno excesivo también produce debilidad. Además, si los seres humanos son privados de los placeres del espíritu es probable que se muestren complacientes en exceso con los placeres de la carne. El enemigo no es el placer en sí, sino el placer desordenado. Por eso Juan es consciente de que los placeres, incluso los legítimos, necesitan algún tipo de control. Cada cual, examinándose, ha de buscar el equilibrio.

Las enseñanzas de san Juan de la Cruz acerca de las prácticas ascéticas no son ni maniqueas (todo placer es malo) ni epicúreas (el placer es lo único bueno). Nuestro santo no es ni riguroso ni permisivo. Es realista. Hay ciertos objetos que no podemos poseer sin evitar ser poseídos por ellos. Es uno de los temas centrales de la trilogía de J.R. R. Tolkien en El señor de los anillos, donde se muestra nuestra inhabilidad para ejercer un poder absoluto (simbolizado en el Anillo) cuando somos poseídos por él. Así los placeres pueden ser disfrutados, pero también puede que esos mismos placeres nos dominen haciéndonos adictos a ellos. Un aspecto esencial de la sabiduría es no asumir lo que no podemos afrontar. Reconozcamos que poner límites a la gratificación de nuestros deseos no restringe nuestras vidas, más bien nos libera de vivir absorbidos o esclavizados. Y cuanto menos obsesionados estemos con propósitos mundanos o egoístas, más capaces somos de vivir conscientes de la presencia de Dios.

Desde lo dicho sobre este consejo hay que leer los aforismos que escribe san Juan de la Cruz para apaciguar “las cuatro pasiones naturales que son gozo, esperanza, temor y dolor”, es decir, para vivir en quietud y serenidad espiritual; del cual estado salen muchos bienes. Para este apaciguamiento interior san Juan aconseja:

Procure siempre inclinarse:
no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso;
no a lo más sabroso, sino a lo más desabrido;
no a lo más gustoso, sino antes a lo que da menos gusto;
no a lo que es descanso, sino a lo trabajoso;
no a lo que es consuelo, sino antes al desconsuelo;
no a lo más, sino a lo menos;
no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciable;
no a lo que es querer algo, sino a no querer nada;
no andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo peor,
y desear entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo cuanto hay en el mundo”. (1 S 13,6)

No quiere decir san Juan que debemos “hacer” sí o sí lo que es más difícil. Dice "procure inclinarse", es decir, vaya entrenándose en el arte de soltar lo más cómodo y abrazar lo más dificultoso si conviene para gloria de Dios. Se trata de desarrollar el hábito de inclinar la voluntad a la práctica de la virtud. Por ejemplo, acostumbrarse a escoger no mirar el wasap a cualquier hora del día, elegir conscientemente para que te acompañe en alguna tarea laboral ese compañero que no te cae muy bien, disciplinarte para hacer silencio durante unos minutos al día renunciando a otra actividad también buena y legítima, etc.

Lo que pretende decir san Juan es que hay como dos estilos de vida diferentes, uno que se inclina a hacer lo más fácil, lo más cómodo, agradable y gratificante, y otro que se centra en la búsqueda de la voluntad de Dios y el bien del prójimo. A primera vista parecería que el primer estilo proporciona paz y felicidad a la persona. Sin embargo da a entender que, aunque la vida tenga momentos de alivio frente a las dificultades, a la larga mirar exclusivamente por uno mismo hace la vida más pesada y frustrante; cuando uno se inclina a lo más fácil toda tarea se convierte en opresiva y la voluntad se resiste a las obligaciones de la vida diaria; nuestro deseo termina siempre en frustración.

Cuando nos inclinamos a buscar la voluntad de Dios y el bien del prójimo, aunque esto sea menos deseable que echarse en manos de la comodidad, descubrimos “gran deleite y consuelo”. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo va a ser más deleitoso y consolador lo que de entrada nos parece desagradable? San Juan da una doble respuesta: en primer lugar, porque la consolación y el deleite son los frutos de estas prácticas; aunque de principio hay resistencia, perseverar en esta práctica conduce a la felicidad, por eso aconseja: “procure allanar la voluntad en ellas” (1 S 13,7). Y en segundo lugar porque el delite y la consolación derivados de hacer la voluntad de Dios están más allá de todo cálculo humano. Se trata de una alegría que brota de la experiencia de la presencia de Dios. Hacer la voluntad de Dios nos hace sentirnos más unidos a Dios, y nos proporciona la satisfacción de estar haciendo lo correcto.

Anotar finalmente en este consejo que la práctica de “inclinarse a lo más difícil” ha de hacerse “ordenada y discretamente”, alejándose de penitencias corporales excesivas. La práctica de disciplinas corporales duras, que san Juan tacha de ”penitencia de bestias”, suelen conducir a la soberbia más que a la humildad. Lo conveniente en esto es la “via media”, disciplinar la vida alejándose de planteamientos individualistas de tinte masoquista y dejándose llevar por los consejos evangélicos y por la tradición espiritual de la Iglesia, en diálogo con la comunidad.

(Continuará)

C. A 
Mayo 2026

Consejos para entrar en la noche (III)

Tercera parte de la entrega de los consejos sanjuanistas: se recogen aquí el tercer y cuarto consejos.



TERCER CONSEJO 
Renunciar a uno mismo
“Procurar obrar en desprecio propio y desear que todos lo hagan (y esto es contra la concupiscencia de la carne). ... Procurar hablar en su desprecio y desear que todos lo hagan (y esto es contra la concupiscencia de los ojos). ... procurar pensar bajamente de sí en su desprecio y desear que todos lo hagan (también contra sí, y esto es contra la soberbia de la vida)” (1 S 13,9).
Ante este consejo hemos de advertir el peligro de interpretación masoquista. Quien conoce a san Juan de la Cruz sabe que está muy lejos de él justificar cualquier tipo de sufrimiento gratuito. Por eso hay que leer aquí sus palabras a la luz de su propósito: éstos son medios para entrar en la noche oscura. El desprecio del que habla san Juan no se dirige a nosotros mismos en cuanto criaturas de inmenso valor y dignidad, hechos a imagen y semejanza de Dios; estos consejos son más bien medios para educar los apetitios desordenados que alimentan nuestro yo egoísta.

Habla san Juan de la triple concupiscencia (de la carne, de los ojos y de la soberbia de la vida), que en la mentalidad escolástica diferenciaba el amor desordenado del amor ordenado o armonioso. Al hablar de la gtriple concupiscencia santo Tomás, resumiendo a san Agustín, escribe: “El amor ordenado de sí mismo, es decir, que quiera para sí el bien conveniente, es debido y natural. Mas el amor desordenado de sí mismo, que lleva hasta el desprecio de Dios, se propne según san Agustín ser la causa del pecado” (Summa Theologica I-II. Q. 77.a.4).

Amor propio (amor ordenado, que toma decisiones acordes a la voluntad de Dios) no es lo mismo que egoísmo (amor desordenado y autodestructivo).

Control o restricción, esta es la esencia del consejo de san Juan en lo relativo a rechazar los pensamientos, palabras o acciones egocéntricas. No permitas que entren en tu vida. No actúes de acuerdo con ellos. Resistete, nada más aparecer en tu conciencia, a la tendencia a una vida en la que tu yo ocupe el centro.


CUARTO CONSEJO
Para tenerlo todo, renunciar a todo
“Para venir a gustarlo todo, no quieras tener gusto en nada. / Para venir a poseerlo todo, no quieras poseer algo en nada. / Para venir a serlo todo, no quieras ser algo en nada. / Para venir a saberlo todo, no quieras saber algo en nada. / Para venir a lo que no gustas, has de ir por donde no gustas. / etc.” (1 S 13,11).
Estas son las instrucciones o consejos que en la Subida del monte da san Juan para subir a la cumbre, es decir, para alcanzar el más alto grado de unión:

“Para venir a gustarlo todo
no quieras tener gusto en nada.
Para venir a saberlo todo
no quieras saber algo en nada.
Para venir a poseerlo todo
no quieras poseer algo en nada.
Para venir a serlo todo
no quieras ser algo en nada.

Para venir a lo que gustas
has de ir por donde no gustas.
Para venir a lo que no sabes
has de ir por donde no sabes.
Para venir a poseer lo que no posees
has de ir por donde no posees.
Para venir a lo que no eres
has de ir por donde no eres”.
Dice William Blake que “aquel que atrapa para sí una alegría destruye la vida que vuela, pero aquel que besa la alegría mientras vuela vive en un amanecer eterno”. Imagina una mariposa que se posa en la mano de una mujer. Cuando la mujer mira la belleza des esta criatura divina, se siente llena de alegría por la belleza que está a su alcance. Si se ata a esta experiencia estética, su alegría se echará a perder por la ansiedad de saber que no durará, pues la mariposa terminará por alzar el vuelo.

Y al revés, si la mujer no se mueve por el afán de poseer puede disfrutar completamente de la belleza de la mariposa, porque tiene la capacidad de aceptar la experiencia por lo que es, un momento fugaz, un regalo pasajero por el que dar gracias.

Podemos ver las consecuencias de estas dos posturas en 3 S 20,2-3:
Se “adquiere más gozo y recreación en las criaturas con el desapropio de ellas, el cual no se puede gozar en ellas si las mira con asimiento de propiedad; porque éste es un cuidado que, como lazo, ata al espíritu en la tierra y no le deja anchura de corazón.

Adquiere más, en el desasimiento de las cosas, clara noticia de ellas para entender bien las verdades acerca de ellas, así natural como sobrenaturalmente; por lo cual las goza muy diferentemente que el que está asido a ellas, con grandes ventajas y mejorías. Porque éste las gusta según la verdad de ellas, ...

...Gózase, pues, éste en todas las cosas, no teniendo el gozo apropiado a ellas, como si las tuviese todas; y esotro, en cuanto las mira con particular aplicación de propiedad, pierde todo el gusto de todas en general; éste, en tanto que ninguna tiene en el corazón, las tiene ... todas en gran libertad; esotro, en tanto que tiene de ellas algo con voluntad asida, no tiene ni posee nada, antes ellas le tienen poseído a él el corazón; por lo cual, como cautivo, pena; de donde, cuantos gozos quiere tener en las criaturas, de necesidad ha de tener otras tantas apreturas y penas en su asido y poseído corazón”
El deseo de poseer, a decir de san Juan, genera “ansiedad” (“apreturas y penas” dice él); es como una cuerda que se amarra en torno a la presa y la hace sentirse atrapada. La ansiedad crea ansiedad. Cuanto más ansiedad experimenta la persona, más se agarra a la cosa poseída, lo que a su vez provoca más ansiedad. Un corazón asido está poseído por las cosas, y sufre como un cautivo. Un corazón no asido es verdaderamente libre, y aunque tales personas “no poseen nada, las tiene todas (las cosas) en gran libertad” (3 S 20,3).

Atentos, pues a esa “pausa fatal” en la que te detienes mentalmente y reparas en algo entrando en el momento de la decisión. Sopesas, mides, calculas, te pones a deliberar si decides hacer -compartir, soltar, dejar a un lado- eso que sabes que debes hacer sin pensarlo mucho, porque es la voluntad de Dios. ¡Ten cuidado!, porque ...
...Cuando reparas en algo
dejas de arrojarte al todo.

Para venir del todo al todo
has de dejarte del todo en todo,
y cuando lo vengas del todo a tener
has de tenerlo sin nada querer.

Porque, si quieres tener algo en todo
no tiene puro en Dios tu tesoro (1 S 13,12).
“Reparar” implica posponer algo en orden a considerar y reflexinar. “Arrojarse”, en sentido metafórico y espiritual, significa responder desde el abandono confiado. En el abandono de una pausa, nuestros miedos, nuestro egoísmo o nuestra pereza, pueden impedirnos tomar la decisión acertada. No está invitando san Juan a tomar alocadas decisiones temerarias, sino a decidir sin dilación cuando estamos ante algo que claramente es voluntad de Dios, por ejemplo cuando nos enfrentamos a las demandas cotidianas de la caridad. En ese instante entre inspiración y decisión suele meterse el demonio; no le dejes hablar, dile con Jesús: “¡Calla y sal! (Lc 4,35 ) Con el tentador no se dialoga, “sabe más el diablo por viejo que por diablo”, no te dejes engañar.

* * *
En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.
Los consejos que hemos expuesto siguiendo la estela de San Juan de la Cruz nos conducirán a la gracia de la “consolación” que se experimenta como cese de la tentación; pero también dirá el santo que soltar los apegos puede traer consigo una inflamación del deseo de Dios.

A veces la gracia se experimenta como un entusiásmo y energía que nos empuja hacia Dios: “con ansias en amores inflamada”. Otras veces la gracia capacita a la persona para superar apegos y ataduras, en la medida en que han dejado de tener control sobre ella. “estando ya mi casa sosegada”.

Cada cual experimenta la gracia de manera diferente. Lo esencial no es la manera de experimentarla sino el fin que logra cumplir en nosotros. Ya sea inflamando al alma para abrazar una nueva vida, o aquietando el corazón para adormecer los apetitos desordenados permitiéndole alejarse de su vieja vida, el efecto positivo es lo que importa.

Nadie sabe por qué la consolación se experimenta de distinta forma. Quizá se deba a la diferencia entre personas.

*
C.A. 
Mayo 2026

sábado, 9 de mayo de 2026

Consejos para entrar en la noche (I)

  

Partiendo de los capítulos 13-15 del Primer libro de la Subida del monte Carmelo de san Juan de la Cruz y apoyado en las reflexiones de Marc Foley: San Juan de la Cruz, una mística para vivir, os paso una entrada en tres partes sobre los consejos con los que el santo culmina esta parte de su libro. Aquí va la primera. Léela detenidamente, medita y sigue estos consejos. Merecen la pena. 

*

Introducción

Estamos siguiendo la estela de san Juan en el primer libro de la Subida del monte Carmelo. Nos hemos ocupado en conocer la importancia que san Juan da al tema de los deseos -él los llama “apetitos”-, y nos ha ido diciendo de que es necesario vaciar nuestra alma de apetitos -deseos, apegos, aferramientos- que no dejan a Dios el protagonismo que debería tener en nuestra vida.

En los últimos temas hemos aprendido cuáles son los daños que los apetitos causan al alma, y hemos señalado que san Juan  divide esos daños en dos tipos:

*Daño privativo: los apetitos que “privan al alma del Espíritu de Dios”. "Dos contrarios no caben en el mismo ser"; esto lo dice la filosofía clásica y Jesús lo afirma claramente refiriéndose al alma y al apetito de bienes materiales:
“Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”. (Mt 6,24
Es preciso vaciar el alma de aficiones como las riquezas, el poder, la vanidad, el orgullo, etc., que son contrarias a Dios. Dos realidades opuestas no pueden estar en el mismo corazón, por tanto, si llenas tu alma de lo que no es Dios estás impidiendo que Dios la ocupe. “Cada uno coge agua como lleva el vaso”, dice san Juan (2 S 24,2. Si tu vaso lo llenas de materialidades y fantasías poco espacio queda para que el Espíritu Santo la habite.

*También se señalan en el libro daños positivos, es decir, efectos negativos que afectan al alma impidiendo el crecimiento espiritual, y que “al alma en que viven la cansan, atormentan, oscurecen, ensucian y enflaquecen”.

El alma que está totalmente inmersa en la idolatría y vive en la obsesión de sus caprichos queda privada de Dios; privada “en esta vida de la gracia y en la otra de la gloria, que es poseer a Dios”. “Los apetitos de pecado mortal causan tal ceguera, tormento, y inmundicia y flaqueza, etc; mas los otros de materia de venial o imperfección no causan estos males en total y consumado grado”. No obstante, los apetitos que podemos llamar veniales son una rémora o traba que impide avanzar en las cosas del espíritu. ¿Cómo sé que me hacen daño? Porque "el apetito cuando se ejecuta es dulce y parece bueno, pero después se siente su amargo efecto. Lo cual podría bien juzgar el que se deja llevar dellos”.


CUATRO CONSEJOS

Para entrar en la noche es preciso soltar los desesos (apetitos). Para ello san Juan, en el capítulo 13 del primer libro de Subida, da unos consejos que podríamos denominar “método simplificado para entrar en la noche oscura”. En Subida expone san Juan lo que el alma puede hacer y hace de su parte para entrar en la noche, y en Noche oscura trata de lo que sucede al alma por la gracia de Dios, es decir, las maravillas que obra Dios en el alma que suelta sus apetitos.

Y ¡atención! la noche no es para san Juan un concepto negativo sino positivo. La noche es el fruto de la renuncia a los apetitos, un estado del alma que te ofrece la oportunidad de entrar en una vida nueva.

Los consejos que da san Juan en 1 Sub 13 ha de leerlo cada cual desde su particular experiencia. Cada persona debería discernir cuales son sus deseos desordenados, aquello que le ata a la tierra y le impide volar al cielo. 

¿Cómo saber qué es bueno y qué no para mi vida espiritual? Pregúntate si la práctica de la oración y tu modo de vida te ayudan a sintonizar con la voz de Dios y si están ayudándote a crecer en el amor. No olvides que todo lo que hacemos es un medio para un fin, cumplir el mandamiento nuevo: amar a Dios y amar al prójimo. Si tu objetivo al rezar o al actuar es dar una mayor gloria de Dios, si te mueve no el egocentrismo sino el amor, vas por buen camino. Sino, párate y medita qué apegos o apetitos desordenados debes soltar.

Veamos los consejos que nos da el santo.


PRIMER CONSEJO
Crecer en el deseo continuo de conocer e imitar a Cristo
“Lo primero, traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera él” (1 S 13,3)
Es importante y conveniente renovar cada día el deseo de estar con Cristo y de imitarlo. La clave de la enseñanza sanjuanista aquí está en hacer, no en sentir. Intentar imitar a Cristo en todo lo que haces. Para entender esto del “deseo de imitar a Cristo” hay que tener en cuenta que deseo no es emoción.

A veces las emociones nos juegan una mala pasada. Somos propensos a caer en lo que los psicólogos llaman “razonamiento emocional” y “sobregeneralización”. El razonamiento emocional consiste en que a veces, frustrados por un pequeño fracaso en una empresa deseada y querida, acabamos pensando que no valemos para nada; y la generalización define la tendencia a ver un hecho aislado y negativo como el comienzo de un fracaso sin remedio.

Aquí hay que considerar el consejo de san Juan: mi deseo de Cristo tiene que contar con mi carácter, a veces propenso a emociones negativas o pesimistas. Hay que saber distinguir entre crecimiento espiritual y madurez emocional. Vivimos inclinados a creer que el progreso espiritual ha de ir acompañado por el crecimiento en emociones agradables. Y no son la misma cosa; amar a nuestro prójimo no significa necesariamente que mis sentimientos hacia dicho prójimo hayan cambiado. Hay ciertas personas en nuestras vidas que, independientemente de lo que podamos amarles, nunca nos gustarán. Y tampoco Dios espera que nos agraden.

También hay que decir que la “imitación de Cristo” no consiste en pretender una “clonación espiritual”. Estamos llamados a practicar las virtudes de Cristo, pero según las situaciones y el momento de nuestras vidas. Cristo es un modelo a imitar en sus virtudes, no un molde a replicar. Cada cual ha de mirar su vida e imitar a Jesús con “orden y discreción” (1 S 13,7), es decir teniendo en cuenta la situación de cada uno. No es conveniente para un matrimonio, por ejemplo, dedicar un tiempo excesivo a la oración y descuidar el cuidado de su hogar y la atención a los hijos; y tampoco es conveniente que un monje dedicado a la oración se cargue de ocupaciones que le impidan su tiempo para la oración de contemplación. Cada cual debe encontrar su camino de santificación adaptado a su estado de vida.

Finalmente, anotar que considerar o conocer la vida de Cristo no es un simple acto intelectual; requiere un acercamiento meditativo a su persona. Para ello es esencial la lectura espiritual, especialmente la Sagrada Escritura, y más en concreto en Nuevo Testamento. Junto a los Evangelios una buena selección de lecturas espirituales predisponen nuestro corazón para imitar a Jesús en su arte de vivir de y en la voluntad del Padre (cf Jn 4,34). Y no consideremos como espirituales sólo los libros de literatura mística; también hay obras profanas que pueden ayudarnos a buscar la voluntad de Dios para nuestra vida.

(Continuará)

C. A 
Mayo 2026