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viernes, 30 de agosto de 2019

El industrial, el pescador, el mono y san Agustín.

Una reflexión a partir del relato de El pescador satisfecho, de  Tony de Mello, en El canto del pájaro, con toque budista y cristiano.

 
El rico industrial del Norte se horrorizó cuando vio a un pescador del Sur tranquilamente recostado contra su barca y fumando una pipa.
 
¿Por qué no has salido a pescar?», le preguntó el industrial.
 
«Porque ya he pescado bastante por hoy», respondió el pescador.
 
«¿Y por qué no pescas más de lo que necesitas?», insistió el industrial. «¿Y qué iba a hacer con ello?», preguntó a su vez el pescador.

 
«Ganarías más dinero», fue la respuesta. «De ese modo podrías poner un motor a tu barca. Entonces podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Entonces ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que obtendrías más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos barcas... y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico, como yo».
 
«¿Y qué haría entonces?», preguntó ' de nuevo el pescador.
 
«Podrías sentarte y disfrutar de la vida», respondió el industrial.
 
«¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento?», respondió el satisfecho pescador.
 
 * * *


¿Qué haces ahí, meditando, perdiendo el tiempo, con todo lo que podrías hacer? ¿Qué haces paseando al atardecer cuando puedes adelantar la tarea de mañana? ¿Qué haces que no aprovechas el tiempo para hacer algo útil?

Al hombre de oración siempre le saldrá al paso su mente con propuestas muy sugestivas. Y si se deja llevar por ella, andará por ahí, vagando, saltando de neurona en neurona como el mono entre los árboles. Y cuando es así lo mejor es pararse a mirar a los monos, y disfrutar y reírse de sus habilidades circenses. Inquietud; es su naturaleza. Observa a tu mente cuando se comporta así, y tómatelo con humor. Observar desde fuera tus pensamientos y  reírte de ti mismo es muy saludable. Lo que no cura el humor no lo cura nada.


San Agustín pasó muchos años de su vida pensando y saltando como el mono. En sus años de juventud, como joven estudiante, se balanceo en las ramas de la sensualidad, pero no quedó satisfecho; probó también con la filosofía, y no se sintió muy seguro dando vuelos en las alturas de esos bosques;  luego centró sus movimientos girando en torno a sus afectos: aferrado a la pasión y deseos de su vida de pareja; la devoción paternal por su hijo Adeodato, que Dios le arrebató tempranamente, la amistad con su amigo Alipio, el aprecio a sus discípulos, y a sí madre, Mónica, a la que no hizo mucho caso hasta después de su conversión.

En muchas cosas y personas buscó Agustín la satisfacción de sus deseos de plenitud. Fue saltando y colgando sus afectos de  árbol en árbol, de rama en rama. Hasta que paró y cayó dentro de sí, en su cueva interior.
 
Entonces se dio cuenta de que no se había querido mucho a sí mismo. ¿De qué huía? ¿De qué o de quién? ¿De sí mismo?. Quería encontrar fuera las respuestas que están dentro.
Agustin vivió con los sentidos hacia afuera, y cuando esos mismos sentidos los aplicó a su alma, pudo percibir la música (oído), la luz (vista) el buen olor (olfato), el sabor (gusto) y la suavidad  (tacto) del Creador en su interior; a  Aquel al que  buscó con ansia en las criaturas lo encontró en su humildad interior, dentro de su propio ser. Siempre estuvo ahí.  Y escribió:

 
Tú estabas conmigo, 
pero yo no estaba contigo.
Reteníanme lejos de ti 
aquellas cosas que,
si no estuviesen en ti,
 no existirían.
Me llamaste y clamaste, 
y quebraste mi sordera;
brillaste y resplandeciste, 
y curaste mi ceguera;
exhalaste tu perfume, 
y lo aspiré, y ahora te anhelo;
gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti;
me tocaste, y deseo con ansia 
la paz que procede de ti.

* * *
 
 

Estar ahí, quieto, mirando el mar sereno o tempestuoso de tu corazón, es mejor que hacer caso a tu mente de mono que  te distrae con sus graciosos saltos de acá para allá y que no  descansan en ninguna parte. Lo dijo Buda. Y Jesús:   “Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. No os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus afanes” (Mt 6, 33-34).
 
Así que ya tú sabes. Cuando toca estar ahí, mirando al mar, a mirar; cuanto  toca trabajar, al trabajo; cuando bailar, a ello; cuando toca meditar, a meditar. Que no te distraigan ni agobien los saltos del mono. La mente, la loca de la casa.
 
Casto Acedo. Agosto 2019.

sábado, 3 de agosto de 2019

El angel de luz (padres del desierto)

Otra de Toni de Mello, recogido de La oración de la rana, con un comentario de mi cosecha.

 
El diablo, transformado en ángel de luz, se apareció a uno de los santos Padres del Desierto y le dijo: "Soy el ángel Gabriel y me ha enviado a ti el Todopoderoso".
 
El monje replicó:  "Piénsalo bien. Seguramente has sido enviado a otro. Yo no he hecho nada que merezca la visita de un ángel".
 
Con lo cual, el diablo se esfumó y jamás volvió a atreverse a acercarse al monje.
 
* * *
 
Cuando se inicia uno en la práctica de la meditación y el silencio, tras un primer tiempo de perseverancia en el que la novedad ejerce su fuerza positiva, lo más normal es que le siga una etapa de cansancio que invita al abandono.
 
Uno espera como fruto del trabajo realizado la llegada de un ángel, una experiencia fuerte, luminosa y  gozosa que cree merecer por tanto esfuerzo. ¿Para qué sino dedicar cada día un rato largo a la quietud y el silencio? Nos ocurre a todos: los resultados no llegan y vamos dejando la disciplina de la meditación.
 
Pero puede ser que en algún momento se me apareciera  el ángel, es decir, puede que haya tenido una experiencia gozosa, como si el señor del universo me hubiera bendecido con su elección. Y lógicamente, me he sentido orgulloso, satisfecho, como recompensado por mi dedicación. ¡Es una experiencia tan bonita! ¡Qué temporada de paz y serenidad me ha proporcionado! Es lo que me digo, y me quedo ahí enrocado en mi satisfacción. Debo de ser muy bueno y especial cuando se me ha enviado este ángel.
 
Pues ten cuidado. El mal se presenta muchas veces vestido de ángel de luz. En la historia que comentamos, el monje del desierto no se deja atrapar: "yo no he hecho nada que merezca la visita de un ángel"; no cae en soberbia, porque no concibe su silencio como una actividad de la que se espera una renta; su estancia en el desierto la vive como un acto de humildad, una actividad que más que a exigir le lleva a agradecer. 

Al monje no le mueve una ley que promete recompensa sino un amor que le seduce y le fascina. No quiere explicar ni controlar el Misterio sino descansar en él.
 
El monje de nuestra historia no tiene la mirada puesta en las fantasías de su ego,  sino en la realidad de su yo pobre y humilde. Y cuando la celda del monje se edifica con los muros de la pobreza y la humildad, nada puede afectarle. Entonces, el demonio de la soberbia y otros muchos se retiran y no vuelven. Saben que ahí no tienen nada que hacer.
 
Recuerda que tu momento de meditación es sólo un tiempo para estar y ser; tiempo para vivir, sin más; tiempo de encuentro contigo mismo en tu ser siempre abierto al Ser, sin un por qué, sin un para qué.

Cuando aparezcan en tu mente pensamientos que te quieren distraer del vacío de "egoísmos" que estas llamado a trabajar en ti, no te dejes seducir por ellos, déjalos ir; llegará un momento en que  se cansarán y no volverán.  
 
Si entiendes y aceptas esto vas por buen camino. Ánimo.
 
Casto Acedo. Agosto 2019