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martes, 14 de marzo de 2023

SP.15 "Mira el poder del pecado...-!


¡Ven, Espíritu divino,
...MIRA EL PODER DEL PECADO
CUAN DO NO ENVÍAS TU ALIENTO!"

Trae a  tu memoria a personas a quienes no eres capaz de amar, que te generan aversión o les guardas rencor; personas a las que temes o envidias, y que desprecias en tu corazón.  O piensa en algún acontecimiento reciente que te ha molestado y descolocado especialmente. Eso que te pasó y que te enfadó contigo mismo porque no supiste estar a la latura o/y con otras personas.

¿No te has dado cuenta de que cuando entras en oración e intentas acallarte interiormente lo primero que haces es apartar a un lado las situaciones o personas que te incomodan? Al hacerlo muestras que tu oración no es muy decente. Cuando no encaras el todo de tu vida en la oración haces que ésta sea, más que una medicina terapéutica para tus heridas, un narcótico que oculta o suaviza tu sufrimiento. Así no sólo no sanas sino que empeoras. ¿No te has preguntado nunca por qué no eres feliz a pesar de tus muchos rezos? Indaga y busca el fondo de donde te viene tanta infelicidad. 

Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden” (Mt 6,12), dices en el Padrenuestro. Es una forma de poner en valor el hecho de que mientras no se active en ti un auténtico espíritu de compasión no hallarás paz en tu corazón. “Porque si no perdonáis, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas" (6,15). No puedes hallar paz ni ser feliz mientras tu corazón guarde rencor, ya sea hacia ti mismo, hacia las situaciones que vives, hacia tu prójimo o hacia Dios.  Paz y guerra no pueden habitar juntas el alma.

* * *

Pero ¿por qué cuesta tanto amar a los enemigos? Quieres perdonar pero no puedes. Quieres cultivar la bondad y crece en ti la maldad, quieres vivir en la virtud, pero lo que te sale es el vicio. Esto es un signo del poder del pecado. Y en la oración de la secuencia, consciente de ese poder, pides al Espíritu Santo que se fije en ese poder que te esclaviza.

“MIRA EL PODER DEL PECADO CUANDO NO ENVÍAS TU AL IENTO! Estas palabras son en sí mismas un gesto de humildad, de reconocimiento de la propia debilidad. Quieres y no puedes amar, perdonar, acoger. Necesitas de Dios. Te das cuenta de que es verdad lo que Jesús dice: “sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15,5), pero si tienes fe, si confías en mi poder “le dirías a aquel monte: ´trasládate desde ahí hasta aquí´, y se trasladaría. Nada te sería imposible” (Mt 17,20).

No dejes de pedir a Dios su poder; pero por su orden: primero haz un buen examen de tu vida; luego pon ante Él tu pecado y dile “mira hacia donde me ha llevado mi ira,  mi envidia, mi pereza, mi avaricia, etc.; busqué la vida por caminos equivocados que sólo me han conducido a la muerte; y ahora me encuentro exhausto, agotado, asfixiado, ¡oh, Señor, envía tu Espíritu, sé tú el aliento de mi alma!”  

No eres tú quien con tus solas fuerzas lograrás verte libre de pecado. ¿Quién, entonces, te librará de este cuerpo de muerte? (Rm 7,24). El Espíritu acude en ayuda de tu debilidad (Rm 8,25). El Espíritu vendrá a ti e iniciará en tu corazón un movimiento de amor capaz vencer al maligno; porque al odio sólo se le vence al amor. “Así como el agua mata al fuego -dice san Juan de Dios- así el amor de caridad al pecado”. Quien se confía al amor del Espíritu Santo “no quedará derrotado cuando litigue con su adversario en la plaza (Sal 126,5b)

Sin tí no puedo hacer nada, Señor. Contigo todo lo puedo. ¡Ven, Espíritu Santo!.

* * *



MEDITACIÓN 

1. Comienza sentándote en la postura adecuada, relaja tu cuerpo, tu mente, tu ánimo y tu voluntad, dando largas a todo lo que te pone nervioso. Nada de lo que te inquieta es de Dios; déjalo ir.

2. Haz tuya la oración de ofrecimiento de tu meditación: "Señor y Dios mío, 
 ofrezco esta oración 
para mayor gloria tuya, 
para bien de toda la humanidad 
y beneficio de toda la creación. 

Gloria a Ti por siempre, 
Señor del universo. Amén".
1. Trae a tu memoria alguna persona que te incomode, te resulte molesta o que crees que te odia. O recuerda alguna situación desagradable que quieres olvidar y te cuesta. ... Observa cómo en tu relación con esa persona o acontecimiento es el pecado el que ha tomado las riendas. Tus pensamiento suelen arrojar más leña al fuego, más basura a lo que sientes de esa persona o piensas de ese acontecimiento. ... No te dejes llevar por tus sentimientos,  no arrojes lejos e ti ni a las personas ni a los hechos que te obsesionan.

2. Céntrate en una persona o hecho. No rehúyas la mirada directa. Dejando a un lado lo ocurrido entre vosotros, intenta enviar un rayo de amor a la persona que rechazas; o a ti mismo en la situación que no aceptas. ... Vas a decir al Espíritu. "Mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento!" .

3. Oye ahora la voz de Jesús: "Sin mí no puedes hacer nada ... Conmigo lo puedes todo" ... Luego, repite con san pablo : "Todo lo puedo en aquel que me conforta" (Flp 4,13) ... Con el Espíritu, con Dios, "mira", contempla la fuerza del pecado... cómo te lleva a donde no quieres ir; y cómo con Dios vuelves a tu centro, y vas aceptando la situación que te preocupa o relajando la tensión que te genera la persona a la que odias. Todo fluye adecuadamente cuando dejas pasar por ti el amor de Dios. Observa como arraiga en tus entrañas y deja que fluya hacia fuera, que envuelva incluso aquello que antes te costaba amar... Sé consciente de como  a medida que tu compasión se expande se va debilitando el poder del pecado, tu tendencia a alimentar el odio .

4. Espíritu Santo y Amor de Dios son una misma cosa. Lee estas palabras de san Pablo en esa clave: 
"El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta: no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasa nunca." (1 Cor, 13,5-7)

5. Puedes terminar escuchando el mismo  Himno al amor musicalizado. Y no olvides que "el amor todo lo puede ...y no pasa nunca". Cuando permites que en la oración, en los sacramentos o en la práctica de misericordia el Espíritu en tu alma, todo lo puedes. Con Dios todo es posible.

6. Al terminar la oración toma nota de las mociones (sentimientos, anhelos, deseos profundos...) que hayas sentido en ella. Dios habla en la experiencia. 

Marzo, 2023

Casto Acedo.


Eucaristía y contemplación

Transcribo al blog este excelente texto de Rainiero Cantalamessa sobre la Eucaristía y la contemplación. Los conceptos en que se expresa son muy teológicos, pero no por ello poco profundos. Merece la pena leerlo detenidamente.

Eucaristía y contemplación[1]

Eucaristía y contemplación han sido vistas a veces como dos vía distintas y casi paralelas a la  perfección cristiana. La primera es conocida como vía mistérica,  u objetiva, que da el primado al os sacramentos (misterios) y, sobre todo, a la Eucaristía; la segunda se le conoce como vía mística, o subjetiva, que da el primado a la contemplación. Se dice que la espiritualidad patrística (época ortodoxa) se ha mantenido más en los misterios, mientras que la espiritualidad moderna (occidental), influenciada por algunos místicos modernos se fundamenta más en la contemplación o vida de oración.

Creo que ha llegado el momento de redescubrir la síntesis que hasta los umbrales de la época moderna ha existido sobre este punto, y que por diversas razones se ha ido perdiendo. En la base de todo está la vida sacramental, "los misterios”,  que nos ponen en contacto  inmediato y objetivo con la salvación obrada por Dios en Cristo Jesús. Pero por sí solos estos no bastan para hacer progresar en el camino espiritual; es necesario  que a la vida sacramental se añada una vida interior o de contemplación. La contemplación es el medio por el que nosotros “recibimos”, en sentido fuerte, los misterios, el medio por el que los interiorizamos y nos abrimos a su acción; la contemplación es el equivalente de los misterios en el plano existencial y subjetivo; es una forma de permitir a la gracia, recibida en los sacramentos, plasmar nuestro universo interior, es decir, nuestros pensamientos, nuestros afectos, la voluntad, la memoria.

Sólo después de que la vida divina, llegada  a nosotros a través de los sacramentos, ha sido asimilada en la contemplación, podrá expresarse también en las acciones, es decir, en el ejercicio de las virtudes, y sobre todo en la caridad. Del mismo modo que no hay una acción humana que no se desprenda de un pensamiento (y si la hay, no tiene valor alguno o es muy peligrosa), tampoco hay una virtud cristiana que no brote de la contemplación. Escribe san Gregorio de Nisa: “Hay tres cosas que manifiestan y distinguen  la vida del cristiano: la acción, la manea de hablar y el pensamiento. De ellas ocupa el primer lugar el pensamiento; viene en segundo lugar la manera de hablar,  que descubre y expresa con palabras  el interior de nuestro pensamiento; en este orden de cosas, el pensamiento, al pensamiento y a la manera de hablar sigue la acción,  con lo cual se pone por obra lo que antes se ha pensado. Siempre, pues, que nos sintamos impulsados a obrar, pensar o hablar, debemos procurar que todas nuestras palabras, obras y pensamientos tiendan a conformarse con la norma divina del conocimiento de Cristo, de manera que no pensemos, digamos ni hagamos cosa alguna que se aparte de esta regla”.[2]

La contemplación es, pues, la vía obligada para pasar de la comunión con Cristo en la misa o de  la adoración eucarística,  a la imitación de Cristo en la vida. Por ello, del mismo modo que en el Vaticano II se habla de una universal vocación a la santidad de todos los bautizados[3], así también se debe hablar de una llamada universal de todos los bautizados a la contemplación. La vía de la perfección cristiana va de los misterios a la contemplación y de la contemplación a la acción. Estos tres elementos, unidos, forman un único camino de santidad abierto a todos los bautizados. En sí mismo, el “primado de la contemplación” sobre la acción no quiere decir que la contemplación sea “más grande” que la práctica de las virtudes y que la vida activa, sino que está “antes”, es su fuente.



* * *

Para asimilarnos a Cristo no basta con comer su cuerpo y beber su sangre; es necesario también contemplar este misterio. Existe una gran afinidad entre la eucaristía y la encarnación. En la encarnación –dice san Agustín- “María concibió el Verbo antes en la mente que en el cuerpo”. La Virgen María fue más dichosa recibiendo la fe de Cristo que concibiendo la carne de Cristo. Es más, añade, tampoco hubiera aprovechado nada el parentesco material a María si no hubiera sido más feliz por llevar a Cristo en su corazón que en su carne.[4]

Así pues, María, después de la encarnación, estaba llena de Jesús no solo en su cuerpo, sino también en su espíritu; estaba llena de Jesús porque pensaba en Jesús, esperaba en Jesús (¡y cómo lo esperaba!), amaba a Jesús. Como cualquier mujer que “espera” un niño, pero en mediada mucho más perfecta, estaba toda ella centrada y recogida en sí misma. Sus ojos miraban más hacia dentro que hacia fuera, porque dentro estaba su tesoro, dentro llevaba el dulce secreto que la dejaba sorprendida y sin palabras. María, por su parte está escrito en el evangelio de Lucas- guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). En esto ella se nos propone como el modelo más perfecto de lo que entendemos por contemplación eucarística: así debe ser el cristiano que acaba de recibir a Jesús en la Eucaristía. También él debe acoger a Cristo en su mente, después de haberlo acogido en su cuerpo (concebir significa acoger dentro de sí). Y acoger a Cristo en la mente significa, concretamente, pensar en él, tener la mirada dirigida hacia él, acordarse de él. Es precisamente esta una palabra-clave para nuestra meditación; acordarnos de Cristo, hacer memoria de Él.

Al Instituir la Eucaristía, Jesús consagró estas palabras: “haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). En sentido teológico esta memoria o memorial, consiste en hacer memoria de Jesús, e invitar al Padre a recordar todo aquello que Jesús ha hecho por nosotros. Es como si Jesús, al decir “haced esto en memoria mía” estuviera diciéndonos: “Haced esto para que el Padre se acuerde de mí”; como si recordando el amor de Jesús en la Cruz dijéramos al Padre: ¡Padre, nosotros somos débiles, no podemos con el peso de nuestros pecados,  pero acuérdate de todo lo que tu Hijo Jesús ha hecho por nosotros, y ten piedad! Como se dice en la liturgia eucarística: “Acuérdate de todos aquellos por quienes se ofrece este sacrificio”, “Acuérdate, Señor, de tu Iglesia”.



Pero la invitación a hacer memoria eucarístico no sólo se refiere a Dios (sentido teológico); también se refiere a nosotros (sentido antropológico): recordar lo que ha hecho Jesús, no ya al Padre, sino a nosotros mismos. Acordarnos nosotros de Él. Es lo que se expresa en la Eucaristía inmediatamente después de la consagración: “Así pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo…”. Debemos valorar adecuadamente el potencial que encierra este recuerdo de Jesús. Es importante hacerlo a menudo. “Dulce es el recuerdo de Jesús que otorga el verdadero gozo del corazón”, dice un canto litúrgico.[5] El recuerdo, al asomarse a la mente, tiene el poder de catalizar todo nuestro mundo interior y arrastrarlo hacia ese objeto del recuerdo, especialmente cuando no se trata de una cosa sino de una persona, y de una persona amada.

La memoria es una de las facultades más misteriosas y grandiosas del espíritu humano. San Agustín escribió cosas muy hermosas sobre la memoria, que para él era incluso signo y vestigio de la Trinidad: “ Grande es esta virtud de la memoria, grande sobremanera. Dios mío, penetral amplio e infinito. ¿Quién ha llegado a su fondo? En cierto modo, ella hace sentir vértigo… Desde que te conocí, permaneces en mi memoria, y aquí  te hallo cuando me acuerdo de ti y me deleito en ti”.[6] Recordar viene el latín recordare  y significa, literalmente, hacer presente de nuevo (re) en el corazón (cor). Por lo tanto, no se trata solo de una actividad de la inteligencia, sino también de la voluntad y del corazón; recordar es pensar con amor.

Haced esto en memoria mia. Los padres de la Iglesia consideraban que el fruto de la eucaristía no es otro que la memoria continua de Jesucristo. Por medio de ese recuerdo constante Dios establece su morada en el templo que es el alma haciéndola templo suyo. La contemplación asidua de este misterio es clave en la vida cristiana; se trata de contemplar (hacer memorial, actualizar) el misterio del amor que es la Eucaristía. Cuando tu pensamiento-memoria se mantiene unido a Cristo, también tu lengua y tus obras (virtudes) lo estarán. El espíritu contemplativo impregna entonces todo tu ser.

R. CANTALAMESA



[1] Extracto con ligeras variaciones de R. CANTALAMESSA, La Eucaristía, nuestra santificación,  pgs. 67-75

[2] SAN GREGORAO DE NISA: Tratado sobre el perfecto modelo del cristiano;:  PG 46,283s.

[3] Cf Lumen Gentium,  39-40.

[4] Cf SASN AGUSTIN, Sobre la santa virginidad, 3; PL 40,398.

[5] Himno Iesus dulcis memoria

[6] Confesiones, X, 8-24