Eucaristía y contemplación[1]
Eucaristía y contemplación han sido vistas a veces como dos vía distintas y casi paralelas a la perfección cristiana. La primera es conocida como vía mistérica, u objetiva, que da el primado al os sacramentos (misterios) y, sobre todo, a la Eucaristía; la segunda se le conoce como vía mística, o subjetiva, que da el primado a la contemplación. Se dice que la espiritualidad patrística (época ortodoxa) se ha mantenido más en los misterios, mientras que la espiritualidad moderna (occidental), influenciada por algunos místicos modernos se fundamenta más en la contemplación o vida de oración.
Creo que ha llegado el momento de redescubrir la síntesis que hasta los umbrales de la época moderna ha existido sobre este punto, y que por diversas razones se ha ido perdiendo. En la base de todo está la vida sacramental, "los misterios”, que nos ponen en contacto inmediato y objetivo con la salvación obrada por Dios en Cristo Jesús. Pero por sí solos estos no bastan para hacer progresar en el camino espiritual; es necesario que a la vida sacramental se añada una vida interior o de contemplación. La contemplación es el medio por el que nosotros “recibimos”, en sentido fuerte, los misterios, el medio por el que los interiorizamos y nos abrimos a su acción; la contemplación es el equivalente de los misterios en el plano existencial y subjetivo; es una forma de permitir a la gracia, recibida en los sacramentos, plasmar nuestro universo interior, es decir, nuestros pensamientos, nuestros afectos, la voluntad, la memoria.
Sólo después de que la vida divina, llegada a nosotros a través de los sacramentos, ha sido asimilada en la contemplación, podrá expresarse también en las acciones, es decir, en el ejercicio de las virtudes, y sobre todo en la caridad. Del mismo modo que no hay una acción humana que no se desprenda de un pensamiento (y si la hay, no tiene valor alguno o es muy peligrosa), tampoco hay una virtud cristiana que no brote de la contemplación. Escribe san Gregorio de Nisa: “Hay tres cosas que manifiestan y distinguen la vida del cristiano: la acción, la manea de hablar y el pensamiento. De ellas ocupa el primer lugar el pensamiento; viene en segundo lugar la manera de hablar, que descubre y expresa con palabras el interior de nuestro pensamiento; en este orden de cosas, el pensamiento, al pensamiento y a la manera de hablar sigue la acción, con lo cual se pone por obra lo que antes se ha pensado. Siempre, pues, que nos sintamos impulsados a obrar, pensar o hablar, debemos procurar que todas nuestras palabras, obras y pensamientos tiendan a conformarse con la norma divina del conocimiento de Cristo, de manera que no pensemos, digamos ni hagamos cosa alguna que se aparte de esta regla”.[2]
La contemplación es, pues, la vía obligada para pasar de la comunión con Cristo en la misa o de la adoración eucarística, a la imitación de Cristo en la vida. Por ello, del mismo modo que en el Vaticano II se habla de una universal vocación a la santidad de todos los bautizados[3], así también se debe hablar de una llamada universal de todos los bautizados a la contemplación. La vía de la perfección cristiana va de los misterios a la contemplación y de la contemplación a la acción. Estos tres elementos, unidos, forman un único camino de santidad abierto a todos los bautizados. En sí mismo, el “primado de la contemplación” sobre la acción no quiere decir que la contemplación sea “más grande” que la práctica de las virtudes y que la vida activa, sino que está “antes”, es su fuente.
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Para asimilarnos a Cristo no basta con comer su cuerpo y beber su sangre; es necesario también contemplar este misterio. Existe una gran afinidad entre la eucaristía y la encarnación. En la encarnación –dice san Agustín- “María concibió el Verbo antes en la mente que en el cuerpo”. La Virgen María fue más dichosa recibiendo la fe de Cristo que concibiendo la carne de Cristo. Es más, añade, tampoco hubiera aprovechado nada el parentesco material a María si no hubiera sido más feliz por llevar a Cristo en su corazón que en su carne.[4]
Así pues, María, después de la encarnación, estaba llena de Jesús no solo en su cuerpo, sino también en su espíritu; estaba llena de Jesús porque pensaba en Jesús, esperaba en Jesús (¡y cómo lo esperaba!), amaba a Jesús. Como cualquier mujer que “espera” un niño, pero en mediada mucho más perfecta, estaba toda ella centrada y recogida en sí misma. Sus ojos miraban más hacia dentro que hacia fuera, porque dentro estaba su tesoro, dentro llevaba el dulce secreto que la dejaba sorprendida y sin palabras. María, por su parte –está escrito en el evangelio de Lucas- guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). En esto ella se nos propone como el modelo más perfecto de lo que entendemos por contemplación eucarística: así debe ser el cristiano que acaba de recibir a Jesús en la Eucaristía. También él debe acoger a Cristo en su mente, después de haberlo acogido en su cuerpo (concebir significa acoger dentro de sí). Y acoger a Cristo en la mente significa, concretamente, pensar en él, tener la mirada dirigida hacia él, acordarse de él. Es precisamente esta una palabra-clave para nuestra meditación; acordarnos de Cristo, hacer memoria de Él.
Al Instituir la Eucaristía, Jesús consagró estas palabras: “haced esto en memoria mía” (Lc 22,19). En sentido teológico esta memoria o memorial, consiste en hacer memoria de Jesús, e invitar al Padre a recordar todo aquello que Jesús ha hecho por nosotros. Es como si Jesús, al decir “haced esto en memoria mía” estuviera diciéndonos: “Haced esto para que el Padre se acuerde de mí”; como si recordando el amor de Jesús en la Cruz dijéramos al Padre: ¡Padre, nosotros somos débiles, no podemos con el peso de nuestros pecados, pero acuérdate de todo lo que tu Hijo Jesús ha hecho por nosotros, y ten piedad! Como se dice en la liturgia eucarística: “Acuérdate de todos aquellos por quienes se ofrece este sacrificio”, “Acuérdate, Señor, de tu Iglesia”.
Pero la invitación a hacer memoria eucarístico no sólo se refiere a Dios (sentido teológico); también se refiere a nosotros (sentido antropológico): recordar lo que ha hecho Jesús, no ya al Padre, sino a nosotros mismos. Acordarnos nosotros de Él. Es lo que se expresa en la Eucaristía inmediatamente después de la consagración: “Así pues, Padre, al celebrar ahora el memorial de la muerte y resurrección de tu Hijo…”. Debemos valorar adecuadamente el potencial que encierra este recuerdo de Jesús. Es importante hacerlo a menudo. “Dulce es el recuerdo de Jesús que otorga el verdadero gozo del corazón”, dice un canto litúrgico.[5] El recuerdo, al asomarse a la mente, tiene el poder de catalizar todo nuestro mundo interior y arrastrarlo hacia ese objeto del recuerdo, especialmente cuando no se trata de una cosa sino de una persona, y de una persona amada.
La memoria es una de las facultades más misteriosas y grandiosas del espíritu humano. San Agustín escribió cosas muy hermosas sobre la memoria, que para él era incluso signo y vestigio de la Trinidad: “ Grande es esta virtud de la memoria, grande sobremanera. Dios mío, penetral amplio e infinito. ¿Quién ha llegado a su fondo? En cierto modo, ella hace sentir vértigo… Desde que te conocí, permaneces en mi memoria, y aquí te hallo cuando me acuerdo de ti y me deleito en ti”.[6] Recordar viene el latín recordare y significa, literalmente, hacer presente de nuevo (re) en el corazón (cor). Por lo tanto, no se trata solo de una actividad de la inteligencia, sino también de la voluntad y del corazón; recordar es pensar con amor.
Haced esto en memoria mia. Los padres de la Iglesia consideraban que el fruto de la eucaristía no es otro que la memoria continua de Jesucristo. Por medio de ese recuerdo constante Dios establece su morada en el templo que es el alma haciéndola templo suyo. La contemplación asidua de este misterio es clave en la vida cristiana; se trata de contemplar (hacer memorial, actualizar) el misterio del amor que es la Eucaristía. Cuando tu pensamiento-memoria se mantiene unido a Cristo, también tu lengua y tus obras (virtudes) lo estarán. El espíritu contemplativo impregna entonces todo tu ser.
R. CANTALAMESA
[1] Extracto con ligeras variaciones de R. CANTALAMESSA, La Eucaristía, nuestra santificación, pgs. 67-75
[2] SAN GREGORAO DE NISA: Tratado sobre el perfecto modelo del cristiano;: PG 46,283s.
[3] Cf Lumen Gentium, 39-40.
[4] Cf SASN AGUSTIN, Sobre la santa virginidad, 3; PL 40,398.
[5] Himno Iesus dulcis memoria
[6] Confesiones, X, 8-24
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