El texto de esta entrada está tomado del libro de Marc Foley, San Juan de la Cruz, una mística para vivir, libro que aconsejo que adquiráis si veis que os resulta de fácil la lectura y comprensión esta entrada de blog. Los temas los iré desarrollando desde este libro. Sólo pasaré al blog los textos de san Juan de la Cruz, a veces completos, y a veces resumidos.
En realidad vivimos divididos, en conflicto constante con nosotros mismos; es la condición universal de nuestra naturaleza irredenta. Así lo expresa san Pablo: “En efecto, no entiendo mi comportamiento, pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco; .. querer está a mi alcance, pero hacer lo bueno, no. Pues no hago lo bueno que deseo, sino que obro lo malo que no deseo”. (Rm 7, 15.18-19).
Tenemos el deseo de hacer el bien, pero no siempre el poder para realizarlo. Queremos ser felices, pero hacemos elecciones en la vida que nos hacen miserables. En la raíz de todo esto están, según san Juan, nuestros apetitos y deseos “desordenados”, es decir, no ordenados a nuestro bienestar y felicidad.
“Apetito” no es en san Juan una palabra peyorativa, es sinónimo de hambre, impulso o deseo. Según la teología clásica escolástica que estudió san Juan, el deseo es el impulso que habita en el corazón humano que nos lleva a buscar en Dios la plenitud. De hecho somos seres que deseamos a Dios; y esto es así porque descubrimos su Deseo, es decir, su Espíritu, instalado en lo más hondo de nuestro corazón: El nos ha deseado primero. En el cristianismo descubrimos una dinámica de los deseos: la espiritualidad cristiana no es sino un éxodo o salida de los deseos compulsivos (vehementes, apasionados) hacia el deseo de Dios.
Escondido en el subsuelo de nuestros deseos hay un deseo común: el deseo de felicidad, que no es un pasarlo bien o sentirse a gusto, o cualquier otro sentimiento placentero o pasajero. La felicidad es más bien una cualidad del alma que se obtiene cuando ésta alcanza la plenitud, algo que solo se da en la unión con Dios, ya que hemos sido hechos a su imagen y semejanza.
Todos nuestros deseos,
dice la teología escolástica, tienen
una dimensión finita y otra infinita. La comida suscita un deseo finito de
alimentarnos físicamente y eliminar así el hambre física, pero la misma hambre
es expresión de nuestra hambre de Dios; de igual modo el deseo sexual es un
impulso fisiológico, psicológico y emocional parea calmar la separación o estar
unido a otro, pero también oculta el deseo de estar unido al Otro. Los deseos
finitos y el deseo infinito han de ordenarse, sino podemos caer en el error de
pretender llenar nuestro deseo de infinito con la ayuda de los objetos finitos
que son las criaturas.
Las criaturas son migajas
“Las criaturas -las cosas creadas- son meajas que cayeron de la mesa de Dios” (1 S 6,3; cf Mt 15,26-27)[1], dice san Juan; como si dijera que son el exceso de la bondad de Dios que desciende hasta nosotros e incentiva nuestro deseo de Él. Las criaturas son como “meajas en hambre grande” que “hacen crecer el hambre y apetito (del alma) de verle a él (Dios) como es” (C 6.4).[1] Por una parte ofrecen las criaturas un destello de Dios (de su bondad, su belleza, etc) y despiertan en nosotros el deseo de lo que está aún por revelar; pero por otra parte, al no poder satisfacer y cumplir el deseo que evocan, nos dejan penando por algo más.
Podemos dejarnos cegar por las cosas y desearlas como si fueran capaces de satisfacer plenamente nuestra vida; éste camino suele terminar en insatisfacción (nunca saciados) y frustración (fracadados). San Juan dice que cuando buscamos satisfacer nuestros deseos más profundos con las criaturas es como si caváramos cisternas rotas “que no pueden tener aua para satisfacer la sed... porque aquel no es su manjar” (1 S 6,6; cf Jr 2,13). Es este un camino equivocado.
Ahora bien, también podemos hacer como la esposa del Cántico espiritual, que sabe que las criaturas no pueden satisfacer su deseo más profundo y ha aceptado este hecho. Y aceptando esto asume el sufrimiento presente en la vida humana, sobrellevando el dolor interior y el anhelo que no pude cumplirse en esta vida. Se trata de elegir soportar el dolor implícito a la finitud rechazando anestesiarse con nada que no sea Dios; es decir, no elegir el imposible de lo infinito en lo finito.
La búsqueda desordenada de la felicidad nos conduce a la miseria. Así podemos ir tropezando por la vida ciegamente, de desilusión en desilusión. “Al fin lo he encontrad: la compañía perfecta, el trabajo ideal, la casa de mis sueños, la dieta mágica, ...”; los deseos desordenados conducen a una sucesión de promesas que no pueden cumplirse. Y ”la propiedad” que de ahí se sigue es o que se sigue -dice san Juan- es “que andamos descontentos y desabridos” (1 S 6,3)
Si siempre estamos comparando todo en la vida con algún modelo de perfección irreal, todo nos decepcionará y nada podrá satisfacernos. Nuestra vida se agriará y llegaremos a vivir amargados. Los amargados culpan al mundo de su miseria. Son los demás los culpables de mi miseria. La vida me ha tratado mal. Nada me ha sido favorable. Los demás me han hecho mal. En la Divina Comedia de Dante las almas que va a entrar en el infierno vomitan una letanía de culpas: “Blasfemando de Dios, de sus padres, de la especie humana, del sitio, del día de su nacimiento, de la prole de su prole y de su descendencia”. Están en el infierno porque han renunciado a toda responsabilidad por decisión personal.
Es una imagen pavorosa de aquello en lo que podemos convertirnos: gente resentida y llena de amargura. San Juan de la Cruz dice que en el camino espiritual no podemos pararnos: siempre avanzamos o retrocedemos. O conformamos nuestra vida a la voluntad de Dios o nos alejamos de ella. La elección es nuestra.
Para meditar
[1] Así dice el alma en el Cántico Espiritual: “¡Ay, quién podrá sanarme! Acaba de entregarte ya de vero; no quieras enviarme de hoy más ya mensajero, que no saben decirme lo que quiero”. Las cosas y las noticias del Amado (Dios) no puueden satisfacer plenamente al alma; sólo el trato directo (la unión) con Dios, la unión con Él, puede satisfacernos totalmente.
[2] El texto al que se refiere san Juan de la Cruz es este:
“Una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». El no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». El les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame». Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija” (Mt 15,22-28).
Jesús pone a prueba a la mujer acerca de qué busca, ¿sólo la sanación de su hija? ¿O algo más? La mujer no sólo lleva una petición centrada en los físico y creatural, también lleva consigo la fe en que lo que realmente es grande es poder tener a Dios ante ella. Reconoce que las creaturas (migajas) apuntan a algo más grande (Dios, la mesa de su reino), ... Por eso alaba Jesús a la mujer y le concede el milagro.
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Enero 2026
Casto Acedo
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