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sábado, 29 de junio de 2019

Oración y silencio (1). ¡Silencio, por favor!

En la web Catholic.net, he encontrado una serie de artículos sobre el silencio, escritas por el P. Juan Carlos Ortega, L.C. Él mismo autoriza su difusión siempre que se cite la fuente. Me parecen exposiciones interesantes, que procuraré ir transcribiendo durante el verano. No  transcribo literalmente el texto, sino "remozado", cambiando expresiones, añadiendo matices, suprimiendo lo que me parece poco interesante para nuestro camino. Espero que os sirva de reflexión y ánimo.
 
¡SILENCIO, POR FAVOR!

Dios no habla en el tumulto de impresiones, ni en la disipación. Cuando el alma está en silencio interior y exterior, cuando el alma está recogida dentro de sí, entonces es cuando Dios habla

“¡Silencio!, por favor”. Esta indicación, que encontramos en hospitales, bibliotecas, centros de culto, debería estar escrito en el interior de cada persona.
El hombre necesita silencio. Lo recordaba Pablo VI en una de sus homilías, en concreto en Nazaret el 5 de enero de 1964:

“Cuánto deseamos aprender la gran lección del silencio que nos ofrece siempre la escuela de Nazaret; cómo deseamos también que se renueve y fortalezca en nosotros el amor al silencio, este admirable e indispensable hábito del espíritu, tan necesario para todos nosotros, que estamos aturdidos por tantos ruidos y tumultos, tantas voces de nuestra ruidosa y, en extremo, agitada vida moderna”.

El silencio es necesario especialmente en el ambiente actual de baraúnda y ajetreo en el que nos solemos mover. La vida del hombre parece haber roto definitivamente los marcos tradicionales de la soledad comunitaria y del recogimiento religioso. Pero si ahondamos un poco notamos enseguida las consecuencias, que no son sino el vacío interior que lleva consigo nuestro acelerado modo de vivir. Nos vemos a nosotros mismos gozando con pasatiempos, lujos y riquezas, y, sin embargo, a poco que nos detenemos y miramos adentro, nos descubrimos vacíos y sin paz.
En el huracán de la vida moderna parece no estar Dios. Todo se realiza de manera precipitada, sin calma, sin serenidad, sin equilibrio, sin silencio. Creemos que penetramos en el fondo de las cosas porque hemos visto, viajado, oído… pero en realidad no hemos entrado en nada de lo que decimos conocer; nos ha faltado el silencio necesario para que fructifiquen las experiencias habidas.

El hombre moderno está ganando el mundo pero se está perdiendo a sí mismo. El hombre está enfermo, sufre el ruido de las calles, pero sobre todo padece por los ruidos que han penetrado en su interior. El silencio hoy es un lujo. Y a pesar de su inmenso valor, no se le aprecia; se le rehúye, y cuando se le tiene, no se sabe qué hacer con él; tal vez aporque se le considera un aburrimiento o un estorbo inútil.



 
Pecamos de ignorancia. Ignoramos el valor del silencio, ignoramos la necesidad de espacios de encuentro con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y, sobre todo, con Dios.
Dios habla en el silencio. El mundo actual sería distinto si todas las personas supieran observar la virtud de callarse y acallarse y palpar sus efectos positivos en el enriquecimiento progresivo de la propia interioridad. Pero no es así; hoy por hoy, sólo un reducido grupo de personas son amantes del silencio. Y sólo a estos amantes del silencio les puede calar el mensaje de Dios, porque 

“el mensaje divino no se comunica automáticamente, no llega por los caminos de la expresión sensible. Mis ojos no sirven, el mundo externo puede, sí, expresarme un lenguaje superficial, pero de suyo, en su interior, permanece mudo, no transmite la palabra divina. ¿Qué hacer? ¿Nos habla el Señor en el silencio o en el ruido? Respondemos todos: en el silencio. Entonces, ¿por qué no nos ponemos a la escucha en cuanto se percibe un leve susurro de la voz divina junto a nosotros?” (Pablo VI, Homilía del 15 de noviembre de 1963). 
El silencio es indispensable para la vida interior. Hacer silencio es una acción que apunta a la plenitud, es hacer vacío para que Dios llene el espacio que somos.  En el ambiente de silencio, de atención serena, la sensibilidad se agudiza para percibir la luz e inspiraciones del Espíritu Santo y así el se hombre se prepara para el influjo de la gracia.  En el silencio se preparan los santos, en su silencio  comienza la obra de Dios, y en el mismo silencio la acaba y perfecciona.

Nuevamente Pablo VI:

“¿Habla Dios al alma agitada o al alma en calma? Sabemos muy bien que, para escucharlo, debemos tener un poco de calma, de tranquilidad… es preciso aislarse un poco de toda preocupación y excitación acuciantes, y estar nosotros mismos, nosotros solos dentro de nosotros. El punto de cita no está fuera, sino en nuestro interior. La vida espiritual exige una verdadera y propia interioridad”.
Lo sabemos muy bien: a Dios no se le experimenta en el tumulto de impresiones, ni en la vorágine del ruido que nos saca de quicio. En el  silencio del recogimiento interior se establece el diálogo con Dios. A veces el Espíritu grita con gemidos inefables (cf Rm 8,26), y sólo es escuchado por quienes en el silencio de su corazón dejan que su grito se expanda. Los que viven fuera de sí, atentos sólo a la exterioridad, difícilmente perciben la voz de Dios.
 

Si quieres avanzar en el camino de la contemplación el primer paso a dar es trabajarte el silencio interior; que no es desprecio de lo exterior, sino amor, porque en el silencio diluimos las sombras que nos hacen ver el mundo como un absoluto o como un demonio y empezamos a verlo y  amarlo en toda su belleza. El silencio limpia el ojo de juicios y prejuicios haciendo transparente la mirada.

"Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!" (Mt 6,22-23). Pocos se fijan en estos versículos del evangelio; sabiduría de Dios que aumenta su sentido en el contexto en el que se escriben. No te lo revelo, pero te animo a que lo consultes tú mismo: Mt 6,19-34.

¡Silencio, por favor! El tiempo de verano, tiempo de vacaciones laborales para muchos, aprovecha el vacío de tareas para prestar atención al necesario vacío interior.
 
Casto Acedo. paduamerida@gmail.com . Junio 2019

jueves, 27 de junio de 2019

Cómo reza Dolores Aleixandre

Os transcribo este testimonio de Dolores Aleixandre,  religiosa del Sagrado Corazón de Jesús,  licenciada en Filología Bíblica Trilingüe y en Teología y dedicada a impartir cursos y retiros espirituales.

 
Cómo reza Dolores Aleixandre

 El otro día, cuando un taxista me preguntó por dónde quería que fuéramos, le contesté: “Lléveme por donde le parezca mejor”. Y cómo no me voy a fiar de Dios menos que de un taxista, lo que trato de hacer cuando rezo es dejar que Él me programe la hoja de ruta.
 
Llevo ya tiempo bastante convencida de que esto de la oración le importa a Dios más que a mí, de que es más asunto suyo que mío y de que, como me descuide (San Juan de la Cruz decía aquello de “dejando mi cuidado”) y me ponga a tiro de su acción, Él hará lo que acostumbra, que es hacernos parecidos a Jesús. Así que si lo suyo es amar y comunicarse como le dé su real divina gana, me parece que lo mío es ante todo no estorbar.

 Cada noche leo el evangelio del día siguiente y trato de que me resuene también en el corazón la “otra Palabra” que Él ha ido pronunciando a través de las personas y las cosas que han pasado en el día y luego procuro que ese “rumor” me acompase el sueño, en vez del barullo de los tertulianos radiofónicos, televisivos o literarios. A esa hora les digo como en el cónclave: Exeant omnes!, y les cierro la puerta sin más contemplaciones. Sólo se queda dentro la gente que va a acompañarme al día siguiente cuando rece.

En la mañanita echo mano del “kit de oración” consistente en cojín de zen que me ayuda a mantenerme en buena postura, rincón tranquilo con icono y vela encendida (valiente tontería pienso a veces, porque suelo cerrar los ojos). Con el ir y venir de la respiración voy repitiendo tranquilamente el nombre de Jesús o algunas palabras hebreas como honeni, moskeni o tov hasdeha mehayim que no pienso explicar lo que significan.
 
También aprovecho las “ofertas de temporada”, o sea los distintos momentos del año litúrgico: no es lo mismo respirar el nombre de Jesús en Adviento que en Pascua o en Pentecostés. Y no me pregunten por qué.

 A veces me rondan las tentaciones: “Vaya desperdicio de imaginación, con la cantidad de ideas de colores que a ti se te ocurren enseguida, en vez de esta sosera tan vacía y tan oscura”. Me defiendo como puedo, agarrada a la experiencia ya antigua de que esa es para mí la puerta estrecha para “entrar en lo escondido” y quedarme ex-puesta a la mirada del Padre. Por eso me agarro como una náufraga al ir y venir de la respiración, que como una okupa benéfica, va desalojando mi corazón de ideas, de palabras y de las distracciones pesadísimas que entran y salen brincando como pulgas de playa.

 En medio de tantos intentos torpes y a trompicones, sigo pensando que no sé rezar, pero me consuela pensar que lo contrario (creerme que ya he aprendido) sería mucho peor.
Luego está la oración del entredía, pero esa es otra historia.
 
 Dolores Aleixandre
Publicado en la revista "El Ciervo" 

miércoles, 19 de junio de 2019

Silencio y meditación (cuento)

 
 
En Oriente, un gran rey fue a visitar a su maestro y le dijo:  "Soy un hombre muy ocupado, ¿podría decirme cómo puedo llegar a unirme con Dios? ¡Respóndame en una sola frase!"

 Y el maestro le dijo: - "¡Le daré la respuesta en una sola palabra!"

-"¿Qué palabra es esa?", preguntó el rey.

Dijo el maestro:  -¡Silencio!"

 -"¿Y cuándo podré alcanzar el silencio?", dijo el rey.

- "Meditación", dijo el maestro.


Entonces dijo el rey: -"¿ Qué es la meditación?" 

 El maestro respondió: -¡Silencio!"

 -"¿Cómo lo voy a descubrir?", preguntó el rey.


  -"Silencio", respondió el maestro.


 -"¿Cómo voy a descubrir el silencio?"


- "¡Meditación!"


 -"¿Y qué es la meditación?"


-"¡Silencio!"
 
* * *

Silencio es ir más allá de las palabras y de los pensamientos. ¿Qué hay de erróneo en las palabras y en los pensamientos? Que son limitados.
 
Dios no es como decimos que es; nada de lo que imaginamos o pensamos. Eso es lo que tienen de erróneo las palabras y los pensamientos.La mayoría de las personas permanecen presas en las imágenes que han hecho de Dios. Éste es el mayor obstáculo para llegar a Él. 

 ¿Te gustaría experimentar el silencio del que hablo? El primer paso es comprender. ¿Comprender qué? Entender que Dios no tiene nada que ver con la idea que tienes de Él.
 
Anthony de Mello
 

 
* * *
Creo que la historia, a la que he añadido  el comentario del propio  Tony de Mello, queda más que ilustrada. No puedo definir el silencio; es el silencio el que puede definirme, porque sólo en el silencio aflora mi ser; y es el silencio el lugar de mi encuentro con Dios: "Al mediar la noche su carrera, cuando un silencio sereno lo envolvía todo, tu Palabra descendió desde los cielos" (Sb 18,14s).
 
 

Job hubo de retractarse por haberse fabricado un Dios a su medida, y al final de su discurso hubo de reconocer su error: "Es cierto, hablé de cosas que ignoraba, de maravillas que  superan mi comprensión" . Dios le hizo experimentar su ser más allá de los ruidos del conocimiento intelectual: "Te conocía solo de oídas; pero ahora te han visto mis ojos" (Job 42,3.5).
 
La mejor definición de Dios es su no-definición; el mejor tributo, el servicio callado; el mejor canto, un Himno de Silencio.
 
Casto Acedo. Junio 2019.

 
 

sábado, 8 de junio de 2019

Silencio (Cuento)

Os paso este cuento de T. de Mello, muy conocido, y que puedes aprovechar para tomar conciencia de la importancia del silencio en orden al encuentro con Dios.
 
 
EL PEQUEÑO PEZ 
(De Anthony de Mello)
 
«Usted perdone», le dijo un pez a otro, «es usted más viejo y con más experiencia que yo y probablemente podrá usted ayudarme. Dígame: ¿dónde puedo encontrar eso que llaman Océano? He estado buscándolo por todas partes, sin resultado».

«El Océano», respondió el viejo pez, «es donde estás ahora mismo».

«¿Esto? Pero si esto no es más que agua... Lo que yo busco es el Océano», replicó el joven pez, totalmente decepcionado, mientras se marchaba nadando a buscar en otra parte.

* * * * 
Se acercó al Maestro, vestido con ropas penitente y hablando el lenguaje de los penitentes:
 
-«He estado buscando a Dios durante años. Dejé mi casa y he estado buscándolo en todas las partes donde Él mismo ha dicho que está: en lo alto de los montes, en el centro del desierto, en el silencio de los monasterios y en las chozas de los pobres».
 
-«¿Y lo has encontrado?», le preguntó el Maestro.
 
-«Sería un engreído y un mentiroso si dijera que sí. No; no lo he encontrado. ¿Y tú?».
 
¿Qué podía responderle el Maestro? El sol poniente inundaba la habitación con sus rayos de luz dorada. Centenares de gorriones gorjeaban felices en el exterior, sobre las ramas de una higuera cercana. A lo lejos podía oírse el peculiar ruido de la carretera. Un mosquito zumbaba cerca de su oreja, avisando que estaba a punto de atacar... Y sin embargo, aquel buen hombre podía sentarse allí y decir que no había encontrado a Dios, que aún estaba buscándolo.
 
Al cabo de un rato, decepcionado, el penitente salió de la habitación del Maestro y se fue a buscar a otra parte.

* * * *
 
Buscas y buscas a todas horas y por todas partes. Esperas encontrar algún día tu Océano. Y cada día una decepción. ¿Dónde estará? ¿Cómo será ese Dios del que tantos me hablan? ¿Existirá de veras? Y un día sueñas con encontrarle y preparas tu discurso para cuando estés ante Él. Otro día te regocijas porque tus expectativas de llegar a donde está parecen ciertas y cercanas. También hay días en que desesperas porque no acaba de dejarse ver.

En tu contemplación no pienses acerca de Él, porque tu pensamiento no le puede abarcar. No lo imagines, porque no es un ídolo que puedas construir o imaginar. No te obsesiones con el momento del encuentro, disfrútalo, porque ya está aconteciendo. Tus preguntas, imaginaciones y expectativas son ruidos que entorpecen la visión y la unión.

Deja de buscar, pequeño pez. No hay nada que buscar. Sólo tienes que estar tranquilo, adentrarte en el silencio, abrir tus ojos y mirar.

Dios está en el silencio, es el Silencio de los silencios. Dios es Océano de silencio. Silencia tu mente. Silencia tu imaginación. Silencia tus afectos e inquietudes. Adentrarte en el silencio es encontrarle.
 
C.A. paduamerida@gmail.com. Junio 2019