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sábado, 24 de octubre de 2020

A vueltas con el amor (orar el domingo 25 de Octubre)


Dios es amor 

“Amar “ (amor activo, donación) y “ser amado” (amor pasivo, recepción). Cuando decimos que “Dios es amor” ¿qué decimos? ¿Qué es un ser de amor abstracto, realizado y cerrado en sí mismo? ¿O que es un ser abierto, expansivo? Si Dios es amor, ¿tuvo que crear el mundo para poder amar y así existir?, ¿es la creación una necesidad de Dios? ¿necesita Dios de mí para ser? 

Con respecto a las preguntas acerca del amor abstracto decir que tal amor no existe. El amor, como Dios, es misterio inefable, sólo su paso (pascua) por la vida prueba su existencia. San Juan de la Cruz, que de esto parece ser que entendía mucho, dirá que “el mirar de Dios es amar”, es decir, no es algo estático (amor) sino dinámico (amar), sólo saliendo de sí hacia el otro encuentra el amor su ser y su esencia. 

Entonces, ¿cómo entender que Dios es amor? ¿Hubo de crear el mundo para poder amar a algo o alguien? Dios no necesitó crear nada para amar; porque, desde antes de la creación Dios es amor en sí mismo, comunión de personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo), una paradoja: tres personas en unidad, tres opuestos sin oposición, una diversidad en unidad,… misterio de comunión. Esto podemos y debemos intentar explicarlo con palabras, y el hecho de hacerlo no es un atrevimiento indecente; es la única forma que tenemos de comunicarnos unos a otros nuestra experiencia de Dios: plasmándolo todo en conceptos, reteniéndolo en el pensamiento,… pero conscientes de que eso no es Dios sino su explicación; porque Dios no es un concepto (amor) sino una realidad que acontece (amar). Yahvé, “yo soy el que fue-soy-seré” (Ex 3,14), y el que lo ha hecho todo con amor.

Puedes aprovechar para contemplar el perfecto círculo de amor que corre entre las tres personas divinas (para ello puedes servirte del magnífico icono de Los tres ángeles de A. Rublev), gozarte mirando a Dios en el Tabor o contemplar la luz que irradia la divinidad y dejarte envolver por ella. El texto está en Mt 17,1-9. 


El Tabor, el monte de las Bienaventuranzas y el Calvario

Pero ¿ya está todo? Eso pensaba Pedro: ¡“Que bien se está aquí, hagamos tres tiendas”! Estaba bajo los dulces efectos de un fenómeno mistico y no sabía lo que decía, apostilla el evangelio. Estaba gozando del amor de Dios, y es bonito sentirse amado, correspondido, apreciado, estimado. Pero Jesús no vino a subirte al Tabor; si lo hace es para que no pierdas el ánimo y la esperanza. En el Tabor Dios te hace ver que hay luz, una luz que Dios comparte contigo. En cierta manera tú eres Dios, participas de la divinidad ( Sal 82,6; Jn 10,34). ¿Recuerdas lo del castillo interior en cuya morada más profunda está Él? El amor a ti mismo ha de nacer de ahí; amarte en tu propio ser empapado en la divinidad, amar lo que eres originalmente, no amar tus máscaras, tus aspiraciones y posesiones terrenas, tus títulos y las consideraciones que el mundo pueda tener contigo. 

Aunque no es bueno dormirse en el Tabor, sí es conveniente subir, pero para bajar luego y pasar también por otros dos montes. Uno es el de las Bienaventuranzas, donde el amor se declara como felicidad para los que practican las virtudes del Reino y son capaces de gozar a pesar de la pobreza, la persecución, las lágrimas, el perdón, etc. que parecen querer hundirle  (Mt 5-7) ¡Hay que despojarse de muchas cosas para amar en “modo bienaventuranza”! En este monte se da el primer paso para com-padecer. Dejo de vivir para mí y comienzo a vivir hacia afuera, hacia todas las personas y hacia todo lo creado. Disfruto de Dios, de la creación y de los hermanos. Descubro que la dicha no está en atarme a las cosas del mundo sino en soltar: “Bienaventurados los pobres…” 

A partir de aquí estoy preparado para acceder al último monte: el Calvario, el éxtasis, la salida de mí mismo. Aquí el amor se hace donación, entrega, vacío de todo a favor de todos. Despojado, anihilado, sólo queda la esencia de mi ser, su chispa divina; sólo ese rayito de luz me sostiene; ya no hay odio, ni violencia, ni autosuficiencia alguna, porque me he vaciado de todo; sólo me queda el abandono en manos del Padre (fe) que como un hilo me conecta a la Vida. Entonces estoy preparado para darme del todo, para la unión, para alcanzar la meta de mi vida consumando en mí la Pascua. “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Ahora amo a Dios en sí, y lo amo en el prójimo hasta el punto de morir por él y decir: “Perdónalos, porque, igual que yo hice antes, en mi ignorancia, no saben lo que hacen al rechazarte” (cf Lc 23,33). 


Para alcanzar amor 

¿Cómo llegar al amor? ¿Cómo alcanzar amor, diría san Ignacio de Loyola? ¿Hay un camino que comienza por el amor a Dios y luego desciende? ¿Se debe iniciar el amor por uno mismo para luego ascender? ¿Nos lanzaremos a la práctica de la misericordia para con el prójimo como punto de partida? Querer dividir y programar es un error. El amor no se programa, brota libremente cuando encuentra espacio. Es como un manantial o pozo oculto bajo muchos escombros y que a medida que se va limpiando lo que impide acceder al agua va dejando espacios que permiten desbordarse al manantial (cf Jn 7,37-38). Soltar ataduras es ya amar. 

Abrir mis ojos a las necesidades del prójimo (próximo), ir dando espacio al hermano en mi casa, ejercer mi voluntariado social, etc., es ya amarme y amar a Dios. Recordad a los bendecidos en la parábola del juicio final (Mt 25,31-46); habían dado de comer al hambriento, de beber al sediento, posada al peregrino… sin haberse percatado de estar haciéndolo a Dios. Tal vez no dedicaron mucho tiempo a la oración  explícita, pero el encuentro y unión con Dios en el amor se da ahí de manera excelente, sin ritos ni teorías. Es conveniente no olvidar esto los que andamos preocupados por caminos espirituales y métodos contemplativos. 

Sin olvidar la advertencia, dedicar un tiempo a la oración y formación espiritual es también amar a Dios, amarme y amar al prójimo. Porque conociéndome a la luz de Dios veo mejor mis limitaciones y posibilidades (humildad) y conecto mejor con el prójimo que reclama mi atención. Aprendo así a trabajar desde el amar auténtico, que me vacuna contra el desánimo y el cansancio (“el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa”, decía San Juan de la Cruz) que amenaza el equilibrio necesario para realizar vivir con eficacia los quehaceres ordinarios y extraordinarios que cada día se me ofrecen. 

Todos queremos "alcanzar amor" , aunque propiamente el Amor no se alcanza -un amor alcanzado es un amor con minúsculas- sino que te alcanza. Antes de que nosotros lo alcancemos ya nos ha encontrado Él. Lo único que necesitas es abrirte al don que se da en ti, en el prójimo y en el mismo Dios.

* * * 

Como siempre me extiendo en el texto, pero espero no haber sido farragoso en lo que expongo. El mandamiento no es “tres” sino “uno” con tres dimensiones inseparables. La tentación es  conceptualizarlo, reducirlo, encerrarlo en esquemas. La vida no cabe en un bote de conservas. Dios tampoco; no se le puede encerrar en   teologías ni leyes. Las doctrinas y los dogmas no son Dios. El amor a Dios y al prójimo como a ti mismo es la esencia que sostiene toda la ley y los Profetas; sin una vida de amor palpable, sin amor, de nada sirve todo lo demás (cf 1 Cor 13). Este evangelio, su meditación, si no pasa por la vida sólo será un hobby, un adorno, un entretenimiento espiritual. ¿A qué esperas para amar? 


Para orar en este domingo 

-Busca el lugar adecuado y el tiempo oportuno. 

-Deja a un lado las preocupaciones y los proyectos que te embarguen en ese momento. 

-Respira. Siente la entrada del aire en tus pulmones y el balanceo a que da lugar en tu vientre. 

-Siente todo tu cuerpo: tu postura, volumen, temperatura, sensaciones corporales (parándote donde veas tensiones) 

* * *
-Ama a Dios. Evita pensamientos dejándolos pasar sin violentarte y procura centrarte en la pura sensación… Siente la energía que eres y paladéala como participación de Dios al que amas y deseas. Entre Dios y tu hay opuestos (sois dos), pero no hay oposición: te sientes uno con Él. … permanece en Él y apréciate a ti mismo como merecedor de esa presencia divina en ti. 

-Ama al próximo. Coloca frente a ti a las personas que tratas más ordinariamente y a las que amas… Sonríe contemplándolas… ¡Que el Señor os bendiga! … 

-Sin violencia, con dulzura, sin perder tu sonrisa, ora también por tus enemigos, por aquellos que por cualquier razón sabes que no te miran bien… “¡Que el Señor os bendiga” ¡Que las causas que nos separan desparezcan y lleguemos a amarnos! 

* * *
-Para terminar, haces sin prisas tres respiraciones profundas y vas saliendo de la meditación. 

-Aprovecha para tomar nota de las sensaciones vividas y las llamadas evocadas en el momento que has vivido.


TEXTO EVANGÉLICO
Mateo 22,34-40.

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» 

Él le dijo: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

                Palabra del señor.

Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Octubre 2020.

viernes, 16 de octubre de 2020

Terceras moradas (II) (14 Octubre)

Comentamos en el encuentro del miércoles pasado el capitulo dos de las Terceras Moradas de santa Teresa, capítulo que cierra el discurso ascético (ejercicios de nuestra voluntad) de las Moradas. A partir de la Cuarta Morada entraremos en otro nivel: el de la experiencia mística. Pero esto será más adelante. 

Soltar

Para entrar en las Terceras Moradas es preciso SOLTAR, es decir, desprenderse de todo lo que impide el avance en el camino espiritual. Lo decía Jesús a Pedro nada más marcharse el joven rico de su presencia: “Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna” (Mt 19,29). ¿Es que tengo que dejar a mis padres y hermanos? ¿Irme lejos de mi tierra? No leas este texto literalmente; de ser así algunos se sentirían justificado de no tener tener que cuidar a sus padres o de marcharse a otro sitio cuando le agobian las responsabilidades. 

Se trata simplemente de aligerar el equipaje trabajando los desapegos, es decir, liberando la adhesión de tu corazón a todas las realidades que no son Dios pero que ejercen como tales en tu vida. Dejar al padre y a la madre es dejar la dependencia infantil de credos, normas, costumbres, modos automáticos de vivir, etc. a los que te has acomodado, y que han cristalizado en el modo de vida “piloto automático” que llevas; tus hermanos son esas relaciones personales que te adulan y te hacen creer que eres alguien; tus hijos son tus logros, tus éxitos, en los que has puesto tu identidad; tu tierra es tu estrechez de miras, el miedo a ir más allá. Vives así una vida “concertada” pero insatisfecha. ¿No pasaba eso al joven rico? 

El joven rico que eres vive apegado a sus riquezas, a sus ideas que han ido fraguando un modo de vivir inadecuado esquivando todo aquello que pudiera incomodar la imagen de justo, puro y cumplidor que alimenta su ego. Todo muy correcto y legal, pero al mismo tiempo muy frío. Una vida así no puede sostenerse en alto mucho tiempo. Se asfixia. Hay que ponerle remedio. El  joven rico pareció encontrarlo en la persona de Jesús. “Todo lo hago bien ¿qué me falta para ser feliz?”. 

Jesús le responde. Para ser feliz sólo te falta una cosa, soltar todo aquello que hipoteca tu felicidad. Tu problema es que crees que ya has encontrado el camino de la felicidad, pero te equivocas; has buscado fuera lo que tienes dentro. Por tanto, vende, suelta, rompe el cordón umbilical que constantemente tiendes a las cosas de fuera. “Tenéis que nacer de nuevo” (Jn 3,7). 


Sequedades 

Las Terceras moradas te conducen hasta el punto de apremiarte a un nuevo nacimiento. Es un trabajo arduo sólo posible desde la fe desnuda. Hay que desmontar toda una serie de automatismos, de convicciones, de pesadas estructuras que han ido envolviendo el ligero edificio que es tu vida. Cuando procedes a la deconstrucción de tu ego la sensación es de que todo se te viene abajo. Entras en periodos de dudas, miedos, SEQUEDADES. Dios te está haciendo pasar por “LA PRUEBA DEL AMOR”, donde aprenderás que “no está la perfección en los gustos, sino en quien ama más, y el premio lo mesmo y en quien mejor obrare con justicia y verdad” (3M 2,10). Es el amor en la dimensión de la cruz, un impass en el que por momentos se experimenta esa sensación de vacío en el que ni las cosas de Dios ni las del mundo parece que pueden satisfacerte. Mirando atrás se ve lo dejado como insatisfactorio, y mirando hacia adelante todo se percibe como un oscuro silencio de Dios. Más que nube del no saber es nubarrón del no sentir. “¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46) 

En este estado de desierto mete Dios al alma a la espera del tiempo oportuno para hacerla volar. Estas sequedades son una buena cura de humildad, una lección práctica de que “sin Dios no puedo nada”, confesión que te llevará a otra: “sólo Dios basta”. “Se engañan aquí muchas almas que quieren volar antes que Dios les de alas” (V 31,18). En tiempos de sequedad, cuando se busca con ansiedad el agua que sacie la sed, hay que decirse: “espera en Dios, alma mía, que volverás a alabarlo” (Salmo 41). Importante la esperanza como virtud en estos momentos de desolación. Eso sí, esperanza que no se fije en una vuelta a consolaciones pasadas, y tampoco a expectativas imaginadas, sino más bien a presencia anhelada.
 

Practicar la humildad y la escucha

Para salir victorioso en la prueba del amor hay que empezar por una práctica adecuada. ¿Con qué armas contamos? La Santa habla de cultivar la virtud de la HUMILDAD. Cada vez que pretendes soltar algo de aquello a lo que estás apegado o apegada, o mejor, aquello que se ha pegado a ti, esas cosas con las que te identificas y sobre las que has montado la comedia de tu vida; digo, que en cada ocasión que sueltas algo que te ata y lastra, por el modo de encajar la novedad “os podéis muy bien probar y entender si estáis señoras de vuestras pasiones” (3 M 2,6). Y si aún no puedes soltar, o si por el hecho de soltarlo te duele la herida que provoca el corte o la renuncia, ejercítate en la humildad, es decir, en el reconocimiento de tu impotencia para dejarlo todo. Es hermosa la comparación que hace aquí la santa para entender esta virtud tan necesaria para crecer en el espíritu: “humildad, que es el ungüento de nuestras heridas; porque si la hay de veras, aunque tarde algún tiempo, verná el zurujano, que es Dios, a sanarnos” (3M 2,6). ¿Se puede decir de modo más sencillo algo tan hermoso? 

Como quiera que sea, dirá santa Teresa que "humildad es andar en verdad" (6M 10,7) y cuando la persona es humilde queda capacitada para, honestamente, saber si se está produciendo en su vida un cambio verdadero. Prueba de ello sería que su egoísmo fuera a menos y que su mirada compasiva y bondadosa hacia todos los seres fuera en aumento.  

Y junto a la humildad recomienda también la Santa la virtud de la OBEDIENCIA. La palabra viene de “ob-audire”, saber escuchar. Acudir a quien te pueda orientar para así evitar el autoengaño, trampa o artimaña en la que el ego es especialista. “Aunque no sean religiosos, sería gran cosa –como lo hacen muchas personas- tener a quien acudir, para no hacer en nada su voluntad (que es lo ordinario en que nos dañamos)” … acudir a alguien “con mucho desengaño de las cosas del mundo, que en gran manera aprovecha tratar con quien ya le conoce, para conocernos” (3M 2,12). O sea, te es muy conveniente tener un maestro o director de espíritu, que sepa por experiencia y pueda orientarte en este paso tan importante. 

En resumidas cuentas, en las terceras moradas, más allá de vivir en religión buscamos vivir en el espíritu. “No está el negocio en tener habito de relisión u no, sino en procurar las virtudes y rendir nuestra voluntad a la de Dios en todo y que el concierto de nuestra vida sea lo que su majestad ordenare de ella” (3M 2,6). 

Ni que decir tiene que entre las virtudes, las más espirituales son las teologales: fe, esperanza y caridad. A partir de las cuartas moradas no se entenderá nada sin ellas; porque se trata de entrar en fe (solo Dios basta), esperanza (solo en Dios espera mi alma) y amor (solo el amor de Dios me puede llenar de amor). 

Como dice el salmo: "aunque aumenten tus riquezas -entiéndanse también los bienes espirituales- , no les des el corazón" (Sal 61,11).


¡Atent@ a mí mism@! 

Una advertencia importante al hilo de la Tercera Morada. 

Como grupo, quienes solemos acudir asiduamente al encuentro quincenal o asistido a retiros, deberíamos pararnos a reconsiderar qué significa para nosotros meditar. 

El ego ya advertimos que es muy sutil, tanto que es capaz de engañar al mismo diablo. La meditación en sí misma no es el objetivo de nuestros encuentros, es solo un instrumento, una herramienta, un vehículo o como queráis llamarlo, para otro fin, que no es sino la iluminación, la conversión, la transformación en Cristo, el encuentro con Dios. Una meditación que sólo pretenda el objetivo egoísta (cosa del ego) de suavizar u ocultar mis sufrimientos, coleccionar sensaciones o presumir de espiritual, no ha hecho sino transformar la meditación en un apego más de tu colección. 

¿Por qué esta advertencia? Pues para tomar conciencia a partir de ahora, de que la meditación conduce a un encuentro que genera un cambio, y al mismo tiempo, los cambios ayudan a alcanzar el objetivo último de la meditación. Por eso a partir de ahora en cada encuentro llamaremos a la responsabilidad de cada uno para que se proponga analizar en su vida situaciones concretas que pueda evaluar a posteriori. 

¿Cómo practicar esta conciencia de mí mismo? No consiste en otra cosa sino en fijarme en las reacciones o sensaciones que me producen determinadas relaciones personales o acontecimientos que se cruzan conmigo a lo largo del día, tomar conciencia de cómo me siento física y anímicamente. 

Para hacer esto puede servirte programar en el móvil un toque o dos a determinada hora para darte cuenta de tu estado corporal y anímico. ¿Dónde estoy? ¿Cómo se encuentra mi cuerpo? ¿Qué sensaciones tengo? ¿Qué estoy haciendo? ¿Dónde estaba mi mente? Y también ayuda, al acabar la jornada, pararse a hacer examen de la jornada, con especial detenimiento en los momentos en que has sentido especial alegría o rechazo. ¿Qué me alegró o disgustó? ¿Cómo reaccioné? ¿Qué camino tomé: apartar, deleitarme, obsesionarme? ¿Por qué? 

Al hacer todo eso no te juzgues. Solo observa y constata. Todo para que tu vida no pase ante ti sin que te des cuenta. Y no me refiero a las vidas del mundo y de los demás que pasan ante ti, sino a la vida que vives desde tu interior. Ser consciente de que tu no eres lo que ves sino el ojo que ve. Darte cuenta es ya conocerte. Lo hemos dicho por boca de santa Teresa y en su lenguaje: por las situaciones en que Dios os pone la prueba el amor (pone ejemplos de pérdida de riqueza, problemas de salud, reveses de la vida, sequedad) "entenderéis si estáis bien desnudas de lo que dejasteis, porque cosillas se ofrecen en que os podéis muy bien probar y entender si estáis señoras de vuestras pasiones"  (3 M 2,6). Se trata de que cada día vayas conociéndote mejor desde una mirada a tu propio ser partiendo de fuera (lo que vives, lo que sucede en tu entorno y te afecta, lo que observas, cómo reaccionas) a adentro (lo que eres en tu yo real y cómo te engaña tu ego aparente). 

Solemos examinarnos a la luz de lo que vemos y creemos que somos. Cuando partes de sensaciones, experiencias y reacciones concretas puedes ver que no eres lo que piensas. Tú mismo te habrás sorprendió a veces de reacciones propias que no esperabas. Prestando atención, puedes conocerte mejor y crecer en amor a ti mismo (no confundir con egoísmo). Es duro, a veces reconocer como somos, pero sin ese reconocimiento no hay avance en al amor  al prójimo y a Dios. 

Este es solo un primer paso para abrirnos a algo nuevo. De momento abrámonos a la idea de que la meditación no es solo cuestión de media hora al día y un encuentro a la semana. Si no se imbrican vida y meditación, si consideras esta sólo como un hobby al que le dedicas un poco de tiempo diario o quincenal, estás en una onda que no es la que pretendemos. 

Hasta el próximo encuentro. Seguiremos profundizando en las Terceras Moradas.

Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Octubre 2020


viernes, 9 de octubre de 2020

Invitados a entrar al banquete (orar el domingo 11 de Octubre)


Un Rey invita a sus amigos a la boda de su hijo. Los invitados se niegan a asistir. Pero el rey insiste: “Tengo preparado el banquete… Venid a la boda”. Los invitados, ante la insistencia, se excusan alegando que tienen cosas más importantes que hacer; algunos incluso rechazan violentamente la invitación cargando contra los mensajeros.

* * *

Este domingo tú  estás entre las personas invitadas a las bodas del hijo del rey. El salón del banquete es tu propia interioridad. Eres llamado o llamada a entrar y celebrar las nupcias del hijo. ¿Con quién se casa? Con toda la humanidad; contigo.  La vocación del hombre es la de unirse (casarse) con Dios, y es en el Hijo por quien y en quien  se realiza esa “nueva alianza”; y tú estás entre los invitados a la boda.

Para participar de ese banquete de amor que ofrece el Padre has de dar un primer paso: dejar todos los negocios que te ocupan fuera y adentrarte en el silencio que te ayuda a vivir en advertencia amorosa a Dios. Ya sabes que, como ocurre en la parábola,  hay quien  siemprencuentra excusas para no entrar.  Son personas que viven tan volcados en la exterioridad que no perciben siquiera la riqueza que tienen dentro de sí. Algunos incluso  reaccionan violentamente cuando se le intenta convencer para que se adentren en el palacio del rey que es su alma. 

Con lo dicho tienes ya unos puntos de meditación, preguntarte a ti mismo cómo reaccionas cuando eres invitado a adentrarte en el misterio que  es Dios y que eres tú mismo. Desde la morada más interior el buen Pastor Jesucristo, con sus silbos amorosos, te llama a sentarte a la mesa y sellar con Él una alianza de amor. ¿Qué ideas, apegos externos o miedos pones de excusa para no entrar en oración y contemplación? ¿Por qué te violentas cuando piensas que deberías orar y te descubres poco dispuesto a ello? ¿Qué te lleva a rechazar la invitación de Dios? Revisa los obstáculos exteriores que te impiden el acceso a Dios. 

 * * *
No solo la atracción y seguridad que creemos hallar en el mundo exterior obstaculizan la participación en el banquete. Todos están invitados. Los que ponen el corazón en las riquezas y negocios exteriores no entran. Pero hay quienes no tienen esos apegos externos y también son llamados; buenos y malos somos llamados a participar de la mesa común. El  banquete del reino es universal, abierto. Dios no hace acepción de personas. 

“La sala del banquete se llenó de comensales”, gente pobre y agradecida. Pero alguno no lleva traje de fiesta. En esto del camino espiritual hay siempre quien se presenta desaliñado, sin las disposiciones interiores requeridas. Para venir a Dios no basta con dejar los apegos exteriores, que evidentemente nos descentran y distraen de lo esencial; también hace falta vestir el traje de las virtudes. Esto aconseja san Pablo a los invitados: “revestíos del hombre nuevo, … de sentimientos de compasión, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia; soportándoos mutuamente y perdonándoos… Y por encima de todo, revestíos del amor que es el vínculo de la perfección” (Col 10.12-14). Baste esta cita para entender qué significa tener o no tener el traje adecuado para la fiesta; se trata de crecer en las virtudes humanas procurando todo lo bueno (cf Rm 12,9-21), adornando el corazón con la prudencia, la justicia, la fortaleza, la templanza, (virtudes cardinales) y disponiéndolo a la unión por las virtudes que sólo Dios te puede dar: fe, esperanza y caridad (virtudes teologales). Se trata de acercarte al silencio de la oración poniendo no sólo los medios exteriores apropiados, sino también las disposiciones interiores que  faciliten el encuentro amoroso con Dios. 

No basta decir ¡Señor, Señor! También se ha de vivir según la voluntad de Dios, o al menos intentarlo (cf Mt 7,21-23). Cuando no pones empeño en vivir según la propia fe lo tienes difícil para ser un digno invitado al banquete. No te sorprendas si te invitan a levantarte de la mesa y salir; no deberías haber entrado sin antes haber revisado  tus relaciones con los hermanos (cf Mt 5,23-24).

* * * 

Aprovecha hoy la invitación del Padre al banquete de su Hijo. Es un banquete de amor abundante que sacia plenamente tu sed de Vida. Pon a un lado tus negocios, afloja tus resistencias y reticencias para entrar en tu palacio interior. Saborea los manjares que Dios te da a gustar, y si sólo hallas sequedad créeme, es el alimento que más te conviene hoy. Y no olvides que cada domingo, en la Eucaristía dominical, se celebra sacramental y solemnemente el banquete de bodas del Cordero, su alianza contigo, su pacto de amor; está ahí, en la comunidad y en el pan eucarístico,  esperando tu presencia. ¿Te vas a excusar?



Para orar este domingo 

Quede claro que cada domingo la oración por excelencia es la Eucaristía. El evangelio de hoy lo evidencia. La invitación de Dios, aunque particular, se realiza en comunidad, una comunidad donde  hay buenos y malos, o mejor: unos más buenos que otros. En el encuentro del domingo con aquellos que también caminan, aunque algunos no sean tan de mi agrado como me gustaría, puedo discernir si mi oración es una huida o una marcha hacia adelante. No te prives, pues, de asistir a la Misa y mirar las adhesiones y rechazos que encuentras al participar con otros en esa celebración. Mirarte ahí te ayudará a crecer espiritualmente por la aceptación de tus propios límites y el de los hermanos.

* * *
1. Comienza retirándote a un lugar que te facilite el silencio y la intimidad para orar. 

2. Sitúate ante Dios, relajado, consciente. Pare ello observa tu cuerpo y relaja las partes donde notes más tensión y suelta las esas tensiones, preocupaciones, pensamientos, que traes o que te sobrevienen. 

3. Tomando conciencia de tu cuerpo y todo tu ser aquí y ahora, escucha la voz de Dios, que desde lo más profundo de ti te invita a entrar y sentarte a su mesa con toda la humanidad. Déjate llevar por tu corazón y admírate; ¡Yo entre los invitados al banquete de la Nueva Alianza sellada por el amor de Jesucristo! 

4. Si lo piensas bien te sientes indigno; pero sabes que no es tu virtud la que te ha traído a la oración, sino que estás aquí por  fuerza y la atracción de Dios, por su gracia. … Pides perdón si tu vestido no es el más apropiado. 

5. La alianza es para todos. Jesús, preguntado por el Padre, si esá dispuesto a unirse a ti en la salud y en la enfermedad, en las penas y en las alegrías, en el sufrimiento y el gozo,  dice “sí quiero”. Él lo da todo por ti, ahora te toca a ti responder: ¿Estás en disposición de decir sí? … Sí quiero, … 

6. Quédate ahí, todo el tiempo que sea necesario, en silencio, mirándole, gustando el amor de Dios en Jesucristo… 

7. Termina rezando alguna oración vocal (padrenuestro, avemaría, magníficat,…), dando gracias a Dios por todo lo que recibes y llevando también a tu oración las inquietudes de todos los que comparten la vida contigo. 

8. Entrar en oración, entrar en casamiento con Cristo, es una aventura, un riesgo, pero merece la pena por todo lo que ganamos con ello. Como dice santa Teresa, “para pagarnos es tan mirado, que no hayáis miedo que un alzar de ojos con acordarnos de El deje sin premio” (Camino 23,3). 


EVANGELIO 
Mateo 22,1-14):

En aquel tiempo, de nuevo tomó Jesús la palabra y habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados a la boda, pero no quisieron ir. Volvió a mandar criados, encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas, y todo está a punto. Venid a la boda." Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios; los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta matarlos. 

El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados: "La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda." Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. 

Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: "Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?" El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros: "Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes." Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.

Casto Acedo. Octubre 2020

jueves, 8 de octubre de 2020

El joven Rico (comentario y oración)

 

El texto central que cita la Santa es el del Joven rico (Mt 19,16-22): 

“Se acercó uno a Jesús y le preguntó: «Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?». Jesús le contestó: «¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Él le preguntó: «¿Cuáles?». Jesús le contestó: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo». El joven le dijo: «Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?». Jesús le contestó: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme». Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico”. 

Este joven (adolescente) pertenece al grupo de las “almas concertadas” que dice santa Teresa “hay muchas en el mundo: son muy deseosas de no ofender a Su Majestad ni aun de los pecados veniales se guardan, y de hacer penitencia amigas, sus horas de recogimiento, gastan bien el tiempo, ejercítanse en obras de caridad con los prójimos, muy concertadas en su hablar y vestir y gobierno de casa, los que las tienen”. El joven cumple los mandamientos; lleva una vida religiosa muy bien organizada y cumplida, ni roba, ni mata, ni comete adulterio, ni ha desatendido a sus padres… Pero no debía estar muy contento. Por eso se acerca a Jesús; no sabemos si lo hace esperando una alabanza del Maestro o buscando de veras respuesta a una cierta insatisfacción. 

Las terceras moradas son cruciales para “las buenas personas”, para los “cristianos fieles y cumplidores”, pero que –no te engañes si eres uno de ellos- viven instalados en una rutina y un moralismo que sólo parece lucirles fuera, porque lo que es dentro, se sienten incompletos, faltos de alegría; viven, como dice el papa Francisco, en un “gris pragmatismo de la vida cotidiana de la Igle­sia en el cual aparentemente todo procede con normalidad, pero en realidad la fe se va desgas­tando y degenerando en mezquindad”, viven “ la psicología de la tumba, que poco a poco convierte a los cristianos en momias de museo. Desilusionados con la realidad, con la Iglesia o consigo mismos, viven la constante tentación de apegarse a una tristeza dulzona, sin esperanza, que se apodera del corazón como «el más pre­ciado de los elixires del demonio». Llamados a iluminar y a comunicar vida, finalmente se dejan cautivar por cosas que sólo generan oscuridad y cansancio interior” (Evangelii Gaudium, 83)

La persona religiosamente concertada no es mala persona, pero se está perdiendo la riqueza de la vida espiritual. Hay que despertarla, porque vive el sueño de una vida irreal, que se ha montado ella misma. Ella solita ha ido formándose una personalidad ficticia, ha puesto su vida en cosas que se ha ido fabricando adaptando su visión de la realidad a su gusto. 

Es común a todos el ir por la vida observando las cosas, las personas y los acontecimientos; y nuestra mente va juzgando, seleccionando y almacenando en el corazón. Nos vamos haciendo así una realidad social a nuestro gusto, donde no caben todos sino solo los que yo considero dignos de ser aceptados; una ideología política personal que confundimos con la verdadera y única capaz de salvar al mundo y que invalida todas las demás opciones; unos valores absolutos especiales, que excluyen a quienes no los comparten; una visión de las personas con las que nos relacionamos adaptada a mis preferencias de modo que no me creen problemas la relación con ellas … y una religión adaptada al propio ego, con creencias y prácticas de piedad que me dam la seguridad de que estoy haciendo bien las cosas y por ello alcanzaré la salvación eterna. Todo está “concertado”. No por mala fe sino por simple dejadez o ignorancia. 

Y, mira por donde, Jesús, al joven concertado, le viene a “desconcertar”. Porque la tarea de Jesús es la del “desconcierto”; a los considerados malos los sorprende por su acogida y a los buenos los descoloca con. ¿ Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno (Dios). Con esta primera apreciación le está diciendo al joven  que sin humildad no hay nada que hacer. Acto seguido Jesús hace que declare como bueno, o al menos eso cree él; “Todo eso lo he cumplido"

Seguramente no era ni tan malo como nosotros lo imaginamos ni tan bueno como se creía. Para que descubra que está viviendo una “fantasía”, que tiene puesta su seguridad (su vida) en un “yo superficial” (constructo mental ideado por su ego), le pone un reto que desenmascara la inconsistencia de sus creencias y seguridades: «Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres —así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme». El joven se fue triste, “desconcertado” diría yo, porque era muy rico. No superó la prueba del algodón. Su ideal chocó con la realidad. Y ya se sabe que cuando esto ocurre es la realidad la que siempre sale perdiendo. Se marchó triste, porque la realidad era que no estaba dispuesto a aceptar darlo todo por ganar a Dios. El primera mandamiento, "amarás a Dios sobre todas las cosas", no lo cumplía.

En realidad el joven era un pobre hombre, con “un yo profundo muy pobre”; toda su confianza la había puesto en su “yo ficticio o imaginado”, en su “ego”. Vivía instalado ahí, desde donde creía que controlaba (concertaba) todo, y se sentía seguro de sí. Pero no era feliz, porque la felicidad no está fuera sino dentro; no era feliz porque no era él; le habían expropiado la vida, aunque él no se daba cuenta. 

“¿Qué me falta?”. Y Jesús le da la respuesta. Le hace ver que más que faltarle nada, porque ya lo tenía, le sobraba mucho. Le vino a decir: “Mira, ya tienes un corazón maravilloso, me tienes dentro de ti, ese es tu tesoro. Pero para llegar a él debes cavar hondo, adentrarte en tu interioridad eliminando lo que te impide llegar a él. Por eso, vende tus bienes para quedarte con el único bien; es decir, comienza por darle largas a tus falsas perfecciones, a tus “mundos de yupi”, desmonta tus creencias absolutas, y comienza de cero, desde ese punto en el que tú y yo estábamos tan juntos que no te hacía falta nada. Véndelo todo y quédate conmigo. Juntos vamos a iniciar una desconcertante, loca,  aventura espiritual”.

“Vende tus bienes y da el dinero a los pobres”. En este punto, el lector contaminado de pensamiento crítico, me dirá que lo que Jesús pide es que suelte la moneda. Y es verdad, eso dice. Pero el joven “se fue triste, porque era muy rico”. La cuestión es que se fue triste porque había puesto su vida en sus bienes; se había montado una personalidad ficticia en torno a su status y poder económico. El primer paso para desprenderse de su dinero no está en darlo a los pobres sino en liberarse de él, porque era cautivo de su riqueza; vive aferrado a su  dinero, con el corazón  apegado e identificado con él. Si no hay desapego de las riquezas  no hay caridad posible. Por querer mucho se quedó sin nada; dice la santa en el n. 6: “No queráis tanto que os quedéis sin nada”, ¡qué hermosa paradoja para meditar!

* * *

En esta morada aprovecha para observarte desde fuera, mirarte con Cristo desde tu más profundo ser; desde el “pensador que eres”, desde el testigo privilegiado que es tu consciencia (tu yo profundo) contempla tus frágiles riquezas, es decir, esas seguridades en las que has puesto tu confianza: una vida concertada en lo personal, familiar, social y religioso. Todo muy ordenado, todo muy en su sitio, pero ¿eres feliz? Mírate sin temor, con cariño, sin juicios… ¿merece la pena vivir en la ficción de la apariencia de ser perfecto?

"Quisiera yo –escribió Teresa al recordar los años en que anduvo esclava de las cosas antes de entrar en la Tercera morada– saber figurar la cautividad que en estos tiempos traía mi alma, porque bien entendía que estaba cautiva, y no acababa de entender en qué... Deseaba vivir, que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte, y no había quien me diese vida, y no la podía yo tomar; y quien me la podía dar tenía razón de no socorrerme, pues tantas veces me había tornado a sí, y yo dejádole" (Vida 8, 11-12).

¡Deseaba vivir, que bien sabía que no vivía! ¿No te identificas con esta experiencia de la Santa? Si quieres pasar la Tercer morada, revisa qué es lo que te motiva a vivir, cuáles son tus seguridades, tu patrón de comportamiento: ¿tu yo profundo fijado en verdad (realidad) o tu yo superficial anclado en el puerto de las apariencias (sueños)? En estos presupuestos está la causa de la satisfacción insatisfacción, de la vida feliz o de la vida mediocremente entretenida.  ¿Qué tienes que “vender” para ganar la Vida? ¿Qué te está atando para volar? ¿Cuál o cuáles son las causas de tu insatisfacción vital, de tu vida agridulce, tibia? No eres mala persona, pero ¿qué te pasa que no encuentras la alegría que mereces?  

Al texto del Joven Rico le sigue una apreciación de Jesús: "Qué difícil es que un rico entre en el Reino de los cielos" (Mt 19,22). Se dice en el mismo evangelio de san Mateo que "nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero"  (Mt 6,24). Dos contrarios no caben en un mismo ser. Tus riquezas, tus seguridades, las falacias en las que se quiere sostener tu ego son incompatibles con la vida de tu yo profundo en Dios. La tercera morada pide que trabajes tu interioridad buscando a Dios, pero sabiendo que para eso debes comenzar por reconocer tus máscaras y despojarte de ellas. Es una tarea ardua y lenta que requiere una atención continua. 

Tus reacciones vitales ante las circunstancias de la vida, ante las personas que te rodean, ante los acontecimientos que te sobrevienen, te dan pistas acerca de qué es lo que realmente te importa. Mírate, pues, y ve poco a poco descubriendo los falsos dioses a los que rindes culto y que necesitas ir desmontando de tu vida (bienes materiales, ideas fijas, dogmas religiosos, costumbres...). Y no olvides que nada de eso es malo; sólo es nocivo para ti cuando te aferras a ello como si en eso te fuera la vida. Mírate, pues. 

Casto Acedo. paduamerida@gmail.com 7 Octubre 2020


PARA MEDITAR (by Mariví)

·  Busca un lugar apartado (una Iglesia, una habitación)

·  Santiguate como hacía santa Teresa. Con ello separas el tiempo que dedicas a la meditación del tiempo de otros quehaceres.

·    Haz un exámen de conciencia (repaso de tu vida, conocimiento de ti mism@)

·      Toma el texto de san Mateo 19,16-22: el joven rico.

·   Imagina a Jesucristo a tu lado. O mejor, imagina que te acercas a tu centro, donde está Jesucristo. Imagina que te pones a su lado.

⇨ Imagino el texto evangélico. Soy el joven que se acerca a Él buscando respuestas,  y Jesús me responde.

·   ⇨ Si algo me llama la atención me detengo. En silencio pienso qué tiene que ver eso con mi vida para que me haya llamado la atención.

·     Me recreo en las palabras divinas dedicando largo tiempo a la meditación. Le dedico más o menos tiempo según el que disponga y del amor que quiera recibir más adelante.

·      ⇨ Poco a poco me voy pareciendo a Él.

·        Cierro el evangelio.

·      ⇨ Me dejo mirar por Él.

·   Compagino momentos de silencio con momentos de diálogo amoroso. Le cuento las penas de mi corazón, “que Él las tiene en muy mucho”… (Esta es la base de la contemplación y la curación profunda del yo a través del encuentro con Cristo).

·      ⇨   No os pido mas que le miréis” … No hay que pensar, sólo nos miramos los dos… Él no te recrimina, no te asusta, … su mirada es amor.

·        ⇨ Como le quisiéreis le hallaréis”

·        ⇨ Vuelvo la mirada hacia mí: ¿cómo haré vida lo aprendido?


Mariví, Octubre 2020


Terceras moradas (I) 7 de Octubre

El último encuentro-meditación que tuvimos fue en torno a la Tercera morada de santa Teresa. Y más en concreto, el capitulo 1.

Ya sabéis que hemos entrado en el Castillo de la interioridad en la Primera morada, y ahí comenzamos un camino espiritual; tomamos aquí conciencia de lo que  somos: imagen de Dios, es decir, nuestra naturaleza original –que sigue siendo real en nosotros- es bondad, compasión, amor, generosidad, etc. es decir, todo lo que Dios es, porque somos imagen suya.. Nunca debemos de perder esto de vista. El recorrido que hacemos no es hacia afuera, sino hacia dentro de cada persona, para encontrar al Señor del castillo nos en el centro de nuestro ser: ahí nos habita el Espíritu, en la Séptima morada, lo más interior (Dios está en lo más interior de mí mismo, interior intimo meo, decía san Agustín). La puerta de entrada y acceso a las moradas del castillo es la oración. 

En la Segunda morada se nos advierte que hay que luchar en el castillo. Es esta una morada propiamente ascética. Para ir avanzando en la vida espiritual hay que vencer (cortar) todo lo que estorba. ¿Recordáis lo del pajarillo que está atado con un hilo de seda y no puede volar? Pues eso. Se pide que dejemos a un lado perezas (determinada determinación de seguir adelante en la oración), apegos a cosas exteriores, situaciones o relaciones que impiden o entorpecen  la vida espiritual, etc… 

¡Examínese cada cuál qué es lo que hasta ahora le ha ido dificultando su crecimiento espiritual! Para este examen es  muy importante el propio conocimiento. Dice la Santa que éste debe ser el pan con el que se guise todo lo referente a este camino; de lo contrario podemos caer en la trampa de engañarnos a nosotros mismos o ser engañados por el pensamiento o valores del ambiente.  

La tercera morada es para personas que ya han comenzado a vivir una cierta religiosidad. Personas buenas, que rezan, intentan vivir los mandamientos, hacen obras de caridad, y  han ido venciendo las dificultades propias de la segunda morada. Sin embargo, su vida no está aún satisfecha; la propia dinámica de su ser espiritual le pide algo más. Y Teresa, echando mano de sus recuerdos y de dos ejemplos bíblicos, va a poner en pie la esencia de la Tercera morada, que no la explico sino que remito, para la lectura del primer capítulo y comentario de Tomás Álvarez  en

http://teresadoctora.blogspot.com/2012/11/moradas-terceras-cap-1.html,

también al comentario de Catalina Sastre en

https://www.youtube.com/watch?v=F5xZ4WpiJeI&t=42s, y

https://www.youtube.com/watch?v=i4Mh_rIwfQc&t=133s.

De Catalina Sastre os mandaré el contenido en audio mp3.

En las moradas terceras cita la santa dos textos bíblicos esenciales. El salmo 111,1 y Mateo 19,16-22 (encuentro con el joven rico). Yo me limito a comentar el segundo texto bíblico de referencia: EL JÓVEN RICO. 

El primero habla en positivo de quienes entran en la Tercera Morada. Se trata del salmo 111,1 (http://www.franciscanos.org/oracion/salmo111.htm) : “Bienaventurado quien teme al Señor y ama de corazón sus mandatos” (Es bueno leer todo el salmo y aprovechar algún momento de silencio y oración). Quien vive el salmo 111 es “justo, clemente y compasivo”, está con Cristo.

Tenéis las terceras moradas explicadas en el libro que seguimos de Antonio Mass, Acercar el cielo, que resumió para todos Macarena.

Del pasaje de "El joven rico" tienes un comentario y oración en la siguiente entrada de este blog.

Casto Acedo. Paduamerida@gmail.com.


sábado, 3 de octubre de 2020

Orar la "muerte de dios" (Domingo 4 de Octubre)

"Los labradores al ver al hijo se dijeron: ´Este es el heredero: venid. Lo matamos y nos quedamos con su herencia´. Y agarrándolo lo sacaron fuera de la viña y lo mataron” (Mt 21,38). 

Siempre que escucho estas palabras de la parábola de los viñadores homicidas, me acuerdo de otra parábola más moderna, la de El Loco de Nietzsche pregonando que “Dios ha muerto”: 
“¿No habéis oído hablar de ese loco que encendió un farol en pleno día y corrió al mercado gritando sin cesar: “¡Busco a Dios!, ¡Busco a Dios!”. Como precisamente estaban allí reunidos muchos que no creían en dios, sus gritos provocaron enormes risotadas. ¿Es que se te ha perdido?, decía uno. ¿Se ha perdido como un niño pequeño?, decía otro. ¿O se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado? - así gritaban y reían alborozadamente. El loco saltó en medio de ellos y los traspasó con su mirada. “¿Que a dónde se ha ido Dios? -exclamó-, os lo voy a decir. Lo hemos matado: ¡vosotros y yo! Todos somos su asesino”.(Nietzsche, la gaya ciencia, 1892) 
Con estas palabras anunciaba Nietzsche la muerte de Dios. La búsqueda del loco, con un farol a pleno día ante unos espectadores que ya han perdido la fe, sólo encuentra en los oyentes una respuesta de mofa y burla; se ríen sorprendidos de que haya alguien que aún esté buscando a Dios. Es un loco. 

¡Dios ha muerto! podríamos decir este domingo, nosotros lo hemos matado. En su momento lo reducimos a un concepto, a una idea, a una teoría. Lo sacamos de la vida para hacer de él una doctrina y una norma. Y fabricamos así un dios que resultó un apaño. Ese dios duró el tiempo en que creíamos en un orden moral y en unos dogmas. Pero cuando la costumbre social cambió la moral y la fe en las verdades absolutas perdió fuerza, ese dios murió con ellas. 

Dios ha muerto. Tú y yo lo hemos matado al sacarlo de la intimidad de nuestro ser y nuestra iglesia, al desarraigarlo de la vida  y ponerlo en los estantes de la biblioteca, en los altares de los templos y en los discursos filosóficos. “Lo sacaron fuera de la viña y lo mataron”. ¿No te reconoces? Tú estabas entre los que perpetraron el crimen. No le dejaste entrar en tu  vida. Y ahora tú y tu mundo andáis sin rumbo, sin punto de referencia, sin consuelo...

¿Qué dice Dios a esto? Yo imagino a Dios (con mayúscula) alegrándose en la muerte de dios (con minúscula). Porque es conveniente y providencial que muera ese dios de la mente y los conceptos, de las normas y los ritos. Ese es el Dios del cual el filósofo dice que ha muerto; el dios del que ya no se hacen discursos, al que no se le reza. Este dios falso es bueno que muera porque solo es una idea, una norma y unos ritos con los que maquillamos las propias miserias. 

* * * 

Entonces ¿No hay Dios? ¿Debemos renunciar a toda esperanza? ¿Nos queda solo la nada? Seamos optimistas. “La piedra que desecharon los arquitectos, es ahora la piedra angular”. La muerte del falso dios pone en valor al verdadero. Comienza una nueva era, más espiritual y no menos religiosa si sabemos ahondar en la tradición evangélica. El nuevo edificio personal y eclesial que estamos llamados a construir tiene como piedra angular al Dios de la vida, es decir, el que está en el centro de la persona y de la historia, el verdadero Dios, que no es concepto sino acontecer, no es pensamiento sino experiencia. Los sabios y entendidos de este mundo rechazan a este Dios como rechazan todo lo que no son capaces de explicar y controlar; las personas sencillas lo conocen (Lc 10,31) No es un Dios para pensar sino para vivir. “No está la cosa en pensar mucho –dice santa Teresa- sino en amar mucho”. 

* * * 

Tal vez has llegado a dudar alguna vez de la existencia de Dios. No te preocupes, porque ese Dios del que dudas nunca ha existido. Es el ídolo que tu mente fabricó a fin de saciar la aspiración obsesiva de tu ego por querer controlarlo todo. Un dios que manejas no es Dios. Para conocer a Dios hay que dar muerte a todo control y seguridad: “para venir del todo al todo, has de negarte del todo en todo” (San Juan de la Cruz). 

Hay ateísmos, indiferentismos e idolatrías beligerantes que se jactan de haber matado a Dios. Pero los hechos siguen dando la razón al Dios de la vida.  A pesar de las oscuridades la luz sigue brillando, y la Vida se abre paso entre las más obscenas injusticias y calamidades. Es la paradoja de la Pascua: la cruz florida. Puede que muera el Dios que imaginamos, e incluso el que torpemente esperamos; pero el Dios de la vida, el que mantiene el ritmo de tu respiración, de la del mundo y la historia, sigue muy vivo. Tal vez la clave para verlo no está en buscarle sino dejar que sea Él quien te encuentre.


Para orar este domingo

· Comienza buscando el lugar y el momento oportuno. Relaja tu cuerpo. Siéntete libre en él. Para ello suelta todas las tensiones que te constriñen en este momento. Puedes ira aflojando tu cuerpo parte por parte. 

· Toma conciencia del lugar en el que te apoyas; tu peso, la gravedad que te atrae, el volumen… Y siente en tu piel el tacto de tu ropa, el suave viento que te acaricia, el hormigueo que sienes en la piel cuando te concentras en ella. 

· Pasa a observar tu respiración. Haz dos o tres inspiraciones y espiraciones profundas. Luego vuelve al ritmo normal de tu respirar. Deja que el aire entre y salga de los pulmones con naturalidad. No fuerces el ritmo. Detente ahí unos minutos, contemplando como la vida fluye con la respiración. 

· Si te vienen pensamientos déjalos pasar, sin enfadarte contigo mismo, sin alterarte, deja que se vayan como nubes que rozan la cima de una montaña,… tú, que eres la montaña, permaneces en paz y quietud, dejando ir los pensamientos… atento a tu respiración. 

· Baja ahora hacia tu pecho y tu vientre. Observa el balanceo del diafragma al respirar. 
* * * 
· Deja que te invada la Presencia de Dios. No le pongas rostro ni nombre. Deja caer las imágenes y las ideas que tienes de Dios. Simplemente siente que el Espíritu de Dios está presente y te envuelve. 

· Vacíate de todo, deja que todo tu espacio interior lo ocupe la Presencia divina. Dios contigo. Repite: “Dios conmigo”… 

· No imagines a Dios. Permanece en silencio, atento, en espera del Dios siempre nuevo . Déjate sorprender por su amor. 

* * * 

· Sal de la meditación profunda con dos o tres respiraciones hondas. Luego dedica unos minutos a alabar, agradecer o pedir. 

· Termina rezando el Padrenuestro con actitud humilde.



EVANGELIO
Mateo 21,33-43

En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje.

 Llegado el tiempo de la vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. 

Por último les mandó a su hijo, diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo." Pero los labradores, al ver al hijo, se dijeron: "Éste es el heredero, venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia." Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos labradores?» 

Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen los frutos a sus tiempos.» 

Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente?" Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos.»

paduamerida@gmail.com. Octubre 2020