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sábado, 24 de octubre de 2020

A vueltas con el amor (orar el domingo 25 de Octubre)


Dios es amor 

“Amar “ (amor activo, donación) y “ser amado” (amor pasivo, recepción). Cuando decimos que “Dios es amor” ¿qué decimos? ¿Qué es un ser de amor abstracto, realizado y cerrado en sí mismo? ¿O que es un ser abierto, expansivo? Si Dios es amor, ¿tuvo que crear el mundo para poder amar y así existir?, ¿es la creación una necesidad de Dios? ¿necesita Dios de mí para ser? 

Con respecto a las preguntas acerca del amor abstracto decir que tal amor no existe. El amor, como Dios, es misterio inefable, sólo su paso (pascua) por la vida prueba su existencia. San Juan de la Cruz, que de esto parece ser que entendía mucho, dirá que “el mirar de Dios es amar”, es decir, no es algo estático (amor) sino dinámico (amar), sólo saliendo de sí hacia el otro encuentra el amor su ser y su esencia. 

Entonces, ¿cómo entender que Dios es amor? ¿Hubo de crear el mundo para poder amar a algo o alguien? Dios no necesitó crear nada para amar; porque, desde antes de la creación Dios es amor en sí mismo, comunión de personas (Padre, Hijo y Espíritu Santo), una paradoja: tres personas en unidad, tres opuestos sin oposición, una diversidad en unidad,… misterio de comunión. Esto podemos y debemos intentar explicarlo con palabras, y el hecho de hacerlo no es un atrevimiento indecente; es la única forma que tenemos de comunicarnos unos a otros nuestra experiencia de Dios: plasmándolo todo en conceptos, reteniéndolo en el pensamiento,… pero conscientes de que eso no es Dios sino su explicación; porque Dios no es un concepto (amor) sino una realidad que acontece (amar). Yahvé, “yo soy el que fue-soy-seré” (Ex 3,14), y el que lo ha hecho todo con amor.

Puedes aprovechar para contemplar el perfecto círculo de amor que corre entre las tres personas divinas (para ello puedes servirte del magnífico icono de Los tres ángeles de A. Rublev), gozarte mirando a Dios en el Tabor o contemplar la luz que irradia la divinidad y dejarte envolver por ella. El texto está en Mt 17,1-9. 


El Tabor, el monte de las Bienaventuranzas y el Calvario

Pero ¿ya está todo? Eso pensaba Pedro: ¡“Que bien se está aquí, hagamos tres tiendas”! Estaba bajo los dulces efectos de un fenómeno mistico y no sabía lo que decía, apostilla el evangelio. Estaba gozando del amor de Dios, y es bonito sentirse amado, correspondido, apreciado, estimado. Pero Jesús no vino a subirte al Tabor; si lo hace es para que no pierdas el ánimo y la esperanza. En el Tabor Dios te hace ver que hay luz, una luz que Dios comparte contigo. En cierta manera tú eres Dios, participas de la divinidad ( Sal 82,6; Jn 10,34). ¿Recuerdas lo del castillo interior en cuya morada más profunda está Él? El amor a ti mismo ha de nacer de ahí; amarte en tu propio ser empapado en la divinidad, amar lo que eres originalmente, no amar tus máscaras, tus aspiraciones y posesiones terrenas, tus títulos y las consideraciones que el mundo pueda tener contigo. 

Aunque no es bueno dormirse en el Tabor, sí es conveniente subir, pero para bajar luego y pasar también por otros dos montes. Uno es el de las Bienaventuranzas, donde el amor se declara como felicidad para los que practican las virtudes del Reino y son capaces de gozar a pesar de la pobreza, la persecución, las lágrimas, el perdón, etc. que parecen querer hundirle  (Mt 5-7) ¡Hay que despojarse de muchas cosas para amar en “modo bienaventuranza”! En este monte se da el primer paso para com-padecer. Dejo de vivir para mí y comienzo a vivir hacia afuera, hacia todas las personas y hacia todo lo creado. Disfruto de Dios, de la creación y de los hermanos. Descubro que la dicha no está en atarme a las cosas del mundo sino en soltar: “Bienaventurados los pobres…” 

A partir de aquí estoy preparado para acceder al último monte: el Calvario, el éxtasis, la salida de mí mismo. Aquí el amor se hace donación, entrega, vacío de todo a favor de todos. Despojado, anihilado, sólo queda la esencia de mi ser, su chispa divina; sólo ese rayito de luz me sostiene; ya no hay odio, ni violencia, ni autosuficiencia alguna, porque me he vaciado de todo; sólo me queda el abandono en manos del Padre (fe) que como un hilo me conecta a la Vida. Entonces estoy preparado para darme del todo, para la unión, para alcanzar la meta de mi vida consumando en mí la Pascua. “Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Ahora amo a Dios en sí, y lo amo en el prójimo hasta el punto de morir por él y decir: “Perdónalos, porque, igual que yo hice antes, en mi ignorancia, no saben lo que hacen al rechazarte” (cf Lc 23,33). 


Para alcanzar amor 

¿Cómo llegar al amor? ¿Cómo alcanzar amor, diría san Ignacio de Loyola? ¿Hay un camino que comienza por el amor a Dios y luego desciende? ¿Se debe iniciar el amor por uno mismo para luego ascender? ¿Nos lanzaremos a la práctica de la misericordia para con el prójimo como punto de partida? Querer dividir y programar es un error. El amor no se programa, brota libremente cuando encuentra espacio. Es como un manantial o pozo oculto bajo muchos escombros y que a medida que se va limpiando lo que impide acceder al agua va dejando espacios que permiten desbordarse al manantial (cf Jn 7,37-38). Soltar ataduras es ya amar. 

Abrir mis ojos a las necesidades del prójimo (próximo), ir dando espacio al hermano en mi casa, ejercer mi voluntariado social, etc., es ya amarme y amar a Dios. Recordad a los bendecidos en la parábola del juicio final (Mt 25,31-46); habían dado de comer al hambriento, de beber al sediento, posada al peregrino… sin haberse percatado de estar haciéndolo a Dios. Tal vez no dedicaron mucho tiempo a la oración  explícita, pero el encuentro y unión con Dios en el amor se da ahí de manera excelente, sin ritos ni teorías. Es conveniente no olvidar esto los que andamos preocupados por caminos espirituales y métodos contemplativos. 

Sin olvidar la advertencia, dedicar un tiempo a la oración y formación espiritual es también amar a Dios, amarme y amar al prójimo. Porque conociéndome a la luz de Dios veo mejor mis limitaciones y posibilidades (humildad) y conecto mejor con el prójimo que reclama mi atención. Aprendo así a trabajar desde el amar auténtico, que me vacuna contra el desánimo y el cansancio (“el alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa”, decía San Juan de la Cruz) que amenaza el equilibrio necesario para realizar vivir con eficacia los quehaceres ordinarios y extraordinarios que cada día se me ofrecen. 

Todos queremos "alcanzar amor" , aunque propiamente el Amor no se alcanza -un amor alcanzado es un amor con minúsculas- sino que te alcanza. Antes de que nosotros lo alcancemos ya nos ha encontrado Él. Lo único que necesitas es abrirte al don que se da en ti, en el prójimo y en el mismo Dios.

* * * 

Como siempre me extiendo en el texto, pero espero no haber sido farragoso en lo que expongo. El mandamiento no es “tres” sino “uno” con tres dimensiones inseparables. La tentación es  conceptualizarlo, reducirlo, encerrarlo en esquemas. La vida no cabe en un bote de conservas. Dios tampoco; no se le puede encerrar en   teologías ni leyes. Las doctrinas y los dogmas no son Dios. El amor a Dios y al prójimo como a ti mismo es la esencia que sostiene toda la ley y los Profetas; sin una vida de amor palpable, sin amor, de nada sirve todo lo demás (cf 1 Cor 13). Este evangelio, su meditación, si no pasa por la vida sólo será un hobby, un adorno, un entretenimiento espiritual. ¿A qué esperas para amar? 


Para orar en este domingo 

-Busca el lugar adecuado y el tiempo oportuno. 

-Deja a un lado las preocupaciones y los proyectos que te embarguen en ese momento. 

-Respira. Siente la entrada del aire en tus pulmones y el balanceo a que da lugar en tu vientre. 

-Siente todo tu cuerpo: tu postura, volumen, temperatura, sensaciones corporales (parándote donde veas tensiones) 

* * *
-Ama a Dios. Evita pensamientos dejándolos pasar sin violentarte y procura centrarte en la pura sensación… Siente la energía que eres y paladéala como participación de Dios al que amas y deseas. Entre Dios y tu hay opuestos (sois dos), pero no hay oposición: te sientes uno con Él. … permanece en Él y apréciate a ti mismo como merecedor de esa presencia divina en ti. 

-Ama al próximo. Coloca frente a ti a las personas que tratas más ordinariamente y a las que amas… Sonríe contemplándolas… ¡Que el Señor os bendiga! … 

-Sin violencia, con dulzura, sin perder tu sonrisa, ora también por tus enemigos, por aquellos que por cualquier razón sabes que no te miran bien… “¡Que el Señor os bendiga” ¡Que las causas que nos separan desparezcan y lleguemos a amarnos! 

* * *
-Para terminar, haces sin prisas tres respiraciones profundas y vas saliendo de la meditación. 

-Aprovecha para tomar nota de las sensaciones vividas y las llamadas evocadas en el momento que has vivido.


TEXTO EVANGÉLICO
Mateo 22,34-40.

En aquel tiempo, los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, formaron grupo, y uno de ellos, que era experto en la Ley, le preguntó para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la Ley?» 

Él le dijo: «"Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser." Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Estos dos mandamientos sostienen la Ley entera y los profetas.»

                Palabra del señor.

Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Octubre 2020.

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