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domingo, 1 de noviembre de 2020

Orar en la solemnidad de Todos los Santos (1 de Noviembre)


“Místico es aquél que no puede dejar de caminar y que, con la certeza de lo que falta, sabe de cada lugar y de cada objeto que no es eso, que no se puede residir aquí ni contentarse con aquello”. (Michel de Certeau). 

La frase me sirve hoy de apoyo para definir qué es “ser santo”. Santo y Místico podemos decir que son términos que se identifican;  ambos tienen un motivo y una meta común: el Misterio. 

Nos han vendido la imagen de "santo” ligada a la de “perfección”; así, ser santo es vivir la perfección moral cristiana; pero desde esta visión tan legalista de la santidad me atrevería a decir que no hay santos. “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Jn 8,7). 

Entonces, ¿quién es santo? Pues santo es quien se aleja de una vida burguesa, quien no se deja atrapar por las cadenas del consumo, del orgullo, de la autosatisfacción,… del ego. El Santo no es un puritano, sino que sabe también de su debilidad, de su pecado. La santidad es un camino constante, una lucha de liberación frente a todo aquello que supone una rémora para el crecimiento espiritual. 

Recurriendo a la sentencia de M. de Certeau citada al principio “santo es aquel que no puede dejar de caminar”. No puede porque tiene  ante sí el atractivo de un Misterio inefable que siempre le lleva más allá. 

Para caminar, el santo necesita adentrarse en su propio ser, meditar. Lo primero que el santo procura es bucear en  su interior, conocerse en profundidad, descubrirse en la bondad y verdad de su ser auténtico, ... y también en la maldad y falsedad que a la que a veces se adhiere su ser; conociéndose da el santo el primer paso para salir de la ignorancia y la mentira. 

El camino que el santo hace hacia dentro se perfila a un tiempo como camino hacia fuera. A medida que se eliminan los obstáculos que impiden aceptarse y conocerse se van creando las condiciones para conocer y aceptar al Otro (Dios), a los otros (hermanos) y lo otro (naturaleza y mundo). Si la vida espiritual (santidad) es verdadera lo podemos saber por su expresión existencial (práctica de la misericordia). 

 Iluminados en su ser más profundo, los santos iluminan a otros con su ser y buen hacer, sin dar por concluida nunca su tarea, “porque sabe de cada lugar y de cada objeto que no es eso, que no se puede residir aquí ni contentarse con aquello”. Siempre hay un más allá por alcanzar. 

Resumiendo podríamos decir que santo es aquel que en el silencio interior busca la verdad, la bondad y la belleza, y halladas, espontáneamente las expande en amor generoso hacia todos y hacia todo. 


* * *
Por nuestra vida han pasado muchos santos. Sólo tienes que recordar a quienes han sido luz en tu vida espiritual. Ellos no fueron conscientes de su santidad, porque la humildad es una cualidad de santo, pero tú sí has podido ver en ellos la santidad de Jesucristo. 

Aprovecha hoy para contemplar, gozarte y celebrar a todos los santos, especialmente a los que ha puesto el Señor en tu camino. Muchos de ellos han pasado ya a disfrutar plenamente de la vida eterna del Padre, pero su historia, sus escritos y sus obras de misericordia siguen presentes para nosotros; da gloria a Dios por ellos. Otros siguen visibilizando entre nosotros el amor de Jesucristo, el Santísimo; pide por ellos para que sigan creciendo en gracia y sabiduría divinas. 


Para orar en la solemnidad 
de Todos los Santos

-Retírate, es decir, aparta de ti todo lo que pueda ser impedimento para estar a solas con el Señor: miedos, expectativas, agobios, alegrías desbordadas,…. 

-Relaja tu cuerpo destensando los músculos, permitiendo que vuelvan a su estado natural, sin tensiones ni violencias. 

-Repasa tu cuerpo parándote en las zonas que percibas más tensas. Luego toma conciencia global de todo tu cuerpo: peso, volumen, sensaciones de la pie, … estate ahí un buen rato. 

-Céntrate ahora en tu respiración notando como por tu nariz entra y sale el aire; más fresco a inspirar, más cálido al espirar… El aire es aliento de la vida, símbolo del Espíritu Santgo que va invadiendo todo tu ser … déjale entrar y estate en Él dejando ir en la espiración todo lo que estorba a tu paz interior. 

* * * 

-Puedes traer a tu memoria a cualquier santo importante para ti. Puede ser un santo de hace años o siglos y cuya vida o escritos te han servido de guía; o personas más o menos cercanas que consideras punto de referencia para tu vida interior. 

-Imagínate ahora en la “comunión de los santos”, porque la santidad es comunión, camino de comunidad, unión común. Tanto los santos del cielo (iglesia triunfante) como los que aún caminan en la tierra (iglesia peregrina) viven una existencia en comunión… Cierra los ojos y siéntete parte esa gran muchedumbre de personas que “han lavado y blanqueado sus vestidos en la sangre del cordero”

-Mira tu vida perdonada, reconciliada por el amor de Jesucristo en la Cruz. Oh paradoja: su sangre blanquea tu vida; su amor te redime de tus ignorancias y errores… Contempla a Jesús entrando en Jerusalén, entrando en tu vida, y canta: “Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del universo, llenos están el cielo y la tierra de tu gloria”… La santidad de Dios lo llena todo… Sumérgete en su luz. 

* * * 

-Termina tu meditación haciendo unas respiraciones profundas, y deseando no apartarte nunca de la santidad de Dios; desea ser un eterno descontento, un sediento de Dios, hasta que un día alcances la plenitud de la vida en Cristo. 

-Puedes anotar las llamadas que Dios te ha hecho en este momento de oración. Es bueno tener un diario y recordar para orientarte cuando la senda se vuelve incierta. 



TEXTO BÍBLICO 
Apocalipsis 7,2-4.9-14.

Yo, Juan, vi a otro Ángel que subía del Oriente y tenía el sello de Dios vivo; y gritó con fuerte voz a los cuatro Ángeles a quienes había encomendado causar daño a la tierra y al mar: «No causéis daño ni a la tierra ni al mar ni a los árboles, hasta que marquemos con el sello la frente de los siervos de nuestro Dios.» 

Y oí el número de los marcados con el sello: ciento cuarenta y cuatro mil sellados, de todas las tribus de los hijos de Israel. Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y el Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. 

Y gritan con fuerte voz: «La salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero.»

Y todos los Ángeles que estaban en pie alrededor del trono de los Ancianos y de los cuatro Vivientes, se postraron delante del trono, rostro en tierra, y adoraron a Dios diciendo: «Amén, alabanza, gloria, sabiduría, acción de gracias, honor, poder y fuerza, a nuestro Dios por los siglos de los siglos, amén.»

Uno de los Ancianos tomó la palabra y me dijo: «Esos que están vestidos con vestiduras blancas quiénes son y de dónde han venido?»
Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.»

Me respondió: «Esos son los que vienen de la gran tribulación; han lavado sus vestiduras y las han blanqueado con la Sangre del Cordero.»

                                                    Palabra de Dios.

Casto Acedo. Noviembre 2020

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