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martes, 3 de noviembre de 2020

Santa Teresa y el tema de la honra (II)


Va la segunda entrega acerca de la honra. En este caso, una reflexión  sobre la propia imagen, versión actual de la honra. Son ideas más o menos conectadas. 

Sé que vosotros también tenéis ideas, y enseñanzas. Este blog tiene pocos comentarios. Ya hablamos y preguntamos en los encuentros cuando nos dejan y da tiempo. Pero como ahora no nos estamos "reuniendo" sino que simplemente estamos "unidos" en la oración y meditación, me gustaría que pusieseis en el blog vuestro comentario. Lo podéis hacer anónimo o nominal. 

Se trata de enriquecer al grupo contando vuestra experiencia al respecto, ya sea a nivel de vida cotidiana o de experiencias en o con la meditación; o podéis simplemente contar como os va y qué os ayuda más a la perseverancia en la oración, etc,,, 

En fin, que, independientemente de que las responsables abran alguna vía de comunicación online haciendo uso de alguna plataforma en internet (se os avisará en su caso) podríamos poner por escrito nuestra aportación al tema para enriquecimiento de todos. Porque todos podemos aportar algo.


El tema de la honra hoy

No cabe duda de que, aún siendo un tema típico del siglo XVI, el tema de la honra ha prevalecido y sigue prevaleciendo en ciertos ambientes sociales. En España, al menos hasta hace no mucho, se ha seguido abusando del prestigio que da la pertenencia a tal o cual familia, y se ha sobrevalorado el tema de la honra sexual. Quedar marcados (no tanto los varones) por una “mancha” de tipo sexual suponía, y aún supone para algunos, una desconsideración y marginación social,  con repercusiones sobre todo en las familias más pobres, ya que las clases pudientes, con mejores o peores artes siempre se las apañaron para maquillar los hechos y lavar su imagen. 

Por otro lado, no hay que dejar de decir que las clases más humildes, han mantenido vivo el valor de la honra como patrimonio del que presumir frente a los que la manchaban con sus actos. La expresión "pobres pero honrados" ha ayudado a muchos a sostener su autoestima más allá de las posibilidades económicas, pero ha sido nefasta cuando se ha dirigido como dardo mortífero sobre quienes debido a su pobreza han sido más propensos a saltarse las normas morales de los "honrados".  


Patrones de comportamiento

Dejando a un lado las reflexiones sociales, y aprovechando el paso  por las terceras moradas, me gustaría que este tema nos sirviera para tomar conciencia de hasta qué punto estamos atados a la honra y nos cuesta soltarla. Para ello podemos trasponer el concepto de "honra" por el de “imagen social”; y que, a mi parecer, puede tener dos vertientes: la imagen que buscamos dar respondiendo al patrón de comportamientos propio de nuestro ambiente, y la imagen que queremos dar de nosotros mismos (el tema de la persona y el personaje). 

Con respecto al primero, conviene preguntarnos hasta qué punto estamos limitados en nuestra vida por la presión que supone vivir en una sociedad donde hay unas leyes no escritas, patrones de comportamiento heredados, que facilitan nuestra integración. Podemos decir que hay una genética social impregnada de una determinada escala de valores, y que la sociedad que los abraza no reconoce como suyos a quienes se salen de su marco de referencia.  Abandonar el rebaño tiene sus consecuencias, lo cual genera cierto miedo.

La repetición automática de patrones lleva al estancamiento, a un círculo vicioso en el que se quiere poner siempre el mismo remedio al estancamiento obteniendo siempre los mismos resultados. Hay que romper el círculo. Hay que despertar, sino se seguirá cayendo en el mismo error una y otra vez.

El miedo al rechazo del grupo, al “qué dirán”, sigue teniendo peso en nuestra vida. Al fin y al cabo somos españoles, más propensos a diluirnos en la masa que a ser originales. Mientras que en la cultura anglo-americana se propende más a ser “original”, es decir, a salirse de lo esperado, nosotros parece que nos afirmamos más en la seguridad del rebaño. Pesa sobre nosotros mucho la búsqueda de la propia satisfacción por la aprobación social; cuando se da nos vemos  confortados, y nos sentimos raros si rompemos el molde y nos mostramos “diferentes”. 

Nuestro patrón de comportamiento social consta de relatos, principios, ideas, creencias, modos de comportamiento automáticos, etc… Son elementos propios de nuestra cultura que son difíciles de  cambiar. Y no es que sean necesariamente malos, pero sí lo son cuando nos dejamos llevar por ellos por simple rutina o automatismo, sin conciencia de qué es lo que hacemos y cuál es la motivación por la que lo hacemos; es decir, el problema no está en los patrones sino en si la relación que mantenemos con ellos es de dependencia o de libertad. 

Para descubrir tu grado de libertad puedes preguntarte si, por ejemplo, tienes miedo a reconocer tu pertenencia social o familiar, a mostrarte como creyente o practicante; preguntarte si escondes que practicas meditación o no, o si cuando hablas con familiares y amigos te expresas diciendo lo que piensas o dices lo que esperan que digas. ¿No te has percatado alguna vez de que tus palabras y tus comportamientos no responden a lo que realmente crees y sientes? A menudo el miedo a quedarte solo te amedrenta e inhibe tu ser. 

Un buen trabajo-meditación es pararte, observar, tomar conciencia de hasta qué punto tus miedos a perder el amor de los otros, tus miedos a ser marginado, limitan tus palabras y acciones. Y en concreto, mírate en el campo de tu fe y tus decisiones personales a la hora de vivir el día a día, ¿eres tú o bailas al ritmo de la masa?
 

El personaje y la persona 

No sólo hay presión fuera. También se halla dentro. Todos somos personas, pero nos creamos un personaje, mejor diría un “personajillo”, una máscara, que vendemos al exterior. Nuestros pensamientos, emociones y acciones están tan ligadas al personaje que nos hemos fabricado, que llegan a ser la causa principal de nuestras aflicciones. Hasta en esto somos torpes. No me preocupa lo que soy realmente, sino que vivo obsesionado por salvar a toda costa algo que no soy. Y sufro por ello.

Nos hemos fabricado un “yo” (ego) a nuestro gusto. Nos expropiamos nuestra propia vida para ponerla al servicio de ese ridículo personaje. Llegamos a identificarnos tanto con él que la mayor parte de las energías se gastan en su cuidado. ¿Cuánto tiempo dedico a interiorizar mi vida, a descubrir mi interioridad, a ahondar en mi ser (reflexión, meditación) ? ¿Y cuánto tiempo a satisfacer las necesidades de mi personaje (belleza, gimnasio, distracciones, diversiones, adornos…). 

Somos esclavos de las apetencias y gustos de nuestro personaje hasta el punto de que, al identificarnos con él,  nos cuesta  conocer  lo que realmente somos y lo que nos conviene. No somos libres. Consideramos la libertad como un “hacer lo que me da la gana” (lo que te dice el personaje), cuando en realidad sólo soy libre cuando “hago lo que realmente quiero” (lo que beneficia a mi persona). 


Soltar patrones y soltar el personaje 

Puede que pasemos toda nuestra vida como eternos adolescentes, que se creen liberados de la tutela paterna y presumen de ello pero que en realidad sin la casa paterna no son nada y, finalmente, han de reconocer su brutal dependencia paterna. Mucho presumir de pasar de padres pero incapaces de vivir sin ellos. Y por otro lado, adolescentes idealistas que se fabrican su propio personaje que exhiben pavoneándose, pero que caen en el ridículo más espantoso cuando se ven obligados a sufrir la más mínima contrariedad. 

¿No te ha pasado nunca? Un buen día te quedas sin apoyos reales frente a un problema que tu creías que no te afectaría; el resultado es tan frustrante que ni siquiera te atreves a recordarlo o decirlo. 

¡Cuántos sufrimientos acarrea el servilismo del ego! ¿Recordáis a los de Emaús? Pensábamos que… pero todo era una fantasía. Y ahí están, decepcionados, de regreso, avergonzados de haber creído en algo inconsistente. 

Pues bien, ahí en tu decepción comienza la conversión al yo, a la persona. Ahí comienza el camino de la meditación. 

Al despertar, al ver cómo vives sometido al ambiente o al ego, estás dando el primer paso para acceder a otra dimensión, a una morada que ni siquiera has soñado antes que existiera. Estas tan acostumbrado a los automatismos de tu vida que a veces hace falta un desajuste en las rutinas para percibir claramente qué es en ti lo auténtico y qué lo impostado. Viene un problema importante, una decisión difícil, una pérdida que parece irreparable, y todos se desmorona. ¿Hay que deprimirse por ello? Muchos lo hacen. Otros despiertan y logran ver ahí la oportunidad para cambiar sus parámetros vitales. ¿Desde dónde me vivo? ¿Qué me ha llevado a hundirme ante el problema o acontecimiento? Si te adentras en la sabiduría divina, si te miras desde Dios y con Él desde tu personalidad más genuina, posiblemente descubras que el problema no es sino un fantasma, una ficción. Prueba de ello es que muchas personas viven tranquilamente sin todo eso que parece que has perdido. 

Piensa en todo lo que forma parte de tu vida: nivel social familiar, trabajo, familia, amistades, profesión, cargos, títulos, capacidades, religiosidad, etc. Todo eso no eres tú. Pero posiblemente tu personaje se ha apoderado de todos esos ropajes para subsistir. Es verdad que todo lo mencionado forma parte de tu vida, pero no es tu vida. Y aquí volvemos a lo dicho al hablar de “soltar las riquezas” en el último encuentro. 

Lo malo no son esas cosas que tienes sino la relación que estableces con ellas. Si mantienes una relación de dependencia de tu imagen de persona de buena familia, rica, amistosa, simpática, inteligente, bien colocada y pagada, etc… es que el personaje ha pasado a ocupar el lugar de tu persona; te ha ocultado tu identidad, incluso impide que accedas a ella. Pero puedes relacionarte con todo eso libremente, sin dependencias, cuando tu identidad deja de depender de ellas y las sometes a tu persona.

Cuando la propia imagen se pone como lo más importante podemos decir de ella lo que santa Teresa dice de la honra, que es “oruga que carcome”. Toda tu vida se pudre por cuidar tu no-vida, tu personaje, que por muy hermoso que lo presentes a ojos extraños, no deja de ser un sepulcro blanqueado por fuera, pero lleno de podredumbre por dentro. Estas asfixiando tu verdadero yo.  ¿Merece la pena vivir así?  Es de vital importancia liberarse de las falsas imágenes que uno mismo se construye desde la egolatría.

De la honra decía Teresa enfatizando que es “cadena que no hay lima que la quiebre”. Pero, con permiso de la santa, digo que sí hay quien la puede quebrar. De hecho la quebró en sí para ti y para mí. Me refiero a Jesucristo. Mirarlo en la pasión y en la cruz es mirar el triunfo de la persona sobre la apariencia. “Varón de dolores, como aquel ante quien se vuelve el rostro”… 


Desprenderte del personaje es doloroso; nos resistimos a ello; y si alguien pone al descubierto que todo lo que tenemos es fachada, lo más normal es que reaccionemos violentamente. Jesús sufrió la violencia de los  personajes. Y no porque en la cruz sufriera el derrumbe de sus propias máscaras; no. Jesús no tuvo máscaras. Lo que vemos en la cruz es la violencia con la que el personaje que hay en ti quiere ocultar a la persona, al hombre libre y auténtico. El señor de la mentira no va a dejar alegremente que emerja la verdad, le va la vida en ello. Por eso no es fácil despojarse del personaje-ego. Para ello hay que luchar. ¿Recuerdas la segunda morada? Y un modo muy adecuado de hacerlo es meditando, silenciando tu personaje, dejándolo a un lado, y despejando y conociendo la persona que hay en ti, para que sea ella y no otras cosas las que conduzcan tu vida. En esa tarea de despojo Jesús está contigo; él, que no alimentó el personaje, carga con el sufrimiento que te causa la ruptura con tu personaje y te redime. Jesús está contigo, en Él tienes motivo y ayuda. Pero no lo hará sin ti. 

El cambio de perspectiva de vivir desde el exterior (personaje) a vivir desde el interior (persona) no se da de golpe, requiere entrenamiento, práctica, crecimiento progresivo. Se trata de mirarte honestamente, reconocer tus máscaras, concienciarte de la relación que mantienes con ellas, irte despojando por la práctica de la virtud e ir ganando confianza en tu propio ser apoyado por la misericordia de Jesucristo.

* * *
La tercera morada es la morada de quienes sueltan el personaje para ahondar en la persona. Con ello están preparados para adentrarse en la cuarta morada, donde el poder para recoger (serenar, calmar) pensamiento, emociones y caprichos (recogimiento), facilitará que pongamos la atención en Aquel que nos puede llevar con su gracia a las siguientes moradas.

Casto Acedo. Noviembre 2020

1 comentario:

  1. Podría ser un pequeño comienzo,para desprenderse del personaje, de la máscara, hablar y contestar al que pregunta o discusióna o se burla :estoy en el camino, tengo muchas dudas, estoy intentándolo, aún no encuentro muchas respuestas, aunque muchas veces me siento Tan cerca de El,. Puede ser que la fe no sea un sentimiento?, yo a veces digo:porque no me duele el pecho, o me angustio cuando, creo que he desconectado con Dio, como cuando un hijo tardaen llamarte, puede ser la fe algo como abandonarnos en la oscuridad de el Eterno Dios, que tan ocultado está en nuestra naturaleza humana?

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