Un tema importante en la vida y los escritos de la Santa es el de la honra. Los que habéis asistido al curso sobre las moradas de santa Teresa ya sabéis de esto, pero para quien no se ha acercado al tema, lo resumo. Lo resumido es la parte primera de una segunda entrada que tratará sobre la actualidad del tema en nuestro tiempo, mirado desde la honra como "imagen personal y social".
Todo lo expuesto conducirá a un fin: entender la importancia de soltar el apego a todo lo que esclaviza e impide el creciento intetior. Sin la liberación de estos apegos nobes viable el paso de la tercera a la cuarta morada.
Lo expuesto en este primer tema son notas tomadas de AA. VV. Introducción a la lectura de santa Teresa.. Ed. de Espiritualidad. (Madrid, 1978) 53-88.
El tema de la honra en el siglo XVI
En los escritos de la santa aparece de forma más o menos explícita el tema de la honra. Tal vez es un tema al que hoy no le prestamos mucha atención en el sentido clásico, pero que era de vital importancia en el juego de relaciones sociales de su época.
La honra arraigó en el pueblo español a partir de la edad media, con los ideales caballerescos de valentía, lealtad y fidelidad, que fueron fundamentales a la hora de mantener el sistema feudal.
En el siglo de santa Teresa el tema de la honra cristaliza en dos aspectos fundamentales:
- El sexual, que abarca el decoro, la virginidad física “publica” en las solteras, la fidelidad de la casada. Esta honra recaía más como obligación en la mujer que en el hombre.
- El otro aspecto es el linaje, es decir, ausencia de sangre extraña (judíos, moros) en el árbol genealógico, antepasados sin tacha, ascendencia limpia de cristianos viejos, etc. Un aspecto éste con más impacto en los varones.
La pérdida de la honra sexual podía repararse con un matrimonio a tiempo o cualquier otro arreglo “decente” de la situación, pero la segunda no tenía posibilidad de reparación.
Lo trágico de la honra es que consiste en una fuerza social ajena a la voluntad de la persona. A los extranjeros les llamaba la atención el hecho de que en España estuviera tan arraigada esta “fuerza social” de la honra, algo que no depende de la elección personal, sino de que la sociedad, de que los otros, manifiesten su asentimiento en unánime plebiscito, generando así una sorprendente dependencia del “qué dirán”.
La reputación avasalló de tal forma el valor de las cualidades personales que llega casi hasta hacerlo desparecer. “Honra es aquello que consiste en otro, ningún hombre es honrado por sí mismo, que la honra está en otro y no en sí mismo”, (Lope de Vega. Las partidas). Contaba más el ser "hijo de tal linaje" que cualquier otra cosa que se hubiera alcanzado por méritos propios. Prueba de ello es que los santos canonizados en esta época hubieron de pasar por el filtro de la honra para llegar a los altares.
La honra es frágil, y como tal el tema fue vivido y explotado con holgura en la época. Cualquier envidia, celotipia o despecho podía producir la “muerte social” y el desplazamiento hacia el grupo de los marginados. En este sentido Santa Teresa, descendiente de judíos conversos, con un título de hidalguía comprado, formó parte del grupo más vulnerable en este campo; ahondar en sus escritos sin tener esto en cuenta sería un despropósito. La honra es uno de los elementos constantes y estructurales de sus escritos; y no ignora los peligros de su reputación si se ve desguarnecida. La santa logró superar las exigencias para acceder a los altares porque no se llegó a dudar de su origen judío.
Santa Teresa y la honra
El problema sexual aflora a edad temprana de Teresa. Su desliz de juventud con su primo lo valora ella como muy negativo “por la harta quiebra de mi honra y sospecha de mi padre” (Vida, 2,6), más que el estímulo sobrenatural, es la honra la que prima en sus valoraciones morales: “que en todo lo que hacía me traía atormentada (la honra)” (2,10).
Ya religiosa, confiesa que a pesar de su propensión a “las cosas de religión”, no estaba dispuesta a “sufrir ninguna que pareciese menosprecio”; la penuria del monasterio frenó entonces su entrega a Dios; se disipaba en las conversaciones del locutorios con señores principales necesarias para el sostenimiento del monasterio y con el peligro de amistades inconvenientes que podrían venir de ahí; pero se les decía que con las visitas de aquellos caballeros “no perdía honra, antes que la ganaba” (7,7). La conversión de Teresa, a los 40 años, determinaron el cambio radical en su visión de los estímulos sociales y la consiguiente percepción de la honra.
No resulta tan clara su evolución teresiana en la otra cara de la honra: el linaje. Cuando toca el tema de la falsedad de la honra en este campo lo hace con insinuaciones concretas, pero con medias palabras, con expresiones crípticas que ahorran esfuerzo para encontrar claridades. No sabemos desde cuándo, pero es indudable que ella conocía la nota trágica que “oscurecía” su origen y tradición familiar.
Teresa, hemos dicho, era nieta de Judíos. Su origen lo delatan detalles de bulto muy propios de familias venidas del judaísmo, como el hecho de que en un mundo donde el analfabetismo era mayoritario ella aprendió a leer de niña; leía novelas de caballería, sabía jugar al ajedrez; y en el devenir de sus fundaciones puso más fiabilidad y confianza en los comerciantes y mercaderes, muchos de origen judío, que en las familias con linaje limpio, a las que hubo de torear a su manera.
Siempre procuró Teresa huir del tema. Buscó ocultarlo, como se intuye en el hecho de que a los personajes que aparecen en sus escritos los define por su linaje y condición honrada, pero a sus progenitores los presenta simplemente como “virtuosos y temerosos de Dios” (Vida 1,1), o en la protesta cuando se entera de que su amado Gracián anda investigando su linaje. No hay duda de que en esto Teresa fue astuta. De haberse conocido su ascendencia judía hubiera encontrado inconvenientes invencibles para sus fundaciones. Es triste, pero hubiera sido así. Por eso no podemos en su “no salir del armario” un acto de cobardía o hipocresía.
No hay duda que Teresa vivió desdoblada entre el anhelo de integración en la sociedad en que le tocó vivir y la angustia del rechazo. Su rechazo de la idea de la honra, tan recurrente en sus escritos, no es una invitación al levantamiento colectivo contra tal criterio moral, pero sí que dejan ver a las claras el sentimiento íntimo de marginación que vivió por el peligro de verse “deshonrada” en una época en que el muro de la honra era difícil de derribar.
Perder el miedo, y trasponer la honra a Cristo
Teresa realiza una protesta viva contra los presupuestos sociales de su tiempo. Contrapone la seriedad que dan las autoridades de este mundo a su estatus, y las formas sociales que requieren los tratamientos en contraste con la relación tan natural que se tiene con Dios, que se compadece de las flaquezas de sus siervos (cf Vida, 37, 6).
La liberación de las convenciones basadas en el crédito humano del “qué dirán” explica la libertad con la que actúa la santa. Santa Teresa destroza la apoyatura de la honra con una de sus mejores armas: la ironía. “¿Qué es esto, mi padre? ¿Qué se ha hecho de la honra?” (obsérvese la maliciosa pregunta), dice al padre Antonio cuando visita la fundación del Carmelo masculino de Duruelo); y el padre Antonio, tan amante antes de ella, le responde: “Maldigo el tiempo que la tuve” (respuesta transmitida con verdadero placer por la narradora en el libro de las Fundaciones 14,6).
Teresa no tiene miedo a declarar la relación que se da entre el dinero y la honra. ¿De veras es tan importante la honra? ¿Más que el dinero? Llega a decir que “por maravilla hay honrado en el mundo si es pobre”; ella es consciente de que “acá no se hace cuenta de las personas para hacerlas honra, por mucho que merezcan, sino de las haciendas” (Camino 2,6, 22,4; cf también Cam E 20,1; Vida 20,27, etc). Bien sabía ella que su familia limpió su linaje pagando tadas al imperio. Siempre que puede lanza sus desprecios a lo que llama “puntos de honra”, “negra honra”, “oruga que carcome”, “cadena que no hay lima que la quiebre”… Se da cuenta de que en el camino de perfección la “negra honra” es un obstáculo difícil de superar (cf Vida 31,20-21; Camino E 12,7). A la opinión del mundo contrapone la única a tener en cuanta, la de Dios (cf Vida, 37,5-6).
El Camino de perfección está vertebrado sobre la liberación de la esclavitud a la que somete la honra del mundo, llegando a vivir en libertad; la reforma teresiana apunta a “perder mil honras por Vos” (Camino 3,7; 2,5-7). Hay que luchar contra las infiltraciones de la honra que el demonio inventa en los monasterios, dirá (cf Camino 36,4).
La santa troca en divinas las adherencias de la honra humana, así cuando en el matrimonio espiritual Dios le muestra las arras de un clavo, se expresa como cualquier caballero a su esposa: “mi honra es ya tuya”, le dice Cristo. (Cuentas de conciencia 25 (29)).
Casto Acedo. Noviembre 2020.


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