Buscar en este blog

jueves, 26 de noviembre de 2020

Atención plena


Todo sabemos qué es el “mindfullnes” o “atención plena”. De hecho, en el inicio de nuestro grupo y al principio de nuestras reuniones siempre hacemos un ejercicio de “atención plena”: prestar atención a la respiración, a los sonidos, al cuerpo, etc. Se trata de aquietarnos y situarnos en el presente, evitando los pensamientos y las consiguientes emociones que nos dispersan y nos hacen retornar al pasado o huir hacia un hipotético futuro. 

Ese ejercicio de atención nos prepara a la meditación-contemplación. Porque no hacemos silencio para relajarnos y olvidarnos de todo como fin último. No se trata de quedar la mente en blanco o el corazón en stanby. Nuestro silencio apunta a una preparación para un encuentro con lo más sagrado de la persona; en lenguaje teresiano: para ir al encuentro de la divinidad que nos habita. “No estáis huecas por dentro”, dice la Santa a sus hijas.

Ahora bien, aunque sea esa la finalidad principal de nuestros ejercicios de relajación y concentración, la “atención plena” tiene también una función muy importante: ayudar a ver claras las decisiones de nuestra voluntad. Haciendo mindfullness nos ejercitamos en el arte de vivir felices, despiertos, atentos al presente en cada momento del día. 

Aunque nos da la sensación de que vivimos despiertos la verdad es que no lo estamos tanto como creemos. La mayoría de nuestras reacciones ante los acontecimientos que se suceden en el día a día suelen pasar desapercibidas y responden a automatismos aprendidos. Así, por ejemplo, cuando alguien nos corrige o critica, automáticamente tendemos a responder a la defensiva, ya sea con agresividad física o verbal, o justificando de cualquier modo aquello que se nos reprocha. Esa reacción esconde algo que no vemos porque no prestamos atención; en ese caso suele ser el ego herido, que es el causante de nuestra actitud defensiva.  

O cuando alguien nos alaba, inmediatamente aceptamos la alabanza y felicitación sin pensar siquiera si responde o no a la realidad. Tal vez sea un halago engañoso, pero la aceptamos acríticamente por puro egoísmo sin caer en la cuenta de su falsedad. La publicidad se suele aprovechar de esta facilidad con la que admitimos los halagos para vendernos cualquier cosa. 

Nuestras reacciones automáticas suelen seguir siempre un patrón fijo: rechazamos lo que nos desagrada, aceptamos lo que nos agrada. Pero, si somos honrados con nosotros mismos, si prestamos atención, nos daremos cuenta de que con esta vara de medir lo que hacemos es autoengañarnos, y de este modo no se da en nosotros un auténtico crecimiento espiritual, cuya base ha de ser - recordad la tercera morada de la Santa- el propio conocimiento; vivir en la verdad, guste o no; o lo que es lo mismo: vivir en humildad.


Es una necesidad espiritual conocernos, “darnos cuenta”, saber cómo somos y cómo actuamos y por qué obramos de una manera y no de otra; para salir exitoso en el camino espiritual es importante conocer cuáles son los caminos a seguir y los que hay que evitar, tener ojo avizor para descubrir cómo tener una visión recta de las cosas, y detectar cómo nos engañamos y rehuimos contradecir a nuestro ego por miedo o desconfianza. 

* * * 

¿Por qué expongo todo esto? Por el motivo que comentamos un día en el encuentro de oración comunitario. Se decía allí que “es una perniciosa arrogancia resistirse tercamente a las personas que tienen derecho a cuestionarnos: pareja, jefe, profesor, amigo, supervisor, etc. No es bueno dudar de su cariño y ridiculizar sus esfuerzos”. 

Invitaba ese día a descubrir que las personas que nos rodean y aquellas que se cruzan en nuestra vida son maestros que necesitamos para andar el camino espiritual. Para ello hace falta mucha humildad, que no es sino andar “en verdad”, mirando de frente la realidad de nuestro ser y nuestros actos, aceptando que la mirada que otros tengan sobre mis actos pueden ser luces que me ayudan a crecer. Y no tengo derecho mi a despreciar ni a desaprovechar la oportunidad que me dan los toques de atención que me vienen de fuera para crecer como una persona espiritualmente bien desarrollada. Aprovechar las críticas recibidas es signo de honestidad y humildad.

Cuando alguna de esas personas cercanas me corrige en algo, o simplemente intenta aconsejarme, no debería reaccionar con un ¡qué me va a enseñar este o esta! Practicando la “atención plena” más allá de la media hora de silencio, debería prestar atención a esos momentos y tomar conciencia de la parte de verdad que seguro hay en lo que me dicen. Este ejercicio es especialmente bueno cuando la corrección me viene de personas que sé que me quieren, lo cual no significa que siempre tengan razón, pero nunca debería ignorar lo que pretenden enseñarme. Es importante, por tanto, detenerme a contemplar todo lo que me dicen o sugieren, aunque a veces lo hagan con cierto enfado. 

También es bueno pararme cuando vivo algún momento conflictivo puntual con alguien. Las reacciones suelen esconder verdades ocultas que por ignorancia o por miedo no vemos o nos negamos a ver.


¿Qué debería hacer cuando se activa en mí una respuesta agresiva ante un conflicto? ¡Pararme! Desactivar el automatismo de respuesta violenta y de desprecio al otro, vivir  el momento sin dejarme llevar por lo desagradable de la situación. Y serenarme. Es el único modo de no sembrar negatividad y dar pie a un retroceso espiritual. 

Para hacer ese ejercicio de atención que se pide necesitas un espíritu muy compasivo que mire las palabras o gestos agrios que se te dirigen como independientes de la persona que los hace o las pronuncia; si lo que han vertido sobre ti es violencia, no ames ni bendigas esa violencia, pero que eso no te impida amar a quien vive atado a esa violencia y la descarga sobre ti. No es un ser violento, sino una persona que sufre y se desahoga violentamente. Ignora que sólo será feliz sanando la herida de la que supura el insulto o la maledicencia. Ante personas que te agreden, toma conciencia, perdona y no pierdas tú también los papeles. 

* * *

Ahora bien ¿cómo se hace eso? Porque ya se nos ha dicho muchas veces que hagamos eso, y muchas veces lo intentamos, pero otras tantas no lo conseguimos. En verdad no es tan fácil decirlo como hacerlo. 

Aquí viene la propuesta que hacía el otro día en el grupo: dialogar acerca de situaciones vividas y comunicar ocasiones en que la meditación nos ha servido de apoyo para superar situaciones como las mencionadas. Hice mención a reunirnos (online) a compartir experiencias. Pero ahora pienso que antes deberíamos hacer ejercicios que vayan creando en cada uno actitudes espirituales sanas, automatismos positivos; educarnos en dar las respuestas adecuadas para un benéfico crecimiento interior. 

El cambio de patrones o automatismos negativos no se darán por el simple hecho de conocerlos, aunque ya es un primer paso. Pero podemos entrenarnos en conocerlos para ir poco a poco cambiando las respuestas. 


Propongo, por tanto, como inicio, que en los quince días que tenemos hasta el próximo encuentro practiquemos la “atención plena” en situaciones reales en que las personas cercanas nos corrijan en algo; o en pequeños conflictos de convivencia que solemos tener cada día en el ámbito familiar, laboral, relaciones de amistad o vida ciudadana normal. Se trata de tomar los casos que te surjan (si son muchos procura seleccionar dos o tres) y contemplarlos atentamente siguiendo estos pasos: 

1. ¿Qué ha sucedido? Tras un breve silencio interior trae al presente el acontecimiento vivido. Mira el hecho lo más objetivamente posible. De principio no juzgues ni te juzgues a ti mismo. Ámate y ama a quien provoca el hecho que vas a reflexionar-meditar.

2. ¿Cuál fue mi reacción? ¿Por qué? Busca la razón de fondo de tu respuesta. Si fue airada, ¿te pilló en mal momento? ¿malhumor? ¿te tocó el orgullo?, ¿miedo a aceptar algo? ... ¿Qué sentimientos tuviste? ¿desazón? ¿enfado? ¿rabia? ¿envidia? ... ¿dónde está la herida que ha hecho que te vengas abajo?... ¿Qué papel jugó en toldo ello mi "ego" o imagen que quiero tener y dar de mí mismo? 

3. Mirada ahora en la distancia, ¿me parece exagerada la reacción que tuve? Debo esforzarme por no dejarme llevar la próxima vez por mis automatismos de rechazo ante lo desagradable, y debo sanar lo que provocó mi reacción de rechazo o mi estado de aflicción. 

4. ¿Qué puedo hacer? Hay que actuar, no bastan los buenos deseos. Una respuesta valiente es aceptar y curar mi orgullo, y en este caso es muy bueno pedir perdón; perdonarte y perdonar. Siempre es bueno acercar posturas, perdonar; y luego, procurar un diálogo sereno entre los protagonistas del conflicto. Esto aclara malentendidos y sana heridas. 

5. Finalmente, hazte consciente de todo lo positivo que has aprendido con el conflicto -siempre se puede sacar algo positivo de lo que parece negativo- y toma interés por aprender a reaccionar más adecuadamente la próxima vez. Y esa otra vez, que llegará, aplica lo que has aprendido en la autoevaluación de la situación. 

Es el ejercicio que propongo para estos quince días: autoevaluarte.  No es, teóricamente, difícil. Pero necesita gran honestidad y una “determinada determinación" para ser practicado. Un buen momento es al finalizar el día. Y si tomas nota de lo aprendido y lo escribes, mejor. Así ayudas a fijarlo en tu mente y a crear el automatismo necesario para cuando se repitan hechos similares y espontáneamente te venga poner en práctica una reacción más acorde con tu talante y convencimiento espiritual. 

* * *

ORACION

Señor, 
dame el don de valorar, 
como piedra preciosa,
la virtud de la humildad.
Que aprenda a aprender de todos,
a ser discípulo de todos,
a amar por igual a todos.
Que camine como Tú,
y contemplándote a Ti
vea la luz y entienda 
que el que se ensalza es humillado 
y el que se humilla ensalzado.

Casto A. Noviembre 2020

No hay comentarios:

Publicar un comentario