Esta semana deberíamos haber tenido encuentro de meditación. Pero debido a ser la víspera de santa Eulalia lo retrasamos hasta el miércoles 16. No obstante, os adelanto el tema. Así lo podéis leer, y el próximo miércoles podemos dedicar más tiempo al silencio.
Soltar el perfeccionismo y la codicia
Muchas veces nos equivocamos, y es de sabios reconocer los propios errores y recomenzar. El error no es un fracaso sino una oportunidad; el fracaso no es caer sino quedarse en el suelo.
El primer grado de humildad, dijimos que es la conciencia de la presencia de Dios en la vida, en palabras de san Benito: “tener siempre presente el temor de Dios sin dejarlo en olvido”; el segundo la aceptación de la voluntad de Dios: “no ames tu propia voluntad ni satisfagas sus deseos”; el tercero nos invitaba a reconocer el valor de la experiencia de los que nos rodean y dejarse guiar, "que por amor a Dios el monje se someta al superior con total obediencia”, el cuarto grado pide perseverancia: “armarse interiormente de paciencia cuando, al obedecer, se le presenten situaciones difíciles e ingratas, incluso hirientes. Soportándolas no se canse ni desista”.
Ahora vamos a abordar los grados quinto y sexto, que invitan a reconocer las propias faltas: “no ocultar al abad en humilde confesión todos los malos pensamientos, ni el mal hecho a escondidas”, y a vivir con sencillez: “contentarse con lo despreciable y lo último”.
Respecto a estos grados quinto y sexto, podemos comenzar anotando que la humildad tiene mucho que ver con la aceptación de uno mismo, algo que no es fácil. Una cosa es reconocer la presencia de Dios y el valor ajeno, y otra muy distinta es aceptarnos en lo que somos, teniendo menos cosas de las que quisiéramos tener y renunciando a la imagen que, ante nuestros ojos y los de los demás, nos hemos ido forjando desde niños.
En estos grados san Benito desenmascara dos demonios: la tiranía de la perfección y el peligro de la codicia. Ambos demonios son hermanos, y alimentan el desasosiego quebrando la paz interior. Para el crecimiento espiritual se impone, pues, conocernos en estos grados y liberarnos del apego a la imagen social que vendemos (ego) y a la tiranía del consumo como valor supremo (codicia).
El culto a la propia imagen
Respecto al quinto grado, el culto a la imagen, o el perfeccionismo, hemos de decir que nos esclaviza porque nos aleja de la fuente de nuestra felicidad, que no está en lo que desde fuera vean y digan de ti los demás, sino en la visión que de ti mismo tienes dentro. Lo que me hace feliz no es lo exterior, sino la adecuada visión interior acerca de todo lo que me acontece y me rodea.
Al cultivar nuestra imagen exterior damos de lado a nuestras verdaderas necesidades y vivimos en constante tensión, ocupados y consumidos por el miedo a ser descubiertos, y sometidos a la terrible necesidad de controlar a los demás para conseguir su alabanza. Emergen aquí la competitividad, la envidia y los celos, generándose así unas luchas interiores que consumen nuestras energías y nos amargan la vida.
La regla de humildad de san Benito viene a decirnos, ya en el siglo VIII, algo que confirma ampliamente la psicología moderna: debemos dejar de llevar máscaras y no debemos pretender ser perfectos, aceptando nuestras debilidades y limitaciones.
Es importante “confesar”, sacar a la luz esa ciénaga de engaños, luchas e incertidumbres, en las que de algún modo se puede haber convertido tu vida. Situado ante alguien que te quiere -amigo o amiga, esposo o esposa, padre o madre, sacerdote, …- es bueno hacer una buena confesión, destaparte, desahogar tu propia interioridad, desprenderte de las falsas imágenes y empezar a ser quien verdaderamente eres. Este diálogo-confesión te ayudará a sacar lo mejor de ti una vez descargada la falsedad que tanta energía te robó.
La mayor tragedia de la vida consiste en negar la propia insuficiencia y no recurrir a otros cuando caemos. Nos destruimos cuando no confesamos el germen de codicia, ambición, ira y lujuria en el momento mismo en que está creciendo en nuestro corazón. Para ello es bueno recurrir a personas sabias que nos quieren y nos rodean. Sometiéndonos a la escucha de nuestros problemas entramos a fondo en ellos y buscamos salidas beneficiosas.
La humildad nos hace valientes. Una vez que admitimos lo que somos, ¿qué otra crítica puede rebajarnos, menoscabarnos o destruirnos? Cuando sabes lo que realmente eres mueren tus falsas ilusiones de grandeza y desaparece el ego fariseo que convive contigo.
Una vez que te deshaces de la carga que supone la perfección, puedes empezar a relajarte y vivir con las puertas abiertas al sol de la sinceridad; estarás en paz con el mundo. Ahora la única perfección que debes perseguir es la de una buena disposición a comenzar de nuevo, aprendiendo de tus imperfecciones.
El sexto grado, vivir con sencillez, fluye junto al quinto. El perfeccionismo y el cultivo de la imagen llevan consigo la sensación de que tenemos derecho a algo. Entonces nos convencemos de que sólo seremos felices si la vida nos premia con el éxito económico y social. A partir de aquí la posesión de títulos y bienes se convierte en una necesidad agobiante.
San Benito opone a todo esto su método de vida espiritual, que enseña que lo mejor es “contentarse con lo despreciable y lo último”, con lo cual nunca me volveré a sentir frustrado ni insultado. No tendré que sentirme avergonzado de mi casa, mi coche, mi ropa, mi barrio, mis servicios electrónicos, mi modelo de teléfono móvil, etc. Al saber y aceptar quién soy no tengo que aparentar ser de otra manera, ni ser otra persona. Me siento cómodo conmigo mismo, y si para mejor o peor hay cambios en las cosas exteriores, no tengo que cambiar con ellas ni sentirme insignificante en mi interior.
La humildad se vive tomando la vida en la mano tal como viene. No se obstina en ser más sino que es consciente de que el presente es lo que hay, y vive el ahora, aunque sin negarse a que el futuro pueda ser mejor. Vivir las aspiraciones a mejorar desde el realismo. La humildad nos hace capaces de ver que el presente contiene riquezas a nuestra disposición que no habíamos visto antes porque teníamos los ojos puestos más allá del momento actual. La felicidad está en aceptar lo que al presente tenemos, evitando envidiar a nadie por lo que tiene y no dejándonse atrapar por la ambición. Procurar lo necesario es una lucha, mejorarlo una aspiración, pero querer tenerlo todo corroe el alma.
Lo que necesitamos para ser felices en la vida es algo más que cosas. En lo material basta tener lo necesario para el cuidado del cuerpo a fin de que nuestro espíritu pueda desarrollarse en libertad. Por eso es bueno practicar el autocontrol en el consumo. ¿Por qué no tener cosas que nos es posible tener? Sencillamente porque no las necesitamos, porque nos sobrecargan y atan nuestra vida a aspectos inferiores: no hay tiempo de lectura cuando hay que cuidar una casa excesivamente grande, no hay tiempo para la familia mientras se atiende a una empresa que no deja de crecer, no hay tiempo para meditar cuando se tiene tanta preocupación por cuidar y conservar los bienes…
Además, está el aspecto social: la acumulación, el acaparamiento, el hiperconsumismo, son contrarios a la bondad cuando hay cada vez más pobres. La pobreza económica no es una virtud, pero sí lo es la austeridad y la sencillez en el uso de las riquezas que se poseen. La humildad consiste en hacer de ellas un uso debido, cuidado, generoso y de manos abiertas. El desafío es el de vivir proféticamente en un mundo que piensa únicamente en términos de conseguir más en lugar de en términos de tener lo suficiente. La humildad, la verdadera humildad, exige que poseamos únicamente para dar y que acumulemos únicamente para compartir.
Admitir quienes somos en verdad y aprender a conformarnos con lo que tenemos, han de ser consideradas como dos piedras angulares de la humildad. Nos dan paz en un mundo en plena confusión. Es importante tener en cuenta que nuestra felicidad o tristeza, nuestra dicha o desdicha, dependen en su mayor parte no de las circunstancias sino de la actitud con la que encaramos esas circunstancias.
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"El que se enaltece será humillado, el que se humilla será enaltecido" (Mt 23,12). La humildad es la clave para levantarse en la vida y enriquecer el alma. Hemos expuesto dos nuevos aspectos de esta virtud según san Benito: desmontar las imágenes falsas que ofreces a los demás y aprender a vivir con lo que tienes sin ambicionar bienes superfluos. Es bueno que en la tarea de autoconocimiento que te has propuesto no te dejes engañar. Aprende a ser quien eres, vacíate de títulos y pretensiones, reconoce tus imperfecciones, y aprende a vivir con lo esencial renunciando a los bienes superfluos.
C. A. Diciembre 2020.


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