Ser honrado con uno mismo.
Estar dispuesto a aprender de los demás.
Nota para que no nos perdamos: lo que estamos meditando en el grupo lo emmarcamos en la necesidad del propio conocimiento que santa Teresa pide ejercitar en la tercera morada para así crecer espiritualmente. Seguimos dando pasos en este conocimiento personal a partir de los grados de humildad de la regla de san Benito; lo hacemos ayudados por la obra de J. Chitistter, Doce pasos hacia la libertad interior. Aquí abordamos los grados séptimo y octavo: Ser honrado acerca de uno mismo y estar dispuesto a aprender de los demás.
No debemos olvidar que la humildad, tal como la entiende san Benito, es un proceso que aprendemos grado a grado y que abarca todas las facetas de la vida. Además, no hay que caer en la trampa de creer que se trata de adquirir unas habilidades sociales adaptables a lo que nos sale al paso en la vida; la humildad no es una técnica, una habilidad recurrente, sino un modo de verse a uno mismo y de ver el mundo.
Los seis primeros pasos son sencillos: ser conscientes de la presencia de Dios, aceptar su voluntad, vivir la obediencia, ser paciente, dejarse guiar por un buen director espiritual, y no ceder el lugar que debe ocupar Dios al dinero u otros bienes materiales. Los grados séptimo y octavo nos llevan aún más arriba, o mejor decir abajo. Nos enseña san Benito en ellos que la mera relación con Dios no basta; e incluso puede ser falsa y causa de una refinada soberbia. La humildad no es una genuflexión ante el sagrario, ni un golpe de pecho, ni una inclinación de cabeza ante el altar o el obispo; la humildad, lo hemos dicho, no es la práctica de unos cuidados gestos externos ejercida desde la mirada altiva de quien está más alto en la pirámide social.
Sé honrado contigo mismo
El séptimo grado es una verificación de los otros seis. Sólo se llega a él tras haber encontrado a Dios verdaderamente. Así lo expone san Benito: “El séptimo grado de humildad consiste en creerse el último y peor de todos, no sólo de palabra sino en lo más profundo de su corazón, humillándose y diciendo con el profeta: Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo (Sal 22,6). Me he ensalzado y he sido humillado y confundido (cf Lc 14,11). Y también: Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos (Sal 19,71)”.
Este grado es un obstáculo escandaloso para el mundo moderno, que se mueve bajo la guía de eslóganes tales como “sé el mejor”, “no te prives de nada”, “muestra a todos tu fuerte personalidad”, “no te arredres ante tus aspiraciones a subir”… Esto no congenia bien con el consejo del maestro benedictino: no sólo decir sino llegar a creer que realmente eres el más vil de todo, el más débil, "un gusano y no un hombre”. ¿No va esto contra el mito moderno de la autorrealización? Visto a la ligera parece que sí, pero contemplado atentamente podemos decir que este grado de humildad no es una barbaridad o una mala psicología.
Lo que se ofrece en este grado no es una perversión psicológica, sino lo mejor que la experiencia humana puede ofrecer. Nadie puede ser eternamente el mejor, ni tenerlo todo, ni seguirá adelante constantemente. El impío grial de la autorealización total es un espejismo, un sueño inalcanzable, una aspiración que sólo conduce a un árido desierto espiritual. Cuando tenemos que ser los mejores no podemos ser nosotros mismos.
En el séptimo grado de humildad san Benito te invita a dejar de engañarte acerca de ti, a aceptar lo que siempre has sabido: que te has engañado a ti mismo o a ti misma y que has tratado de engañar a los demás. Por mucho que hayas aparentado o creído aparentar ante ti mismo o ante los que te rodean, no dejas de ser tu propio yo débil, herido y atemorizado.
En este grado aprende a relajarte. Una vez que te conoces y dejas de fingir ser lo que no eres te liberas para aceptarte y aceptar a los demás. Ya no tienes que fingir. La energía que gastabas en ocultarte a ti mismo y ocultar a los demás tus carencias puedes canalizarla entonces de modo más positivo tratando amablemente a los demás, porque los sentirás más cercanos, más iguales, tan dignos de compasión como tú mismo o tu misma. El vecino alcohólico no será un paria sino un ser humano tan digno como tú; la pobre chica del rellano, a la que consideras un tanto ligera de cascos pasa a ser tu hermana cuando descubres que tú mismo no eres tan formal como aparentas; al compañero de trabajo, tan pelma él, lo miras de otro modo, porque terminas aceptando que también tú eres con frecuencia un incordio para los otros.
Llegar a este grado te ayudará a reconocer que también tú puedes perder el auto-control que crees tener sobre tu vida (¡lo tengo todo tan controlado!); y perder el control no es una tragedia; en la aceptación de tus fallos, al amarte en lo que eres, te abres a comprender y aceptar a los demás en lo que son. Y, como ya hemos dicho, tienes la ocasión de volverte más amable; y, curiosamente, v serás más amado por todos, porque los demás suelen amar más a quien es y se sabe débil que al engreído. Si lo miras con atención, reconocer tus caídas te hace sentir más humano, más cercano a la humanidad.
Cuando entras en tu interior, donde la necesidad de impresionar no enturbia el entendimiento, descubres el vestuario y el maquillaje, la distancia y la iluminación, que, de cara a la galería, pones en todo lo que haces. Ahí hay algo que la gente no llegará nunca a ver, tu propio yo. Y es ese yo el que debes aceptar tal como es. La sana conversión espiritual consiste en volverte a tu realidad personal más íntima, a tu yo. Ahí sabes que no eres la Virgen María, sino María Magdalena; sabes que no eres san Juan sino Judas. Ahí hay espacio para cambiar, para convertir tu vida.
Cuando vives engañándote a ti y a los demás, queriendo aparecer como criterio de perfección; cuando impones tus creencias y tu ley como norma social porque te crees en posesión de la verdad, ¿qué espacio dejas al avance espiritual? El séptimo grado de humildad te pide tener espacio de sobra para crecer; gracias a este grado puedes abrirte a nuevas posibilidades. Siempre hay alguien y algo nuevo que descubrir. La humildad de reconocerte como imperfecto y débil facilitará pasar al octavo grado: estar dispuesto a aprender de los demás.
Estar dispuesto a aprender de los demás
“El octavo grado de humildad –escribe san Benito- consiste en que el monje no haga más que lo que le proponen la regla común del monasterio y el ejemplo de los mayores”.
El octavo grado nos libera de perder el tiempo queriendo alcanzar la luna; nos proporciona, en línea con el tercer grado ya comentado en otro lugar, un respeto por los demás, una agudeza para admirar entusiasmados a los grandes espirituales en lugar de perdernos trazando torpemente nuestro propio camino con la soberbia convicción de que somos unos iluminados o iluminadas. Aquí se invita a permanecer abajo, en la corriente de la vida, para aprender lo que los demás han aprendido antes que nosotros. Ser discípulo o discípula. El discipulado presupone la humildad de reconocer la propia ignorancia preguntando y aprendiendo de los maestros; vinculados a ellos, y sobre todo al Maestro Jesús, no cometemos el error de ser nuestro propio guía ciego (cf Mt 15,14).
La humildad es aquí cemento de relaciones. En este grado descubres la importancia de la amistad, el comienzo de la fe, que no puede crecer en solitario sino en comunidad. No puedes caminar en solitario. Tus amigos, tu grupo de oración y estudio, y la comunidad toda, tienen mucho que ensañarte; para ello solo necesitas respeto por la experiencia ajena y confianza en otras personas. A esto te faculta la humildad; la conciencia de tu limitación te abre la puerta a recibir con agradecimiento ejemplos y lecciones de Dios y de los demás.
* * *
Aprende, pues, que la verdadera humildad no es una virtud para presumir de santidad, para que te adoren; y menos aún para adorarte a ti mismo o a ti misma. Esto sería muy dañino; porque el auto-culto es siempre principio de crueldad ya que acabarás queriendo someter a los otros bajo la tiranía de tus propios criterios. Por este motivo alcanzar este grado de humildad, es trabajar por la paz. Primero la paz interior que ganas al aceptarte en tu realidad y no tener que violentarte fingiendo lo que no eres; y también estás trabajando por la paz del mundo, porque quien conoce y acepta su pequeñez no se vuelve contra nada y contra nadie sino a favor de todo y de todos. La aceptación del propio ser en humildad es fuente de compasión y paz.
Casto Acedo. Diciembre 2020. paduamerida@gmail.com



No hay comentarios:
Publicar un comentario