Buscar en este blog

jueves, 26 de noviembre de 2020

Atención plena


Todo sabemos qué es el “mindfullnes” o “atención plena”. De hecho, en el inicio de nuestro grupo y al principio de nuestras reuniones siempre hacemos un ejercicio de “atención plena”: prestar atención a la respiración, a los sonidos, al cuerpo, etc. Se trata de aquietarnos y situarnos en el presente, evitando los pensamientos y las consiguientes emociones que nos dispersan y nos hacen retornar al pasado o huir hacia un hipotético futuro. 

Ese ejercicio de atención nos prepara a la meditación-contemplación. Porque no hacemos silencio para relajarnos y olvidarnos de todo como fin último. No se trata de quedar la mente en blanco o el corazón en stanby. Nuestro silencio apunta a una preparación para un encuentro con lo más sagrado de la persona; en lenguaje teresiano: para ir al encuentro de la divinidad que nos habita. “No estáis huecas por dentro”, dice la Santa a sus hijas.

Ahora bien, aunque sea esa la finalidad principal de nuestros ejercicios de relajación y concentración, la “atención plena” tiene también una función muy importante: ayudar a ver claras las decisiones de nuestra voluntad. Haciendo mindfullness nos ejercitamos en el arte de vivir felices, despiertos, atentos al presente en cada momento del día. 

Aunque nos da la sensación de que vivimos despiertos la verdad es que no lo estamos tanto como creemos. La mayoría de nuestras reacciones ante los acontecimientos que se suceden en el día a día suelen pasar desapercibidas y responden a automatismos aprendidos. Así, por ejemplo, cuando alguien nos corrige o critica, automáticamente tendemos a responder a la defensiva, ya sea con agresividad física o verbal, o justificando de cualquier modo aquello que se nos reprocha. Esa reacción esconde algo que no vemos porque no prestamos atención; en ese caso suele ser el ego herido, que es el causante de nuestra actitud defensiva.  

O cuando alguien nos alaba, inmediatamente aceptamos la alabanza y felicitación sin pensar siquiera si responde o no a la realidad. Tal vez sea un halago engañoso, pero la aceptamos acríticamente por puro egoísmo sin caer en la cuenta de su falsedad. La publicidad se suele aprovechar de esta facilidad con la que admitimos los halagos para vendernos cualquier cosa. 

Nuestras reacciones automáticas suelen seguir siempre un patrón fijo: rechazamos lo que nos desagrada, aceptamos lo que nos agrada. Pero, si somos honrados con nosotros mismos, si prestamos atención, nos daremos cuenta de que con esta vara de medir lo que hacemos es autoengañarnos, y de este modo no se da en nosotros un auténtico crecimiento espiritual, cuya base ha de ser - recordad la tercera morada de la Santa- el propio conocimiento; vivir en la verdad, guste o no; o lo que es lo mismo: vivir en humildad.


Es una necesidad espiritual conocernos, “darnos cuenta”, saber cómo somos y cómo actuamos y por qué obramos de una manera y no de otra; para salir exitoso en el camino espiritual es importante conocer cuáles son los caminos a seguir y los que hay que evitar, tener ojo avizor para descubrir cómo tener una visión recta de las cosas, y detectar cómo nos engañamos y rehuimos contradecir a nuestro ego por miedo o desconfianza. 

* * * 

¿Por qué expongo todo esto? Por el motivo que comentamos un día en el encuentro de oración comunitario. Se decía allí que “es una perniciosa arrogancia resistirse tercamente a las personas que tienen derecho a cuestionarnos: pareja, jefe, profesor, amigo, supervisor, etc. No es bueno dudar de su cariño y ridiculizar sus esfuerzos”. 

Invitaba ese día a descubrir que las personas que nos rodean y aquellas que se cruzan en nuestra vida son maestros que necesitamos para andar el camino espiritual. Para ello hace falta mucha humildad, que no es sino andar “en verdad”, mirando de frente la realidad de nuestro ser y nuestros actos, aceptando que la mirada que otros tengan sobre mis actos pueden ser luces que me ayudan a crecer. Y no tengo derecho mi a despreciar ni a desaprovechar la oportunidad que me dan los toques de atención que me vienen de fuera para crecer como una persona espiritualmente bien desarrollada. Aprovechar las críticas recibidas es signo de honestidad y humildad.

Cuando alguna de esas personas cercanas me corrige en algo, o simplemente intenta aconsejarme, no debería reaccionar con un ¡qué me va a enseñar este o esta! Practicando la “atención plena” más allá de la media hora de silencio, debería prestar atención a esos momentos y tomar conciencia de la parte de verdad que seguro hay en lo que me dicen. Este ejercicio es especialmente bueno cuando la corrección me viene de personas que sé que me quieren, lo cual no significa que siempre tengan razón, pero nunca debería ignorar lo que pretenden enseñarme. Es importante, por tanto, detenerme a contemplar todo lo que me dicen o sugieren, aunque a veces lo hagan con cierto enfado. 

También es bueno pararme cuando vivo algún momento conflictivo puntual con alguien. Las reacciones suelen esconder verdades ocultas que por ignorancia o por miedo no vemos o nos negamos a ver.


¿Qué debería hacer cuando se activa en mí una respuesta agresiva ante un conflicto? ¡Pararme! Desactivar el automatismo de respuesta violenta y de desprecio al otro, vivir  el momento sin dejarme llevar por lo desagradable de la situación. Y serenarme. Es el único modo de no sembrar negatividad y dar pie a un retroceso espiritual. 

Para hacer ese ejercicio de atención que se pide necesitas un espíritu muy compasivo que mire las palabras o gestos agrios que se te dirigen como independientes de la persona que los hace o las pronuncia; si lo que han vertido sobre ti es violencia, no ames ni bendigas esa violencia, pero que eso no te impida amar a quien vive atado a esa violencia y la descarga sobre ti. No es un ser violento, sino una persona que sufre y se desahoga violentamente. Ignora que sólo será feliz sanando la herida de la que supura el insulto o la maledicencia. Ante personas que te agreden, toma conciencia, perdona y no pierdas tú también los papeles. 

* * *

Ahora bien ¿cómo se hace eso? Porque ya se nos ha dicho muchas veces que hagamos eso, y muchas veces lo intentamos, pero otras tantas no lo conseguimos. En verdad no es tan fácil decirlo como hacerlo. 

Aquí viene la propuesta que hacía el otro día en el grupo: dialogar acerca de situaciones vividas y comunicar ocasiones en que la meditación nos ha servido de apoyo para superar situaciones como las mencionadas. Hice mención a reunirnos (online) a compartir experiencias. Pero ahora pienso que antes deberíamos hacer ejercicios que vayan creando en cada uno actitudes espirituales sanas, automatismos positivos; educarnos en dar las respuestas adecuadas para un benéfico crecimiento interior. 

El cambio de patrones o automatismos negativos no se darán por el simple hecho de conocerlos, aunque ya es un primer paso. Pero podemos entrenarnos en conocerlos para ir poco a poco cambiando las respuestas. 


Propongo, por tanto, como inicio, que en los quince días que tenemos hasta el próximo encuentro practiquemos la “atención plena” en situaciones reales en que las personas cercanas nos corrijan en algo; o en pequeños conflictos de convivencia que solemos tener cada día en el ámbito familiar, laboral, relaciones de amistad o vida ciudadana normal. Se trata de tomar los casos que te surjan (si son muchos procura seleccionar dos o tres) y contemplarlos atentamente siguiendo estos pasos: 

1. ¿Qué ha sucedido? Tras un breve silencio interior trae al presente el acontecimiento vivido. Mira el hecho lo más objetivamente posible. De principio no juzgues ni te juzgues a ti mismo. Ámate y ama a quien provoca el hecho que vas a reflexionar-meditar.

2. ¿Cuál fue mi reacción? ¿Por qué? Busca la razón de fondo de tu respuesta. Si fue airada, ¿te pilló en mal momento? ¿malhumor? ¿te tocó el orgullo?, ¿miedo a aceptar algo? ... ¿Qué sentimientos tuviste? ¿desazón? ¿enfado? ¿rabia? ¿envidia? ... ¿dónde está la herida que ha hecho que te vengas abajo?... ¿Qué papel jugó en toldo ello mi "ego" o imagen que quiero tener y dar de mí mismo? 

3. Mirada ahora en la distancia, ¿me parece exagerada la reacción que tuve? Debo esforzarme por no dejarme llevar la próxima vez por mis automatismos de rechazo ante lo desagradable, y debo sanar lo que provocó mi reacción de rechazo o mi estado de aflicción. 

4. ¿Qué puedo hacer? Hay que actuar, no bastan los buenos deseos. Una respuesta valiente es aceptar y curar mi orgullo, y en este caso es muy bueno pedir perdón; perdonarte y perdonar. Siempre es bueno acercar posturas, perdonar; y luego, procurar un diálogo sereno entre los protagonistas del conflicto. Esto aclara malentendidos y sana heridas. 

5. Finalmente, hazte consciente de todo lo positivo que has aprendido con el conflicto -siempre se puede sacar algo positivo de lo que parece negativo- y toma interés por aprender a reaccionar más adecuadamente la próxima vez. Y esa otra vez, que llegará, aplica lo que has aprendido en la autoevaluación de la situación. 

Es el ejercicio que propongo para estos quince días: autoevaluarte.  No es, teóricamente, difícil. Pero necesita gran honestidad y una “determinada determinación" para ser practicado. Un buen momento es al finalizar el día. Y si tomas nota de lo aprendido y lo escribes, mejor. Así ayudas a fijarlo en tu mente y a crear el automatismo necesario para cuando se repitan hechos similares y espontáneamente te venga poner en práctica una reacción más acorde con tu talante y convencimiento espiritual. 

* * *

ORACION

Señor, 
dame el don de valorar, 
como piedra preciosa,
la virtud de la humildad.
Que aprenda a aprender de todos,
a ser discípulo de todos,
a amar por igual a todos.
Que camine como Tú,
y contemplándote a Ti
vea la luz y entienda 
que el que se ensalza es humillado 
y el que se humilla ensalzado.

Casto A. Noviembre 2020

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Meditación en la humildad (2)


Meditación en la humildad (2)

ACEPTAR UNA DIRECCIÓN ESPIRITUAL 
Y PERSEVERAR. 

Para crecer en humildad, dijimos:

Presencia de Dios (el más allá de todo, el más grande y el más humilde, el que es y el que no es…) La humildad es un don de Dios, dom que no niega a quien sinceramente se lo pide…

2º Aceptar la voluntad de Dios: aceptar tal como son las cosas que no puedo cambiar –están en la voluntad de Dios- : aceptar mi cuerpo, mi situación personal, mi entorno, mis sentimientos, mis circunstancias… Todo lo que me parece debilidad, flaqueza, imperfección, es una oportunidad para crecer en humildad… Basta abrirse a aceptarlas ante Dios para empezar un camino espiritual donde la aceptación estará en la base.

El humilde reconoce la presencia (realidad, estar aquí y ahora) de Dios y se acepta a sí mismo contemplándose desde su mirada. Son los dos primeros pasos hacia la humildad de san Benito. 

Y sigue. Nosotros vamos a hablar hoy de dirección y perseverancia. Si en los primeros grados de humildad, al situarnos ante Dios y el mundo,  aprendemos  nuestro lugar en el universo, en el segundo nos abrimos a mirar el lugar que los demás tienen también en él. Los dos primeros grados  (presencia de Dios y aceptar su voluntad) tienen que ver con la consciencia, los dos segundos (dirección espiritual y perseverancia) con el acceso a la madurez espiritual mediante la aceptación de la sabiduría, los talentos y el poder de otros.

* * *

3. Dirección espiritual: Primeramente san Benito sabe que el humilde, como niño que empieza sus primeros pasos, necesita quien le guíe. 

Esta necesidad de “ser guiados” parece haber perdido fuerza hoy. Es como si se nos dijera que “cada uno debe buscar su propio camino sin interferencias”. 

Cuando se hace así suelen ocurrir dos cosas:

    1º que la persona se imponga a sí  misma una tarea que  ella misma considera como inalcanzable por sus propias fuerzas, y en cuya consecución normalmente desespera;

    2º que se limite a seguir sus instintos brutos interiores o el patrón social de su entorno dejándose guiar por  los automatismos de la vida sin cuestionarse más (asimilación al rebaño).

Lo más adecuado es acudir a un “maestro”, a un “director espiritual”, que se supone que ha recorrido el camino y puede darnos pistas a seguir. 

Una historia sufí cuenta lo siguiente:

¿Puedo ser discípulo tuyo?, preguntó el buscador.

“No eres más que un discípulo, porque tienes los ojos cerrados. El día que los abras, verás que no hay nada que aprender de mi”, dijo el venerable.

Entonces, ¿para qué sirve un maestro?, preguntó el buscador.

“El propósito de un maestro –dijo el venerable- es hacerte comprender la inutilidad de tener un maestro”.

Hay que aceptar la dirección (obediencia al director o al maestro) hasta que podamos funcionar sin ella. Hay que decir, no obstante, que el cristiano tiene propiamente un solo director o maestro, que es Jesucristo (cf Mt 23,8-10). La dirección de otro debe apuntar a conocer a este maestro para seguirlo en libertad, es decir, para que vivir "en Cristo". 

Teniendo en cuenta esa premisa, aceptar una dirección es parte del crecimiento. Es lo que hace la madre acompañando al cole a su hijo el primer día; lo que hacen los padres cuando los adolescentes comienzan a conducir; o los psicólogos cuando ayudan a atravesar una crisis. Todos necesitamos un mentor que nos guíe para pasar de la oscuridad a la luz, de lo extraño a lo familiar, de lo difícil a lo experimentado.

Pero, como ya hemos señalado, no podemos tener quien nos lleve de la mano por siempre. Un maestro que tenga que señalar siempre con detalles a su discípulo lo que debe hacer o por donde debe ir, no es un director espiritual genuino. El director espiritual indica, orienta, pero evita el "dirigismo", es decir, el enclaustrar al dirigido en unas pautas que hagan de él un eterno niño.

Dejarse guiar por las enseñanzas de los otros

Llega el momento en que en alguna situación difícil nos encontramos solos, sin compañía, sin consejo; y tenemos que decidir . Sólo los recursos enterrados (aprendidos) nos facilitarán funcionar bajo presiones de toda clase: morales, sociales y espirituales. Hemos llegado al punto de la madurez espiritual.  Ahora desarrollamos el poder de controlarnos a nosotros mismos.

Cuando llegamos a este punto, el maestro nos suelta de las manos y debemos caminar solos. ¿Solos? ¡No!, con otros. Hemos de tomar decisiones que nos favorezcan a nosotros, y que favorezcan a los otros. Toca abrirse a los otros, no quedarnos con nuestros pequeños talentos. 

A veces no crecemos porque nos encerramos e nuestros talentos y no logramos valorar el talento de los demás(nos hace falta humildad para ello).   Llegar al final de la vida encerrados en nuestro cascarón es  una gran pérdida para la humanidad, porque siempre que alguien no consigue crecer espiritualmente el mundo entero es un lugar más triste.

El crecimiento depende de lo que aprenda de los demás. Y aprender de los demás depende de la humildad, de la capacidad de someter el poder de mi limitada visión de las cosas al poder de la experiencia, visión y penetrante corazón de otros.

Aceptar la dirección de otros nos abre a la sabiduría del mundo que nos rodea para seguir aprendiendo. Pensar que es tarea nuestra tener respuesta para todo es una terrible carga. Y peor carga aún es creer que se tiene la respuesta.

Solemos trabajar con la idea de que no saber algo es signo de un fracaso. Y también hay quien se cree que ya lo tiene todo aprendido (¡lo que yo no sepa de esto!). Quienes crean que no les queda nada que aprender tienen un alma pequeña. En el camino de la madurez espiritual no hay término; siempre hay algo más que aprender… La humildad está en aprender a escuchar las palabras, seguir las orientaciones y las visiones de cuantos nos rodean. Ellos son la voz de Dios llamando aquí y ahora.

Es una perniciosa arrogancia resistirse tercamente a las personas que tienen derecho a cuestionarnos: cónyuge, pareja, jefe, profesor, supervisor, etc… dudar de su cariño y ridiculizar sus esfuerzos 

La adultez espiritual es tan real y necesaria como el desarrollo biológico o la capacidad física. Sin embargo, es ignorada o minusvalorada con demasiada frecuencia. Y esto es grave, porque una persona inmadura espiritualmente (que no ha crecido en humildad ante Dios y los otros) es propensa a la ira, la destrucción, la desesperación, la baja autoestima… y se resiste a toda guía y sabiduría ajena que le libre de esas esclavitudes.

De aquí la importancia que tiene para crecer en humildad el saber aceptar primero a un buen guía que nos ayude a despegar, y luego, tener una sana apertura a “los otros” como consejeros que nos ayudan y animan (valor de la fraternidad humana y la comunidad religiosa).

* * *

4. El cuarto grado de la humildad es la perseverancia,  que viene a animarnos a superar las dificultades inherentes a la dirección espiritual seguida. 

La perseverancia insiste en que persistamos, no renunciemos, y finalmente aprendamos la lección del momento. Se trata de que desarrollemos una mente de principiante que siempre tiene algo que aprender.

Perseverar es importante. Sobre todo cuando se trata de soportar cosas duras. Ahí en lo duro y contradictorio es donde se aprende. En nuestra cultura no hay capacidad de dilación (dilatar la espera). No esperamos nada, soportamos poco y reaccionamos con furia ante las irritaciones. No toleramos los procesos. Queremos poder y queremos ejercerlos ya. ¡Hay que atemperar el alma!

En resumen: Únicamente cuando aprendamos a aprender unos de otros, cuando comprendamos que Dios no viene con pompas y alharacas sino en lo ordinario del existir, avanzaremos por los caminos del espíritu. 

Dios está en la humanidad que nos rodea. Se necesita humildad para encontrarlo donde no esperamos encontrarlo, es decir, en la sabiduría que habla a través de los demás, incluso cuando esta sabiduría es exigente o poco clara.

Necesitamos la humildad para salir  de la mezquindad de nuestra vida egoísta, de nuestro corto horizonte y nuestra corta visión de las  cosas. La persona humilde se deja llevar del ejemplo y la palabra de los sabios que le rodean, y es perseverante. 

Dice san Pablo que la perseverancia “en las tribulaciones produce paciencia, la paciencia virtud probada, y la virtud probada esperanza, y la esperanza no defrauda” (Rm 5,3-4). ¿Comprendemos ahora por qué hay tanta desesperanza en las personas?. No hay paciencia, no hay amor a la virtud, y todo acaba por transformarse en capricho, es decir, en insatisfacción.

¡Que estemos abiertos a las enseñanzas de los otros para crecer en el espíritu!

* * *

TIEMPO DE MEDITACIÓN

 (Ante el Santísimo Sacramento)

“Una Palabra habló el padre, que fue su hijo, y esta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha des er oída del alma”.

 * *

·       *  Dios está aquí en la Custodia.  Pero puede que el que no esté seas tú… Por eso, vas a comenzar tomando conciencia de tu presencia aquí y ahora. Para ello:

o   Adopta una postura erguida pero confortable… La  postura que te ayude a estar más  tiempo en quietud … La quietud corporal ayuda a la quietud del corazón…

o   Relaja tu mente soltando todo lo que te preocupa en este momento: lo que te ha pasado… lo que te espera pasar…

o   Fíjate en tu respiración: observa como el aire entra limpio en tus pulmones para salir expulsando todo lo que te podría asfixiar… En cada exhalación ve soltando tus inquietudes.

o   Enfoca tu atención ahora en tu pecho, y observa como  sube al inspirar y baja al espirar… permanece atento a ese movimiento… Puedes contar exhalaciones de uno a diez y de diez a uno…

o   Si te vienen pensamientos no vayas tras ellos,… míralos como pajarillos que cantan y se mueven entre las ramas de un árbol y te distraen unos segundos, pero luego se van… No te enfades por los pensamientos que vienen …  No te vayas tras ellos, tú sigue observando tu respiración…

o   Céntrate ahora en todo tu cuerpo, … aquí y ahora… Sin moverte toma conciencia de tu peso sobre la superficie en que se asienta, del volumen, la temperatura, ¿frio? ¿calor? … Fíjate en las sensaciones corporales, … el roce de la ropa… el aire que te roza de modo casi imperceptible…

* * *

·       Abre tu conciencia al entorno en que vives, y más en concreto al lugar donde estás…

o   Date cuenta de que no estás solo… Te abres a la aceptación de los que te rodean… No los juzgas, no le pones etiquetas, simplemente los sientes como una parte del todo que es la humanidad… Te da cuenta de que con sola su presencia ya están siendo maestros para ti…

o   Trae a tu memoria a las personas con las que normalmente convives: marido, esposa, pareja, hijos, compañeros de trabajo… los miras con admiración y cariño… también son  maestros tuyos: te han enseñado a vivir (con sus aciertos y errores)… Agradece tener  tantos maestros…

o   Tienes ante ti la Presencia de Dios en la Eucaristía… al Maestro de maestros, … En la Eucaristía nos enseña: amaos como yo os he amado, … sentid conmigo que sois hijos del mismo Padre… Nunca te sientas solo o sola en el camino; yo voy contigo, -te dice- basta que tengas fe, que te abras a mi presencia en el instante… Aquí y ahora… Abre tu corazón a la Presencia de Cristo.

o   Abre tu corazón a la Presencia de Cristo, y desde él siéntete hemano/hermana de toda la humanidad…  Advierte que todos los que han sido maestros tuyos a lo largo de tu vida, son un don de Dios, una gracia, una bendición… ¡No estoy  solo! ¡No estoy sola! … Nunca me has dejado, Señor, … has mandado ángeles que me protegieran en el camino… Gracias, Señor…

* * *

·        Sin prisas, lentamente, haces unas respiraciones profundas y vas desentumeciéndote para salir de la meditación.

·        

paduamerida@gmail.com. Noviembre 2020


viernes, 20 de noviembre de 2020

Orar la misericordia (Domingo 22 de Noviembre)

Hablando de los tiempos mesiánicos, dice el profeta que “se llenará la tierra del conocimiento de del Señor". (Hbc, 2,14). 

¡Qué importante es el "conocimiento" de Dios! Los que nos declaramos creyentes presumimos a menudo de conocer  bien a Dios. Incluso nos atrevemos a hablar de Él con una soltura impresionante, como si fuera un amigo entrañable, alguien conocido de toda la vida. Pero ¿será cierto? ¿conocemos a Dios realmente? 

La pregunta es importante; y más cuando, paradójicamente,   decimos que Dios es el inefable (aquel del que no se puede hablar), el incognoscible (que no podemos conocer), el “más allá de todo” (inalcanzable).  ¿Cómo lo vamos a conocer? Es verdad que se ha revelado en Jesucristo, que es lenguaje de Dios, encarnación del Verbo eterno. Por eso decimos que cuando vemos la humanidad de Jesús podemos ver a Dios en Él. 

Sin embargo, ¿cómo nos atrevemos a decir alegremente que en Jesús vemos a Dios cuando ni los mismos discípulos que caminaron con el Jesús histórico, le llegaron a conocer en su identidad más genuina? Le vieron físicamente, le abrazaron, le oyeron hablar y actuar, pero fueron incapaces de reconocer en Él a Dios? “Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? (Jn 14,8-9). 

¿Por qué no vemos a Dios? ¿Por qué no le conocemos incluso teniendo a Jesús (Dios mismo) ante nosotros? Creo que el Evangelio de este domingo nos da unas pistas que responden a estas preguntas. No le conocemos porque le buscamos en las ideas o en los ritos, y la clave está en la compasión y la misericordia. Sólo desde ésta última se conoce de veras a Dios. No con la luz de la mente sino con las neuronas del corazón. 

* * *
"Señor, -dicen los justos de la parábola de este domingo-¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis." (Mt 5,37-40)

El mismo proceso de preguntas hacen los que no practicaron la misericordia, aunque la respuesta del Señor fue distinta: “cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo no lo hicisteis" (Mt 25,45). 

Lo curioso de todo esto es que ni los misericordiosos ni los duros de corazón habían conocido a Dios. “Señor ¿cuándo te vimos?” Me cuadra lo de los malos, pero ¿cómo puede decir la parábola que los misericordiosos no habían visto a Dios? 

Pues parece ser así, que no lo conocen de veras hasta que llegan a su plenitud espiritual, que no es otra que una vida llena de compasión y misericordia; entonces desaparece el ego, brilla el yo original personal, y  con esos ojos nuevos  son  capaces de ver y conocer a Dios: “Dichosos los misericordigosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Alcanzarán misericordia, es decir, verán a Dios con ojos limpios de todo egoísmo (cf Mt 5,8). 

Enseñanzas prácticas

1) Primera enseñanza: buscar a Dios en nuestras teologías y actos rituales, más que un camino correcto, puede ser un camino envenenado. A menudo queremos solucionarlo todo partiendo de la teoría y los ritos, sin ahondar en la verdad de la vida, que no es letra sino espíritu encarnado. La oración y los sacramentos no tienen sentido si al tiempo no se va dando un proceso de conversión a la misericordia. Si me falta esto puede que esté haciendo de mi persona un fariseo ególatra que vive en una deprimente ignorancia. 

2) La vida de Jesús tuvo lugar antes que su evangelio y su Iglesia, y si queremos llegar al evangelio y a la Iglesia de Jesús, no hay más remedio que partir de su vida. ¿Cómo? Viviendo como él vivió, practicando las obras de misericordia. Creer en Él es estar convencido de que el camino de la compasión es el único que nos abrirá a la sabiduría divina.

3) La Iglesia es "casa de misericordia". Hermosa definición teórica. Pero, pisando tierra ¿qué es la Iglesia? Soy yo practicando la misericordia con otros y para otros. Sin personas concretas que crezcan en la práctica de la compasión hacia dentro (koinonía) y hacia fuera de ella misma (diakonía) no hay una Iglesia plenamente cristiana. 

4) Y una cuarta y breve reflexión, tal vez muy fuerte para timoratas mentes religiosas. En última instancia importa poco el ser creyente o ateo. Si la misericordia es mi bandera, practicándola estoy en el camino de Dios, entonces soy suyo, aunque no le haya conocido en ninguna escuela religiosa. Si la compasión es mi eje de vida, desde una mirada cristiana  formo parte del grupo de aquellos a los que  teólogos y místicos del siglo XX llamaron “cristianos anónimos”, que son los que se declaran ateos o no se definen públicamente como pertenecientes a alguna religión no-cristiana, pero viven su no-fe o religión, en conformidad de vida con Jesús. 


Hay una verdad frecuentemente olvidada: la verdadera religión es la misericordia (Dios es misericordia). El verdadero conocimiento de Dios solo se da en ella. Lo dice el profeta Isaías: “Este es el ayuno (el culto, la práctica, la religión) que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tu heridas, ante ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor. Entonces clamarás al Señor y te responderá; pedirás ayuda y te dirá: «Aquí estoy». (Is 58,6-9) 

Si te preguntas por qué Dios no se te da a conocer claramente, por qué te aburren las prácticas religiosas, porqué no ves la vida con la claridad que quisieras, por qué sufres, por qué Dios no te escucha, … aquí tienes la respuesta. Dios es sordo a quienes no practican la misericordia; no porque no escuche, que el amor de Dios no los olvida, sino porque quienes viven en la egolatría se imposibilitan para dialogar con quien es Misericordia.

¿Recuerdas la parábola del buen samaritano? ¿No es claro el mensaje?  La historia la cuenta Jesús a un teórico de la religión que le pregunta acerca de quién es mi prójimo al que amar: la respuesta no fue teórica sino práctica: ¿Has visto lo que ha hecho ese samaritano ateo? Pues, vete y haz tú lo mismo. No es necesario saber, basta con ejercer la misericordia, que no es un discurso muerto sino una realidad viva. 
* * *
Las consecuencias morales de esta reflexión creo que no habría que escribirlas, aunque si te sirve de pista, medita: ¿cuánto hay en tu corazón de soberbia, ira y envidia, que te impide amar? ¿Haz una lista de las personas contra las que tienes resentimiento? ¿Qué sentimientos te producen los presos, los que pasan hambre, los que te molestan con sus necesidades? ¿Desde cuándo no visitas a esos enfermos o ancianos que no pueden salir de su casa o de la residencia donde están recluidos? ¿Por qué rehuyes a esa persona que quiere ser escuchada y que tildas de pesado? … Pues ya sabes cómo empezar a conocer y amar  a Dios: abriéndote a conocerle  y amarle en sus criaturas.
 
* * * 

Para orar hoy partamos de que "somos ateos”. Es un mensaje subliminal de la parábola de hoy. Eso sí, hay ateos buenos y ateos malos. Aunque a los malos ateos de hoy yo los definiría más bien como “indiferentes”, es decir, ególatras que pasan soberanamente de los sufrimientos ajenos, aunque vayan a la Iglesia. "Ateos prácticos" les llaman otros; dicen creer en Dios pero viven como si no existiera.

La práctica de las obras de misericordia supone tener los ojos muy abiertos a la humanidad toda. Se trata de que mires a todos con amor compasivo, de dejar a un lado la carga de prejuicios que tu egoísmo ha ido acumulando, de des-apegarte de todo lo que no sea el ser y la voluntad de Dios, que es Amor. 

Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2,4), y sólo hay una verdad: Dios es amor, y en el amor se le encuentra. 


Orar la misericordia

* Comienza aquietando tu cuerpo y tu mente. 

* Tal vez te inquietan las palabras de la meditación y te cuesta pararte ahí, en silencio, sin “hacer nada”, con la sensación de que hacer silencio no es ser misericordioso. Te equivocas. En el silencio te preparas para escuchar la voz que te invita a la práctica de las obras de misericordia. Si la fuerza para amar no te sale de dentro, sino de tu ego, no llegarás muy lejos. 

* Por tanto, aleja de ti toda consideración, y haz silencio.  

* Sábete ateo. Deja pasar cualquier imagen de Dios que tengas. Simplemente respira y vive. 

* En tu respiración siente la Vida que es misericordia y se compadece de ti dándote el aliento, regalándote cada inspiración y cada espiración… 

* * * 

* Dios es misericordia. Dios te ama. Eres amado de Dios. Te ama a pesar de tu soberbia, a pesar de tu ira, a pesar tu envidia… 

* Dios te ama porque es amor, y sólo sabe y le preocupa amar… Gózate en la mirada de amor misericordioso de Dios sobre ti… 

* Mira ahora a las personas a las que amas y a las que deberías amar más: familia, amigos, compañeros de trabajo, hermanos de comunidad… ¿Cuáles son sus necesidades? ¿Qué necesitan? Pan, compañía, ánimos… Míralos y envíales amor desde tu más íntimo centro… Deséales lo mejor y activa tu disposición a ayudarles en lo que necesiten. 

* Ahora, mira a quienes odias o rechazas, a aquellos que consideras tus enemigos, lo sean o no… Sobre muchos de ellos puedes tener prejuicios raciales, de clase, de religión, etc… También a ellos mándales un mensaje de reconciliación, un deseo de eliminar las barreras que os separan … Aunque te cueste, exprésales  tu deseo de ayudarles si necesitan algo. 

* Y finalmente siéntete ciudadano del universo. Piensa en las personas que no conoces y que diariamente se cruzan en tu camino…, en las que habitan el mismo mundo que tú. Envía a toda la humanidad un mensaje de paz y amor, un deseo sincero de que puedan cubrir suficientemente sus necesidades espirituales y materiales… 

* Para acabar la contemplación, pon el rostro de Cristo a todas las personas que has contemplado. … Si has repartido amor y misericordia, y te sientes feliz por ello, empiezas a conocer a Dios. 

* * * 
* Poco a poco, con unas inspiraciones profundas vas saliendo de la meditación. 

* Ahora toma nota de las mociones (movimientos del corazón) vividas, de las llamadas recibidas.

* Luego, decide qué obra de misericordia vas a realizar esta semana. Concreta. Y al final de la semana, si la has realizado, podrás ver que la Luz comienza a abrirse paso en tu vida. Cada gesto de misericordia y amor es una bombillita de la apoteosis  de la Navidad que alumbra el mundo para ver a Dios en él. 

Buena semana de oración y práctica de misericordia. Y ve preparando tu corazón para el Adviento.

* * *

EVANGELIO
Mateo 25,31-46

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme." Entonces los justos le contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?" Y el rey les dirá: "Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis."

Y entonces dirá a los de su izquierda: "Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de deber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis." Entonces también éstos contestarán: "Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?" Y él replicará: "Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo." 

Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna."

Casto Acedo. Noviembre 2020

viernes, 13 de noviembre de 2020

Meditación en la humildad (1)


Como tema complementario a las tres primeras moradas vamos a meditar y recibir enseñanzas en el grupo acerca de la humildad. Lo hacemos siguiéndo las orientaciones de una obra de Joan Chittister donde comenta las doce características de la humildad tal como las presenta san Benito de Nursia (siglo VI) en su Regla.  El pasado miércoles abrimos el ciclo. Transcribo aquí lo que tratamos para que podáis aprovecharos de ello los que no estuvisteis presentes.

INTRODUCCIÓN 

¿Por qué es importante hoy el tema de la humildad? Porque vivimos una sociedad de la apariencia donde se educa para competir con los demás a fin de alcanzar mayores cotas de fama, posición social, privilegios, etc. , lo cual hace que nuestras relaciones sean difíciles (competencia, envidias, recelos, miedos…). ¡Ábrete camino! ¡Haz dinero! ¡Triunfa!, te dicen, o no eres nadie, no eres nada. Esta mentalidad produce tensiones y desequilibrios que nos llevan a buscarnos fuera de nosotros mismos (éxito). Y una vida des-vivida, descentrada, sólo puede conducir al desastre en una sociedad hipertensa y en constante confrontación y conflicto. 

Buscar el éxito es buscar la vida fuera de uno mismo, hallar fuera la realidad de lo que soy. Pero no puedo hallarme ahí. Quien busca el éxito se mete demasiado dentro de sí mismo, se cierra en su yo falso, y lo que hace en realidad es distanciarse del centro de la vida. Al hacer del consumo y el triunfo personal el punto de vista de todo, al hacer de ello “las gafas de la vida” se pierde la conciencia de quienes somos y la importancia que tiene el saberlo para que todo lo que hagamos tenga sentido. Todo acto realizado desde nuestro yo original nos personaliza, y lo que se hace de cara a la galería acaba por  oscurecer nuestro ser genuino y nos quita la paz.

La clave para adentrarnos en nosotros, conocernos y vivir desde el centro de nuestro ser está en la virtud de la humildad. Que no es otra cosa -recordamos a santa Teresa- que “andar en verdad”, es decir, en la realidad de lo que somos y hacemos. 

Para alcanzar el objetivo de “ser humilde”, san Benito, en uno de los apartados de su Regla, nos da unas pistas que vamos a meditar adaptadas a nuestro mundo y nuestra psicología. Son lo que Joan Chittister llama “doce pasos para la libertad interior”, y que, resumidamente son estos: 

01) Reconocer la presencia de Dios, 
02) Aceptar la voluntad de Dios 
03) Aceptar una dirección espiritual 
04) Perseverar 
05) Reconocer las propias faltas 
06) Vivir con sencillez 
07) Ser honrado/a con uno mismo. 
08) Estar dispuesto a aprender de los demás. 
09) Escuchar a la gente 
10) Hablar amablemente. 
11) Aceptar a los demás tal como son 
12) Estar centrado/a y sereno/a. 

Iremos desarrollando los temas de dos en dos. Serán, pues, seis temas para aprender, interiorizar y practicar. Va el primero.



* * *
Meditación en la humildad (1)

RECONOCER LA PRESENCIA DE DIOS,  
ACEPTAR LA VOLUNTAD DE DIOS 

Curiosamente, para alcanzar humildad san Benito comienza poniendo como cimiento la contemplación-conocimiento de Dios antes que el conocimiento de uno mismo. Dejando a un lado la espiritualidad tradicional, que pedía practicar la ascesis, oración y obras de misericordia para “ganar a Dios”, “merecerlo” u “obtenerlo”, San Benito pone como punto de partida del camino espiritual de la humildad la toma de conciencia de que Dios está presente. Que se tenga “temor de Dios”, dirá; este temor no es “miedo a Dios” sino respeto y reconocimiento. 

Santa Teresa seguirá también estos pasos. Recordad cómo aconsejaba mirar a Dios para crecer en humildad: “mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza..., considerando su humildad veremos veremos cuan lejos estamos de ser humildes" (1 M 2,9). “Los ojos en el Crucificado” (7 M 4,8). Y por muy elevada que sea la contemplación “no apartar nunca de ella la humanidad (humildad) de Cristo” . 

La vida espiritual tiene en esta mirada a Dios y desde Dios su clave. Se trata, simplemente, de adentrarse en el hecho de que Dios está presente en todo y a todos. Aquí y ahora, en el instante, único lugar donde se le encuentra. No es preciso repetir que no hay un Dios del pasado o del futuro, Dios es solo en el presente. Y no necesitamos superar ninguna prueba para llegar a Él, basta con hacernos consciente de que está en nosotros, con nosotros y sobre nosotros; presente en nuestra persona, en nuestra casa, en el próximo, en el trabajo, en la ciudad, en los acontecimientos que vivimos. No se nos piden grandes sacrificios para hallarlo,  pero lo cierto es  e que cuando lo sentimos cerca (fe) nos hace capaces de superar cualquier prueba que se nos presente en la vida. 

Por tanto, lo primero es centrar la vida en Dios. Y desde ahí da a a entender san Benito que “llegarás al amor de Dios, que elimina el temor”, estarás en paz con todo el mundo; no tendrás nada de qué preocuparte; te conocerás tan bien que estarás abierto a los demás; y no te afectará en absoluto lo que digan de ti, porque serás transparente y no tendrás nada sobre lo que mentir, ni a ti mismo ni a los demás.


Centrar la vida en Dios

El orgullo es el defecto máximo y la humildad es su correctivo. Tengamos en cuenta atrevimiento de san Benito, que escribe sobre la humildad en un siglo machista, militarista y violento… Predicar humildad o practicarla suponía entonces un estilo de vida ridículo y contracorriente. La humildad se percibía como cualidad de débiles y timoratos, de gente de carácter blando. 

A este respecto hay que apuntar que no confundamos “humildad” con “humillación” (sufrir mansamente, de modo masoquista, el desprecio y la violencia). El espiritual cristiano no busca la humillación, porque la humillación no genera paz y virtud sino ira, resentimiento y ansiedad espiritual. El humilde no es un conformista, un sometido a la tiranía del soberbio, sino que con la denuncia de la injusticia y el anuncio de la verdad, se rebela proféticamente contra la tiranía,  pero sin caer en la violencia ni el revanchismo del ojo por ojo y diente por diente, sin hacer pasar por humillación alguna a quien le humilló. Si lo hiciera sería semejante a él. 

Humildad es andar en verdad, y para ello se precisa que cada uno se mire con las “gafas de Dios”, y desde Dios conozca los resortes para no dejarse controlar por nada. Porque a unos nos controla la ambición, a otros la avaricia, el miedo, la presunción, el narcisismo como conciencia de sí que minimiza todo lo que nos rodea, ... 

Ser humilde es aceptar y hacer frente a la realidad sin edulcorarla. 

“Cierto día, el maestro dijo: “Es mucho más fácil viajar que quedarse quieto”. “¿Por qué?” – quisieron saber los discípulos. 
“Porque –dijo el maestro-, mientras viajas hacia un objetivo puedes aferrarte a un sueño. Cuando te paras, tienes que afrontar la realidad”. 
“Pero, ¿cómo cambiaremos si no tenemos objetivos o sueños?” – preguntaron los discípulos. 
“El verdadero cambio –dijo el maestro- es el involuntario. Acepta la realidad y tendrá lugar el cambio involuntario”. 

¡Como me recuerda esto lo que dice Jesús: “Busca el Reino de Dios y su justicia y  lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6,33)!.


Dos pasos para ser humildes 
(pasos 1 y 2)

1. Tomar conciencia de que Dios nos es un objetivo que alcanzar sino una presencia a tener en cuenta. Por tanto, en este camino, es importante tener siempre presente a Dios y no olvidarlo nunca. Eso sí, importa mucho “dejar que Dios sea Dios”, no un juguete a tu servicio. 

Renuncia, pues, al derecho a ser Dios; no aspirares a que las cosas sean como tú quieres que sean, no pretendas controlarlo todo (ni tu propia vida ni la de los demás). Esto exige renunciar a exigir como tienen que ser los que te rodean (pareja, hijos, vecinos, compañeros de trabajo, etc.). Ellos también tienen a Dios, y ese Dios no eres tú. Cuando lo quieres controlar todo pecas de soberbia, y acarreas sobre ti la desazón y el desánimo, porque "los hechos son tozudos" y no suelen adaptarse a tus caprichos.

2. Acepta que la voluntad de Dios es lo mejor para ti. ¿Cuál es la voluntad de Dios? Creo que no hay mejor referencia para saberlo que la propia realidad. Los objetivos futuros y los sueños nos sirven a menudo como escape, como huida del único lugar donde podemos aprender humildad: el presente, el aquí y ahora del que no podemos escapar. Aferrarse a sueños y metas es entrar en la dinámica de falsas huidas que nos desligan de la única verdad que somos y vivimos. 

Mi vida no se dilucidará mientras no aborde mi realidad desde la perspectiva de Dios, donde yo no soy el centro. Dios lo es todo. Para la persona verdaderamente humilde el mundo está grávido de la grandeza de Dios, una grandeza que te pierdes si estas pendiente solo de ti mismo/a. 

La humildad nos abre a la sabiduría, que es el fundamento de la serenidad interior (liberarnos de nosotros mismos). La espiritualidad benedictina de la humildad es a la vez asombrosa y simple: No consiste en estar sin pecado, lo más importante es estar impregnado de la mentalidad de Dios, anhelar y vivir su presencia. ¡Oh Dios, tu eres mi Dios; día y noche te anhelo! (Salmo 62)

Cuando tomas conciencia de que Dios está en el centro de tu realidad, los imperativos del ego soberbio (¡acumula, imponte, lucha, vence, etc…!) ya no se apoderan de tu alma ni te amargan la vida, ni te hacen perder la alegría. Es entonces cuando empiezas a ser libre. Aceptas la realidad y tiene lugar el cambio involuntario. Es la gracia de Dios. 

* * *
 

Para orar

· Busca un lugar que te facilite la tranquilidad y el silencio. 

· Serénate soltando estrés y preocupaciones. 

· Repasando tu cuerpo procura quietud física que te ayude a lograr quietud interior. 

· Cuenta respiraciones para ir serenándote más y más. 

* * * 

· Respira el instante

· Dios es, déjalo ser, deja que viva en tu respiración, tu cuerpo, tu entorno, … tu realidad. 

· “Hágase tu voluntad”… Está aquí. Déjate envolver por su presencia. ... Abraza con Él la vida...

· Pon en sus manos esa realidad que te violenta, esa preocupación que te angustia… “Tú eres mi Dios, mi alma descansa en ti”… 

* * * 

· Termina con la oración del Padrenuestro, parándote cuando llegues al “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”… Hágase tu voluntad en mi, … Pongo mi realidad en tus manos… Tú sabes mejor que yo lo que me conviene… Hágase tu voluntad. 

· Respira profundamente dos o tres veces y sal de la meditación. Luego te paras y anotas las “llamadas”, las intuiciones o invitación a cambiar que has sentido en el silencio.

* * *
Aprovechad este tiempo en que nos vemos obligados a permanecer más tiempo en casa para buscar espacios de silencio, vivir el  instante, la única realidad.

Casto Acedo. Noviembre 2020.