Como tema complementario a las tres primeras moradas vamos a meditar y recibir enseñanzas en el grupo acerca de la humildad. Lo hacemos siguiéndo las orientaciones de una obra de Joan Chittister donde comenta las doce características de la humildad tal como las presenta san Benito de Nursia (siglo VI) en su Regla. El pasado miércoles abrimos el ciclo. Transcribo aquí lo que tratamos para que podáis aprovecharos de ello los que no estuvisteis presentes.
INTRODUCCIÓN
¿Por qué es importante hoy el tema de la humildad? Porque vivimos una sociedad de la apariencia donde se educa para competir con los demás a fin de alcanzar mayores cotas de fama, posición social, privilegios, etc. , lo cual hace que nuestras relaciones sean difíciles (competencia, envidias, recelos, miedos…). ¡Ábrete camino! ¡Haz dinero! ¡Triunfa!, te dicen, o no eres nadie, no eres nada. Esta mentalidad produce tensiones y desequilibrios que nos llevan a buscarnos fuera de nosotros mismos (éxito). Y una vida des-vivida, descentrada, sólo puede conducir al desastre en una sociedad hipertensa y en constante confrontación y conflicto.
Buscar el éxito es buscar la vida fuera de uno mismo, hallar fuera la realidad de lo que soy. Pero no puedo hallarme ahí. Quien busca el éxito se mete demasiado dentro de sí mismo, se cierra en su yo falso, y lo que hace en realidad es distanciarse del centro de la vida. Al hacer del consumo y el triunfo personal el punto de vista de todo, al hacer de ello “las gafas de la vida” se pierde la conciencia de quienes somos y la importancia que tiene el saberlo para que todo lo que hagamos tenga sentido. Todo acto realizado desde nuestro yo original nos personaliza, y lo que se hace de cara a la galería acaba por oscurecer nuestro ser genuino y nos quita la paz.
La clave para adentrarnos en nosotros, conocernos y vivir desde el centro de nuestro ser está en la virtud de la humildad. Que no es otra cosa -recordamos a santa Teresa- que “andar en verdad”, es decir, en la realidad de lo que somos y hacemos.
Para alcanzar el objetivo de “ser humilde”, san Benito, en uno de los apartados de su Regla, nos da unas pistas que vamos a meditar adaptadas a nuestro mundo y nuestra psicología. Son lo que Joan Chittister llama “doce pasos para la libertad interior”, y que, resumidamente son estos:
01) Reconocer la presencia de Dios,
02) Aceptar la voluntad de Dios
03) Aceptar una dirección espiritual
04) Perseverar
05) Reconocer las propias faltas
06) Vivir con sencillez
07) Ser honrado/a con uno mismo.
08) Estar dispuesto a aprender de los demás.
09) Escuchar a la gente
10) Hablar amablemente.
11) Aceptar a los demás tal como son
12) Estar centrado/a y sereno/a.
Iremos desarrollando los temas de dos en dos. Serán, pues, seis temas para aprender, interiorizar y practicar. Va el primero.
* * *
Meditación en la humildad (1)
RECONOCER LA PRESENCIA DE DIOS,
ACEPTAR LA VOLUNTAD DE DIOS
Curiosamente, para alcanzar humildad san Benito comienza poniendo como cimiento la contemplación-conocimiento de Dios antes que el conocimiento de uno mismo. Dejando a un lado la espiritualidad tradicional, que pedía practicar la ascesis, oración y obras de misericordia para “ganar a Dios”, “merecerlo” u “obtenerlo”, San Benito pone como punto de partida del camino espiritual de la humildad la toma de conciencia de que Dios está presente. Que se tenga “temor de Dios”, dirá; este temor no es “miedo a Dios” sino respeto y reconocimiento.
Santa Teresa seguirá también estos pasos. Recordad cómo aconsejaba mirar a Dios para crecer en humildad: “mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza..., considerando su humildad veremos veremos cuan lejos estamos de ser humildes" (1 M 2,9). “Los ojos en el Crucificado” (7 M 4,8). Y por muy elevada que sea la contemplación “no apartar nunca de ella la humanidad (humildad) de Cristo” .
La vida espiritual tiene en esta mirada a Dios y desde Dios su clave. Se trata, simplemente, de adentrarse en el hecho de que Dios está presente en todo y a todos. Aquí y ahora, en el instante, único lugar donde se le encuentra. No es preciso repetir que no hay un Dios del pasado o del futuro, Dios es solo en el presente. Y no necesitamos superar ninguna prueba para llegar a Él, basta con hacernos consciente de que está en nosotros, con nosotros y sobre nosotros; presente en nuestra persona, en nuestra casa, en el próximo, en el trabajo, en la ciudad, en los acontecimientos que vivimos. No se nos piden grandes sacrificios para hallarlo, pero lo cierto es e que cuando lo sentimos cerca (fe) nos hace capaces de superar cualquier prueba que se nos presente en la vida.
Por tanto, lo primero es centrar la vida en Dios. Y desde ahí da a a entender san Benito que “llegarás al amor de Dios, que elimina el temor”, estarás en paz con todo el mundo; no tendrás nada de qué preocuparte; te conocerás tan bien que estarás abierto a los demás; y no te afectará en absoluto lo que digan de ti, porque serás transparente y no tendrás nada sobre lo que mentir, ni a ti mismo ni a los demás.
Centrar la vida en Dios
El orgullo es el defecto máximo y la humildad es su correctivo. Tengamos en cuenta atrevimiento de san Benito, que escribe sobre la humildad en un siglo machista, militarista y violento… Predicar humildad o practicarla suponía entonces un estilo de vida ridículo y contracorriente. La humildad se percibía como cualidad de débiles y timoratos, de gente de carácter blando.
A este respecto hay que apuntar que no confundamos “humildad” con “humillación” (sufrir mansamente, de modo masoquista, el desprecio y la violencia). El espiritual cristiano no busca la humillación, porque la humillación no genera paz y virtud sino ira, resentimiento y ansiedad espiritual. El humilde no es un conformista, un sometido a la tiranía del soberbio, sino que con la denuncia de la injusticia y el anuncio de la verdad, se rebela proféticamente contra la tiranía, pero sin caer en la violencia ni el revanchismo del ojo por ojo y diente por diente, sin hacer pasar por humillación alguna a quien le humilló. Si lo hiciera sería semejante a él.
Humildad es andar en verdad, y para ello se precisa que cada uno se mire con las “gafas de Dios”, y desde Dios conozca los resortes para no dejarse controlar por nada. Porque a unos nos controla la ambición, a otros la avaricia, el miedo, la presunción, el narcisismo como conciencia de sí que minimiza todo lo que nos rodea, ...
Ser humilde es aceptar y hacer frente a la realidad sin edulcorarla.
“Cierto día, el maestro dijo: “Es mucho más fácil viajar que quedarse quieto”. “¿Por qué?” – quisieron saber los discípulos.
“Porque –dijo el maestro-, mientras viajas hacia un objetivo puedes aferrarte a un sueño. Cuando te paras, tienes que afrontar la realidad”.
“Pero, ¿cómo cambiaremos si no tenemos objetivos o sueños?” – preguntaron los discípulos.
“El verdadero cambio –dijo el maestro- es el involuntario. Acepta la realidad y tendrá lugar el cambio involuntario”.
¡Como me recuerda esto lo que dice Jesús: “Busca el Reino de Dios y su justicia y lo demás vendrá por añadidura” (Mt 6,33)!.
Dos pasos para ser humildes
(pasos 1 y 2)
1. Tomar conciencia de que Dios nos es un objetivo que alcanzar sino una presencia a tener en cuenta. Por tanto, en este camino, es importante tener siempre presente a Dios y no olvidarlo nunca. Eso sí, importa mucho “dejar que Dios sea Dios”, no un juguete a tu servicio.
Renuncia, pues, al derecho a ser Dios; no aspirares a que las cosas sean como tú quieres que sean, no pretendas controlarlo todo (ni tu propia vida ni la de los demás). Esto exige renunciar a exigir como tienen que ser los que te rodean (pareja, hijos, vecinos, compañeros de trabajo, etc.). Ellos también tienen a Dios, y ese Dios no eres tú. Cuando lo quieres controlar todo pecas de soberbia, y acarreas sobre ti la desazón y el desánimo, porque "los hechos son tozudos" y no suelen adaptarse a tus caprichos.
2. Acepta que la voluntad de Dios es lo mejor para ti. ¿Cuál es la voluntad de Dios? Creo que no hay mejor referencia para saberlo que la propia realidad. Los objetivos futuros y los sueños nos sirven a menudo como escape, como huida del único lugar donde podemos aprender humildad: el presente, el aquí y ahora del que no podemos escapar. Aferrarse a sueños y metas es entrar en la dinámica de falsas huidas que nos desligan de la única verdad que somos y vivimos.
Mi vida no se dilucidará mientras no aborde mi realidad desde la perspectiva de Dios, donde yo no soy el centro. Dios lo es todo. Para la persona verdaderamente humilde el mundo está grávido de la grandeza de Dios, una grandeza que te pierdes si estas pendiente solo de ti mismo/a.
La humildad nos abre a la sabiduría, que es el fundamento de la serenidad interior (liberarnos de nosotros mismos). La espiritualidad benedictina de la humildad es a la vez asombrosa y simple: No consiste en estar sin pecado, lo más importante es estar impregnado de la mentalidad de Dios, anhelar y vivir su presencia. ¡Oh Dios, tu eres mi Dios; día y noche te anhelo! (Salmo 62)
Cuando tomas conciencia de que Dios está en el centro de tu realidad, los imperativos del ego soberbio (¡acumula, imponte, lucha, vence, etc…!) ya no se apoderan de tu alma ni te amargan la vida, ni te hacen perder la alegría. Es entonces cuando empiezas a ser libre. Aceptas la realidad y tiene lugar el cambio involuntario. Es la gracia de Dios.
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Para orar
· Busca un lugar que te facilite la tranquilidad y el silencio.
· Serénate soltando estrés y preocupaciones.
· Repasando tu cuerpo procura quietud física que te ayude a lograr quietud interior.
· Cuenta respiraciones para ir serenándote más y más.
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· Respira el instante.
· Dios es, déjalo ser, deja que viva en tu respiración, tu cuerpo, tu entorno, … tu realidad.
· “Hágase tu voluntad”… Está aquí. Déjate envolver por su presencia. ... Abraza con Él la vida...
· Pon en sus manos esa realidad que te violenta, esa preocupación que te angustia… “Tú eres mi Dios, mi alma descansa en ti”…
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· Termina con la oración del Padrenuestro, parándote cuando llegues al “hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”… Hágase tu voluntad en mi, … Pongo mi realidad en tus manos… Tú sabes mejor que yo lo que me conviene… Hágase tu voluntad.
· Respira profundamente dos o tres veces y sal de la meditación. Luego te paras y anotas las “llamadas”, las intuiciones o invitación a cambiar que has sentido en el silencio.
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Aprovechad este tiempo en que nos vemos obligados a permanecer más tiempo en casa para buscar espacios de silencio, vivir el instante, la única realidad.
Casto Acedo. Noviembre 2020.





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