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miércoles, 25 de noviembre de 2020

Meditación en la humildad (2)


Meditación en la humildad (2)

ACEPTAR UNA DIRECCIÓN ESPIRITUAL 
Y PERSEVERAR. 

Para crecer en humildad, dijimos:

Presencia de Dios (el más allá de todo, el más grande y el más humilde, el que es y el que no es…) La humildad es un don de Dios, dom que no niega a quien sinceramente se lo pide…

2º Aceptar la voluntad de Dios: aceptar tal como son las cosas que no puedo cambiar –están en la voluntad de Dios- : aceptar mi cuerpo, mi situación personal, mi entorno, mis sentimientos, mis circunstancias… Todo lo que me parece debilidad, flaqueza, imperfección, es una oportunidad para crecer en humildad… Basta abrirse a aceptarlas ante Dios para empezar un camino espiritual donde la aceptación estará en la base.

El humilde reconoce la presencia (realidad, estar aquí y ahora) de Dios y se acepta a sí mismo contemplándose desde su mirada. Son los dos primeros pasos hacia la humildad de san Benito. 

Y sigue. Nosotros vamos a hablar hoy de dirección y perseverancia. Si en los primeros grados de humildad, al situarnos ante Dios y el mundo,  aprendemos  nuestro lugar en el universo, en el segundo nos abrimos a mirar el lugar que los demás tienen también en él. Los dos primeros grados  (presencia de Dios y aceptar su voluntad) tienen que ver con la consciencia, los dos segundos (dirección espiritual y perseverancia) con el acceso a la madurez espiritual mediante la aceptación de la sabiduría, los talentos y el poder de otros.

* * *

3. Dirección espiritual: Primeramente san Benito sabe que el humilde, como niño que empieza sus primeros pasos, necesita quien le guíe. 

Esta necesidad de “ser guiados” parece haber perdido fuerza hoy. Es como si se nos dijera que “cada uno debe buscar su propio camino sin interferencias”. 

Cuando se hace así suelen ocurrir dos cosas:

    1º que la persona se imponga a sí  misma una tarea que  ella misma considera como inalcanzable por sus propias fuerzas, y en cuya consecución normalmente desespera;

    2º que se limite a seguir sus instintos brutos interiores o el patrón social de su entorno dejándose guiar por  los automatismos de la vida sin cuestionarse más (asimilación al rebaño).

Lo más adecuado es acudir a un “maestro”, a un “director espiritual”, que se supone que ha recorrido el camino y puede darnos pistas a seguir. 

Una historia sufí cuenta lo siguiente:

¿Puedo ser discípulo tuyo?, preguntó el buscador.

“No eres más que un discípulo, porque tienes los ojos cerrados. El día que los abras, verás que no hay nada que aprender de mi”, dijo el venerable.

Entonces, ¿para qué sirve un maestro?, preguntó el buscador.

“El propósito de un maestro –dijo el venerable- es hacerte comprender la inutilidad de tener un maestro”.

Hay que aceptar la dirección (obediencia al director o al maestro) hasta que podamos funcionar sin ella. Hay que decir, no obstante, que el cristiano tiene propiamente un solo director o maestro, que es Jesucristo (cf Mt 23,8-10). La dirección de otro debe apuntar a conocer a este maestro para seguirlo en libertad, es decir, para que vivir "en Cristo". 

Teniendo en cuenta esa premisa, aceptar una dirección es parte del crecimiento. Es lo que hace la madre acompañando al cole a su hijo el primer día; lo que hacen los padres cuando los adolescentes comienzan a conducir; o los psicólogos cuando ayudan a atravesar una crisis. Todos necesitamos un mentor que nos guíe para pasar de la oscuridad a la luz, de lo extraño a lo familiar, de lo difícil a lo experimentado.

Pero, como ya hemos señalado, no podemos tener quien nos lleve de la mano por siempre. Un maestro que tenga que señalar siempre con detalles a su discípulo lo que debe hacer o por donde debe ir, no es un director espiritual genuino. El director espiritual indica, orienta, pero evita el "dirigismo", es decir, el enclaustrar al dirigido en unas pautas que hagan de él un eterno niño.

Dejarse guiar por las enseñanzas de los otros

Llega el momento en que en alguna situación difícil nos encontramos solos, sin compañía, sin consejo; y tenemos que decidir . Sólo los recursos enterrados (aprendidos) nos facilitarán funcionar bajo presiones de toda clase: morales, sociales y espirituales. Hemos llegado al punto de la madurez espiritual.  Ahora desarrollamos el poder de controlarnos a nosotros mismos.

Cuando llegamos a este punto, el maestro nos suelta de las manos y debemos caminar solos. ¿Solos? ¡No!, con otros. Hemos de tomar decisiones que nos favorezcan a nosotros, y que favorezcan a los otros. Toca abrirse a los otros, no quedarnos con nuestros pequeños talentos. 

A veces no crecemos porque nos encerramos e nuestros talentos y no logramos valorar el talento de los demás(nos hace falta humildad para ello).   Llegar al final de la vida encerrados en nuestro cascarón es  una gran pérdida para la humanidad, porque siempre que alguien no consigue crecer espiritualmente el mundo entero es un lugar más triste.

El crecimiento depende de lo que aprenda de los demás. Y aprender de los demás depende de la humildad, de la capacidad de someter el poder de mi limitada visión de las cosas al poder de la experiencia, visión y penetrante corazón de otros.

Aceptar la dirección de otros nos abre a la sabiduría del mundo que nos rodea para seguir aprendiendo. Pensar que es tarea nuestra tener respuesta para todo es una terrible carga. Y peor carga aún es creer que se tiene la respuesta.

Solemos trabajar con la idea de que no saber algo es signo de un fracaso. Y también hay quien se cree que ya lo tiene todo aprendido (¡lo que yo no sepa de esto!). Quienes crean que no les queda nada que aprender tienen un alma pequeña. En el camino de la madurez espiritual no hay término; siempre hay algo más que aprender… La humildad está en aprender a escuchar las palabras, seguir las orientaciones y las visiones de cuantos nos rodean. Ellos son la voz de Dios llamando aquí y ahora.

Es una perniciosa arrogancia resistirse tercamente a las personas que tienen derecho a cuestionarnos: cónyuge, pareja, jefe, profesor, supervisor, etc… dudar de su cariño y ridiculizar sus esfuerzos 

La adultez espiritual es tan real y necesaria como el desarrollo biológico o la capacidad física. Sin embargo, es ignorada o minusvalorada con demasiada frecuencia. Y esto es grave, porque una persona inmadura espiritualmente (que no ha crecido en humildad ante Dios y los otros) es propensa a la ira, la destrucción, la desesperación, la baja autoestima… y se resiste a toda guía y sabiduría ajena que le libre de esas esclavitudes.

De aquí la importancia que tiene para crecer en humildad el saber aceptar primero a un buen guía que nos ayude a despegar, y luego, tener una sana apertura a “los otros” como consejeros que nos ayudan y animan (valor de la fraternidad humana y la comunidad religiosa).

* * *

4. El cuarto grado de la humildad es la perseverancia,  que viene a animarnos a superar las dificultades inherentes a la dirección espiritual seguida. 

La perseverancia insiste en que persistamos, no renunciemos, y finalmente aprendamos la lección del momento. Se trata de que desarrollemos una mente de principiante que siempre tiene algo que aprender.

Perseverar es importante. Sobre todo cuando se trata de soportar cosas duras. Ahí en lo duro y contradictorio es donde se aprende. En nuestra cultura no hay capacidad de dilación (dilatar la espera). No esperamos nada, soportamos poco y reaccionamos con furia ante las irritaciones. No toleramos los procesos. Queremos poder y queremos ejercerlos ya. ¡Hay que atemperar el alma!

En resumen: Únicamente cuando aprendamos a aprender unos de otros, cuando comprendamos que Dios no viene con pompas y alharacas sino en lo ordinario del existir, avanzaremos por los caminos del espíritu. 

Dios está en la humanidad que nos rodea. Se necesita humildad para encontrarlo donde no esperamos encontrarlo, es decir, en la sabiduría que habla a través de los demás, incluso cuando esta sabiduría es exigente o poco clara.

Necesitamos la humildad para salir  de la mezquindad de nuestra vida egoísta, de nuestro corto horizonte y nuestra corta visión de las  cosas. La persona humilde se deja llevar del ejemplo y la palabra de los sabios que le rodean, y es perseverante. 

Dice san Pablo que la perseverancia “en las tribulaciones produce paciencia, la paciencia virtud probada, y la virtud probada esperanza, y la esperanza no defrauda” (Rm 5,3-4). ¿Comprendemos ahora por qué hay tanta desesperanza en las personas?. No hay paciencia, no hay amor a la virtud, y todo acaba por transformarse en capricho, es decir, en insatisfacción.

¡Que estemos abiertos a las enseñanzas de los otros para crecer en el espíritu!

* * *

TIEMPO DE MEDITACIÓN

 (Ante el Santísimo Sacramento)

“Una Palabra habló el padre, que fue su hijo, y esta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha des er oída del alma”.

 * *

·       *  Dios está aquí en la Custodia.  Pero puede que el que no esté seas tú… Por eso, vas a comenzar tomando conciencia de tu presencia aquí y ahora. Para ello:

o   Adopta una postura erguida pero confortable… La  postura que te ayude a estar más  tiempo en quietud … La quietud corporal ayuda a la quietud del corazón…

o   Relaja tu mente soltando todo lo que te preocupa en este momento: lo que te ha pasado… lo que te espera pasar…

o   Fíjate en tu respiración: observa como el aire entra limpio en tus pulmones para salir expulsando todo lo que te podría asfixiar… En cada exhalación ve soltando tus inquietudes.

o   Enfoca tu atención ahora en tu pecho, y observa como  sube al inspirar y baja al espirar… permanece atento a ese movimiento… Puedes contar exhalaciones de uno a diez y de diez a uno…

o   Si te vienen pensamientos no vayas tras ellos,… míralos como pajarillos que cantan y se mueven entre las ramas de un árbol y te distraen unos segundos, pero luego se van… No te enfades por los pensamientos que vienen …  No te vayas tras ellos, tú sigue observando tu respiración…

o   Céntrate ahora en todo tu cuerpo, … aquí y ahora… Sin moverte toma conciencia de tu peso sobre la superficie en que se asienta, del volumen, la temperatura, ¿frio? ¿calor? … Fíjate en las sensaciones corporales, … el roce de la ropa… el aire que te roza de modo casi imperceptible…

* * *

·       Abre tu conciencia al entorno en que vives, y más en concreto al lugar donde estás…

o   Date cuenta de que no estás solo… Te abres a la aceptación de los que te rodean… No los juzgas, no le pones etiquetas, simplemente los sientes como una parte del todo que es la humanidad… Te da cuenta de que con sola su presencia ya están siendo maestros para ti…

o   Trae a tu memoria a las personas con las que normalmente convives: marido, esposa, pareja, hijos, compañeros de trabajo… los miras con admiración y cariño… también son  maestros tuyos: te han enseñado a vivir (con sus aciertos y errores)… Agradece tener  tantos maestros…

o   Tienes ante ti la Presencia de Dios en la Eucaristía… al Maestro de maestros, … En la Eucaristía nos enseña: amaos como yo os he amado, … sentid conmigo que sois hijos del mismo Padre… Nunca te sientas solo o sola en el camino; yo voy contigo, -te dice- basta que tengas fe, que te abras a mi presencia en el instante… Aquí y ahora… Abre tu corazón a la Presencia de Cristo.

o   Abre tu corazón a la Presencia de Cristo, y desde él siéntete hemano/hermana de toda la humanidad…  Advierte que todos los que han sido maestros tuyos a lo largo de tu vida, son un don de Dios, una gracia, una bendición… ¡No estoy  solo! ¡No estoy sola! … Nunca me has dejado, Señor, … has mandado ángeles que me protegieran en el camino… Gracias, Señor…

* * *

·        Sin prisas, lentamente, haces unas respiraciones profundas y vas desentumeciéndote para salir de la meditación.

·        

paduamerida@gmail.com. Noviembre 2020


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