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sábado, 31 de diciembre de 2016

FELIZ AÑO 2018: Carpe diem, vive el presente.

 

La noche del 31 de diciembre celebramos el final del año viejo y el inicio de uno nuevo.  Cena, campanadas, pirotecnia, uvas, abrazos, sonrisas, deseos, … Como si concentrada en unas horas dejáramos atrás un pasado más o menos grato y anheláramos un futuro mejor. Con nuestras celebraciones damos culto al tiempo con unos festivales que dedicamos a su dios –Cronos- al que a fin de cuentas nosotros mismos hemos inventado y dado el poder de ser  dueño de nuestros días, devorador implacable de nosotros, sus hijos. Pero ¿Qué sentido tiene el tiempo para los que meditamos?
 
Lo primero que se me ocurre  decir es que en el ejercicio de la meditación insistimos mucho en “relájate, cierra los ojos, céntrate en la respiración… o en las sensaciones de tu cuerpo, o en percibir los ruidos que te rodean, o en tus emociones, etc..”; en el fondo, se nos invita con esto a situarnos  en el tiempo presente, en el aquí y ahora de nosotros mismos.

¿Por qué? Sencillamente porque es lo único que existe: yo, aquí y ahora. Soy presencia. El pasado y el futuro, ciertamente, “son cosas que también existen”, es lo que nos dice san Agustín en su libro de las Confesiones, pero, matiza, cosas que existen en cuanto las traigo a mi memoria presente o las hago objetos mentales en mis previsiones de futuro.

Entonces ¿sólo existe el presente? Ampliemos lo dicho por San Agustín:

Lo que es claro y manifiesto es que no existen los pasados ni los futuros, ni se puede decir con propiedad que son tres los tiempos: pasado, presente y futuro; sino que tal vez sería más propio decir que los tiempos son tres: presente de las cosas pasadas, presente de las cosas presentes y presente de las futuras. Porque éstas son tres cosas que existen de algún modo en el alma, y fuera de ella yo no veo que existan: presente de cosas pasadas (la memoria), presente de cosas presentes (visión) y presente de cosas futuras (expectación). Si me es permitido hablar de otro modo, veo ya los tres tiempos y confieso que los tres existen. Puede decirse también que son tres los tiempos: presente, pasado y futuro, como abusivamente dice la costumbre; dígase así, que yo no me ocupo de ello, ni me opongo, ni lo reprendo; con tal que se entienda lo que se dice y no se tome por ya existente lo que está por venir ni lo que es ya pasado. Porque pocas son las cosas que hablamos con propiedad, muchas las que decimos de modo impropio, pero que se sabe lo que queremos decir con ellas”.(Confesiones, Libro XI, cap XX, 26)
 
Bonita reflexión para cierre y apertura del año. No nos vamos a enfadar –como dice el santo- por la forma en que hemos encadenado el tiempo a los ángulos de las agujas del reloj, o recluyéndolo en las casillas y páginas del calendario. Es una forma útil de organizar nuestro presente. Lo que sí es preocupante es la obsesión que el ego -nuestro yo falso y ficticio-  tiene por evadirse del presente. El ego vive del recuerdo selectivo e interesado del pasado y del sueño obsesivo por proyectar una imagen deslumbrante ante los demás. A tu ego  le molesta el presente, porque el presente  le sitúa ante lo que realmente eres, ni más ni menos; situado en quietud y silencio ante ti mismo no vale engañarte con nostalgias del pasado ni ensueños del futuro. Al ego no le interesa el presente, porque es su muerte, ya que cuando estás en tu yo-presente se acaba su existencia. ¿Entiendes ahora por qué tu imaginación, cuando haces silencio meditativo, intenta una y otra vez sacarte de tu centro? ¿Entiendes ahora lo que quiero decir cuando afirmo que no nos gusta el silencio y la quietud porque no nos soportamos a nosotros mismos? Es tu  ego, que se niega a morir. Sabe que cuando entras en quietud y calma, cuando te centras en ti mismo, en lo que eres de veras, en tu ser, él muere.

Al ego lo mata la verdadera  humildad, que al decir de santa Teresa es “andar en verdad”; ser humilde es estar en tu ser real y no en el ego ficticio. Con la verdadera humildad el ego muere.  Se entiende así que uno de los más importantes  trabajos del meditador es ahondar en el aquí y ahora de lo que soy, en el ser, en el hacerme presente a mí mismo. El observador que es observado. Contemplativo. Ahí me descubro y me conozco. Ahí soy yo.Ahí alcanzo la cima de las virtudes: la humildad, vivir en mi yo real.


El "yo real" sólo es (existe) en el “carpe diem”. Esto del carpe diem es una expresión que se ha hecho muy popular en nuestro tiempo; pero una expresión engañosa si no  la sabemos entender en el sentido que los antiguos le daban. Para los clásicos el dicho “Carpe diem, quam minimum credula postero;  aprovecha el día, no confíes en el mañana" (Horacio, Odas 1,11) era una invitación a vivir la realidad presente  trabajando el ser. Sin embargo, en una sociedad consumista y amante de la farándula y el postureo, la expresión se  usa precisamente para todo lo contrario: para huir de la propia realidad y perderse en  fantasías, para alejarse de uno mismo con sueños y modos de vida claramente inalcanzables. En  sentido inverso a su significado original carpe diem se entiende hoy como evasión del aquí y del ahora, poniendo la felicidad en  cosas que están fuera de ti, que te incitan a atraparlas, que tienes que desvivirte (¡qué palabra!) para lograrlas y que finalmente te alienan de ti mismo, porque dan alas al ego.  Por desgracia, todas esas cosas a las que el ego aspira, son solo falsos señuelos de la felicidad, y si acaso da alguna felicidad poco sólida, escurridiza y volátil. Quien  desea cada vez más caprichos termina ahogándo por  ese deseo insaciable.

Más que “vivir el día” parece que lo que nuestra cultura desea es salir del presente, que el ego siempre considera un estorbo, e ir caminando hacia un mañana inexistente. Lo más contrario a una persona centrada en su yo es una persona dispersa, divertida en los reclamos que seducen al  ego. ¡Cuánta gente huyendo de sí mismo y cayendo en los brazos del consumo! Así somos: tontos felices que identifican felicidad con ego. ¿Qué ocurre cuando ese ego, insaciable como Cronos,  no encuentra nada con qué saciarse o a nadie a quien devorar? Entonces suele reaccionar de dos modos: con violencia ante quienes considera los causantes de su desgracia o con un progresivo desprecio de sí mismo que deriva en sinsentido y depresión. ¡De alguna manera habrá que salir del estrés al que conducen  los deseos insatisfechos! Y de esto sabríamos mucho si nos observáramos a nosotros mismos y nuestras reacciones.

Pero, dadas las fechas festivas, olvidemos tanta negatividad. ¿Qué sentido tiene toda fiesta? Hacer fiesta es celebrar el presente. En él estamos rememorando cosas del pasado, y proyectando con más o menos ilusión -¡qué palabra!, ilusión, ella misma se delata; ¿qué es una ilusión sino algo no existente y propio de ilusos?- seguir caminando en la línea que hasta ahora llevábamos. Vivamos la fiesta de fin de año como meditativos; apliquemos el principio de “ser en el presente”; no es la cena de Nochevieja, ni  las uvas ni el champán, ni el cotillón, lo que da la vida, lo que hace ser; eres tú cuando apartas tu ego (presunción, miedos, aires de grandeza, fantasías…) y dejas que fluya tu propia identidad, que no es tristeza y aburrimiento sino fiesta,  alegría y libertad.

¡No dejes que el ego te agrie estas fiestas! ¡Nada de nostalgias, nada de falsas ilusiones!  Respira hondo, cierra los ojos, siéntete vivo, disfruta la cena, felicita y abraza a los tuyos desde tu más profunda identidad; sonríe, baila,... en una palabra:  celebra contemplativamente, siendo tú mism@, el año Nuevo. Y que cada momento de tu “presente-futuro” sea para ti un auténtico y genuino “carpe diem”.  

Ah, y conste que eso de "estar en el presente" no es propiamente la meditación. Sólo su prefacio. Porque eres tú quien abraza el Misterio, no tu ego. ¡Si conocieras el don de Dios!...

 
Casto Acedo.
Diciembre 2017

miércoles, 28 de diciembre de 2016

NAVIDAD Y MEDITACION

 
1. LA NAVIDAD,
REGALO PARA CONTEMPLATIVOS
 
La Navidad invita a contemplar a Dios en lo insospechado, lo inaudito, lo incomprensible, lo inesperado. Uno podría esperar a Dios viniendo en gloria sobre las nubes como un guerrero, o naciendo en un Palacio desde el cual imponer el reino de su Padre. Pero no lo hace así. Estamos ante un Dios que se oculta a la mirada de los poderosos y bien educados, escondido a los sabios de este mundo, esquivo a los teólogos y huidizo a los escudriñadores de profecías.
 
Descubrir (ver, contemplar) su presencia sólo va a ser posible para los pobres, para aquellos que han realizado el camino del desapego, para los meditadores que en quietud y silencio se han despojado de su mirada analítica, calculadora, interesada y previsible.
 
La Navidad trae consigo un giro  en la “visión de Dios”. El peregrino que camina hacia Él se admira al saber que es Él quien viene a su encuentro; es más,  descubre que siempre ha estado con él en su camino: “¿Tanto tiempo con vosotros y aún no me conoces, Felipe? (Jn 14,9). El temeroso de Dios se sorprende al ver que sus miedos ante un Dios juez terrible se disipan junto al pesebre de Belén. El amante de la pureza legal se escandaliza y sorprende con un Dios que pone su trono en un establo.
 
Los que le esperaban hurgando en libros y previsiones mesiánicas no le reconocen. Falsos profetas y reyes, como  Herodes y sus consejeros, obcecados por lecturas erróneas del pasado y  obsesionados por el pánico a perder sus privilegios en un futuro incierto, se perdieron el presente de Dios.
 
Se impone un cambio de mirada; porque la Navidad es un regalo para contemplativos, para amantes de la quietud y el silencio, para los que abren sus ojos a la noche observando el cielo como los pastores (cf Lc 2,8-20),  siguiendo la luz de una estrella como los magos (cf Mt 2,1-12), o esperando pacientemente el momento de la iluminación que tarda en producirse, como Simeón y Ana, que solo alcanzan la visión en la ancianidad (cf Lc 2, 21-39).
 
Reconocer la venida del Salvador requiere un cambio de visión,  la “visión de Dios”, una nueva manera de mirar  que nos hará ver con ojos nuevos -los  de Dios- toda la realidad. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y sombras de muerte, y una luz les brilló”. (Is 9,2). Dios es luz, pero no el deslumbrante sol que ciega los ojos del hombre; viene pobre y anónimo precisamente para no deslumbrar, para iluminar sin romper el misterio mismo que es el hombre, para enseñar que a Dios no se le encuentra en espacios interestelares ni galaxias lejanas; Dios está en el corazón del hombre -encarnado- irradiando ahí nueva luz sobre las cosas y los acontecimientos.

Entrar en Belén, pues,  es entrar en "la interior bodega" que hay en ti, donde Dios y tú podéis encontraros y beber el vino de la fiesta.  En la intimidad con Él te conocerás  mejor incluso a ti mismo, porque "el misterio del hombre solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado... Cristo, el Nuevo Adán, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la grandeza de su vocación" (Vaticano II. Gaudium et Spes, 22)
 
 

2. "TU LUZ, SEÑOR,  NOS HACE VER LA LUZ",  Y NOS CAMBIA.
 
Con Jesús se inicia el tiempo de la fiesta y la luz. Ha llegado la “iluminación” que nos hace ver lo que por puro amor somos: hijos de Dios. Lo dice  san Juan en su evangelio:  La luz brilla en la tiniebla, y la tiniebla no lo recibió…  Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre”. (Jn 1,5.12). Les dio “ser hijos de Dios”.

El modo viejo de vivir, consecuencia del pecado del primer Adán  incitado al deseo de “ser como Dios” y que pretendió  sustituir la conciencia de Dios -la divina “ciencia del bien y del mal” (misericordia)- por los criterios del mundo, es restaurado por  Dios de modo paradójico: se encarnó como Nuevo Adán y aquello que se perdió por la desobediencia de Adán lo obtiene ahora la obediencia de Cristo (cf Rm 5,12-21) que nos justifica y nos hace  “ser dioses”;  es el nuevo modo  de ser y vivir que hace presente en nosotros el Niño. Dios “se hizo hombre para que nosotros llegáramos a ser Dios” (San Ireneo), para hacernos partícipes de su divinidad, de su modo luminoso de ver la realidad, de su conciencia abierta que supera nuestra estrechez de conciencia.
 
Meditar es darnos cuenta de esto. Es poner el aceite y la mecha para que la luz se encienda en nosotros y transforme nuestro ser y existir. La meditación ayuda a tomar conciencia de la luz que es  Dios mismo. "Tu luz nos hace ver la luz" (Sal 35,10). Volverse a esa luz, contemplarla y dejarse iluminar por ella es lo que llamamos conversión, volver a Dios. Y esta vuelta produce un cambio no solo en la visión de las cosas, sino también en la propia persona. Cuando una persona se convierte a la luz  solemos decir: “Es otro”.
 
Porque el meditador cristiano se transforma en el Cristo meditado. Cuando el ciego de nacimiento se cura, los demás no le reconocen;  “los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ese el que se sentaba a pedir?».  Unos decían: «El mismo». Otros decían: «No es él, pero se le parece». El respondía: «Soy yo».  Y le preguntaban: «¿Y cómo se te han abierto los ojos?. Él contestó: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver»" (Jn 9, 8-11). En el ciego se había producido un cambio, y los otros lo notan. La luz no sólo da color a las cosas que nos rodean, sino que nuestra misma interioridad y nuestro mismo ser se iluminan de tal forma que los demás notan el cambio: “este es diferente, no es el mismo que antes”.  Y, ciertamente, estamos ante otro hombre, el hombre nuevo. Incluso físicamente notan el cambio quienes antes lo trataban.
 
El cambio de ser (interior) que opera la práctica de la meditación se deja notar en la exterioridad. El contemplativo, sin procurarlo, recibe unos beneficios como efecto de la meditación. Son los frutos de la NAVIDAD, de la luz que le hace ser distintos, una luz que hasta entonces no veía porque su conciencia estaba dormida, amodorrada, drogada por los resplandores del mundo. 

* * *
 
Meditar es celebrar la Navidad, porque meditando te dispones a descubrir y vivir el nacimiento de la Luz en ti. Meditar es seguir la estrella y caminar hacia la iluminación que surge en Belén; meditar es entrar en conversión, recibir  la mirada nueva, el cambio de perspectiva;  meditar es un ejercicio bueno para despertar y “tomar conciencia de la realidad”, y, repetimos,  especialmente de una realidad muy gratificante: “Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce porque no lo conoció a él. Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. Todo el que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, como él es puro. (1 Jn 3,1-3).

Así, pues, meditador: relájate, cierra los ojos, inspira y espira con serenidad, dibuja en tus labios una leve sonrisa como signo de apertura, y repite suavemente: "Soy hijo de Dios"
 

 
¡FELIZ NAVIDAD!
¡PERSEVERANTE Y FELIZ MEDITACION!
 
Casto Acedo. Diciembre 2017

martes, 13 de diciembre de 2016

ORAR CON SAN ANSELMO




Consejos para la meditación
 desde la introducción del
 Proslogion de san Anselmo  

Va un breve comentario más o menos improvisado, y con fines de orientación para orantes, del inicio del Proslogion de san Anselmo, obra filosófica en clave de meditación dirigida a Dios.  No es este lugar  para comentar la grandeza teológica del personaje y su obra.  Baste decir que fue monje benedictino en la abadía de Canterbury (Inglaterra) entre los siglos XI y XII, y muy interesado en dar a conocer su experiencia de Dios con argumentos metafísicos. Para hablar de Dios (hacer teología)  no parte de cero sino de su experiencia de oración. Le mueve el principio de la fe experimentada que quiere darse a conocer (“fides quaerens intellectum”). Tras tocar con la vida el misterio procura explicarlo. Antes de dar sus razones sobre Dios invita al lector a orar como él lo ha hecho. Esta breve invitación es la que comento, porque creo que nos da unas pistas importantes para lograr una adecuada disposición para el encuentro con el Misterio.

ANSELMO DE CANTERBURY
San Anselmo de Canterbury O.S.B. (Aosta, 1033-Canterbury, 1109).
 
Proslogion , 1,1
 
¡Oh hombre, lleno de miseria y debilidad!, sal un momento de tus ocupaciones  habituales; ensimísmate un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos; arroja lejos de ti las preocupaciones agobiadoras, aparta de ti tus trabajosas inquietudes. Busca, a Dios un momento, sí, descansa siquiera un momento en su seno. Entra en el santuario de tu alma, apártate de todo, excepto de Dios y lo que puede ayudarte a alcanzarle; búscale en el silencio de tu soledad. ¡Oh corazón mío! , di con todas tus fuerzas, di a Dios: Busco tu rostro, busco tu rostro, ¡oh Señor!

¡OH HOMBRE, LLENO DE MISERIA Y DEBILIDAD!  San Anselmo parte del hombre real, imperfecto por la limitación del pecado, herido pero no derrotado totalmente, por tanto capaz aún de volverse a Dios. Ese es el punto de partida de toda oración: poner mi “yo real” ante Aquel con quien  quiero estar. Si yo fuera perfecto, y no viviera en la imperfección del pecado, no necesitaría hacer ningún ejercicio de oración para contemplar (conocer) la esencia de Dios; su conocimiento-visión  sería connatural en mí. Pero no es así, y por ello necesito la gracia o iluminación de Dios. Pues bien, al empezar el ejercicio de oración se ha de poner cada cual ante Dios tal como es (criatura limitada) y pedir desde ahí la gracia de Dios, la única capaz de posibilitar la experiencia de su cercanía y presencia. Así, el primer requisito para bien orar es la  humildad, "andar en verdad", ser sincero contigo mismo y reconocerte en lo que eres aunque no te guste. Baste citar como referencia la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-17).

“SAL UN MOMENTO DE TUS OCUPACIONES  HABITUALES”.  Es conveniente dejar a un lado el trabajo habitual para dedicar un tiempo a la oración. Todo es oración, dicen algunos; y también todo es trabajo; y de todo se aprende; también todo es diversión (en el sentido de dispersión), todo lo podemos vivir en la totalidad de nuestro ser, pero no viene mal dedicar un tiempo concreto  a trabajar, a aprender, a disfrutar, a descansar, a divertirse, y, por supuesto, a orar, etc.   El orante necesita de su tiempo concreto de oración. Nosotros hablamos de unos momentos, ¡qué menos que dos espacios de al menos unos veinte minutos!, para dedicarlos a la meditación.

“ENSIMÍSMATE UN INSTANTE EN TI MISMO, LEJOS DEL TUMULTO DE TUS PENSAMIENTOS”. ¿Cómo meditar?  Entra en tu mismo ser. Entra en ti mismo, porque ahí, en lo más profundo de tu “castillo  interior” está Dios, que a pesar de tu condición pecadora  no te ha abandonado sino que sigue bajando cada día al huerto de tu corazón a pasear contigo, y Dios no falta a su cita,  incluso cuando tú, de modo más o menos consciente, huyes o quieres esconderte de Él (cf Gn 3,8-12). Tus muchos pensamientos, ideas, justificaciones, creencias, etc. pretenden ocultar la vergüenza de tus pecados. Un consejo:  no tengas miedo a tus faltas, Dios te sigue queriendo a pesar de ello. Deja a un lado tus ideas sobre ti, tu “yo ficticio”, pensado, impostado… Deja  pasar tus pensamientos, no corras tras ellos; relaja tu cuerpo, y céntrate en la respiración como punto de conexión entre tu exterioridad y tu interioridad… Y todo esto ¿para qué? Para estar bien dispuesto para el encuentro, para que el diálogo con Dios en el huerto del Edén que es tu persona lo tengas cara a cara con Dios, sin máscaras ni falsedades; para que nada obstaculice tu cruce de miradas con el Amado.

 
 
“ARROJA LEJOS DE TI LAS PREOCUPACIONES AGOBIADORAS, APARTA DE TI TUS TRABAJOSAS INQUIETUDES”. Desconéctate de todo lo que te preocupa. Como dice Theilard de Chardin:  “No te inquietes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos sombrío. … Recuerda que cuanto te deprima e inquiete es falso”. Acalla, pues, tus emociones, todo lo que te aleje de la profundidad del ser que eres. Con cuerpo, pensamientos y  emociones controladas, como dice san Juan de la Cruz, puede tu alma  salir hacia el Amado “estando ya mi casa sosegada”.
 
“BUSCA, A DIOS UN MOMENTO, SÍ, DESCANSA SIQUIERA UN MOMENTO EN SU SENO”. Concentra toda la energía que eres en un solo punto: Dios. Ora desde el corazón y no desde la mente, desde el amor y no desde los pensamientos: “Las criaturas racionales, como los hombres y los ángeles, poseen dos facultades principales: la facultad de conocer y la facultad de amar. Nadie puede comprender al Dios increado con su entendimiento; pero cada uno, de maneras diferentes, puede captarle plenamente por el amor” (Nube del no Saber, 4).  Como dice santa Teresa: “no estála cosa en pensar mucho, sino en amar mucho”  (Moradas 4ª, 1,7). Descansa, pues, tu corazón en Dios, recostado en su seno como Juan en el cenáculo.

“ENTRA EN EL SANTUARIO DE TU ALMA, APÁRTATE DE TODO, EXCEPTO DE DIOS Y LO QUE PUEDE AYUDARTE A ALCANZARLE”. Ahí dentro, en el sagrario de tu alma, apártate de todo; y cuídate mucho de apegarte a nada, a nada, por muy santo que te  parezca; aleja de ti tus propias imágenes de Dios. Deja que Dios sea Dios. No fabriques  un ídolo-dios con tus deseos y aspiraciones, por muy buenas que te parezcan. Recuerda que el verdadero conocimiento de Dios nos viene por la vía de la docta ignorancia; lo que más puede ayudarte a encontrarle es tu no-saber, tu vacío interior, tu disponibilidad absoluta, tu espacio para Él. Eso es orar: ahondar tu espacio, vaciarlo de todo para que Dios te haga ser tú mismo al expandir  en ti su Ser. Eres imagen de Dios, y Dios en ti, lejos de alienarte,  te hace ser tú mismo. 
 
 
“BÚSCALE EN EL SILENCIO DE TU SOLEDAD”. En el “silencio”. Dios es silencio. Silencio abisal del que emerge la Palabra creadora, silencio primigenio del que surgen todos los sonidos,  silencio que envuelve y abriga la soledad del hombre. Soledad, por una parte, necesaria para crecer en libertad, sin presiones sociales, sin imposiciones legales, soledad que te identifica y desarrolla como un ser único, original, incomparable … Y soledad que a veces se vuelve oscura. ¿Te sientes solo, abandonado? ¿Crees que ya no tienes nada ni nadie en quien apoyarte? Tras un periodo de gustos y consolaciones en la oración ¿te sientes vacío y cansado? Ahora toca ejercitarte en la fe madura.  Dios no te ha abandonado, sigue ahí, pero no se deja verTen confianza. “Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa se abalanzó, como paladín inexorable, desde el trono de los cielos” (Sb 18,14-16). Tarde o temprano, en la tu oscuridad Dios irrumpe con su Nacimiento. Búscale en el silencio de la noche, como los pastores de Belén, como los magos, como María y José. Todos esperaron a Dios en la noche de la fe. “La noche es tiempo de salvación”, reza un himno de completas.
 
¡OH CORAZÓN MÍO! , DI CON TODAS TUS FUERZAS, DI A DIOS: BUSCO TU ROSTRO, BUSCO TU ROSTRO, ¡OH SEÑOR! Cuando recéis, no uséis muchas palabras”  (Mt 6,7). Ora con advertencia, consciente de quién es Aquel ante quien estas; eso es orar, despertar a la Realidad que tienes ante ti, “porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labios” (M 1ª. 1,7). Pocas palabras bastan. “Señor mío y Dios mío”, “¡Marahnata!”, “¡Señor Jesús, ten piedad de mí!”. “Busco tu rostro, oh Señor” propone san Anselmo. “¡Oh, corazón mío!”, ¡habla, díme!… Porque lo importante no son los labios que se mueven ni los pensamientos que se afanan en no distraerse de ellos, sino el corazón que baila al ritmo suave de la respiración mientras se impregna en el silencio de la música callada de la Palabra que iluminala interioridad. ¡No dejes de orar en todo momento siguiendo el ritmo incansable de tu corazón!
 
*  *  *

Dejo constancia de este inicio del Proslogion,  testimonio y guía,  estela, que nos dejó san Anselmo, un monje benedictino  orante, que hoy, diez siglos después,  sirve de ejemplo a los que buscamos caminos para estar con Dios.
 
Casto Acedo.
 

lunes, 5 de diciembre de 2016

ORAR EN ADVIENTO (una reflexión)


 Hace tiempo escribí unas notas en Adviento. Las he vuelto a usar en el retiro espiritual de la Parroquia este año. Me ha parecido oportuno transcribirlas aquí por si a alguien le ayuda a reflexionar y enfocar más adecuadamente su silencio orante en estos días previos a la Navidad.

I.
“Me pongo en silencio
 y actitud de escucha
ante Dios que viene". 
(Unas claves para la oración en el tiempo de Adviento)

 1.- ME PONGO (YO)

Soy yo quien me pongo ante Dios. Pero mi “yo real”, no el “yo” que quiero que Dios vea. A Él no le puedo engañar. Tal vez a los otros y a mí mismo sí, pero a Él no.


Dice Joan Chittister: “La tentación a la que debemos hacer frente, si queremos verdaderamente aprender a orar, consiste en orar como si fuéramos más de lo que somos. Quizá más piadosos; puede que más dispuestos a aceptar la voluntad de Dios; más espirituales en cuanto a nuestras preocupaciones; más despegados del mundo; más ciudadanos del otro mundo que peregrinos en este… Pero cuando lo único que llevamos a la oración es nuestra santidad, ¿qué estamos haciendo? … ”.
 
 Lo primero que necesitamos para orar bien es “conocimiento personal”, un conocimiento sincero que “nos salva de nosotros mismos”. (Baste como ilustración la parábola del fariseo y el publicano de Lc 18,10-13). Cuando oro, ¿quién se pone ante Dios? ¿Mi "yo ideal" falso? ¿O mi "yo real", mi “yo imperfecto”, pecador, limitado?

2.- EN SILENCIO.

Uno de los títulos más hermosos de María es el de “mujer silente”, madre de Silencio. He de acallar mis ruidos para orar. Sin silencio no hay escucha, que es el siguiente paso. El silencio es la condición necesaria para la música, el seno donde se gesta. Silencio exterior: ¿acaso los lugares bulliciosos son los más adecuados para orar?, silencio mental (acallar los pensamientos, dejarlos a un lado; ¿pienso luego existo? Dios está más allá de nuestras ideas y creencias), silencio del corazón (Es el silencio sagrado que procura serenar el corazón ante el misterio; podéis imaginar a José y María contemplando el misterio del recién nacido; a los pastores, a los magos, … postrados ante Él, callados, contemplando, … El Gran Silencio de la Nochebuena  propició oír la voz del ángel que anunciaba el nacimiento del Salvador...

“Dios dijo a Elías: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor». Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva" (1 Re 19,11-13).

El silencio abona el terreno para la escucha; la voz de Dios no es violenta ni arrolladora, sino suave y susurrante; “No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará Manifestará la justicia con verdad”. (Is 42,2-3). Dios no amedrenta ni amenaza, se acerca al hombre en el silencio, en la suavidad de su palabra.
 
3.- ACTITUD DE ESCUCHA.
 
Cuando me dispongo a escuchar música suelo preparar el equipo de sonido, elegir el canal o el disco o soporte que contiene lo que quiero escuchar; selecciono la composición escogida y modulo el volumen para disfrutar de un plato que yo mismo me he preparado.

Muy interesantes todo lo  previo: la programación, la técnica,  los modos, etc. Pero, en la oración, aunque los preparativos para la escucha (charla, lectura espiritual, texto, postura física, control de la respiración,  mantra-jaculatoria, etc…), tienen su importancia, estas cosas no son lo definitivo;  pueden ayudar, pero no constituyen una garantía de encuentro con Dios. Preparo la mesa, pero el alimento es un don. No se puede forzar la venida de Dios, porque ésta es una gracia. Hay quien cree que el encuentro con el Misterio puede ser obtenido por técnicas; creencia propia de los que confunden la experiencia de Dios con sentir ciertos fenómenos provocados.  
 
Lo que se busca en la oración no son extrañas experiencias que engorden el propio "ego", sino el encuentro con Dios. Y éste sólo Dios lo concede. Es tan así que a veces incluso sobra la preparación. Hay que ser humildes y reconocer la evidencia: Dios se revela a quien quiere y como quiere, y nuestros esfuerzos son sólo expresión de buena voluntad hacia él.  

No podemos ir a la oración exigiendo nada.  Escuchar a Dios requiere ponerse ante Él humildemente, hacer silencio, y… esperar. Eso sí, esperar con una conciencia abierta, lanzada hacia fuera. No indago en mis ensoñaciones y vacíos, no me embobo con el eco de mis soledades, no me miro el ombligo, no hago oración encorvado sobre mi propia persona, sino que me abro en silencio hacia fuera... porque, aún estado dentro de nosotros, el Señor nos sale al encuentro desde fuera; no es un encuentro con un desdoblamiento de mi yo, sino con "Otro".

Por tanto, la preparación para el encuentro debe estar más en la actitud  interna que en los modos o actos externos. Santa Teresa resume muy escuetamente cómo orar recurriendo al ejemplo impactante de la mirada entre amantes:   "mira que te mira"  o “los ojos en Él”. Estar abiertos un cruce de miradas con Dios es un buen principio para orar.
 
 
4.- ANTE DIOS QUE VIENE.
 


La vida de Dios es “gracia”. No está en mis manos alcanzar a Dios. Digámonoslo por enésima vez: no se trata de llegar a Dios sino de disponernos para que Dios se nos allegue. Es cierto que necesitamos una disciplina orante: la determinada determinación de santa Teresa; pero ahí acaba todo por nuestra parte.
 
Estamos en el tiempo de  oración: la preparación, el silencio… ¿ahora qué? … Pues como Abrahám a su Hijo Isaac subiendo al monte Moria: “Padre, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?" ¡Te has olvidado de lo esencial!; y "Abrahám respondió: “Dios proveerá” (cf Gn 22). En la oración ocurre los mismo: Dios proveerá su presencia en la oración. Si quiere. Tú déjate llevar por el silencio… No pienses, no especules, no te ates a ideas y conceptos; que tus emociones no te lleven a la distracción de los pensamientos; deja que pasen todos esos ruidos, sin enfadarte, sin alterar tu voluntad íntima de silencio  para Él … Dios, si quiere, pasará ante ti en el susurro, rozando tu piel como un viento suave… No quieras atraparlo, sólo déjate acariciar por Él y disfruta su presencia. Luego, terminada la oración, tendrás tiempo de especular y recapitular, tiempo de hablar e intentar explicar lo inexplicable.

 Orando así preparas el Adviento: tiempo para orar, para despertar, para ejercitar  mi alma en hacerme consciente del paso de Dios por mi historia y por la historia de mi mundo.
 

II.
Criterios para escuchar a Dios;
empatía, respeto, no juzgar...
 
Dios viene y hay que aprender a escucharle. Ten claro que orar no es ensimismarte, ni lanzarte a un alocado e interminable monólogo contigo mismo o con Dios, sino abrir el oído a la voz-presencia  de Dios; por eso no está mal tener unos acertados criterios para sintonizar con su comunicado.
 
Lo  mismo que son básicos en una acertada comunicación de ayuda entre dos personas unos criterios de escucha, así en Adviento, podríamos ejercitarnos también en la escucha de Dios, del prójimo (próximos) y del mundo.

 Para escuchar se requiere, en primer lugar empatía, o lo que viene a ser lo mismo: capacidad de ponerse en lugar del otro, de sentir como el otro, de ver las cosas como las ve el otro… Empatía no es un “hacer como si escuchara”… requiere “autenticidad”…


o Adviento, pues, te invita a “ponerte en lugar de Dios”. ¿Difícil? Tal vez no tanto como solemos creer. Si Dios quiere tu bien y tu vida, ¿cómo se siente cuando ve que te alejas de él? ¿Qué experimentará como Padre cuando como hijo te desmadras?... Se trata de “sentir con el Padre su mirada sobre tí”… Sentir al mismo Dios, el que Jesús te revela,  no te aferres al Dios que a ti te gustaría que fuera.


o Empatiza también con los que te rodean. ¿Cómo los miras? Ponte en su lugar: ¿Qué esperan de ti? ¿Cómo crees que te ven? … ¿Qué espera de ti tu marido, tu hijo, tu vecino, tu compañero de trabajo…?  ... Deja de pretender ser el dueño de la verdad, porque la verdad también está en los otros.


o Y observa el mundo con sus problemas de terrorismo, guerras, consumismo, agnosticismo, etc… Mira, contempla, el mundo… empatiza con un mundo que a veces no te gusta, pero del que formas parte sí o sí. Es tu mundo, y debes amarlo si quieres cambiarlo. 

 o Dios, tus próximos y el mundo te están hablando. Con un lenguaje verbal o no verbal. El Adviento te está invitando a escucharles, con respeto. Respetar a una persona es dejarla ser ella misma, dejar que tu hijo sea tu hijo, no el que tú quieres que sea, que el mundo sea el mundo, con sus grietas a corregir, ese es tu mundo, no el que tu quieres que sea, respetar a Dios es dejar que Dios sea Dios
 

o Tenemos la tendencia a no respetar, a hacer * un Dios a mi medida, a *querer que los que me rodean sean conformes con lo que me gustaría que fueran, *que el mundo funcionara como a mi me gustaría que fuera… Cuando los otros nos son como yo quiero me cierro en banda y no les escucho, no les dejo entrar en mi vida, “cierro los ojos a la realidad” (técnica del avestruz)… me aíslo. Así entro en la oscuridad y la desesperanza.
 
o Escuchar requiere también, como algo ligado íntimamente al respeto, evitar los juicios, las visiones moralistas… ¡Deja que Dios sea el único juez!
 
* Deja de juzgar a Dios (entiendo juzgar como condenar) … "Si Dios me quisiera…", "si Dios fuera bueno…". Gran atrevimiento es este de juzgar a Dios (cf Job 40,4)… Nunca sabemos lo que se esconde detrás de sus acciones… Bueno, si tenemos fe, estamos dispuestos a aceptar que en Dios se esconde una buena voluntad que a menudo no entendemos… Has de saber que “tú no eres tus pensamientos”, no eres lo que crees que eres, y el mundo no es lo que piensas, y por supuesto Dios no es el Dios que tú crees que es. Dios supera cualquier previsión de tu mente; tanto es así que para decir algo de Él convienen más las negaciones que las afirmaciones (teología apofática).

* Deja de juzgar al prójimo. ¿Acaso no serías tú peor que el peor de los humanos si Dios no estuviera contigo? Cuando Juzgas a tu hermano no ves a tu hermano, ves sus actos, … no has entrado en el misterio de su persona… Sé como el mismo Dios que viene: "No juzgará por apariencias ni sentenciará de oídas" (Is 11,3), su juicio será de amor, desde su  corazón compasivo a tu corazón herido por la violencia. Recuerda el “diamante” que es tu hermano. En su más profundo centro lleva la presencia de Dios.  Tal vez no tiene, como tú, la suerte de saberlo.

* Y, en fin,  deja de juzgar al mundo… Abandona la “cultura de la queja”, del victimismo, del “¡salvádme!”… Pasa mejor a la cultura de la acción… Dios se revela “obrando” (Soy el que soy siendo) …


o Nuestras “valoraciones morales” se ponen entre nosotros y la realidad, oscurecen el entorno, no nos dejan ver la luz… Las lágrimas impiden ver el sol…  Los juicios "de oídas y desde la apariencia", el “lastimeo” (la pena, el pesimismo), los prejuicios sobre Dios, sobre la Iglesia, el mundo o los hombres,  paralizan; el optimismo y  la confianza  lanza a la acción con alegría. Frente a la "escuela de sospecha" (no hay Dios, no hay honradez, no hay verdad, no hay justicia...) y sus maestros (Feuerbach, Marx, Nietzsche, Freud)  el orante opone una "escuela de confianza" (Hay camino, hay verdad, hay vida) y un maestro (Jesús de Nazaret). Desde aquí oramos.

ADVIENTO ESTA PIDIENDO “ATENCION”, “ESCUCHA”, “ESPERANZA”… Vivir atentos (attendre, esperar)… salir de nosotros mismos para situarnos en el Otro, los otros y lo otro (apertura, observación, contemplación pura –sin prejuicios, sin condenas, ..- Un buen ejercicio para estos días: hacer silencio (de creencias, de ideas, de preocupaciones, de prejuicios… y contemplar desde el corazón)…

Estar atentos a Cristo que Pasa, que nace en belén, en el mundo, en el hermano, en ti mismo. Eso es orar. En silencio, sin prejuicios, abiertos a la esperanza. No dejes escapar la oportunidad que en este tiempo se te ofrece.

Y no olvides que Dios no te pide que subas al cielo para venir a ti; no te pide ser perfecto; Dios te encuentra donde tú estas, con tus bondades y tus deficiencias. Como a María,  a Abrahán, a Moisés, a Pedro, a Mateo, a Zaqueo, ... y a tantos otros, DIOS TE ENCUENTRA DONDE TÚ ESTAS. Permanece atento, en escucha.
 
Casto Acedo.