Consejos para la meditación
desde la introducción del
Proslogion de san Anselmo
Va un breve comentario más o menos improvisado, y con fines de orientación para orantes, del inicio del Proslogion de san Anselmo, obra filosófica en clave de meditación dirigida a Dios. No es este lugar para comentar la grandeza teológica del personaje y su obra. Baste decir que fue monje benedictino en la abadía de Canterbury (Inglaterra) entre los siglos XI y XII, y muy interesado en dar a conocer su experiencia de Dios con argumentos metafísicos. Para hablar de Dios (hacer teología) no parte de cero sino de su experiencia de oración. Le mueve el principio de la fe experimentada que quiere darse a conocer (“fides quaerens intellectum”). Tras tocar con la vida el misterio procura explicarlo. Antes de dar sus razones sobre Dios invita al lector a orar como él lo ha hecho. Esta breve invitación es la que comento, porque creo que nos da unas pistas importantes para lograr una adecuada disposición para el encuentro con el Misterio.
ANSELMO DE CANTERBURY
Proslogion , 1,1
¡Oh hombre, lleno de miseria y debilidad!, sal un momento de tus ocupaciones habituales; ensimísmate un instante en ti mismo, lejos del tumulto de tus pensamientos; arroja lejos de ti las preocupaciones agobiadoras, aparta de ti tus trabajosas inquietudes. Busca, a Dios un momento, sí, descansa siquiera un momento en su seno. Entra en el santuario de tu alma, apártate de todo, excepto de Dios y lo que puede ayudarte a alcanzarle; búscale en el silencio de tu soledad. ¡Oh corazón mío! , di con todas tus fuerzas, di a Dios: Busco tu rostro, busco tu rostro, ¡oh Señor!
¡OH HOMBRE, LLENO DE MISERIA Y DEBILIDAD! San Anselmo parte del hombre real, imperfecto por la limitación del pecado, herido pero no derrotado totalmente, por tanto capaz aún de volverse a Dios. Ese es el punto de partida de toda oración: poner mi “yo real” ante Aquel con quien quiero estar. Si yo fuera perfecto, y no viviera en la imperfección del pecado, no necesitaría hacer ningún ejercicio de oración para contemplar (conocer) la esencia de Dios; su conocimiento-visión sería connatural en mí. Pero no es así, y por ello necesito la gracia o iluminación de Dios. Pues bien, al empezar el ejercicio de oración se ha de poner cada cual ante Dios tal como es (criatura limitada) y pedir desde ahí la gracia de Dios, la única capaz de posibilitar la experiencia de su cercanía y presencia. Así, el primer requisito para bien orar es la humildad, "andar en verdad", ser sincero contigo mismo y reconocerte en lo que eres aunque no te guste. Baste citar como referencia la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,9-17).
“SAL UN MOMENTO DE TUS OCUPACIONES HABITUALES”. Es conveniente dejar a un lado el trabajo habitual para dedicar un tiempo a la oración. Todo es oración, dicen algunos; y también todo es trabajo; y de todo se aprende; también todo es diversión (en el sentido de dispersión), todo lo podemos vivir en la totalidad de nuestro ser, pero no viene mal dedicar un tiempo concreto a trabajar, a aprender, a disfrutar, a descansar, a divertirse, y, por supuesto, a orar, etc. El orante necesita de su tiempo concreto de oración. Nosotros hablamos de unos momentos, ¡qué menos que dos espacios de al menos unos veinte minutos!, para dedicarlos a la meditación.
“ENSIMÍSMATE UN INSTANTE EN TI MISMO, LEJOS DEL TUMULTO DE TUS PENSAMIENTOS”. ¿Cómo meditar? Entra en tu mismo ser. Entra en ti mismo, porque ahí, en lo más profundo de tu “castillo interior” está Dios, que a pesar de tu condición pecadora no te ha abandonado sino que sigue bajando cada día al huerto de tu corazón a pasear contigo, y Dios no falta a su cita, incluso cuando tú, de modo más o menos consciente, huyes o quieres esconderte de Él (cf Gn 3,8-12). Tus muchos pensamientos, ideas, justificaciones, creencias, etc. pretenden ocultar la vergüenza de tus pecados. Un consejo: no tengas miedo a tus faltas, Dios te sigue queriendo a pesar de ello. Deja a un lado tus ideas sobre ti, tu “yo ficticio”, pensado, impostado… Deja pasar tus pensamientos, no corras tras ellos; relaja tu cuerpo, y céntrate en la respiración como punto de conexión entre tu exterioridad y tu interioridad… Y todo esto ¿para qué? Para estar bien dispuesto para el encuentro, para que el diálogo con Dios en el huerto del Edén que es tu persona lo tengas cara a cara con Dios, sin máscaras ni falsedades; para que nada obstaculice tu cruce de miradas con el Amado.
“ARROJA LEJOS DE TI LAS PREOCUPACIONES AGOBIADORAS, APARTA DE TI TUS TRABAJOSAS INQUIETUDES”. Desconéctate de todo lo que te preocupa. Como dice Theilard de Chardin: “No te inquietes por las dificultades de la vida, por sus altibajos, por sus decepciones, por su porvenir más o menos sombrío. … Recuerda que cuanto te deprima e inquiete es falso”. Acalla, pues, tus emociones, todo lo que te aleje de la profundidad del ser que eres. Con cuerpo, pensamientos y emociones controladas, como dice san Juan de la Cruz, puede tu alma salir hacia el Amado “estando ya mi casa sosegada”.
“BUSCA, A DIOS UN MOMENTO, SÍ, DESCANSA SIQUIERA UN MOMENTO EN SU SENO”. Concentra toda la energía que eres en un solo punto: Dios. Ora desde el corazón y no desde la mente, desde el amor y no desde los pensamientos: “Las criaturas racionales, como los hombres y los ángeles, poseen dos facultades principales: la facultad de conocer y la facultad de amar. Nadie puede comprender al Dios increado con su entendimiento; pero cada uno, de maneras diferentes, puede captarle plenamente por el amor” (Nube del no Saber, 4). Como dice santa Teresa: “no estála cosa en pensar mucho, sino en amar mucho” (Moradas 4ª, 1,7). Descansa, pues, tu corazón en Dios, recostado en su seno como Juan en el cenáculo.
“ENTRA EN EL SANTUARIO DE TU ALMA, APÁRTATE DE TODO, EXCEPTO DE DIOS Y LO QUE PUEDE AYUDARTE A ALCANZARLE”. Ahí dentro, en el sagrario de tu alma, apártate de todo; y cuídate mucho de apegarte a nada, a nada, por muy santo que te parezca; aleja de ti tus propias imágenes de Dios. Deja que Dios sea Dios. No fabriques un ídolo-dios con tus deseos y aspiraciones, por muy buenas que te parezcan. Recuerda que el verdadero conocimiento de Dios nos viene por la vía de la docta ignorancia; lo que más puede ayudarte a encontrarle es tu no-saber, tu vacío interior, tu disponibilidad absoluta, tu espacio para Él. Eso es orar: ahondar tu espacio, vaciarlo de todo para que Dios te haga ser tú mismo al expandir en ti su Ser. Eres imagen de Dios, y Dios en ti, lejos de alienarte, te hace ser tú mismo.
“BÚSCALE EN EL SILENCIO DE TU SOLEDAD”. En el “silencio”. Dios es silencio. Silencio abisal del que emerge la Palabra creadora, silencio primigenio del que surgen todos los sonidos, silencio que envuelve y abriga la soledad del hombre. Soledad, por una parte, necesaria para crecer en libertad, sin presiones sociales, sin imposiciones legales, soledad que te identifica y desarrolla como un ser único, original, incomparable … Y soledad que a veces se vuelve oscura. ¿Te sientes solo, abandonado? ¿Crees que ya no tienes nada ni nadie en quien apoyarte? Tras un periodo de gustos y consolaciones en la oración ¿te sientes vacío y cansado? Ahora toca ejercitarte en la fe madura. Dios no te ha abandonado, sigue ahí, pero no se deja ver. Ten confianza. “Un silencio sereno lo envolvía todo, y, al mediar la noche su carrera, tu Palabra todopoderosa se abalanzó, como paladín inexorable, desde el trono de los cielos” (Sb 18,14-16). Tarde o temprano, en la tu oscuridad Dios irrumpe con su Nacimiento. Búscale en el silencio de la noche, como los pastores de Belén, como los magos, como María y José. Todos esperaron a Dios en la noche de la fe. “La noche es tiempo de salvación”, reza un himno de completas.
¡OH CORAZÓN MÍO! , DI CON TODAS TUS FUERZAS, DI A DIOS: BUSCO TU ROSTRO, BUSCO TU ROSTRO, ¡OH SEÑOR! “Cuando recéis, no uséis muchas palabras” (Mt 6,7). Ora con advertencia, consciente de quién es Aquel ante quien estas; eso es orar, despertar a la Realidad que tienes ante ti, “porque la que no advierte con quién habla y lo que pide y quién es quien pide y a quién, no la llamo yo oración, aunque mucho menee los labios” (M 1ª. 1,7). Pocas palabras bastan. “Señor mío y Dios mío”, “¡Marahnata!”, “¡Señor Jesús, ten piedad de mí!”. “Busco tu rostro, oh Señor” propone san Anselmo. “¡Oh, corazón mío!”, ¡habla, díme!… Porque lo importante no son los labios que se mueven ni los pensamientos que se afanan en no distraerse de ellos, sino el corazón que baila al ritmo suave de la respiración mientras se impregna en el silencio de la música callada de la Palabra que iluminala interioridad. ¡No dejes de orar en todo momento siguiendo el ritmo incansable de tu corazón!
* * *
Dejo constancia de este inicio del Proslogion, testimonio y guía, estela, que nos dejó san Anselmo, un monje benedictino orante, que hoy, diez siglos después, sirve de ejemplo a los que buscamos caminos para estar con Dios.
Casto Acedo.



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