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viernes, 7 de abril de 2023

Sentirme Iglesia el Viernes Santo


Esta mañana de Viernes Santo me he dejado llevar en mi oración por el texto del oficio de lectura del dia. 

He contemplado a la Iglesia desde la pasión, sobre todo desde los símbolos de "la sangre y el agua" que brotan del costado de Jesús, tal como lo interpreta san Juan Crisóstomo. 

He considerado en más de una ocasión  la cruz como fuente de vida para mi vida personal, pero no había profundizado en el sentido eclesial o comunitario de ese don. Es maravilloso como todo confluye en la Cruz.

Ayer comentaba en mi celebración de la misa que la Iglesia se engendró el Jueves Santo. Al decir Jesús "haced esto en memoria mía" (Rito Eucarístico como símbolo sacramental y lavatorio de los pies como servicio) sembró la semilla que, muerta el Viernes Santo, florece en la Pascua y da su fruto maduro el día de Pentecostés. 

Hoy la "liturgia de las horas" completa mis enseñanzas. Si tienes tiempo este Viernes Santo aprovecha para leer esta Catequesis de san Juan Crisóstomo. 

Del mismo modo que Dios sacó a la mujer del cuerpo dormido de Adán, -dice el texto- así del cuerpo de Cristo en la Cruz rendido totalmente a la voluntad del Padre Dios hace nacer a su Iglesia. Hermosa imagen, que me sugiere que también nosotros necesitamos dormir las expectativas generadas por los deseos del ego a fin de permitir que Dios cumpla en nosotros su obra alentando nuestro espíritu con su Espíritu. 

"El último día, el más solemne de la fiesta, Jesús en pie gritó: «El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: "de sus entrañas manarán ríos de agua viva"». (Jn 7,37-38). La Iglesia nace de las fuentes de la vida de Cristo; de ella manan torrentes de agua viva que podemos aprovechar para saciar nuestra sed; ella nos acerca a Cristo por los sacramentos. En un tiempo en que tendemos en todo al individualismo, también en lo espiritual, ¿no merece la pena despertar al necesario sentido comunitario de nuestra fe? 

Transcribo para ti la catequesis de san Juan Crisóstomo.

* * *



El valor de la sangre de Cristo

San Juan Crisóstomo, obispo.
Catequesis 3,13-19

¿Quieres saber el valor de la sangre de Cristo? Remontémonos a las figuras que la profetizaron y recorramos las antiguas Escrituras.

Inmolad, dice Moisés, un cordero de un año; tomad su sangre y rociad las dos jambas y el dintel de la casa. ¿Qué dices, Moisés? La sangre de un cordero irracional ¿puede salvar a los hombres dotados de razón? «Sin duda, responde Moisés: no porque se trate de sangre, sino porque en esta sangre se contiene una profecía de la sangre del Señor».

Si hoy, pues, el enemigo, en lugar de ver las puertas rociadas con sangre simbólica, ve brillar en los labios de los fieles, puertas de los templos de Cristo, la sangre del verdadero Cordero, huirá todavía más lejos.

¿Deseas descubrir aún por otro medio el valor de esta sangre? Mira de dónde brotó y cuál sea su fuente. Empezó a brotar de la misma cruz y su fuente fue el costado del Señor. Pues muerto ya el Señor, dice el Evangelio, uno de los soldados se acercó con la lanza, y le traspasó el costado, y al punto salió agua y sangre: agua, como símbolo del bautismo; sangre, como figura de la eucaristía. El soldado le traspasó el costado, abrió una brecha en el muro del templo santo, y yo encuentro el tesoro escondido y me alegro con la riqueza hallada. Esto fue lo que ocurrió con el cordero: los judíos sacrificaron el cordero y yo recibo el fruto del sacrificio.

Del costado salió sangre y agua. No quiero, amado oyente, que pases con indiferencia ante tan gran misterio, pues me falta explicarte aún otra interpretación mística. He dicho que esta agua y esta sangre eran símbolos del bautismo y de la eucaristía. Pues bien, con estos dos sacramentos se edifica la Iglesia: con el agua de la regeneración y con la renovación del Espíritu Santo, es decir, con el bautismo y la eucaristía, que han brotado ambos del costado.

Del costado de Jesús se formó, pues, la Iglesia, como del costado de Adán fue formada Eva.
Por esta misma razón afirma San Pablo: Somos miembros de su cuerpo, formados de sus huesos, aludiendo con ello al costado de Cristo. Pues de la misma forma que Dios hizo a la mujer del costado de Adán, de igual manera Jesucristo nos dio el agua y la sangre salida de su costado, para edificar la Iglesia. Y de la misma manera que entonces Dios tomó la costilla de Adán, mientras éste dormía, así también nos dio el agua y la sangre después que Cristo hubo muerto.

Mirad de qué manera Cristo se ha unido a su esposa, considerad con qué alimento la nutre. Con un mismo alimento hemos nacido y nos alimentamos. De la misma manera que la mujer se siente impulsada por su misma naturaleza a alimentar con su propia sangre y con su leche a aquél a quien ha dado a luz, así también Cristo alimenta siempre con sangre a aquellos a quienes él mismo ha hecho renacer.

Abril 2023
Casto Acedo


domingo, 2 de abril de 2023

Orar en Semana Santa

Unas sugerencias para vivir la Semana Santa
en clave contemplativa.

¿Y si hacemos de la Semana Santa una peregrinación interior? Las numerosas procesiones que tienen lugar estos días no deberían ser actos para sacarnos de nosotros mismos llevándonos por las calles en busca de la mejor fotografía, sino liturgias que sirvan para entrar en Semana Santa, o, dicho de otro modo, que ayuden a que la semana Santa entre en nosotros. ¿Por qué no probamos que sea así? Vamos a intentarlo.

El DOMINGO DE RAMOS 

procura comenzar mirando hacia dentro. Evita ser uno de los muchos turistas que transitan estos días por las calles con espíritu despistado mirando todo con curiosidad indiferente. Fotografían las calles, los pasos de Semana Santa, las gentes, las anécdotas llamativas, pero sin entrar en ello ni permitir que lo que ve entre en él. No hagas turismo espiritual, por muy de moda que esté. Su interés no es espiritual sino material. 

Tú, más que evadirte de tu cansancio vital viendo cómo pasan ante ti imágenes de cristos o dolorosas sufrientes, deja que el olor del Jesús real que se respira en el Evangelio empape tu alma y la llene de alegría. Abre tus sentidos espirituales al olor, el sabor, la visión y la experiencia de Cristo. 

Tu alma es Jerusalén, el lugar donde este domingo Jesús entra, predica, celebra, sufre y triunfa. No quiere avasallarte, por eso no viene a ti subido a lomos de un caballo sino en un humilde borrico, para que comprendas que lo suyo es ponerse a tu nivel, no viene a que le rindas pleitesía sino a compartir contigo la vida, de igual a igual. Acógelo como a un amigo y a un maestro.

No tomes en tu mano un ramo de olivo para aclamarle si no estás dispuesto a abrirle de par en par la puerta de tu corazón y dejarle entrar: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! El Señor viene a ti, no le cierres la puerta. Recíbelo. Deja que procesiones por tus moradas interiores.


El LUNES MARTES, MIERCOLES SANTOS 

escucha al mismo Jesús predicando en tu templo interior. Contémplalo en la madurez de su misión. Observa cómo desgrana la sabiduría de las bienaventuranzas y de todo el sermón del monte; toma nota de cómo se compadece de los que sufren y no se resiste a hacer  milagros que remedien sus dolores; y observa también cómo se produce el encuentro con los que andan perdidos; incluso sin ellos esperarlo fueron encontrados por Él: Pedro, Zaqueo, María Magdalena, Nicodemo, el centurión que tenía un criado enfermo, la mujer adúltera, tú, ...

Fueron muchos los que quedaron impactados por su personalidad dulce y firme a la vez. Si te sientes su amigo rememora en estos días los mejores momentos pasados con Él y afiánzate en la sabiduría que has adquirido investigando y practicando lo escrito en los evangelios. 


El JUEVES SANTO 

dedícalo a contemplar la inmensa misericordia que te revela Dios en la persona del Hijo. En la Última Cena Jesús se da a conocer a los suyos, pone sobre la mesa el alimento de la fraternidad universal, revela el misterio de su amor incondicional a la humanidad, da a conocer su amor a todos y su amor a ti. Lo hace con un gesto para el recuerdo y la actualización: toma primero pan y luego vino y dice: “esto es mi cuerpo, y esta es mi sangre, que se dan como comida y bebida; soy yo que me doy a vosotros en un gesto de amor que espero que comprendáis”. 

Lo entenderás mejor si miras como el Señor lava los pies a sus siervos, se inclina y te dice: “sé que eres débil, que tienes momentos de dudas, que a veces das pasos hacia atrás, pero eso te lo perdono, porque he venido no para los perfectos sino para los pecadores”. Si te impresiona este gesto de amor estás dejándole entrar muy dentro de ti; has comprendido que tienes mucho que aprender y recibir de Jesús. ¡Haced esto en memoria mía! Quien se deja tocar por Él, quien se prenda de su persona, se hace discípulo. Si decides hacer lo que Él, repetir en tu vida su memoria, dejarás de ser sólo un bautizado para pasar a otro nivel: el de discípulo, seguidor de sus enseñanzas.


El VIERNES SANTO, 

si has dejado a Jesús entrar en ti y  has hecho un voto de fidelidad a su persona, medita cómo el ser discípulo de Jesús te crea problemas. Y no me refiero sólo a los conflictos con tu entorno (familia, amigos, autoridades, sistema social consumista...) sino contigo mismo. Seguir a Jesús conlleva unas dosis de contradicción interior. Porque la lucha entre las tinieblas y la luz no se da sólo entre Jesús y las autoridades políticas y religiosas de Israel, se da también en el interior de cada persona que se encuentra con Él. No admite componendas y te va a obligar a tomar decisiones nada fáciles para quien está acostumbrado al ritmo de nuestro mundo paganizado.

La noche forma parte de tu proceso espiritual. No olvides que el mayor enemigo de tu crecimiento no son los obstáculos exteriores, sino tú mismo. Dentro de ti se da una confrontación,  un choque entre optar por una vida de perdón total como el de Jesús o bien por la mediocridad de un “nadar y guardar la ropa”, un cristianismo de etiqueta pero sin cambio personal. 

Deberías sentir y obrar de tal manera que mostraras al mundo el mismo porte que Jesús llevando la cruz, para que los que te vean “morir” (me refiero a dar muerte a tu personaje narcisista y prepotente) digan,  como el centurión al ver la paciencia (paz) con que murió Jesús: “Verdaderamente, este era Hijo de Dios”.


El SÁBADO SANTO 

contempla la tumba de Jesús, su “anonadamiento”, su reducción al silencio. 

Mira como desciende a los infiernos, a las zonas más oscuras de tu alma. Déjalo bajar y desciende con Él hasta ahí, a ese lugar que temes, a tus infiernos interiores, tus cobardías, tus miedos, a tus falsedades malamente disimuladas, a la podredumbre de tu tibieza, a tus rencores ocultos; deja que baje a las sombras de tu alma, y ¡qué gran honor!, mira como te tiende su mano para sacarte de ese lugar tan frío e inhóspito para llevarte a su gloria. 

Escúchale: “Por ti he vivido, por ti he pasado multitud de penalidades, he muerto por ti. ¿vas a rechazar la mano que te tiendo?”. Permite que tu alma, acostumbrada a la oscuridad, se acostumbre poco a poco a la luz que Él es. ¡Ven afuera!, te dice, ven a caminar por el nuevo paraíso que he creado para ti; ¡pasa al banquete de amor de tu Señor!


El DOMINGO DE RESURRECCIÓN 

se disipan las sombras para quien crucificó su carne con Jesús renunciando a todo lo perecedero e impermanente y no se ha resistido a salir de su infierno de pecado. En este día, si has seguido sus pasos, si te has dejado arrastrar a una muerte y una entrega de amor  como la suya, te has ganado el poder aspirar a una resurrección como la suya. Si confías en el poder de su misericordia y te abandonas a ella verás que es posible vivir andando sobre las aguas del mar, sobre los miedos, los problemas, las provocaciones del maligno; lo podrás todo en Él, por Él  y con Él. 

Para quien se adentra en el camino de la conversión sincera, la que toca al corazón, el grito ¡Cristo ha resucitado! no es un eslogan recurrente para una puntual campaña pastoral y misionera, es mucho más: una corriente de vida que fluye por sus venas, un gozo indescriptible, una certeza que disipa todas las dudas. 

Si te sumerges de lleno en el misterio de Cristo haciéndolo tuyo se completa en ti la Pascua; das muerte a tu vieja forma de vida y vives el nacimiento a una vida nueva. 

* * *

No dejes que estos días pasen sin que Cristo pase por ti.

¡Provechosa y Feliz  Semana Santa!

Abril 2023
Casto Acedo

viernes, 2 de septiembre de 2022

Cruz y silencio

"Ahora, gracias a Cristo Jesús, los que un tiempo estabais lejos estáis cerca por la sangre de Cristo.  Él es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz" (Ef 2,13-15)

Hace poco, en una conversación privada, me hacían esta pregunta: ¿qué es lo que pretendéis con la práctica de la oración de silencio durante los años que lleváis?. 

La pregunta trajo a mi memoria algo en lo que insistíamos mucho al principio de nuestro caminar como grupo: hacemos silencio sin perseguir ningún objetivo concreto. Es verdad que el silencio tiene unos beneficios colaterales, pero no los buscamos directamente. Simplemente hacemos un acto de "esperanza presente”, de confianza en el amor-misericordia de Dios.

Hoy la Palabra de Dios me ha salido al paso en la lectura del oficio divino, en concreto de los laudes de este viernes de la segunda semana el Tiempo Ordinario. Es el texto que abre este post. San Pablo, que escribe para los Efesios, una ciudad donde la reciente creada comunidad cristiana la forman tanto judíos como gentiles (griegos y otras culturas), pone de relieve cómo Cristo, con su amor, acerca a todos, sin distinciones culturales o de otro tipo. 

A mi, la lectura me sugirió algo más personal; como si dijera: antes vivías disperso, alejado de ti mismo, ahora Cristo te ha unificado; antes llevabas una doble vida, por un lado tus trabajos y negocios fuera de ti, por otro tus pensamiento y sentimientos interiores; ahora, con Jesús,  van desapareciendo las barreras.

¿Para qué sirve la oración del silencio? Sigo manteniendo que no sirve para nada concreto y objetivable, pero sí puedo decirme a mí mismo que me está beneficiando al  darme cuenta de que mi vida, de modo casi imperceptible, se va unificando poco a poco. 

Por vida unificada entiendo una vida cuya interioridad y exterioridad son coherentes; se da unidad entre el pensar, sentir, querer y hacer. Esta unidad no se trata de un proyecto que me he propuesto y que debo llevar a cabo en soledad. La unidad o unificación de todo es obra de Cristo, y no puedo negar la  influencia que ejerce también la comunidad fraternal que me acompaña. 

¿Cómo se va produciendo esa unificación? Por el silencio humilde. Me explico. Leí o escuché hace unos días, no recuerdo dónde, una enseñanza acerca de la humildad. Esta virtud era definida como la virtud del despojo, del “desmonte del personaje” que a lo largo de la vida me  he ido forjando. ¿Qué es ser humilde? Ser yo mismo despojándome de todo lo que no soy. Cuando lo hago toco tierra (“humus”) y me encuentro y conozco a mi mismo.

Entonces veo que hacer silencio es despojarme de las piezas que han ido revistiendo mi personalidad hasta hacerla lejana, oculta a mi mirada, y encontrarme con mi "ser original". La tendencia a identificar mi vida con lo que hago, lo que siento, los títulos que tengo, las posesiones materiales, la familia a la que pertenezco, el círculo social o de amistad en que me muevo, etc. me aleja de lo que soy, me aleja de mi “personalidad de hijo de Dios”, hijo en el Hijo, otro Cristo.

Hay esperanza. Lo que san Pablo dice de la ley (normas exteriores, personaje exterior) y de la vida unificada lo aplico yo a  mis ruidos y mi silencio: “Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos (vida volcada en exterioridades), para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo (vida interior unificada)”.  

El silencio, ya sea el silencio puro como el que se apoya en la melopea de unas palabras repetitivas (oración jaculatoria, oración centrante) es como un cincel con el que Cristo abre el caparazón que me impide acceder a mi mismo, a mis hermanos y a Dios. Todo al mismo tiempo. Porque llegar al centro de mi ser es también descubrir y conocer a Dios y a mis hermanos; y no por confusión de los tres elementos (yo, hermano, Dios) sino por  identificar mi riqueza personal como don recibido; entenderme a mí mismo como  partícipe de la riqueza de Dios gozosamente compartida en la fraternidad. Cada hermano pasa a ser un regalo inmerecido, digno de ser amado y respetado en su identidad propia.

El texto de san Pablo me reafirma en que todo silencio sagrado confluye en el silencio de la Cruz. El misterio de la Cruz, amor de Dios revelado y contemplado en mi oración, es capaz, tal como he apuntado, de perforar el muro más grueso y fuerte que pueda imaginar para conocerme y sanarme a mí mismo. 

 Por la sangre de Cristo” (por su vaciamiento de todo lo exterior, por su despojo, por su donación amorosa, por su silencio) los que estabais lejos (alejados, alienados, perdidos) ahora estáis cerca”, dice el texto.

* * *

Aquí está la grandeza de la oración cristiana: en Jesucristo, en su cruz, en su pascua, en el misterio de reconciliación y amor que es. Dice Jesús: “cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí“ (Jn 12,32).  Si esto es así,  ¿no merece la pena contemplar la Cruz como el epicentro de nuestro silencio? En la cruz soy atraído, no soy yo quien se acerca a ella, ella me acerca por la atracción de su gracia; al contemplarla soy atraído por el amor con que Dios me ama. 

En la cruz confluyen, por un lado, mi ruido (ignorancia, pecado), que desaparece convirtiéndose en combustible que calienta  e ilumina al mundo al entrar en contacto con la otra parte: el fuego divino que es el corazón de Jesús, “llama de amor viva”. Cuando en mi oración surgen distracciones a causa de mis pensamientos, mis preocupaciones o mi inexplicable ánimo inquieto, procuro no enfadarme, intento llevar todo eso al centro, arrimarlo al amor misericordioso de Jesús que me habita. Dejo todo en sus manos. Confío en que la llama divina puede quemar toda mi basura y transformarla en luz y amor.

El misterio de la oración cristiana es el misterio de la cruz. En ella, “reconcilió  Dios a los dos (judíos y gentiles, yo lo aplico al hombre exterior y hombre interior, cuerpo-alma y espíritu) en un solo cuerpo mediante la cruz”. En la humildad de la Cruz tengo el paradigma de mi oración; hacer silencio, acallar mis inquietudes mundanas, permitiéndome entrar en el ámbito de amor del Crucificado. 

Al lugar sagrado de la unión con Dios no llegaré proponiéndome objetivos, ¿cómo saber qué es lo que me espera si Dios es inaudito e incomprensible? Poner un objetivo a mi silencio es imponerle a Dios lo que ha de decirme, lo que ha de darme o hacia donde debe dirigirme. ¿No terminaré haciendo de esa oración un soliloquio interesado? 

Creo que la oración pura es algo más simple y sencillo que ocupar mi boca en peticiones y alabanzas o llenar  mi alma de buenos propósitos. Al orar o meditar lo que importa no es mi voz sino mi capacidad de escucha; para facilitarla hago silencio y me dejo arrastrar por la atracción de la Cruz de Cristo. Me fio de la Palabra: "los que en un tiempo estabais lejos ahora estáis cerca por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz".

¡Feliz inicio de curso a todos!

Viernes, 2 de septiembre de 2022

Casto Acedo

jueves, 7 de abril de 2022

Placer corporal, placer mental y gozo espiritual.


 

"No busques descanso en ningún placer, porque no fuiste creado para el placer sino para el gozo. Y si no conoces la diferencia entre el placer y el gozo aún no has comenzado a vivir” (¿Th. Merton?)


* La necesidad de darnos gusto, el ansia de poseer lo que nos resulta agradable es una necesidad del ego, un modo falso de compensación del vacío existencial…

* ¿ Realmente todo lo que me gusta me conviene y lo que me desagrada me es dañino? He aquí una pregunta clave en el camino espiritual.

* Yo hago siempre lo que me apetece, ¿de verdad? ¡No sabes lo manipulado que estás por los medios de comunicación, la cultura, el aprendizaje social!…

* “No hago el bien que quiero sino el mal que no quiero…” (San Pablo)… La búsqueda del placer me saca del centro, me descentra….

¿Cómo busco el gusto y el placer? … ¿cómo se apoderan de nosotros las sensaciones agradables o de placer llevándonos hacia el apego, el egocentrismo, las emociones aflictivas y el sufrimiento? … Cultura del “me apetece” … Volcada en la exterioridad ignorante de la realidad interior:…. con “sensación de libertad”… pero tremendamente atados… ¿Yo controlo? … Nuestra cultura nos vende la "sensación de libertad", pero ¿de veras somos libres? ¿No estamos siendo sometidos por el hedonismo ambiente (primacía del placer sensorial, culto al "dolce far niente") ? 

El placer es un método de compensación que usamos para mitigar la sensación incómoda que produce en nosotros el vacío existencial. Queremos distraernos de lo mal que nos sentimos por dentro; pero lo que parece remedio se transforma en un agravante de la enfermedad. … Quedamos sometidos a unas satisfacciones que no llenan sino que traen consigo una mayor insatisfacción. 

No hay que “compensar nada”, porque ya lo tenemos (¿Recuerdas “el país de los pozos”?... Hay un manantial dentro de mi .



Cuerpo-mente(alma) - espíritu - y placer

SOY CUERPO

La espiritualidad cultiva esta realidad… pero al cuerpo (los sentidos) hay que armonizarlo con nuestro ser mente y espíritu… El dominio del cuerpo (que no es sometimiento sino liberación) depende de la capacidad de “evitar las reacciones”… Nos enganchamos al placer (posesión “ego-ísta”)… 

El cuerpo pide satisfacciones “sensuales”….Comida “exquisita”: como el agua salada de mar, cuando bebes alivia la sed para aumentarla inmediatamente después (coca cola; ¿refresca? si más refresca más sed tienes; la clave está en el azúcar (?).     … ¡Cuidado con la “gula corporal” …. Contra gula “templanza” (ojo: no es ¡renuncia, ni “penitencia de bestias”; los extremismos conducen a la soberbia… Los promueve el diablo)… Templanza es “equilibrio” (comer para vivir; disfrutar la comida sana -ejercicio de presente-…) … 

Practica la quietud del cuerpo … Localiza y controla tus “reacciones” tendentes a la búsqueda de placer físico…. Lo puedes experimentar y hacer en la meditación; el cuerpo busca su acomodo; aprende a controlar

Realmente ¿todo lo que me gusta me conviene y lo que me desagrada me es dañino? He aquí una pregunta clave en el camino espiritual.

Yo hago siempre lo que me apetece. ¿De veras? … “No hago el bien que quiero sino el mal que no quiero…” (San Pablo)… La búsqueda del placer me saca del centro, me descentra….

 ¿Cómo busco el gusto y el placer, cómo las sensaciones agradables o de placer se apoderan de mi, llevándome hacia el apego, el egocentrismo, las emociones aflictivas y el sufrimiento? … Cultura del “me apetece” … Volcada en la exterioridad ignorando la realidad interior:…. con “sensación de libertad”… pero tremendamente atados… ¿Yo controlo? …


SOY MENTE (ALMA)

También hay un “placer de los pensamientos” (satisfacción: ensoñaciones, fantasías, recuerdos gratificantes que se traen una y otra vez)… La mente es un “instrumento de primer orden”: entender, explicar, desarrollar ideas y proyectos, recoger información …. / Pero también la mente gusta de “escaparse” (¡pon un escape en tu vida!)… 

También hay “gula mental”, "lujuria mental", "ira mental", "soberbia mental", etc...  Regodeo mental en éxitos, en fantasías eróticas y de dominio y poder sobre otros, etc... 

El “divagar de la mente” nos saca del presente, lo único real… La práctica de “dejar pasar, soltar, los pensamientos” entrena y favorece la dependencia del placer de la mente y favorece una respuesta adecuada a las  “reacciones surgidas de la mente” … 

Practica el silencio de la mente; sobre todo durante la meditación no te dejes llevar por ensoñaciones y fantasías que te distraen de tu ser profundo... 


SOY ESPIRITU 

También somos espíritu.  El espíritu humano (minúsculas) es el que nos conecta con el Espíritu Santo (mayúscula), con Dios… El Espíritu es el “corazón” (centro, fuente de vida, eternidad…) de la persona… En el espíritu se halla la “sabiduría de Dios” (San Pablo; otorgada por gracia en Jesucristo) … 

El espíritu vive siempre en el presente… De ahí ha nace el discernimiento espiritual . Aquí sí puedo ver lo que me conviene y lo que no, independientemente de su gusto o disgusto corporal o mental… Cuando me “centro” (oración centrante) pongo mi vida en Cristo, en Dios, … mediante la Palabra escogida o la imagen (física o imaginaria) … 

El espíritu no da "placer" (algo que proporcionan las exterioridades al cuerpo o a la mente) sino "gozo”. “Porque el reino de Dios no es comida y bebida, sino justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo” (San Pablo. Rm 14,17), texto que se refiere a un contexto distinto, pero podemos aplicar aquí…. La “oración centrante”  es la práctica de la atención amorosa a Dios, “cuando el alma gusta de estarse a solas con atención amorosa a Dios, sin particular consideración, en paz interior y quietud y descanso y sin actos y ejercicios de las potencias, memoria, entendimiento y voluntad -a lo menos discursivos, que es ir de uno en otro- sino sólo con la atención y noticia general amorosa que decimos” (San Juan de la Cruz). Esta atención amorosa es la que favorece una verdadera  arquitectura y ecología interior. (JA Marcos)

En la meditación no olvides lo que buscas, que está en tu centro, interior intimo meo (San Agustín), más dentro de mí que yo mismo ... Es el espíritu el que te hace vivir el presente… Eso buscas en nuestra oración-meditación: vivir la "presencia"… Meditar (orar) es asentarse, vivir "en atención (apertura a Dios) y noticia (revelación, gracia) amorosa".  En la meditación Dios se hace yo, y yo me hago Dios (entiéndase mirando desde la otra orilla; porque ni Dios deja de ser Dios ni yo dejo de ser yo). 

* * *

En la quietud espiritual corregimos actitudes reactivas "hervidas" en la frustración que genera la no satisfacción de los placeres corporales y mentales a los que  nos confiamos …. Fracaso tras fracaso volvemos a querer sanarlos erróneamente echando mano de  la gula, la ira, la envidia, etc…

Hay en nosotros como una lucha entre la carne (placer) y el espíritu … No confundir "carne" con “cuerpo” en san Pablo…. "Carne" es la concupiscencia del cuerpo y de la mente, "cuerpo" es la realidad física que somos...  El camino espiritual, desde la sabiduría del espíritu (Conocimiento-inmersión-sujeción a Cristo-Cruz) produce “paz, quietud y alegría”…

Abril 2022
Casto Acedo

miércoles, 13 de mayo de 2020

Humildad (Tema 13 de Mayo)




Habíamos aprendido que para Teresa las virtudes más importantes que deberían trabajar sus hijas  eran el AMOR  de unas con otras, el  desasimiento (POBREZA), y la HUMILDAD, que es la más importante y abarca a las otras dos. 

Hoy comentamos esta la  virtud de la humildad. Lo hacemos en tres pasos. Primero exponiendo brevemente el tema de la "honra" en la vida y los escritos de la santa; luego comentamos la gran relación que hay entre humildad y silencio, para terminar apuntando algo sobre la importancia de la contemplación de Dios para alcanzar humildad. 

Si humildad, al decir de Teresa, es "andar en Verdad", y esa Verdad no es otra que Dios, la humildad se aprende en el silencio contemplativo de esa Verdad... Sólo quien es humilde está capacitado para practicar la meditación del silencio; y sólo quien acalla su ego puede crecer en su verdadero ser, hecho a semejanza de quien se hizo el último de todos y el servidor de todos. 

La voz de la Santa: "Una vez estaba yo considerando por qué razón era nuestro Señor tan amigo de esta virtud de la humildad, y púsoseme delante -a mi parecer sin considerarlo, sino de presto- esto: que es porque Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad, que lo es muy grande no tener cosa buena de nosotros, sino la miseria y ser nada; y quien esto no entiende, anda en mentira. A quien más lo entienda agrada más a la suma Verdad, porque anda en ella. Plega a Dios, hermanas, nos haga merced de no salir jamás de este propio conocimiento, amén". (6 M 10,7) 

Aunque me hubiera gustado exponer este tema en directo y a viva voz, sé que ello mi no puede ser debido a al estado de alarma. La exposición es un tanto desbalazada y no me da tiempo a redactarla más narrativamente. Si alguno/a tiene dudas puede llamarme y hablaremos. 


"HONRA" Y HUMILDAD 

Teresa hubo de sufrir en su infancia y a lo largo de toda su vida, el estigma de ser considerada judeoconversa, o sea, una cristiana de segundo orden. En sus escritos ella habla mucho de “la honra”. ¿Lo hace por resentimiento?  Lo cierto es que nunca llega a reconocer ni poner en luz algo que ella sabía: su condición de nieta de converso judío, su abuelo Juan Sánchez .

De su matriz judeoconversa le vienen posiblemente su formación y  afición a la lectura, su buen trato y conocimiento de mercaderes o su visión práctica de la vida y los negocios. También su crítica a la honra. Se refiere a ella con terminos como “puntos de honra”, “negra honra”;  y la considera “oruga que carcome”, o “cadena que no hay lima que la quiebre”;  está inquina al tema puede ser fruto de la reacción ante algo que, por experiencia familiar, considera a todas luces injusto. Ella se jacta en menospreciar la honra que viene del linaje. 

Honra –dice Lope de Vega en "Las partidas"- es aquello que consiste en otro; ningún hombre es honrado por sí mismo; que la honra está en otro y no en sí mismo”. Es duro esto y da que pensar, porque el miedo a perder la honra, el miedo al qué dirán,  conduce sin remedio al sometimiento social.

Teresa no puede menos que ridiculizar la importancia desmesurada que se da a la honra en su medioambiente social. Es consciente de la hipocresía que se encierra en lo referente a la buena fama, y destroza  su falsedad con una de sus mejores armas: la ironía.  

Un ejemplo: cuando visita Duruelo y encuentra a fray Antonio barriendo, le dice: “¿Qué es esto, mi padre? ¿Qué se ha hecho de la honra?” (obsérvese la maliciosa pregunta), a lo que el interpelado le contesta: “Yo maldigo el tiempo que la tuve”. respuesta transmitida con verdadero placer por la narradora en el libro de Las Fundaciones.

Podríamos alargarnos más sobre el tema de la honra en los escritos teresianos, pero sirva lo dicho como muestra para hacer una valoración de lo que opinaba la santa de la honra, y su valoración de la humildad. Si la honra es cosa de apariencias, ella dirá que la humildad es “andar en verdad”.
No se refería a “la verdad del mundo” (en este caso ella faltaría a la verdad ocultando su linaje) sino a la “verdad de Dios” o, más concretamente, a “la verdad que es Dios”. Sólo Dios es realmente digno de honra. Todo hombre, por muy importante que se precie,  colocado frente a Dios, es insignificante por si mismo. Solo en Dios encuentra valor.
Se da cuenta la santa de que en el camino de perfección la “negra honra” es un obstáculo difícil de superar (cf Vida 31,20-21; Camino E 12,7). 

A la opinión del mundo contrapone la única a tener en cuenta, la de Dios (cf ya citado Vida, 37,5-6), y para ella la reforma está en no someterse a la honra del mundo, alcanzando así la libertad de “perder mil honras por Vos” (Camino 3,7; (2,5-7).

Han pasado los siglos, y puede parecernos que esto de la honra es cosa de otros tiempos. Pero no cabe duda de que, con nombre distinto, sigue presente. La podríamos llamar “cuidado de la propia imagen”. El culto al cuerpo, la obsesión por ser admirados, la búsqueda de ascenso social, siguen siendo aspiraciones comunes. Tal vez uno de los mayores problemas para crecer en humildad. El ego se ha apoderado de nuestra vida y resulta difícil la sinceridad con Dios y con uno mismo, es decir, la humildad, que no es otra cosa que estar en el justo centro de nuestra condición de hijos de Dios. 


HUMILDAD Y SILENCIO

Humildad es andar en verdad”. Esa verdad a la que la santa se refiere no es nuestra verdad, sino la Verdad que es Dios (Jesús dijo: "Yo soy la verdad"); se trata de  vivir con transparencia ante Dios, de ser y andar en Cristo, de vivir sin vivir en mí sino en Él.

Cuando Adán peca el ego se empodera de su vida y se esconde a la mirada divina; la  soberbia, su principal atributo, le hace huir de Dios porque pone al descubierto su equivocación. Teme se visto, porque teme la muerte, ya que el ego es la mentira y sometida a la luz de la Verdad queda totalmente desvalorizada y diluida.

Y aquí comienza la "huida de Dios" que no es sino huida de uno mismo. Si Dios no me deja ser –dice el ego- invento un Dios que me lo permita. Así el hombre fabrica en  su mente un Dios adaptable a su soberbia. Ese Dios-ídolo suele ser tan engreído como su hacedor, tan falso como la oscuridad de sus intenciones, tan fantástico como sus delirios de grandeza. Es un Dios útil para justificar las propias miserias, para alcanzar la propia gloria y hacer soportable una vida que se pretende libre pero está programada para la esclavitud y el fracaso. 

La soberbia descarada, y más sutilmente, la falsa humildad, ofuscan la mirada e impiden ver la belleza de nuestra desnudez original, la hermosura que somos cuando nos despojamos de lo superfluo.

¿Cuál es entonces el camino de la humildad? Sin duda el camino de la nada y el silencio. Venir a nada para poseerlo todo. Para llegar a esa “nada”, que, en perspectiva cristiana,  no es vacío sino plenitud, se requiere entrar en el silencio de todo lo que sean nostalgias de  experiencias pasadas, conceptos sobre Dios y éxitos de nuestro ego. Ser humilde es abajamiento, kénosis, desaparición.

El hombre espiritual camina hacia la negación de sí para afirmarse en Otro. Tenemos un ejemplo evangélico en el Bautista. Ante el  “yo soy” de Jesús, Juan pone el “yo no soy”. La existencia y el ser de Juan Bautista sólo tienen sentido en el Todo que es Jesús. “El tiene que crecer, y yo tengo que menguar” (Jn 3,30). Resulta coherente que Aquel que vino a servir y no a ser servido, a anonadarse en vez de a mostrarse en poder, sólo pueda ser hallado en la nada más absoluta, en la humildad. Es la paradoja cristiana, la Pascua, el acceso a la vida por la muerte.

La palabra humildad tiene su origen en el latín “humus” (tierra). Ser humildes es volver a la tierra de la que uno ha salido. Morir a lo que pretendo para vivir en lo que soy: divino.  Cuando se inicia la Cuaresma se nos recuerda en la imposición de la ceniza el hecho de que somos tierra, humildad, y volveremos a la tierra para renacer de nuevo. Para ello necesitamos ejercitarnos  en el silencio como acceso a la interioridad.

Lo externo, es decir, las ideas, deseos, egoísmos, es impermanente, y como todo lo pasajero incapaz de satisfacer nuestra sed de vida eterna. Para poder aspirar a ella hay que entrar dentro, algo sólo posible cuando lo exterior se silencia. Es un gozo encontrar una persona vacía del ruido de la soberbia, la vanidad, la envidia, la competitividad,… una persona sin ego, es decir, sin ambición, sin deseo de dominar, sin interés particular. Pues esa persona eres tú, ese es tu yo escondido tras las máscaras del ego. 

El camino de la humildad es el del silencio de todo lo exterior para tomar conciencia del propio ser. Ahí, en el fondo, en la séptima morada, no se mueve el ego, porque la persona que eres descansa en el Ser. “Que no tiemble vuestro corazón –dice Jesús- creed en mí y creed también… En la casa de mi Padre hay muchas moradas”, es decir, descansad en mí centro, en el más hondo silencio.

Hay una gran diferencia entre moverse en el plano del ruído  (lo exterior), donde nuestro ego busca afirmarse con soberbia ante los demás, o moverse en el plano del silencio (lo interior), donde la conciencia humilde de ser en Dios te hace bienaventurado o bienaventurada. Ahí, en el fondo cristalino de la fuente que es tu  ser, no existe el ansia de tener, ni el deseo de aparentar, ni la aspiración de mandar, ni el miedo a la muerte,  porque la casa del Padre en la que habitas está edificada sobre roca, y ningún terremoto ni tormenta la hundirá.

Para llegar a esa casa no hay mapas ni etapas. A ella sólo se llega, o mejor: se accede, en el silencio humilde. 

El misterio del silencio es el camino, aunque en realidad “para el justo no hay camino”. Hasta en esto es pobre. El silencio es una esperanza, un advenimiento, una venida. “Es bueno esperar en silencio la venida del Señor”. Hallar a Dios es buscarlo siempre. Cada paso que tú das hacia Él, cada pregunta que te haces,  no es sino respuesta a los pasos que ya Él ha dado hacia tí. 

La práctica del silencio me va despojando de lo que me desquicia. ¿Qué es lo que me preocupa? ¿Merece la pena estar preocupado por esas cosas? Observa como al hacer silencio enseguida tu ego se remueve y quiere apartarte de él suscitando en ti imaginaciones, sentimientos e incluso dolores físicos para que no sigas por ese camino. ¡Qué tontería! ¿Silencio? ¡Como si no hubiera algo mejor que hacer! ¿Te vas a pasar la vida así, escondido, sin darte a conocer? ¡Con lo que tú vales! ¿No será mejor hacer algo práctico? Enseguida acuden a tu mente un montón de ocupaciones aparentemente más prácticas y necesarias; multitud de cosas que ni siquiera piensas que debes hacer cuando pierdes horas mirando la pantalla del móvil o la televisión. Ahí, alimentando tu ego, pasas muchas horas al día. Disperso, desquiciado, borracho de sueños, de  juicios, de envidias, de aspiraciones vanas.  Sé consciente de que es esto lo que te desquicia: tu falta de humildad, tus aspiraciones mundanas, el cuidado de tu honra.



BUSCANDO A DIOS 
EN LA VERDAD (HUMILDAD) 
DEL SILENCIO

Serena tu cuerpo y tu espíritu. Silencia tus deseos, tus ambiciones, “la honra” en lenguaje teresiano. Desdibuja en ti la imagen de Dios que interesadamente has ido figurando en tu mente. No necesitas nada de eso para subir al monte del Silencio, donde “solo mora honra y gloria de Dios” (Juan de la Cruz. Dibujo del monte).

En la práctica de la oración contemplativa y el silencio se esconde siempre un deseo de encontrar o encontrarse con Dios. Buscamos a Dios. Pero tengamos en cuenta que lo decisivo no es buscar a Dios con vehemencia. A menudo tras nuestra búsqueda de Dios se esconde una provocación, un “ponerle a prueba” (tentar). En realidad no busco a Dios sino a “mi Dios”; un Dios útil, que responda a mis expectativas, a mis necesidades. Sino ¿para qué quiero a Dios?, te dices. Este dios no existe, es proyección de tu soberbia. Se trata de un dios estresante, que acaba robándote incluso la poca paz y sosiego con que partes en la búsqueda: “Cuanto más tenerlo quise, con tanto menos me hallé” (Juan de la Cruz. Monte)

A Dios más que buscarlo hay que esperarlo. Recordad la respuesta del monje preguntado acerca de qué hace ahí tanto tiempo en silencio: “¡Estoy esperando al Amado de mi alma!”, respondió. Dios no se deja encontrar por los que le buscan con algún interés particular. Dice san Pablo citando a Isaías: “Fui hallado entre los que no me buscaban; me hice manifiesto a los que no preguntaban por mí”. (Is 65,1; Rm 10,20). Buscar a Dios vehementemente, con codicia, es un error. Para hallarle es preciso humildad, una virtud eminentemente teologal. Santa Teresa dice que “humildad es andar en verdad”, pero entendiendo que esa verdad en la que anda el humilde es Dios mismo; sólo la experiencia de Dios, el encuentro con su grandeza y su bondad pueden descubrir mi pequeñez y hacerme gozar de su amor inmerecido y de crecer en humildad ante Él.




"Un día le preguntaron a Buda; ¿Existe Dios?; y él dijo; No. El mismo día, por la tarde, otro hombre le preguntó; ¿Existe Dios?; y él dijo; Sí. Y ese mismo día, por la noche, un tercer hombre preguntó; ¿Existe Dios?; y Buda se quedó en silencio.”

A simple vista, el comportamiento de Buda, causa confusión. Hasta su mismo discípulo, Ananda, estaba muy molesto, no entendía la conducta de Buda. Naturalmente, había escuchado las tres respuestas. Así que, por la noche le dijo al Buda; No puedo dormir, cuéntame. Si La pregunta fue la misma, ¿Por qué contestaste de modo diferente?; A uno le dijiste que no, a otro le dijiste que sí, al siguiente no le dijiste nada, simplemente te quedaste en silencio, y cerraste los ojos. ¿Por qué?; si la pregunta fue exactamente la misma.

Buda dijo: Los que preguntaban eran diferentes. Estaba contestando a los que preguntaban. Uno era un ateo, no creía en Dios. Había venido a reforzar sus convicciones, Quería que yo dijera que no creo en Dios, para que su creencia pudiera hacerse más fuerte, y yo no puedo ayudar a la creencia de nadie. Tengo que destruir las creencias. A ese hombre le dije; ¡Sí, Dios existe!, porque a menos que las creencias sean disueltas, nadie llega a saber.

El otro hombre creía en Dios. Había venido a que le apoyara. No estoy aquí para apoyar las creencias de nadie. Estoy aquí para destruir todas las creencias; para que así, la mente pueda ascender por encima de ellas, hacia el conocimiento. Por eso a él tuve que decirle algo diferente. ¡Tuve que decirle no!

Y el tercer hombre no era ni creyente ni ateo, de modo que no hacía falta ni un sí, ni un no. Tuve que quedarme en silencio. Le estaba diciendo: entra en silencio, y conocerás. Haz lo que estoy haciendo. Cierra los ojos, entra en silencio, y conocerás. La pregunta es tal, que no puede ser respondida con un sí, o un no. La pregunta es tan profunda, que sólo puedes conocer la respuesta cuando entras en un profundo silencio. Tú sólo conocerás, cuando la pregunta haya desaparecido; entonces la respuesta surgirá en tu ser.

Esta enseñanza del Budismo nos puede ayudar a entender nuestro silencio en este momento de nuestro itinerario  por las moradas en que santa Teresa  invita a considerar la importancia de la humildad. Podemos buscar a Dios desde la soberbia de nuestras ideas queriendo encontrar a un Dios que a la postre sólo será la proyección de nuestras creencias religiosas o nuestros esquemas mentales. O incluso podemos asegurarnos en la idea de que no existe porque no cabe en nuestros pesos y medidas. Ambas posturas no son sino una provocación, una ridícula afirmación de nuestro ego. La conclusión de estas búsquedas tan pobres la nombra así san Juan de la Cruz: “cuanto más buscarlo quise, con tanto menos me hallé” (Dibujo del monte).

También podemos callar. Hacer silencio. Si Dios es el incognoscible, el incomprensible, el inefable, el “más allá de todo”, si supera todos nuestros esquemas y capacidades, está claro que no puede ser abarcado por nuestra mente y nuestras medidas. Sólo puede ser esperado. Y para esto lo más conveniente es el silencio que asoma por el hueco de tu  deseo de recibirle y gustarle. “En esta desnudez (silencio) –dice también san Juan- halla el espíritu quietud y descanso, porque como nada codicia, nada le impele hacia arriba, y nada le oprime hacia abajo, que está en el centro de su humildad. Que cuando algo codicia, en esto mismo se fatiga” (Dibujo del monte)

Entonces, me dirás:  ¿por qué hablamos de Él? ¿Para qué la Biblia? ¿Qué sentido tienen las doctrinas? Y te respondo: todo esto no es sino el torpe esfuerzo humano por tematizar y expresar lo inefable. Y está bien. Porque hay un tiempo para reflexionar y pensar, otro para cantar y poetizar, otro para danzar y hacer música,… todo ello puede dar razón de lo experimentado. Pero Dios siempre quedará más allá de nuestras pobres ideas, símbolos y palabras. Solo se da en la experiencia misma. Luego desaparece. "No me retengas", le dijo el resucitado a Maria Magdalena.  “Consuélate, no me buscarías si no me hubieras encontrado” (B. Pascal, Pensées, 553). Hallar a Dios es buscarle siempre, porque él sólo se revela en la humildad de la búsqueda.

El Buda, como san Juan de la Cruz, recomienda el silencio como disposición para el encuentro con el Misterio. Esa debe ser también tu práctica: el silencio humilde que se sitúa “ante” y “en” la Verdad. El audio que mando unido a este texto quiere simplemente que te adentres en el Silencio que es Dios. Que tomes conciencia de que sólo desde la experiencia de Dios se puede entender la verdadera humildad, que no es un menosprecio de uno mismo, sino un aprecio tan alto por Dios que te lleva  a sentirte pequeño pero feliz de ser mirado por Él. 

Humildad es andar en Verdad. Que la meditación os sirva de apoyo para ese andar en humildad.  Y que Santa María de Fátima, mujer humilde  que caminó en la Verdad, se para todos  intercesora y ejemplo. 

castoacedo@gmail.com. Mayo 2020.