Partiendo de los capítulos 13-15 del Primer libro de la Subida del monte Carmelo de san Juan de la Cruz y apoyado en las reflexiones de Marc Foley: San Juan de la Cruz, una mística para vivir, os paso una entrada en tres partes sobre los consejos con los que el santo culmina esta parte de su libro. Aquí va la primera. Léela detenidamente, medita y sigue estos consejos. Merecen la pena.
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Introducción
Estamos siguiendo la estela de san Juan en el primer libro de la Subida del monte Carmelo. Nos hemos ocupado en conocer la importancia que san Juan da al tema de los deseos -él los llama “apetitos”-, y nos ha ido diciendo de que es necesario vaciar nuestra alma de apetitos -deseos, apegos, aferramientos- que no dejan a Dios el protagonismo que debería tener en nuestra vida.
En los últimos temas hemos aprendido cuáles son los daños que los apetitos causan al alma, y hemos señalado que san Juan divide esos daños en dos tipos:
*Daño privativo: los apetitos que “privan al alma del Espíritu de Dios”. "Dos contrarios no caben en el mismo ser"; esto lo dice la filosofía clásica y Jesús lo afirma claramente refiriéndose al alma y al apetito de bienes materiales:
“Nadie puede servir a dos señores. Porque despreciará a uno y amará al otro; o, al contrario, se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero”. (Mt 6,24
Es preciso vaciar el alma de aficiones como las riquezas, el poder, la vanidad, el orgullo, etc., que son contrarias a Dios. Dos realidades opuestas no pueden estar en el mismo corazón, por tanto, si llenas tu alma de lo que no es Dios estás impidiendo que Dios la ocupe. “Cada uno coge agua como lleva el vaso”, dice san Juan (2 S 24,2. Si tu vaso lo llenas de materialidades y fantasías poco espacio queda para que el Espíritu Santo la habite.
*También se señalan en el libro daños positivos, es decir, efectos negativos que afectan al alma impidiendo el crecimiento espiritual, y que “al alma en que viven la cansan, atormentan, oscurecen, ensucian y enflaquecen”.
El alma que está totalmente inmersa en la idolatría y vive en la obsesión de sus caprichos queda privada de Dios; privada “en esta vida de la gracia y en la otra de la gloria, que es poseer a Dios”. “Los apetitos de pecado mortal causan tal ceguera, tormento, y inmundicia y flaqueza, etc; mas los otros de materia de venial o imperfección no causan estos males en total y consumado grado”. No obstante, los apetitos que podemos llamar veniales son una rémora o traba que impide avanzar en las cosas del espíritu. ¿Cómo sé que me hacen daño? Porque "el apetito cuando se ejecuta es dulce y parece bueno, pero después se siente su amargo efecto. Lo cual podría bien juzgar el que se deja llevar dellos”.
CUATRO CONSEJOS
Para entrar en la noche es preciso soltar los desesos (apetitos). Para ello san Juan, en el capítulo 13 del primer libro de Subida, da unos consejos que podríamos denominar “método simplificado para entrar en la noche oscura”. En Subida expone san Juan lo que el alma puede hacer y hace de su parte para entrar en la noche, y en Noche oscura trata de lo que sucede al alma por la gracia de Dios, es decir, las maravillas que obra Dios en el alma que suelta sus apetitos.
Y ¡atención! la noche no es para san Juan un concepto negativo sino positivo. La noche es el fruto de la renuncia a los apetitos, un estado del alma que te ofrece la oportunidad de entrar en una vida nueva.
Los consejos que da san Juan en 1 Sub 13 ha de leerlo cada cual desde su particular experiencia. Cada persona debería discernir cuales son sus deseos desordenados, aquello que le ata a la tierra y le impide volar al cielo.
¿Cómo saber qué es bueno y qué no para mi vida espiritual? Pregúntate si la práctica de la oración y tu modo de vida te ayudan a sintonizar con la voz de Dios y si están ayudándote a crecer en el amor. No olvides que todo lo que hacemos es un medio para un fin, cumplir el mandamiento nuevo: amar a Dios y amar al prójimo. Si tu objetivo al rezar o al actuar es dar una mayor gloria de Dios, si te mueve no el egocentrismo sino el amor, vas por buen camino. Sino, párate y medita qué apegos o apetitos desordenados debes soltar.
Veamos los consejos que nos da el santo.
PRIMER CONSEJO
Crecer en el deseo continuo de conocer e imitar a Cristo
“Lo primero, traiga un ordinario apetito de imitar a Cristo en todas sus cosas, conformándose con su vida, la cual debe considerar para saberla imitar y haberse en todas las cosas como se hubiera él” (1 S 13,3)
Es importante y conveniente renovar cada día el deseo de estar con Cristo y de imitarlo. La clave de la enseñanza sanjuanista aquí está en hacer, no en sentir. Intentar imitar a Cristo en todo lo que haces. Para entender esto del “deseo de imitar a Cristo” hay que tener en cuenta que deseo no es emoción.
A veces las emociones nos juegan una mala pasada. Somos propensos a caer en lo que los psicólogos llaman “razonamiento emocional” y “sobregeneralización”. El razonamiento emocional consiste en que a veces, frustrados por un pequeño fracaso en una empresa deseada y querida, acabamos pensando que no valemos para nada; y la generalización define la tendencia a ver un hecho aislado y negativo como el comienzo de un fracaso sin remedio.
Aquí hay que considerar el consejo de san Juan: mi deseo de Cristo tiene que contar con mi carácter, a veces propenso a emociones negativas o pesimistas. Hay que saber distinguir entre crecimiento espiritual y madurez emocional. Vivimos inclinados a creer que el progreso espiritual ha de ir acompañado por el crecimiento en emociones agradables. Y no son la misma cosa; amar a nuestro prójimo no significa necesariamente que mis sentimientos hacia dicho prójimo hayan cambiado. Hay ciertas personas en nuestras vidas que, independientemente de lo que podamos amarles, nunca nos gustarán. Y tampoco Dios espera que nos agraden.
También hay que decir que la “imitación de Cristo” no consiste en pretender una “clonación espiritual”. Estamos llamados a practicar las virtudes de Cristo, pero según las situaciones y el momento de nuestras vidas. Cristo es un modelo a imitar en sus virtudes, no un molde a replicar. Cada cual ha de mirar su vida e imitar a Jesús con “orden y discreción” (1 S 13,7), es decir teniendo en cuenta la situación de cada uno. No es conveniente para un matrimonio, por ejemplo, dedicar un tiempo excesivo a la oración y descuidar el cuidado de su hogar y la atención a los hijos; y tampoco es conveniente que un monje dedicado a la oración se cargue de ocupaciones que le impidan su tiempo para la oración de contemplación. Cada cual debe encontrar su camino de santificación adaptado a su estado de vida.
Finalmente, anotar que considerar o conocer la vida de Cristo no es un simple acto intelectual; requiere un acercamiento meditativo a su persona. Para ello es esencial la lectura espiritual, especialmente la Sagrada Escritura, y más en concreto en Nuevo Testamento. Junto a los Evangelios una buena selección de lecturas espirituales predisponen nuestro corazón para imitar a Jesús en su arte de vivir de y en la voluntad del Padre (cf Jn 4,34). Y no consideremos como espirituales sólo los libros de literatura mística; también hay obras profanas que pueden ayudarnos a buscar la voluntad de Dios para nuestra vida.
C. A
Mayo 2026
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