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domingo, 10 de mayo de 2026

Consejos para entrar en la noche (II)

Segunda parte del tema Consejos para entrar en la noche. Segundo consejo.

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SEGUNDO CONSEJO
Renunciar a la mera satisfacción sensual
“Cualquiera gusto que se le ofreciere a los sentidos, como no sea puramente para honra y gloria de Dios, renúncielo y quédese vacío de él por amor de Jesucristo, el cual en esta vida no tuvo otro gusto, ni le quiso, que hacer la voluntad de su Padre, lo cual llamaba él su comida y manjar” (1 S 13,4).
San Juan de la Cruz pone ejemplos para esto: “Si se le ofreciere gusto de oír cosas que no importen para el servicio y honra de Dios, ni lo quiera gustar ni las quiera oír. Y si le diere gusto mirar cosas que no le ayuden (a amar) más a Dios, ni quiera el gusto ni mirar las tales cosas. Y si en el hablar otra cualquier cosa se le ofreciere, haga lo mismo; y en todos los sentidos, ni más ni menos, en cuanto lo pudiere excusar buenamente; porque si no pudiere, basta que no quiera gustar de ello, aunque estas cosas pasen por él. Y de esta manera ha de procurar dejar luego mortificados y vacíos de aquel gusto a los sentidos, como a oscuras. Y con este cuidado en breve aprovechará mucho” (Ibid).

Si quieres seguir a Cristo mortifica tus placerse sensoriales. Esto es lo central del mensaje. Sin embargo, no malinterpretemos las palabras, porque san Juan no está condenando sin más los placeres sensuales y sensoriales. El hecho de que añada “como no sea puramente para honra y gloria de Dios” implica que hay placeres que sirven para honrar y dar gloria a Dios.

Juan Casiano nos cuenta una anécdota que nos puede aclarar esto:
“Se cuenta que, cuando San Juan evangelista ya era muy anciano y vivía en Éfeso, pasaba sus días enseñando sobre el amor de Dios. Pero un día, un cazador que pasaba por allí se quedó asombrado al ver al gran Apóstol —el autor del cuarto Evangelio y el Apocalipsis— sentado tranquilamente, acariciando con ternura a una pequeña perdiz que tenía entre sus manos.

El cazador, algo confundido, le preguntó:

— "¿Cómo es posible que un hombre tan importante y sabio pierda su tiempo jugando con un pajarito?"

Juan, con una sonrisa llena de paz, miró el arco que el hombre llevaba al hombro y le preguntó:

— "Dime, amigo, ¿por qué llevas el arco destensado?"

— "Porque si lo mantuviera siempre tenso", respondió el cazador, "la madera se volvería rígida, perdería su fuerza y se rompería cuando necesitara disparar una flecha".

Juan asintió suavemente y le dijo:

"Exactamente lo mismo ocurre con el espíritu humano. Si no permitimos que nuestra mente descanse y se recree en las pequeñas maravillas de la creación, nos quebraríamos bajo el peso de nuestras responsabilidades y no podríamos elevar nuestro corazón hacia Dios".
Esta anécdota recuerda a la enseñanza budista sobre el camino medio. Siddharta escuchó a un maestro de música que instruía a sus alumnos sobre el modo de afinar un instrumento: "Si tensas demasiado la cuerda de tu instrumento revienta. Si la aflojas mucho, no suena. La clave está en el punto medio”.

San Francisco de Sales decía: “Es verdad que se debe llevar una vida de renuncias, pero hay que evitar el error de ser tan estricto con uno mismo, tan austero e insociable, que se niegue a los demás o a uno mismo la recreación”. Y también Santo Tomás de Aquino escribió: “¿Puede haber pecado donde nunca se juega?”. Su respuesta: “¡Sí!” Y argumenta que la ausencia de juego o la recreación no es solo algo necesario, sino además puede ser una falta de caridad, porque cuando nos privamos de los placeres necesarios, nos volvemos taciturnos y molestos parea los demás, o sea, nos convertimos en un aguafiestas.

Nos han educado para asociar el pecado y el placer. Y santo Tomás nos recuerda que el placer puede ser desordenado tanto por exceso como por defecto; la moderación ha de ser la norma: hallar el punto medio entre la austeridad de la renuncia y la relajación del placer. Esto es especialmente importante para aquellos “ocupados en los trabajos contemplativos”, pues los placeres derivados de los sentidos reaniman el espíritu y la mente fatigados (Summa Theológica II, II, q. 168, a. 2).

Los extremos se tocan. Ayunar demasiado y comer demasiado conduce a lo mismo. El ayuno excesivo también produce debilidad. Además, si los seres humanos son privados de los placeres del espíritu es probable que se muestren complacientes en exceso con los placeres de la carne. El enemigo no es el placer en sí, sino el placer desordenado. Por eso Juan es consciente de que los placeres, incluso los legítimos, necesitan algún tipo de control. Cada cual, examinándose, ha de buscar el equilibrio.

Las enseñanzas de san Juan de la Cruz acerca de las prácticas ascéticas no son ni maniqueas (todo placer es malo) ni epicúreas (el placer es lo único bueno). Nuestro santo no es ni riguroso ni permisivo. Es realista. Hay ciertos objetos que no podemos poseer sin evitar ser poseídos por ellos. Es uno de los temas centrales de la trilogía de J.R. R. Tolkien en El señor de los anillos, donde se muestra nuestra inhabilidad para ejercer un poder absoluto (simbolizado en el Anillo) cuando somos poseídos por él. Así los placeres pueden ser disfrutados, pero también puede que esos mismos placeres nos dominen haciéndonos adictos a ellos. Un aspecto esencial de la sabiduría es no asumir lo que no podemos afrontar. Reconozcamos que poner límites a la gratificación de nuestros deseos no restringe nuestras vidas, más bien nos libera de vivir absorbidos o esclavizados. Y cuanto menos obsesionados estemos con propósitos mundanos o egoístas, más capaces somos de vivir conscientes de la presencia de Dios.

Desde lo dicho sobre este consejo hay que leer los aforismos que escribe san Juan de la Cruz para apaciguar “las cuatro pasiones naturales que son gozo, esperanza, temor y dolor”, es decir, para vivir en quietud y serenidad espiritual; del cual estado salen muchos bienes. Para este apaciguamiento interior san Juan aconseja:

Procure siempre inclinarse:
no a lo más fácil, sino a lo más dificultoso;
no a lo más sabroso, sino a lo más desabrido;
no a lo más gustoso, sino antes a lo que da menos gusto;
no a lo que es descanso, sino a lo trabajoso;
no a lo que es consuelo, sino antes al desconsuelo;
no a lo más, sino a lo menos;
no a lo más alto y precioso, sino a lo más bajo y despreciable;
no a lo que es querer algo, sino a no querer nada;
no andar buscando lo mejor de las cosas temporales, sino lo peor,
y desear entrar en toda desnudez y vacío y pobreza por Cristo de todo cuanto hay en el mundo”. (1 S 13,6)

No quiere decir san Juan que debemos “hacer” sí o sí lo que es más difícil. Dice "procure inclinarse", es decir, vaya entrenándose en el arte de soltar lo más cómodo y abrazar lo más dificultoso si conviene para gloria de Dios. Se trata de desarrollar el hábito de inclinar la voluntad a la práctica de la virtud. Por ejemplo, acostumbrarse a escoger no mirar el wasap a cualquier hora del día, elegir conscientemente para que te acompañe en alguna tarea laboral ese compañero que no te cae muy bien, disciplinarte para hacer silencio durante unos minutos al día renunciando a otra actividad también buena y legítima, etc.

Lo que pretende decir san Juan es que hay como dos estilos de vida diferentes, uno que se inclina a hacer lo más fácil, lo más cómodo, agradable y gratificante, y otro que se centra en la búsqueda de la voluntad de Dios y el bien del prójimo. A primera vista parecería que el primer estilo proporciona paz y felicidad a la persona. Sin embargo da a entender que, aunque la vida tenga momentos de alivio frente a las dificultades, a la larga mirar exclusivamente por uno mismo hace la vida más pesada y frustrante; cuando uno se inclina a lo más fácil toda tarea se convierte en opresiva y la voluntad se resiste a las obligaciones de la vida diaria; nuestro deseo termina siempre en frustración.

Cuando nos inclinamos a buscar la voluntad de Dios y el bien del prójimo, aunque esto sea menos deseable que echarse en manos de la comodidad, descubrimos “gran deleite y consuelo”. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo va a ser más deleitoso y consolador lo que de entrada nos parece desagradable? San Juan da una doble respuesta: en primer lugar, porque la consolación y el deleite son los frutos de estas prácticas; aunque de principio hay resistencia, perseverar en esta práctica conduce a la felicidad, por eso aconseja: “procure allanar la voluntad en ellas” (1 S 13,7). Y en segundo lugar porque el delite y la consolación derivados de hacer la voluntad de Dios están más allá de todo cálculo humano. Se trata de una alegría que brota de la experiencia de la presencia de Dios. Hacer la voluntad de Dios nos hace sentirnos más unidos a Dios, y nos proporciona la satisfacción de estar haciendo lo correcto.

Anotar finalmente en este consejo que la práctica de “inclinarse a lo más difícil” ha de hacerse “ordenada y discretamente”, alejándose de penitencias corporales excesivas. La práctica de disciplinas corporales duras, que san Juan tacha de ”penitencia de bestias”, suelen conducir a la soberbia más que a la humildad. Lo conveniente en esto es la “via media”, disciplinar la vida alejándose de planteamientos individualistas de tinte masoquista y dejándose llevar por los consejos evangélicos y por la tradición espiritual de la Iglesia, en diálogo con la comunidad.

(Continuará)

C. A 
Mayo 2026

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