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sábado, 25 de febrero de 2017

SANAR MIS HERIDAS EN LA MEDITACIÓN

Incluyo aquí, y siempre como Dios me da a entender (no busco tecnicismos sino lograr explicarme) los puntos que os di acerca de la curación de heridas -sombras las llamábamos- por la práctica de la meditación. De todas formas, advierto que la meditación tiene un valor en sí misma, sin su funcionalidad de cara a la mejora de nuestra salud o estado de ánimo.  Porque no buscamos nunca nuestro beneficio, sino la gloria de Dios.
 
 
 LAS HERIDAS
Todos cargamos, más o menos conscientemente, con historias, con frustraciones, con realidades personales, con circunstancias personales o sociales, etc…, con heridas que no encajamos de buen grado.
 
Como si de una enfermedad física se tratara, a veces sólo padecemos los síntomas dolorosos, y desconocemos el origen real de lo que nos pasa. ¿Cómo identificar la raíz de esas heridas? ¿Cómo saber qué es lo que en realidad nos crea malestar? Decir de principio que no es fácil acertar en el blanco del diagnóstico; pero uno de los medios más acertados para detectar que algo no funciona bien es discerniendo nuestras envidias.
 
Son muchas las ocasiones en que creemos que nuestro mal tiene un origen exterior (v.g. cuando nos sentimos mal a causa de no haber sido elegido para un cargo que deseábamos y que no se nos ha concedido y enseguida echamos la culpa de todo a quienes no nos favorecieron, o al sistema, que permite lo que consideramos injusto) pero el problema suele estar oculto, y viene de dentro (en el citado ejemplo, el malestar y las críticas suelen provenir de la ambición de poder o el deseo de notoriedad). Si alguien nos llama la atención sobre nuestra ansia de poder o prestigio (en el ejemplo propuesto), y reaccionamos negando de forma violenta e insistente, queriendo salvar la imagen de humilde y justo que nos gusta mostrar, es que hay una herida en nuestro ser, nos han tocado la llaga y sangra.
 
Las más de las veces, sin darnos cuenta, reaccionamos huyendo y negando la realidad de la enfermedad espiritual que padecemos. Pero el cuerpo está dañado; y si no lo vemos, si no aceptamos el daño, difícilmente lograremos poner remedio. Nos desangramos irremediablemente; una tragedia muy común. Son muchos los que están muertos espiritualmente por dejar escapar la vida a causa de las heridas que no curaron a tiempo.
 
El ego, que se niega a aceptar la realidad de la enfermedad, la esconde negándola. Pretende así para salvar su intimidad y proteger su mentira, su imagen edulcorada, su fantasía. Se engaña. ¡Tranquilo, está todo controlado!, se dice. Pero tarde o temprano, cuando menos lo espera, vuelve a emerger la herida, aflora, sobreviene a la conciencia y se vuelve nuevamente incomoda; lo sabes cuando te “pones colorao”, cuando te sube el pavo al verte sorprendido en tu intimidad más recóndita, cuando te avergüenzas porque tu intimidad pecadora se ve descubierta ante los demás. Te sientes mal.
 
Cuando esto te suceda, párate, haz silencio, mira tu interioridad; pregúntate; ¿porqué me incomoda traer eso a mi conciencia? ¿qué hay detrás de esa sombra que rehúyo?, ¿por qué reacciono violentamente ante los juicios ajenos en tal o cual caso concreto? ¡Despierta! ¡Tienes que reaccionar!, has de iluminar tu vida con la luz que disipa las tinieblas (Jn 8,12; 9,5), sobre todo cuando la herida se transforma en “obsesión” y el malestar personal te abate y te deprime.

LA SANACIÓN

Me pregunto: ¿cómo afrontar estos “problemas” que tanto inquietan? Y se me ocurren dos caminos, distintos pero que pueden ser perfectamente complementarios:

o El primer camino es “someterme a sesiones de escucha” con personas que sean competentes para ello. Partiendo de una buena comunicación (diálogo), en buena sintonía con un escuchante que ayude a verbalizar y dar nombre e identidad a la herida, la angustia o ansiedad puede ser identificada y progresivamente asimilada y sanada. A través de la escucha, la persona con problemas desahoga su situación, la pone ante la mirada atenta de su yo-real, aprende a aceptarla, a quererla tal como es, y, desde ahí, a sanarla. El escuchante, con sola su actitud empática, va facilitando que la persona defina y al tiempo ayude a difuminar su sombra, y poco a poco se vaya haciendo dueña de su yo real, hasta entonces oculto bajo la máscara del ego.

o Otra forma de sanar nuestro yo (persona) es la meditación. Al aquietar mi cuerpo, mi mente y mi corazón, las sombras que me habitan se ven amenazadas. Están ahí, latentes, tapadas, perversamente escondidas, negadas por el yo-real. Son las estrategias del ego-falso que se resiste a aceptar la realidad; y cuando en el silencio de la meditación se le descubren al yo las cosas que no le gustan de su personalidad, reacciona intentando apagar la linterna que ha descubierto esas oscuridades hasta ahora escondidas como virus en los repliegues del yo.
 
La meditación, al hacer la radiografía del yo, descubre los elementos falsos que se esconden: ambiciones, deseos de notoriedad, soberbia, egocentrismo, etc. La meditación analiza y diagnostica la enfermedad. Pero aún puede hacer más. La meditación es medicina para las heridas. ¿Qué podemos hacer cuando salen a la luz los virus? Pues, en vez de ocultarlos, como hace nuestro ego, hay un camino más saludable: contemplar las heridas, mirarlas sin violencias ni angustias, tomar conciencia de su insignificancia, y dejar que desaparezcan.
 
Tus sombras comienzan a morir cuando tomas distancia de ellas, cuando las miras como algo que tú no eres, cuando dejas de darle cobertura con tu “yo asustado”, cuando te atreves a mirarlas de frente, sin acritud, compadeciéndote de ellas (autocompasión).
 
Así, pues, la meditación es buena terapia para sanar las heridas de tu espíritu (¿me dejas que las llame pecados?) Porque toda avaricia, ira, lujuria, pereza, soberbia, envidia, etc… todo eso que da cobertura al ego, y que te produce dolor y reacciones desproporcionadas cuando se ponen en evidencia, es lo que en teología llamamos pecado.
 
Cuando traes a la luz tus sombras se cumple en ti la Palabra de Efesios: "Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas. Pues da vergüenza decir las cosas que hacen a ocultas los hijos de las tinieblas. Pero, al darlas a conocer, la luz las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice el himno: Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará" (5,10-14)

NO ESTAS SOLO EN LA CLÍNICA
(Atención al peligro de soberbia en la meditación)
 
En la meditación puede dar la sensación de que sanaríamos por nuestra propia capacidad y poder, por una especie de “auto-escucha” (?). Sin embargo, los creyentes sabemos que hay algo más. Al poner ante nuestro yo las máscaras de nuestro ego, confiamos en el poder del que nos ayuda a reconocernos, que no es sino Dios dentro de nosotros, y la luz que su imagen imprime en nuestro ser para vencer esas sombras sintiéndonos escuchados (abrazados) “por quien sabemos nos ama”.  

 Me gusta decir que "la psicología describe el problema, pero sólo la fe, más o menos consciente, sana". El creyente sabe que  Él es quien cura, como concluye la cita de Efesios antes reseñada; "Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará". La tiniebla es mala lámpara para iluminarse a sí mismo. "La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios" (Jn 3,19-21).
 
No estamos solos cuando miramos y tocamos nuestras heridas; Dios lo hace con nosotros. Aunque por la razón que sea no sintamos su presencia, Él ha estado y está siempre ahí, muy dentro. No estamos sólos en la clínica de nuestra interioridad. Nosotros somos los pacientes que ponemos ante Él los síntomas (insatisfacción, ansiedad, incomodidad, descontrol emocional, etc.); la confrontación con la Palabra (Jesús) facilita el diagnóstico, y la medicina (Amor de Dios) que, aceptada y aplicada, conduce a la sanación. Es el poder de Dios el que cura. "Porque en ti, Señor, está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz.(Salmo 35,11)
 
Al saber que Dios actúa la sanación, y al aceptarlo, nos libramos de la soberbia de creer que nuestro yo tiene un poder que no es suyo: el poder de la redención. Quien se erige en Mesías de sí mismo y presume de haber sanado por sus propios méritos, puede incurrir en la esclavitud de una sombra aún mayor; porque la sombra más nefasta es la que se vende con disfraz de luz, la del que se cree todopoderoso, el único mesías de sí mismo; y no tardará mucho en sentirse mesías (imprescindible) para los demás, imponiéndoles su técnica y su dominio.
 
CONCLUSIÓN

¿Mucha teoría? Tal vez. Pero una práctica acertada sólo es posible desde una buena teoría (formación), igual que una buena teoría no sirve para nada sin una práctica que la verifique.

Vayamos a la práctica de la meditación en clave sanadora. Toca ahora serenarte, hacer silencio, vaciarte de todo lo que impide tomar conciencia de tu interioridad, hacerte consciente de que “no estamos huecos por dentro” (Santa Teresa) sino habitado por un médico que a su vez es medicina (Dios)… Luego, recogido en tu interior, pon ante ti alguna de tus heridas, contémplala con mucho cariño, con Jesús, y tal como Jesús la miraría.

Poniendo mucho amor, mucha autocompasión y misericordia, amándote como Dios te ama, estarás en el camino de la sanación.

Adelante, pues, con la tarea de meditar!
 
Casto Acedo.
Enero  2019.
 

Me sanaste con tu bien

En la última meditación en común escuchábamos al final un tema de Marco Barrientos: Me sanaste con tu bien. El trasfondo Bíblico son unos textos que bien nos podrían servir de telón de fondo en nuestras meditaciones de sanación de las propias heridas. Son textos proféticos y del libro de los Salmos que se refieren al Pueblo de Israel, pero que traídos a nuestro presente nos animan a confiar en el amor de Dios como bálsamo medicinal para cada uno de nosotros.
 
Transcribo la letra del tema musical de Marco Barrientos y los mencionados  textos bíblicos que inspiran la composición. Y espero que os sirvan de aliento y luz para la meditación y  la vida.
 
 

 'ME SANASTE CON TU BIEN'

Marco Barrientos

 

… Porque muchos habían dicho:
incurable es tu quebranto
y dolorosa tu enfermedad,
no hay quien juzgue tu causa para sanarte,
no se ha encontrado

un medicamento eficaz para ti.

Pero yo te digo:
aunque todos tus enamorados
te hayan olvidado,
aunque nadie te busque más,
aunque te hayan herido,
mi bálsamo de sanidad te cubre y restaura.

Yo haré venir sanidad sobre ti,
sanaré tus heridas,
porque aunque “desechada” te llamaron,
yo me acordé de ti.

Derramaste tu bálsamo de amor
 sobre mi vida,
me sanaste con tu bien,
y yo cantare con corazón agradecido
porque tu sanaste mi interior.
 
Tú me sanaste y me restauraste.
tomaste mi vida en tus manos de Amor.
Tú me libraste y me rescataste,
porque tu me amaste
hasta lo sumo en la Cruz, T
u sangre me perdonó
y tu amor me sanó;
y hoy me acerco a ti con gratitud,
¡Señor!
 
Clámame y yo te responderé,
y te enseñaré cosas grandes y ocultas
que tú no conoces.
Yo te traeré sanidad y medicina,
te curaré y te revelaré
abundancia de paz y de verdad.
Te libraré de tu cautiverio,
te limpiaré de tu maldad,
Porque he perdonado tu pecado,
porque tú eres mi gozo,
y sobre ti he derramado mi gloria.
Recíbela. Recibe mi bien,
recibe mi sanidad.
  
 
 
DEL PROFETA JEREMÍAS, 30,12-20
 
Esto dice el Señor:
Tu fractura es incurable,
tu herida está infectada;
tu llaga no tiene remedio,
no hay medicina que la cierre.
Tus amantes te han olvidado,
ya no preguntan por ti,
pues te herí como un enemigo,
te di un escarmiento cruel.

 Y todo por tus muchos crímenes,
por la gran cantidad de tus pecados.
¿Por qué gritas por tu herida? T
u llaga es incurable.
Por tantos y tantos crímenes,
por todos tus numerosos pecados
te he tratado de ese modo.

Pero los que te devoran serán devorados,
todos tus enemigos serán desterrados;
tus saqueadores serán saqueados,
los que te despojan serán despojados.

Voy a cerrarte la herida,
voy a curarte las llagas 
—oráculo del Señor—.

 Te llamaban “la Repudiada”,
“Sión, por quien nadie pregunta”.
 Pero esto dice el Señor:
Cambiaré la suerte

de las tiendas de Jacob,
voy a compadecerme de sus moradas;
reconstruirán la ciudad sobre sus ruinas,
su palacio se asentará en su puesto.
de allí saldrán alabanzas
voces con aire de fiesta.
Haré que crezcan y no mengüen,
que sea reconocida su importancia,
que no sean despreciados.
Serán sus hijos como antaño,
su asamblea, estable en mi presencia;
yo castigaré a sus opresores.
* * * *

DEL PROFETA ISAÍAS 62,4-5

 

Ya no te llamarán «Abandonada»,

ni a tu tierra «Devastada»;
a ti te llamarán «Mi predilecta»,
y a tu tierra «Desposada»,
porque el Señor te prefiere a ti,
y tu tierra tendrá un esposo.

Como un joven se desposa

con una doncella,
así te desposan tus constructores.
Como se regocija el marido

con su esposa,
se regocija tu Dios contigo.
 
 
SALMO 33, 18-19

 Cuando uno grita,
el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias;
el Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
 
* * *
¡Sed constantes en la meditación.!
Enero 2018.

Casto Acedo.

viernes, 10 de febrero de 2017

SOBRE LA ORACION DE ADORACIÓN

 Transcribo aquí, como buenamente puedo y Dios me da a entender, unas ideassobre "oración de adoración". Y no olvidéis que sin "ejercicio diario de meditación" todo esto no es sino letra muerta.
 
 
Adorar
 
Siempre tendemos a pensar a Dios “para mí”, Dios útil, práctico, conveniente. Y hay que decir que en un mundo consumista y utilitarista como el nuestro es la forma más habitual de buscar la relación con Dios; la propia del niño (infancia espiritual) que todo lo espera de sus padres; así, Dios es mirado en la primera etapa de la vida espiritual como el que satisface mis necesidades materiales, de paz, de sentido, etc. Y esta manera de pensar a Dios desde la condición de niños dependientes (fe infantil) nos lleva a una oración de petición, en la que nos solemos mover con el esquema del “do ut des” -doy para que me des-, espiritualidad comercial, de intercambio, de negocio. Si me das esto..., te daré tal cosa... En un esquema mental de intercambio e intereses, ¿para qué orar si no voy a sacar nada?

Además de la oración de petición, hay otras formas, como lo es la oración de propiciación, por la cual haces algo agradable a Dios para que sea benevolente contigo (¿No se parte aquí de la idea de un Dios un tanto vengador?); o la oración de acción de gracias, más madura y correcta; dar gracias a Dios por lo que somos y tenemos es ya reconocer que no somos el centro de la historia, y que hemos de vivir agradecidos por la presencia y los dones de otros y del Otro.

Pero, sin duda alguna, el culto más perfecto dirigido a Dios es la oración de adoración, por la cual, lejos de pensar a "Dios para mí" me pienso "yo para Dios".  Adorar es vivir centrados y catapultados hacia  aquel o aquello que se adora. Hay que tener cuidado, porque si erramos en el sujeto al que adorar -o en el objeto, en el caso de no ser una persona- caemos en la idolatría, que consiste en hacer girar nuestra vida de modo absoluto alrededor de personas, instituciones, cosas, ideas, etc. que no son Dios. 



Tampoco podemos desdeñar la idolatría-selfie, o el culto a uno mismo. ¿No tendemos frecuentemente a hacer un dios a nuestra medida, un dios según mis gustos?  Y esta deriva idolátrica es muy común, y por eso la oración de adoración supone primero un ejercicio básico de discernimiento para el contemplativo. ¿En qué Dios creo? ¿No será un ídolo el Dios que imagino ?, ¿Quién o qué cosa es mi Dios?

El buen culto de latría (adoración) es el que pone a Dios en el centro, y al hacerlo así descentra el ego, lo margina, para poner todo en el Otro. Se trata de una manera de oración o meditación que parte de una  atracción que viene de fuera. Es como el enamorado o los padres que dicen que “adoran” a su amada o a su hijo. Esa adoración tiene mucho de misterio, de atracción exterior por parte del ser adorado, y de mirada en parte irresistible hacia lo adorable por parte de quien adora. 

Como hemos dicho, en el culto de adoración el ego pasa a un segundo lugar, y la personalidad se asienta en el Otro. El auténtico yo se descarga así de sufrimientos y apegos. ¿Qué importan las cosas, qué importan las circunstancias que vivo, qué importan incluso mis fallos morales? Dios es. ¡Está ahí! Eso es lo único importante. Y yo, que hasta ahora ponía la esperanza sólo en mí mismo y he experimentado  frecuentemente el fracaso me doy cuenta de que él es lo único importante, imperecedero,  eterno.
 
Adorar me abre las puertas a una nueva dimensión,  a una vida nueva en la que mi “yo interior” se abre y se llena del “Dios que es”, del cual soy imagen (cf Gn 1,27). Vivir el espíritu de adoración me da una visión distinta de las cosas; ya no veo el mundo desde las estrecheces de mi ego, como por un agujero, sino desde las alturas, como el sol que alumbra y ama todo y a todos sin prejuicios. Los ama como Dios, con una mirada limpia como la suya; Dios, “que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45).

Y como expansión del recogimiento y la contemplación de Dios,  como explosión del espíritu adorador, brotará espontáneamente en tí la oración de glorificación. Una vez seducido por el Dios Padre de Jesucristo, ya no tendrás miedo ninguno (Dios es amor, y no tienes necesidad de aplacar una ira que no existe en Él), tampoco necesitarás pedir nada (sabes que es Padre y conoce tus necesidades). Sólo desearás glorificarle, expresar con tu “gloria a Dios” todo los bienes que recibes de él y toda la felicidad que te envuelve. La oración más perfecta del adorador la has pronunciado muchas veces con tus labios: “¡Gloria al Padre, al hijo y al Espíritu Santo!”, ahora pásala al corazón y te llenarás de dicha. Repite una y otra vez: ¡Gloria a Dios! Si lo haces así, tu palabra, tu fe y tus buenas obras glorifican a Dios en ti al tiempo que tú mismo eres glorificado en Él (cf 2 Tes 1,11-12). Serás como  Cristo, el Señor, que con la ofrenda de su vida glorificó al Padre y el Padre lo glorificó (cf Jn 12,20-36;13,36).

 Así pues, meditador, cuando aquietes tu cuerpo, tu mente y tu corazón, aparta a un lado tus ídolos (ensueños, creencias, apegos, convicciones...)  y fija tu mirada en Dios como punto de referencia esencial. Adora y confía.  Dios es. Si sientes en tu corazón que eso es lo único importante, sabrás que todo lo que te inquieta es falso, un engaño de tu ego celoso y despechado, que se niega a aceptar que tu amor se vuelque en Otro.


Míralo así. Y cuando entres en meditación aquieta tu cuerpo. tu mente y tu espíritu; procurar trabajar para que el ego, que se empeñará en hacerse presente en incomodidades corporales, pensamientos y emociones  no arruine tu decisión de adorar. En quietud, da paso a tu verdadero yo,  que no es perfecto como pretende el ego,sino que asume con humildad sus imperfecciones.
 
Al meditar -como dice Eloi Lecrerc- "no te preocupes tanto de la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que Él es, Él, todo santidad. Dale gracias por Él mismo. ... Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. … Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad”.
 
Casto Acedo. Febrero 2018

Dios es, eso basta. Adora y confía.


Transcribo los dos textos que en la última sesión de contemplación en común, nos sirvieron de referencia.
 
El primero es un fragmento de Sabiduría de un pobre, de Eloi Lecrerc. En él san Francisco habla al hermano León de la importancia de poner a Dios en el centro de la vida. No es Dios el que ha de girar en torno a nosotros; somos nosotros los que somos invitados a encontrar la vida mirándole a Él. Es la pureza de Dios la que, en última instancia, nos hace ser puros. A veces nos centramos en exceso en nuestros fallos y nos venimos abajo. Pero si miramos a Dios y ponemos en él, no en nuestros méritos, la esperanza, podremos levantar el vuelo con su ayuda y ver colmada nuestra vida.
 
 
Dios es, eso basta.
 
"Francisco se puso en camino al atardecer. Caminaba detrás del hermano León a través del bosque. Estaban acostumbrados los dos a estas caminatas silenciosas a través de la gran Naturaleza. Pasaron pronto las cuestas de un barranco, en cuyo fondo bramaba un torrente. El lugar era retirado y de una belleza salvaje y pura. El agua saltaba sobre las rocas, blanquísima y exultante, con breves relámpagos azules. Había en el ambiente un gran frescor que penetraba el suelo de los bosques vecinos. Unos enebros habían brotado entre las rocas por un lado y por otro y dominaban el borboteo del agua.
 
-¡Hermana agua! -gritó Francisco, acercándose al torrente-. Tu pureza canta la inocencia de Dios.
 
Saltando de una roca a otra, León atravesó corriendo el torrente. Francisco le siguió. Tardó más tiempo. León, que le esperaba de pie en la otra orilla, miraba cómo corría el agua limpia con rapidez sobre la arena dorada entre las masas grises de rocas. Cuando Francisco se le juntó, siguió en su actitud contemplativa. Parecía no poder desatarse de ese espectáculo. Francisco le miró y vio tristeza en su rostro.

-Tienes aire soñador -le dijo simplemente Francisco.

-¡Ay si pudiéramos tener un poco de esta pureza -respondió León- también nosotros conoceríamos la alegría loca y desbordante de nuestra hermana agua y su impulso irresistible!
 
Había en sus palabras una profunda nostalgia, y León miraba melancólicamente el torrente, que no cesaba de huir en su pureza inaprensible.
 
-Ven -le dijo Francisco, cogiéndole por el brazo. Empezaron los dos otra vez a andar. Después de un momento de silencio, Francisco preguntó a León:
 
-¿Sabes tú, hermano, lo que es la pureza de corazón?

-Es no tener ninguna falta que reprocharse -contestó León sin dudarlo.

-Entonces comprendo tu tristeza -dijo Francisco-, porque siempre hay algo que reprocharse.

-Sí -dijo León-, y eso es, precisamente, lo que me hace desesperar de llegar algún día a la pureza de corazón.

-¡Ah!, hermano León, créeme -contestó Francisco-, no te preocupes tanto de la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que El es, El, todo santidad. Dale gracias por El mismo. Es eso mismo, hermanito, tener puro el corazón. Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. No te preguntes en dónde estás con respecto a Dios. La tristeza de no ser perfecto y de encontrarse pecador es un sentimiento todavía humano, demasiado humano. Es preciso elevar tu mirada más alto, mucho más alto. Dios, la inmensidad de Dios y su inalterable esplendor. El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero. Toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.
 
-Sin embargo, Dios reclama nuestro esfuerzo y nuestra fidelidad -observó León.
 
-Es verdad -respondió Francisco-. Pero la santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, nuestra nada, si se acepta, se hace el espacio libre en que Dios puede crear todavía. El Señor no se deja arrebatar su gloria por nadie. El es el Señor, el Único, el Solo Santo. Pero coge al pobre por la mano, le saca de su barro y le hace sentar sobre los príncipes de su pueblo para que vea su gloria. Dios se hace entonces el azul de su alma. Contemplar la gloria de Dios, hermano León, descubrir que Dios es Dios, eternamente Dios, más allá de lo que somos o podemos llegar a ser, gozarse totalmente de lo que El es. Extasiarse delante de su eterna juventud y darle gracias por Sí mismo, a causa de su misericordia indefectible, es la exigencia más profunda del amor que el Espíritu del Señor no cesa de derramar en nuestros corazones, y es eso tener un corazón puro, pero esta pureza no se obtiene a fuerza de puños y poniéndose en tensión.
 
-¿Y cómo hay que hacer? -preguntó León.

-Es preciso simplemente no guardar nada de sí mismo. Barrerlo todo, aun esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar sitio libre, aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aun el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta. El corazón se hace entonces ligero, no se siente ya el mismo, como la alondra embriagada de espacio y de azul. Ha abandonado todo cuidado, toda inquietud. Su deseo de perfección se ha cambiado en un simple y puro querer a Dios.

León escuchaba gravemente, mientras andaba delante de su padre. Pero, a medida que avanzaba, sentía que su corazón se hacía ligero y que le invadía una gran paz.

 (ELOI LECRERC, sabiduría de un pobre)

 * * * *

El segundo texto es un poema de Theilard de Chardin, filósofo y teólogo que entiende que el mundo camina hacia un punto omega que es Cristo, el Hijo por cuya encarnación el Padre conduce todo a la plenitud. La oración  expresa esa primacía de Dios, cuyo poder transformador está ahí. Postrarse ante Él y dejarse llevar nos ayuda a relativizar los obstáculos que encontramos en nuestra realización personal.
 
 
Adora y confía
 
No te inquietes por las dificultades de la vida,
por sus altibajos,
por sus decepciones,
por su futuro más o menos sombrío.
 
Desea aquello que Dios desea.
Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades
el sacrificio de tu alma sencilla que,
pese a todo, acepta los designios
de su providencia.
 
Poco importa que te consideres un frustrado,
si Dios te considera plenamente realizado;
a su gusto.
Entrégate con confianza ciega en este Dios
que te quiere para Él.
Y que llegará hasta ti,
aunque no le veas nunca.
 
Piensa que te encuentras en sus manos,
más fuertemente sostenido,
cuando más decaído y triste te encuentres.
 
Vive feliz. Te lo suplico.
Vive en paz.
Que nada te turbe.
Que nada sea capaz de quitarte tu paz.
Ni el cansancio psíquico.
Ni tus fallos morales.

Haz que surja,
y conserva siempre sobre tu rostro,
una dulce sonrisa, reflejo de aquella
que el Señor continuamente te dirige.
 
Y en el fondo de tu alma coloca,
antes que nada,
como fuente de energía y criterio de verdad,
todo aquello que te llene de la paz de Dios.
 
Recuerda:
Todo aquello que te reprima e inquiete es falso.
Te lo aseguro
en nombre de las leyes de la vida
y de las promesas de Dios.
Por eso, cuando te sientas afligido, triste,
adora y confía.

(Teilhard de Chardin, sj )
 
 Casto Acedo. Febrero 2017.

viernes, 3 de febrero de 2017

ORACION Y VIDA (III)


ORACION Y VIDA (III) 

Invitación a la perseverancia en la oración desde unas consideraciones sobre el papel de la fe y las obras en la vida cristiana.
NOTA: Recordad que esto era un comentario en tres partes (aquí va la tercera) sobre la importancia de la oración contínua, su papel en la vida y acerca de la relación entre la vida espiritual (oración) y moral (acción).
Hay un texto de Meister Eckhart, autor espiritual del siglo XIV, que desded el momento en que lo leí em llamó la atención  Se trata de un texto llamativo  por la invitación que hace al meditador a centrar la mente más en el “ser” que en el “hacer".
Vivimos un tiempo y un mundo eminentemente prácticos, donde todo tiene que tener una utilidad, un “para qué”; éste “para qué” se mide siempre en claves prácticas, ya sea de beneficio económico o de bienestar físico o emocional. Esto de meditar ¿para qué sirve si no hay provecho palpable?, ¿para qué hacer un ejercicio de meditación si no voy a extraer de ello beneficios prácticos? Muchos buscan en la meditación lo que propiamente no es. ¡Fijaos hasta qué punto hemos llegado, que muchas empresas ofrecen a sus ejecutivos cursos fundados en técnicas de meditación orientadas a mejorar su rendimiento!
El texto que citábamos, y que viene a desenmascarar la falsa meditación utilitarista,  dice así: “La gente nunca debería pensar tanto en lo que tiene que hacer; tendrían que meditar más bien sobre lo que son”.O sea que el tiempo de la meditación debe orientarse al conocimiento del propio  “ser” antes que a la adquisición de unos criterios sobre las obras que hemos de realizar. Esto es chocante para nuestra cultura en la que el ser está fundado en el hacer. La razón de la vida es hacer cosas para obtener beneficios materiales;  trabajamos para adquirir bienes de consumo, y consumimos para seguir trabajando. La economía capitalista, que se mueve con la dialéctica de la producción y el consumo, ha entrado a formar parte de nuestro propio ser. Tanto es así que incluso realidades tan sagradas como la amistad, el amor, o incluso la familia y la misma fe (la meditación) llegamos a concebirlas como simples bienes de consumo.
Pues bien, según nuestra tradición cristiana, más importante que “hacer" cosas es “ser" yo mismo. Mi identidad  profunda no está en mi oficio o en mis títulos, en mi rentabilidad profesional, sino en mi “yo mismo”, en mi ser más íntimo. Tengo un valor más allá de lo que hago.
En cierta ocasión, estando Jesús  en casa de su amigo Lázaro, una de sus hermanas, María, aprovechó para  sentarse a sus pies y escucharlo. Mientras tanto,  su hermana Marta, no cesaba de trajinar por la casa (cf Lc 10,38-42). Llega un momento en que Marta no puede callar y presenta a Jesús su queja: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».Uno esperaría que Jesús le diera la razón. Sin embargo, lo que hace es poner en evidencia ese error tan común hoy, que consiste en pensar que el hacer es más importante que el ser: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».


Jesús no se muestra contrario a la actividad que Marta realiza, sino al “activismo”, a la inquietud, el desasosiego y la tensión con que lo hace: “Andas inquieta y preocupada”, es decir, no tienes quietud en tu ser, estás atada por pensamientos que te ocupan y te alejan de ti misma. El mismo reproche  que Marta hace a hacia María ("¡me ha dejado sola para servir!") esconde una cierta envidia y una no aceptación de su tarea. Marta hace las labores de casa sin convencimiento, como imposición, sin que la energía le salga de dentro, y esto la desquicia. Sin embargo, a María la contemplación a los pies de Jesús le produce sosiego y paz, quietud. Está aprendiendo  a ser; más aún, está siendo. A los  ojos de Marta su postura es de pasividad, sin embargo es Marta la que tiene el espíritu paralizado, muerto, incapaz de ser.
Sigue diciendo M. Eckhart en el texto que leíamos: “Si la gente y sus modos fueran buenos, sus obras podrían resplandecer mucho. Si tú eres justo, también tus obras son justas. Que no se pretenda fundamentar la santidad en el actuar; la santidad se debe fundamentar en el ser, porque las obras no nos santifican a nosotros sino que nosotros debemos santificar a las obras. Por santas que sean las obras, no nos santifican en absoluto en cuanto obras: sino en cuanto somos santos y poseemos el ser, en tanto santificamos todas nuestras obras, ya se trate de comer, de dormir, de estar en vigilia o de cualquier cosa que sea”. Creo que tras el ejemplo de Marta y María podemos comprender mejor esto.  

Y hay otros textos de la Escritura que vienen a decir lo mismo, como cuando Jesús dice:  “ No andéis agobiados … no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus problemas…  Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia” (cf Mt 6, 31-34). Fíjate en que -como en el caso de Marta- Jesús no dice que no se trabaje, sino que se ponga la búsqueda del Reino de Dios como prioritario; y ese Reino no es preocupación y estrés, "el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y alegría en el Espíritu Santo" (Rm 14,17); lo malo no es el hacer -también nos debemos embarcar en el trabajo por el Reino-  sino el “hacer agobiante”, la preocupación, lo que no te deja ser porque te desquicia y enfurece.

Otro texto que podríamos citar es el conocido himno al amor de san Pablo (cf 1 Cor 13,1-13);  “Si  repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría…  El amor es paciente, es benigno, es servicial, etc…” . El himno, leído detenidamente dice que lo que define al amor no es lo que “hace” sino lo que “es”; sólo el “ser” (amor) da valor al “hacer” (obras). No son las obras las que nos santifican, sino nuestro amor el que santifica a las obras. Aunque diera todas mis riquezas a los pobres, si no lo hago desde mi ser, si no tengo amor, de nada me sirve.
Querido meditador:  te digo todo esto para que seas conscientes de la importancia de la práctica de la meditación. Sin despreciar el hecho de que pueda conducirnos a obrar cada día con más justicia, el valor de la meditación está en que  te conduce  a ser cada día más “tú mismo, aquí y a hora”, te lleva a conocerte más -con el tiempo sabrás que un mayor conocimiento y aceptación de Jesús en tu vida  te da un mayor conocimiento y aceptación de ti mismo- y a obrar con más libertad, sin imposiciones externas, desde el fondo de tu alma. Las obras del hombre libre no son tales cuando son motivadas por amenazas o seducciones del exterior; tampoco son libres cuando responden  al cumplimiento de una ley a la que se somete ciegamente; la acción que salva y justifica al hombre es  fruto de una decisión libre nacida y cultivada en  el interior más íntimo, en el hondón del "ser". 
Así pues, aquiétate unos minutos cada día, deja tus tareas, ponte a los pies del Maestro como María, acállate, escucha, y déjate inundar por la Presencia que da consistencia a tu silencio. Que la música callada de Dios te inunde. Si perseveras en la meditación llegará un día en que tu ser y tu hacer no  caminarán desconectados; Marta y María andarán juntas. A esto te conduce la meditación, a que tu vida sea toda contemplativa. Para llegar aquí la puerta y el camino es la oración perseverante.
Termino haciéndote partícipe de una oración-testimonio que a mí mismo me sirvió de mucho en su momento para animarme a la oración: 

Me levanté temprano una mañana,
y me lancé a aprovechar el día.
Tenía tantas cosas que hacer,
que no tuve tiempo para rezar.
Se me amontonaron los problemas
y todo se me volvía cada vez más difícil.
“¿Por qué no me ayuda Dios?” –me preguntaba.
Y él me respondió: “No me lo has pedido”.
Quería sentir la alegría y la belleza.

Pero el día continuó triste y sombrío.
Me preguntaba por qué Dios no me las había dado.
Y él me dijo: “Es que no me lo has pedido”.

Intenté abrirme paso hasta la presencia de Dios,
y probé todas mis llaves en la cerradura.
Y Dios me dijo suave y amorosamente:
“hijo mío, no has llamado a la puerta”.
Pero esta mañana me levanté temprano
y me tomé una pausa antes de arrostrar el día.

Tenía tantas cosas que hacer,
que tuve que tomarme tiempo para rezar.
¡Sea, pues, meditadores!
Perseverancia y esperanza.

Casto Acedo. castoacedo@gmail.com. Febrero 2017.