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jueves, 28 de marzo de 2019

Ser y hacer

 
En uno de los encuentros de nuestra meditación comunitaria, creo que hace dos años,  mencioné un texto  de Meister Eckhart, un autor espiritual  del siglo XIV. El texto era llamativo  por la invitación al meditador a centrarse más en el “ser” que en el “hacer.
 
Vivimos en un tiempo y un mundo eminentemente práctico, donde todo tiene que tener una utilidad, un “para qué”; y éste “para qué” se mide siempre en claves prácticas, ya sea de beneficio económico o de bienestar físico. Esto de meditar ¿para qué sirve? Si no hay un beneficio ¿para qué hacer un ejercicio de meditación?
 
El texto que citamos comenzaba así: “La gente nunca debería pensar tanto en lo que tiene que hacer; tendrían que meditar más bien sobre lo que son”.O sea que el “hacer meditación” debe orientarse al conocimiento y crecimiento del propio  “ser” y no al revés. En nuestra cultura el ser está orientado al hacer. Hacemos cosas para obtener beneficios materiales, trabajamos para consumir; y consumimos para seguir trabajando. La economía capitalista, que se mueve por la dialéctica de la producción y el consumo, ha entrado a formar parte de nuestro propio ser. Tanto es así que incluso la meditación llegamos a concebirla como un bien de consumo más.
 
Pues bien, según nuestra tradición cristiana, más importante que “hacer cosas” es “ser yo mismo”. Mi identidad  profunda no está en mi oficio o mis construcciones, sino en mi “yo mismo”, en mi ser. Tengo un valor más allá de lo que hago.
 
 
En cierta ocasión, estando Jesús  en casa de su amigo Lázaro, una de sus hermanas, María, aprovechó para  sentarse a sus pies y escucharlo. Mientras tanto,  su hermana Marta, no cesaba de trajinar por la casa (cf Lc 10,38-42). Llega un momento en que Marta no puede callar y presenta a Jesús su queja: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».Uno esperaría que Jesús le diera la razón. Sin embargo, lo que hace Jesús es dar luz acerca de ese error tan común en nosotros, y que consiste en creer que el hacer es más importante que el ser: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».
 
Jesús no se muestra contrario a la actividad que Marta realiza, sino al “activismo”, a la inquietud, el desasosiego y la tensión con que lo hace: “Andas inquieta y preocupada”, es decir, no tienes quietud en tu ser, estás atada por pensamientos que te ocupan y te alejan de ti misma. El mismo reproche  que Marta hace a María -¡No hace nada, dile que me eche una mano!- esconde una cierta envidia y unida a la no aceptación de su tarea. Hace las labores de casa sin convencimiento, sin que la energía le nazca de dentro, sino como una imposición, y eso le desquicia.
 
Sin embargo, a María la contemplación de Jesús le produce sosiego y paz, quietud. Está aprendiendo  a ser; más aún, está siendo. A los  ojos de Marta su postura es de pasividad, sin embargo es Marta la que tiene el espíritu paralizado, incapaz de ser.

Sigue diciendo M. Eckhart en el texto que leíamos: “Si la gente y sus modos fueran buenos, sus obras podrían resplandecer mucho. Si tú eres justo, también tus obras son justas. Que no se pretenda fundamentar la santidad en el actuar; la santidad se debe fundamentar en el ser, porque las obras no nos santifican a nosotros sino que nosotros debemos santificar a las obras. Por santas que sean las obras, no nos santifican en absoluto en cuanto obras: sino en cuanto somos santos y poseemos el ser, en tanto santificamos todas nuestras obras, ya se trate de comer, de dormir, de estar en vigilia o de cualquier cosa que sea”.

Sé que esto suena a "reforma protestante"; Lutero bebió de la fuente de su paisano M. Eckart; y, ciertamente, sería un error no considerar las obras; el error está en considerarlas como lo que nos edifica, cuando en realidad somos nosotros los que damos valor a las obras.  ¿Acaso alguien que da un donativo millonario para una causa justa es santo por el mero hecho de hacerlo? Si da el donativo es porque tiene el dinero, y la obra en sí, objetivamente es buena, pero ¿qué dirías si sabes que da el donativo con el objetivo de promocionarse o lavar su imagen ante el mundo? ¿Le justificarán sus obras? ¿Quedó justificado el fariseo de la parábola apoyado en que ayuna dos veces por semana y paga el diezmo de todo lo que tiene, o el publicano que se reconocía en su ser pecador? (cf Lc 18,9-14).
 
Mis obras pueden darme pistas acerca de la verdad de mi camino espiritual, pero no son la meta de mi camino. Los mandamientos, la ley, me informan de mi lejanía de Dios y de cómo debería vivir, pero el mero hecho de procurar cumplirlos no me salva. Si así fuera, la salvación sería un imposible. ¿Conoces a alguien que ame a Dios sobre todas las cosas?

Creo que en los ejemplos evangélicos de Marta y María y de la parábola
del fariseo y el publicano, podemos comprender mejor a M. Eckart.  Cuando nuestras obras nos esclavizan, cuando no son expresión de nuestro ser sino  búsqueda desesperada de una identidad que no tenemos y queremos hallar, podemos experimentar que no nos salvamos por lo que hacemos sino por lo que somos: hijos de Dios. Su amor y misericordia nos preceden siempre.

Por tanto, no te estreses haciendo cosas; tampoco te deprimas cuando no salen como quisieras. Para Dios lo importante eres tú, no tu productividad.
Hay otros textos de la Escritura que vienen a enseñarte lo mismo; como cuando Jesús dice:  “ No andéis agobiados … no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le bastan sus problemas…  Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia” (cf Mt 6, 31-34). Fíjate en que -como en el caso de Marta- Jesús no dice que no se trabaje; lo malo no es el hacer sino el “hacer agobiante”, la preocupación, lo que no te deja ser porque te desquicia y enfurece.
Otro texto que podríamos citar es el conocido himno al amor de san Pablo (1 Cor 13,1-13);  “Si  repartiera todos mis bienes entre los necesitados; y si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría…  El amor es paciente, es benigno, es servicial, etc…” . El ejemplo que dije del adinerado que da un fuerte donativo a una causa justa encuentra aquí una apostilla. El himno, leído detenidamente dice que lo que define al amor no es lo que “hace” sino lo que “es”; sólo el “ser” (amor) da valor al “hacer” (obras). No son las obras las que nos santifican, sino nuestro amor el que santifica a las obras. Aunque diera todas mis riquezas a los pobres, si no lo hago desde mi ser, si no tengo amor, de nada me sirve.

 Querido amigo:  te digo todo esto para que seas conscientes de la importancia de la práctica de la meditación. Sin despreciar el hecho de que pueda conducirnos a obrar cada día con más justicia, su valor está en que  te conduce  a ser cada día más “tú mismo, aquí y a hora”, te lleva a conocerte más -con el tiempo sabrás que un mayor conocimiento y aceptación de Jesús en tu vida  te da un mayor conocimiento y aceptación de ti- y a obrar con más libertad, sin imposiciones externas, desde el fondo de tu alma; las obras de la libertad no responden a una reacción ante las amenazas o seducciones del exterior, ni al cumplimiento de una ley, sino a una decisión nacida y animada en  tu interior más íntimo.
Así pues, aquiétate unos minutos cada día, deja tus tareas, ponte a los pies del Maestro como María, acállate, escucha, y déjate inundar por la Presencia que da consistencia a tu ser en el silencio. Que la música callada de Dios te inunde. Si perseveras en la meditación llegará un día en que tu ser y tu hacer no  caminarán desconectados; Marta y María andarán juntas. A esto te conduce la meditación, a que tu vida sea toda contemplativa. Pero mientras recibes ese don, no cejes en tu camino de perseverancia.
Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Marzo 2019

viernes, 8 de febrero de 2019

Crisis (Notas)

 Van las notas de lo que se expusieron en el último encuentro, tomadas de Enamorarse de Dios, de Williams Johnston, aunque falta lo referente a la aceptación de la propia  debilidad (manifiesta en la crisis) como punto de partida para que la fuerza de Dios opere en nosotros (cf 2 Cor 12,10).

CRISIS (Consideraciones)


Al hablar de la “oración del ser”, dijimos que en realidad se trata de la “oración del estar enamorado”. Y si podemos orar de esta manera, hagámoslo: abandonemos tanto los malos como los buenos pensamientos y entremos en la esfera del silencio amoroso, del amor sin palabras.
Tentaciones y dificultades:
 
o   Sensación de que estas perdiendo el tiempo. No es así, los niveles inconscientes están muy activos (niveles penetrados de amor y fe)
 
o   La oración existencial  es un “viaje” en apariencia estático. Pero no. Puede compararse al éxodo desde Egipto hasta la tierra prometida a través del desierto… O puede llamarse viaje interior a las profundidades del propio ser; o viaje al interior de la noche; o puede compararse con el camino de los discípulos de Emaús… hasta conocer al que buscan al partir el pan.
 
o   Al principio el viaje transcurrirá sin incidentes, con suavidad, pero tarde o temprano vendrán las turbulencias. … Nadie te ha prometido un jardín de rosas…
 
o   Llegará también el tiempo de la “gran crisis”, que afectará a las raíces profundas de tu ser (trastorno que puede tener lugar dos o tres veces a lo largo de la vida).
 
 
o   La crisis puede ser:
§   Endógena, originada en el propio interior. De pronto te sientes mal. Insomnio, temblores, … parece que se desintegra el armazón de tu vida. Presencia del mal. Todo lo que te parecía seguro parece derrumbarse y no sabes hacia dónde dirigirte… Las coas que antes te satisfacían no te importan ya … Cambios de estado de ánimo brutales… Al borde del ataque de nervios.
§   Exógena, con motivos externos: rechazo de quienes creías tu amigo, fracaso en el trabajo, perdida de buena fama, humillación por parecer que te muestras débil o estúpido ante los demás… Angustia, bajón.
 
Tu inconsciente está aflorando a la superficie. Cuando te adentras en el desierto, cuando dejas atrás tus “capas de cebolla”, cuando te despojas de tus “adornos” mentales y físicos, aparece ante ti lo que hay en el fondo (y en ese fondo hay mucho de inconsciente):
 
o la parte de nuestra personalidad que hemos arrinconado y odiamos contemplar (sueños-pesadillas)… es bueno comunicar esto a alguien que te escuche.
 
o    Resurgen las pulsiones sexuales que creíamos que ya teníamos controladas… tus complejos de Edipo o Electra, tus miedo de despegarnos de nuestro padre o nuestra madre…
 
o      Se plantea el problema de la propia máscara: tu papel-rol-máscara (padre, madre, maestro, sacerdote profesor, niño bueno, persona  simpática… )… El pedestal se te viene abajo… ¿Se reirán de mi?... Reconocer que no eras así ante los demás (incluso ante ti mismo) te hace crecer en humildad.
 
o      Puede que, en fin, nazca la “gran crisis” (derrumbe de todo; vacío, “ni las coas de Dios ni las de los hombres me satisfacen”.
 
 
Cuando lleguen las crisis debes encontrar un consejero. ..,. Y debes mirar tu situación de forma holística:
 
o  Hay una dimensión psicológica. … Tal vez cebas acudir a un psicólogo que resitúe las vivencias de tu infancia, juventud, relaciones con tus padres, problemas de encaje sexual… etc.
 
o  Pero la psicología no debe ocultar la dimensión religiosade lo que está sucediendo… En la crisis te encuentras con el insondable misterio de la persona y la existencia humana. La psicología puede ser tu ayuda, pero no te salvará; Jesús es tu salvador, y deberás tener fe en él. (Grítale como los discípulos en la barca que zozobra; Él duerme en tu misma barca)
 
o  No abandones la oración, aunque tal vez no te convenga aumentar el tiempo; tal vez sí el modo; puede ser mejor orar dando largos paseos, dejando que el proceso interior se asimile interiormente… Y por supuesto: acércate a la EUCARISTIA (alimento para el camino).
 
o  Finalmente no olvides la dimensión física… Los problemas internos suelen somatizarse… Cuida tu alimentación y el ejercicio físico… pero ¡ojo con las drogas químicas! No recurras a ellas.
 
Pero, repito, míralo todo de forma holística (total, íntegral):
o   Unos te dirán que estás “cansado”
o   Otros que “necesitas un terapeuta”
o   Otros re recomendarán que reces con más confianza
 
No cabe duda de que todo es bueno, pero nada es suficiente por sí solo. Debes considerar la crisis de modo holístico.
 
* * *
o  Muchos pasaron esta “crisis” (Pablo de Tarso, Juan de la Cruz, etc)

 
o Hoy se suele hablar de “crisis de la mitad de la vida” o de un “viaje” al mundo del inconsciente o interioridad…
 
o No olvides que en la oscuridad, si te mantienes en el santuario, tarde o temprano oirás la voz que, como a Samuel, te llamará en la noche: “Samuel, Samuel…”·
 

sábado, 8 de diciembre de 2018

Orar en la naturaleza

Os paso las notas del último día con parte del texto de los Papalagi.
 
Tomado, con leves variantes,
de Williams Johnston,
Enamorarse de Dios, pgs. 50-54 
 
 
 ·         Un modo de orar muy arraigado en el cristianismo es la oración en plena naturaleza. Jesús solía retirarse al monte o al desierto a orar. Sus parábolas dan pistas para pensar que era un contemplativo (observador) de la naturaleza; la naturaleza y el sencillo mundo agrícola y ganadero forman parte de su lenguaje. El monacato primitivo vio siempre una relación íntima entre trabajo manual y vida contemplativa. … Hoy como ayer, el trabajo manual es para el monje tan importante como el sentarse a meditar. 

·        Tenemos la tradición de la práctica de entrar en comunión con la naturaleza. ¿Panteísmo? No. Se trata de orar en y con  la naturaleza, no de orar a la naturaleza. Dios está ahí, y se trata de mantenernos abiertos a ese misterioso e indefinible sentido de  presencia.

·        Paséate por la naturaleza y hazte consciente de la presencia de Dios en los montes, los pájaros, la ciénagas, los árboles, las flores… Déjate envolver por el aire, empapar por la lluvia, bañar por el sol,… Es una excelente forma de oración … Cuando tu mente y tu corazón estén perturbados, paséate por la naturaleza, que renovará tus fuerzas, te liberará y te sanará.
 
·        Aprende los poetas místicos, que hablan con los montes y con el mar: Francisco de Asís, Juan de la Cruz preguntando a la naturaleza dónde está el Amado.
 
 
·        Relee una y otra vez el texto de Mateo 6 25-34 donde habla de los lirios del campo y las aves del cielo.  Jesús nos dice que los miremos. Recréate en su belleza. No pienses, mira. Y mientras miras ten presente el mensaje evangélico: deja de lado tus angustias. ¡Cómo nos gusta aferrarnos a nuestras angustias y ansiedades! … Fuera de nosotros está pa presencia, la verdad de Dios que nos ama y nos ama. 
 
·     Libérate no sólo de las angustias sino también de todo pensamiento, de todo razonar, pensar conceptuar o planificación. No te preocupes de botánica  u ornitología, simplemente contempla los pájaros y los lirios.

·        ¡Maravillosa naturaleza! Nos enseña a ser. Nuestra obsesión por el trabajo, la actividad o la productividad, oculta a nuestros ojos lo que somos. Y no olvides nunca: Lo que eres tiene mucha más importancia que  lo que haces. Importante enseñanza para los enfermos e imposibilitados de moverse.
 
·        Una manera más de orar: la contemplación o conciencia de tu propio cuerpo. “¿No vale más la vida que el alimento o el cuerpo que el vestido?”. … Haz oración contemplando tu cuerpo, no pienses en tu vida y en tu cuerpo, contémplalos, experiméntalos. … Puedes hacerlo con la respiración.
 
·        La tradición estética del Japón habla del simple mirar,  del simple escuchar, caminar, sentarse o hacer lo que uno esté haciendo. De ahí nos viene la expresión hacerse” flor, planta, pájaro o cualquier otra cosa; te desprendes de tu “yo” y adquieres el estado de “no yo” (mu-ga;  an-atman); consiste en perder el yo ilusorio (ego) para encontrar el yo-mismo (“sí mismo”) auténtico abierto al mundo entero. El descubrimiento de este “yo verdadero” es la puerta abierta a la experiencia de la mística (del Misterio). Lo veremos en su momento.  

Finalmente: igual que puedes orar en la naturaleza, lo puedes hacer en medio de la gran ciudad. Dios está en todas partes. Y cuando lo estés buscando recuerda que Él también te busca.

 * * *



Los Papalagi
Discursos de Tuiavii de Tiavea, jefe Samoano –
LA ENFERMEDAD DEL PENSAMIENTO PROFUNDO
(Fragmento)

Puede ser cierto que nunca practicamos el conocimiento o, como dicen los Papalagi (hombres occidentales), «el pensar». Pero es cuestión evidente quién es el más estúpido: el que no piensa muy a menudo o el que piensa demasiado. Mi cabaña es más pequeña que la palmera. La palmera se inclina en la tormenta. La tormenta habla con voz profunda. Esta es la forma en que piensan, a su particular modo, naturalmente. Pero también piensan sobre sí mismos: yo soy pequeño; mi corazón siempre se pone contento cuando veo a una muchacha; me divierto mucho yendo de malaga (viaje)
, etc…

Todo esto puede estar muy bien y ser muy bueno; incluso puede comportar toda clase de provechos a aquéllos a los que les gustan esos juegos en el interior de sus cabezas. Pero los Papalagi piensan tanto, porque para ellos el pensar se ha convertido en un hábito, una necesidad y una carencia. Tienen que continuar pensando. Sólo después de muchas dificultades logran realmente no pensar y, en vez de esto, viven de una vez con su cuerpo entero. A menudo viven únicamente con sus cabezas, mientras el resto de sus cuerpos está profundamente dormido, aunque caminen, hablen, coman y rían mientras tanto.

Crear pensamientos (el fruto del pensar) le mantiene esclavizado, intoxicado por sus propias reflexiones. Cuando el sol está brillando, él piensa todo el tiempo cuán bellamente brilla. Pero cuando el sol brilla, es mejor no pensar absolutamente nada. Un hombre sabio extendería sus miembros a la cálida luz y no produciría ni un pensamiento mientras tanto. Él no absorbería únicamente el sol en su cabeza, sino también con sus manos y pies, su estómago, sus tobillos y todos sus miembros. Dejaría que su piel y sus miembros pensaran por él, pues esas partes piensan también, aunque no del mismo modo que piensa la cabeza. Pero a menudo los pensamientos se yerguen en medio del camino del Papalagi como un gran pedregón de lava que no puede hacerse a un lado. Puede tener pensamientos felices, pero no le hacen reír, ni sus pensamientos más tristes le hacen llorar. Está hambriento, pero no va a por el taro o el palusami. La mayor parte del tiempo es un hombre cuyos sentidos viven en discordia con su espíritu, un hombre dividido en dos mitades.

La vida del Papalagi es muy parecida al viaje en bote de alguien a Savii, alguien que desde el momento de zarpar está pensando: ¿cuánto tiempo me tomará llegar a Sauii? El piensa y no se da cuenta del amistoso panorama por el que está viajando. Por el lado izquierdo, percibe una cordillera. Tan pronto como la han visto sus ojos ya la ha encerrado en su mente. ¿Qué habrá detrás de esa montaña? Quizás un desfiladero estrecho y profundo. Con todos esos pensamientos no puede unirse al cantar de los jóvenes remeros. Tampoco se da cuenta del parloteo feliz de las doncellas. Inmediatamente después de pasar la bahía con sus cordilleras, un nuevo pensamiento empieza a importunarle. ¿Se levantará una tormenta, antes de la caída de la noche? Sus ojos escrutan los claros cielos en busca de nubes. Todo el tiempo pensando en la tormenta que podría venir. La tormenta no llega y al caer la noche llegan a Savii.

Pero él tiene la sensación de que no ha hecho este viaje en bote, pues sus pensamientos han permanecido lejos de su cuerpo y lejos del bote. Podría perfectamente haberse quedado en su choza de Upolu. Un espíritu que es como una carga, yo lo considero un aitu, y para mí no está en absoluto claro por qué debo amarlo tanto.
 
Los Papalagi aman al espíritu, lo adoran y alimentan con pensamientos de sus cabezas. Nunca lo matan de hambre, pero no les importa demasiado si un pensamiento devora a otro. Hablan sobre sus pensamientos con una veneración que hace que el valor de un hombre y la belleza de una doncella no valgan nada en comparación. Se comportan como si el género humano estuviera destinado a pensar tanto, como si fuera una orden del mismo Gran Espíritu. Si la palmera y la montaña pensaran, al menos no harían tanto alboroto. Y si pensasen ruidosamente e incontroladas como los Papalagi, con certeza las palmeras no producirían tan bellas hojas verdes ni frutas doradas. Por ahora sabemos que pensar nos haría viejos y feos antes de tiempo. La fruta caería antes de madurar, pero lo más probable es que ellas no piensen en absoluto.

Casto Acedo. Diciembre 2018