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sábado, 8 de diciembre de 2018

Orar en la naturaleza

Os paso las notas del último día con parte del texto de los Papalagi.
 
Tomado, con leves variantes,
de Williams Johnston,
Enamorarse de Dios, pgs. 50-54 
 
 
 ·         Un modo de orar muy arraigado en el cristianismo es la oración en plena naturaleza. Jesús solía retirarse al monte o al desierto a orar. Sus parábolas dan pistas para pensar que era un contemplativo (observador) de la naturaleza; la naturaleza y el sencillo mundo agrícola y ganadero forman parte de su lenguaje. El monacato primitivo vio siempre una relación íntima entre trabajo manual y vida contemplativa. … Hoy como ayer, el trabajo manual es para el monje tan importante como el sentarse a meditar. 

·        Tenemos la tradición de la práctica de entrar en comunión con la naturaleza. ¿Panteísmo? No. Se trata de orar en y con  la naturaleza, no de orar a la naturaleza. Dios está ahí, y se trata de mantenernos abiertos a ese misterioso e indefinible sentido de  presencia.

·        Paséate por la naturaleza y hazte consciente de la presencia de Dios en los montes, los pájaros, la ciénagas, los árboles, las flores… Déjate envolver por el aire, empapar por la lluvia, bañar por el sol,… Es una excelente forma de oración … Cuando tu mente y tu corazón estén perturbados, paséate por la naturaleza, que renovará tus fuerzas, te liberará y te sanará.
 
·        Aprende los poetas místicos, que hablan con los montes y con el mar: Francisco de Asís, Juan de la Cruz preguntando a la naturaleza dónde está el Amado.
 
 
·        Relee una y otra vez el texto de Mateo 6 25-34 donde habla de los lirios del campo y las aves del cielo.  Jesús nos dice que los miremos. Recréate en su belleza. No pienses, mira. Y mientras miras ten presente el mensaje evangélico: deja de lado tus angustias. ¡Cómo nos gusta aferrarnos a nuestras angustias y ansiedades! … Fuera de nosotros está pa presencia, la verdad de Dios que nos ama y nos ama. 
 
·     Libérate no sólo de las angustias sino también de todo pensamiento, de todo razonar, pensar conceptuar o planificación. No te preocupes de botánica  u ornitología, simplemente contempla los pájaros y los lirios.

·        ¡Maravillosa naturaleza! Nos enseña a ser. Nuestra obsesión por el trabajo, la actividad o la productividad, oculta a nuestros ojos lo que somos. Y no olvides nunca: Lo que eres tiene mucha más importancia que  lo que haces. Importante enseñanza para los enfermos e imposibilitados de moverse.
 
·        Una manera más de orar: la contemplación o conciencia de tu propio cuerpo. “¿No vale más la vida que el alimento o el cuerpo que el vestido?”. … Haz oración contemplando tu cuerpo, no pienses en tu vida y en tu cuerpo, contémplalos, experiméntalos. … Puedes hacerlo con la respiración.
 
·        La tradición estética del Japón habla del simple mirar,  del simple escuchar, caminar, sentarse o hacer lo que uno esté haciendo. De ahí nos viene la expresión hacerse” flor, planta, pájaro o cualquier otra cosa; te desprendes de tu “yo” y adquieres el estado de “no yo” (mu-ga;  an-atman); consiste en perder el yo ilusorio (ego) para encontrar el yo-mismo (“sí mismo”) auténtico abierto al mundo entero. El descubrimiento de este “yo verdadero” es la puerta abierta a la experiencia de la mística (del Misterio). Lo veremos en su momento.  

Finalmente: igual que puedes orar en la naturaleza, lo puedes hacer en medio de la gran ciudad. Dios está en todas partes. Y cuando lo estés buscando recuerda que Él también te busca.

 * * *



Los Papalagi
Discursos de Tuiavii de Tiavea, jefe Samoano –
LA ENFERMEDAD DEL PENSAMIENTO PROFUNDO
(Fragmento)

Puede ser cierto que nunca practicamos el conocimiento o, como dicen los Papalagi (hombres occidentales), «el pensar». Pero es cuestión evidente quién es el más estúpido: el que no piensa muy a menudo o el que piensa demasiado. Mi cabaña es más pequeña que la palmera. La palmera se inclina en la tormenta. La tormenta habla con voz profunda. Esta es la forma en que piensan, a su particular modo, naturalmente. Pero también piensan sobre sí mismos: yo soy pequeño; mi corazón siempre se pone contento cuando veo a una muchacha; me divierto mucho yendo de malaga (viaje)
, etc…

Todo esto puede estar muy bien y ser muy bueno; incluso puede comportar toda clase de provechos a aquéllos a los que les gustan esos juegos en el interior de sus cabezas. Pero los Papalagi piensan tanto, porque para ellos el pensar se ha convertido en un hábito, una necesidad y una carencia. Tienen que continuar pensando. Sólo después de muchas dificultades logran realmente no pensar y, en vez de esto, viven de una vez con su cuerpo entero. A menudo viven únicamente con sus cabezas, mientras el resto de sus cuerpos está profundamente dormido, aunque caminen, hablen, coman y rían mientras tanto.

Crear pensamientos (el fruto del pensar) le mantiene esclavizado, intoxicado por sus propias reflexiones. Cuando el sol está brillando, él piensa todo el tiempo cuán bellamente brilla. Pero cuando el sol brilla, es mejor no pensar absolutamente nada. Un hombre sabio extendería sus miembros a la cálida luz y no produciría ni un pensamiento mientras tanto. Él no absorbería únicamente el sol en su cabeza, sino también con sus manos y pies, su estómago, sus tobillos y todos sus miembros. Dejaría que su piel y sus miembros pensaran por él, pues esas partes piensan también, aunque no del mismo modo que piensa la cabeza. Pero a menudo los pensamientos se yerguen en medio del camino del Papalagi como un gran pedregón de lava que no puede hacerse a un lado. Puede tener pensamientos felices, pero no le hacen reír, ni sus pensamientos más tristes le hacen llorar. Está hambriento, pero no va a por el taro o el palusami. La mayor parte del tiempo es un hombre cuyos sentidos viven en discordia con su espíritu, un hombre dividido en dos mitades.

La vida del Papalagi es muy parecida al viaje en bote de alguien a Savii, alguien que desde el momento de zarpar está pensando: ¿cuánto tiempo me tomará llegar a Sauii? El piensa y no se da cuenta del amistoso panorama por el que está viajando. Por el lado izquierdo, percibe una cordillera. Tan pronto como la han visto sus ojos ya la ha encerrado en su mente. ¿Qué habrá detrás de esa montaña? Quizás un desfiladero estrecho y profundo. Con todos esos pensamientos no puede unirse al cantar de los jóvenes remeros. Tampoco se da cuenta del parloteo feliz de las doncellas. Inmediatamente después de pasar la bahía con sus cordilleras, un nuevo pensamiento empieza a importunarle. ¿Se levantará una tormenta, antes de la caída de la noche? Sus ojos escrutan los claros cielos en busca de nubes. Todo el tiempo pensando en la tormenta que podría venir. La tormenta no llega y al caer la noche llegan a Savii.

Pero él tiene la sensación de que no ha hecho este viaje en bote, pues sus pensamientos han permanecido lejos de su cuerpo y lejos del bote. Podría perfectamente haberse quedado en su choza de Upolu. Un espíritu que es como una carga, yo lo considero un aitu, y para mí no está en absoluto claro por qué debo amarlo tanto.
 
Los Papalagi aman al espíritu, lo adoran y alimentan con pensamientos de sus cabezas. Nunca lo matan de hambre, pero no les importa demasiado si un pensamiento devora a otro. Hablan sobre sus pensamientos con una veneración que hace que el valor de un hombre y la belleza de una doncella no valgan nada en comparación. Se comportan como si el género humano estuviera destinado a pensar tanto, como si fuera una orden del mismo Gran Espíritu. Si la palmera y la montaña pensaran, al menos no harían tanto alboroto. Y si pensasen ruidosamente e incontroladas como los Papalagi, con certeza las palmeras no producirían tan bellas hojas verdes ni frutas doradas. Por ahora sabemos que pensar nos haría viejos y feos antes de tiempo. La fruta caería antes de madurar, pero lo más probable es que ellas no piensen en absoluto.

Casto Acedo. Diciembre 2018

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