Hoy absorve mi tiempo de meditación Laura Luelmo, una chica encantadora que ha visto truncada su vida por el ciego impulso de un “capricho”, por la incomprensible banalidad del mal que en un simple “me encapriché de ella” halla razones para pisotear la dignidad humana.
No puedo contemplar la imagen de su asesino sin que se me remuevan las entrañas. ¿Cómo hallar paz teniendo delante tanta infamia? ¿Cómo serenar mi corazón conmovido por la sinrazón de tanta violencia infringida a esta mujer? La rabia enturbia mi silencio, rompe mi serenidad interior. Ni siquiera en el más desordenado esquema de mi conciencia logro encajar algo tan inhumano. En mi horizonte, de por sí difuso, apunta un negro abatimiento. ¿Qué hacer? ¿Venganza? ¿Resignación? No sé.
Intento decirme a mí mismo y convencerme de que eso no va conmigo, que debo mirar las cosas desde la distancia, desde fuera; pero no puedo dejar de sentir lo que Laura ha sufrido, y vienen a mi mente la dolorosa pasión que sufren otras muchas mujeres en circunstancias similares; unas a mano de marginales violentos y salvajes, como en el caso de Laura, otras por obra de mafiosos sin escrúpulos que desde sus elegantes casas trafican con la pobreza y la indefensión de tantas y tantas esclavas encadenadas al sucio negocio del sexo.
Me da miedo abrir mi conciencia a tanto sufrimiento. Preferiría volver el rostro, no mirar. ¿Qué hacer? ¿Dibujar en mi rostro muecas de desagrado? ¿Menear la cabeza?, ¿Golpearme el pecho? ¿Volver el rostro ante el cuerpo herido y destrozado por la locura de la violencia asesina? … No sé qué es lo más adecuado. Sólo sé que siento odio y rabia, un deseo fruitivo de verme yo mismo embriagado de violencia, loco, incontrolado, obcecado por golpear y golpear al infame agresor; y con asco despreciar de paso a este mundo del que formo parte, y que seguirá impasible su ritmo de consumo y olvido…
Me duele por mí, por todos, por todas. Laura podría ser cualquiera de esas mujeres que amo y admiro. Laura son ellas.
No quisiera sentir lo que siento, porque veo que mi odio se vuelve contra mí. … Y me pregunto cómo lo haría el Nazareno, … ¿Cómo pudo sacar palabras de perdón en el corazón de su tortura? … ¿Cómo sacó vida de la muerte? Yo no sé como hacerlo, ni puedo, incluso dudo si quiero perdonar. No entiendo la brutalidad del mal que se encapricha con el sufrimiento del inocente hasta matarle.
Hoy no puedo meditar. Por eso escribo, para sacar afuera mi protesta contra todo lo divino y humano que propicia que sean realidad cosas que creía solo posible en pesadillas. Imposible encajar lo que esta mujer hubo de sufrir sin merecerlo.
En este día el silencio es espeso, áspero, punzante, … Va a costar mucho disolver la inquietud. Habré de hacerlo, pero no sin grabar antes en mi mente, y en la piel de mi conciencia, como un tatuaje indeleble, que Laura son todas esas mujeres que amo y admiro.
Gracias, Laura, por despertar en mí la solidaridad con el dolor ajeno y la comunión con todas las mujeres a las que, hoy en ti, amo y admiro.
Descansa en la paz y en la belleza que siempre amaste.
No puedo contemplar la imagen de su asesino sin que se me remuevan las entrañas. ¿Cómo hallar paz teniendo delante tanta infamia? ¿Cómo serenar mi corazón conmovido por la sinrazón de tanta violencia infringida a esta mujer? La rabia enturbia mi silencio, rompe mi serenidad interior. Ni siquiera en el más desordenado esquema de mi conciencia logro encajar algo tan inhumano. En mi horizonte, de por sí difuso, apunta un negro abatimiento. ¿Qué hacer? ¿Venganza? ¿Resignación? No sé.
Intento decirme a mí mismo y convencerme de que eso no va conmigo, que debo mirar las cosas desde la distancia, desde fuera; pero no puedo dejar de sentir lo que Laura ha sufrido, y vienen a mi mente la dolorosa pasión que sufren otras muchas mujeres en circunstancias similares; unas a mano de marginales violentos y salvajes, como en el caso de Laura, otras por obra de mafiosos sin escrúpulos que desde sus elegantes casas trafican con la pobreza y la indefensión de tantas y tantas esclavas encadenadas al sucio negocio del sexo.
Me da miedo abrir mi conciencia a tanto sufrimiento. Preferiría volver el rostro, no mirar. ¿Qué hacer? ¿Dibujar en mi rostro muecas de desagrado? ¿Menear la cabeza?, ¿Golpearme el pecho? ¿Volver el rostro ante el cuerpo herido y destrozado por la locura de la violencia asesina? … No sé qué es lo más adecuado. Sólo sé que siento odio y rabia, un deseo fruitivo de verme yo mismo embriagado de violencia, loco, incontrolado, obcecado por golpear y golpear al infame agresor; y con asco despreciar de paso a este mundo del que formo parte, y que seguirá impasible su ritmo de consumo y olvido…
Me duele por mí, por todos, por todas. Laura podría ser cualquiera de esas mujeres que amo y admiro. Laura son ellas.
No quisiera sentir lo que siento, porque veo que mi odio se vuelve contra mí. … Y me pregunto cómo lo haría el Nazareno, … ¿Cómo pudo sacar palabras de perdón en el corazón de su tortura? … ¿Cómo sacó vida de la muerte? Yo no sé como hacerlo, ni puedo, incluso dudo si quiero perdonar. No entiendo la brutalidad del mal que se encapricha con el sufrimiento del inocente hasta matarle.
Hoy no puedo meditar. Por eso escribo, para sacar afuera mi protesta contra todo lo divino y humano que propicia que sean realidad cosas que creía solo posible en pesadillas. Imposible encajar lo que esta mujer hubo de sufrir sin merecerlo.
En este día el silencio es espeso, áspero, punzante, … Va a costar mucho disolver la inquietud. Habré de hacerlo, pero no sin grabar antes en mi mente, y en la piel de mi conciencia, como un tatuaje indeleble, que Laura son todas esas mujeres que amo y admiro.
Gracias, Laura, por despertar en mí la solidaridad con el dolor ajeno y la comunión con todas las mujeres a las que, hoy en ti, amo y admiro.
Descansa en la paz y en la belleza que siempre amaste.
Casto Acedo. 20 de diciembre de 2018, paduamerida@gmail.com

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