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sábado, 30 de noviembre de 2019

Esperanza

 Comienza el tiempo de Adviento, unas semanas para disponer el corazón al encuentro con Dios. Toda oración, y especialmente la contemplativa, es un ejercicio de adviento, de disponibilidad para recibir al que viene, o de abrirnos al que siempre ha estado.  En estos días ponemos de fondo la esperanza, virtud que solemos valorar por debajo de la fe y el amor. Fe, esperanza y caridad son virtudes "teologales", es decir,  antes que nada  son don de Dios. No puedo alcanzar la fe, la esperanza y el amor por mis propias artes; Dios las da a quien quiere, cuando quiere y como quiere; a mi solo me corresponde disponerme a recibir estas virtudes poniendo los medios necesarios. Uno de esos medios es la meditación.  Digamos algo sobre la esperanza.
 
 
"Siempre me ha gustado el desierto.
Puede uno sentarse en una duna,
nada se ve, nada se oye
y sin embargo,
algo resplandece en el silencio…
- Lo que más embellece al desierto
-dijo el principito-
es el pozo que oculta en algún sitio…”.

La cita es de Saint-Exupèry en El principito… Habla de desierto, de descansar sobre algo tan inestable y hermoso como una duna, de contemplar algo que resplandece en el silencio. Nada se ve, nada se oye. Pero bajo la simplicidad del paisaje aparentemente estéril,  se vislumbra el manantial. Un pozo de agua bajo la arena del desierto. ¡Se puede definir de un modo más bello la esperanza?
 
Símbolo clásico de esta virtud es el ancla, que estabiliza la nave en el puerto cuando corre el riesgo de ser mecida por el mar embravecido. El pozo que oculta el desierto, la fuente que se esconde en el hondón de cada persona,  ¿no es ancla que estabiliza y sosiega en la tormenta? 
 
Santa Teresa, en Camino de perfección habla del agua hacia la que se encamina el buscador de Dios. El manantial se halla en el centro del alma, “queramos que no, hijas mías, todos caminamos hacia esta fuente, aunque de diferentes maneras. Que no  os engañe nadie en mostraros otro camino para llegar a beberla sino el de la oración” (21,7).
 
El deseo, la “sed de Dios”, es el punto de partida de la práctica de la meditación. El pozo oculto en el corazón es la esperanza que anima al meditador. Se trata de ahondar en el propio ser, de conocerse a sí mismo para conocer a Dios, y de conocer a Dios  para conocerse a sí mismo.   ¿Por qué os digo que la meta del camino espiritual es llegar a beber de la fuente de Agua Viva? -añade  santa Teresa-. “Para que no os congojéis del trabajo y contradicción que hay en el camino, y vayáis con ánimo, y no os canséis” (19,14). O sea, para que no perdáis la esperanza.

Cercana la Navidad no viene mal tomar conciencia del Adviento, de la venida de Dios a nosotros. Viene para cambiar el pesimismo social que  respiras, las alucinaciones consumistas que te seducen y la dispersión en que vives. No viene mal ejercitarte (meditar) en descubrir que bajo la arena de las navidades se esconde la Navidad. Para verla te has de despojar de lo que te distrae. "Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfrenos, nada de envidias y rivalidades" (Rom 11,13), es decir, nada de "ego"; y  despertar el "yo".

“La noche está avanzada, el día está cerca” (Rm 11,12).No seas pesimista porque estos no son tiempos oscuros; no estamos entrando en la oscuridad sino saliendo de ella. La esperanza del místico está puesta en el día que despunta; espera el amanecer con ojos abiertos y esperanzados. Una voz le grita: ¡Es hora de despertar del sueño, porque la aurora está cada vez más cerca! (Rm 11,11).

 

 * * *
 La esperanza no está fuera de ti, está dentro, en lo más íntimo de ti mismo.  Lo más bello del desierto es que en algún lugar esconde un manantial. También ese secreto es lo más hermoso que tú mismo tienes; y los demás. En tu desierto cierra los ojos, acalla todo,  y percibe el torrente de la Vida que fluye en ti. Está en  tu interior; Cada día, en cada instante.  Ahí, en eterna presencia, está la esperanza que no defrauda.
 
Siéntate en la duna de tu desierto. Vacíate  de ideas, sentimientos y deseos. Y ora al ritmo de tu anhelo:  
 
Maranatha,
¡Ven, Señor, Jesús!
 

*  *  *
 
CARTA DEL APOSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS
13, 11-14a
 
Hermanos:

Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz.
 
Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo.
 
Casto Acedo. Noviembre 2019
 

sábado, 23 de noviembre de 2019

Cristo Rey

 
Una reflexión e invitación a orar en la fiesta de Cristo rey. Se trata de meditar (mente) sobre la grandeza-humildad de Cristo Rey, cuya realeza se manifiesta de modo especial en el Calvario, y contemplar (mirar con el corazón) tu interior como "palacio del Rey", dejando que el Reino de Dios invada todo tu ser. Todo lo demás, se apunta, se te dará por añadidura.
 
 
Al llegar a aquel lugar tan pobre, me encontré a una niña pequeña que llevaba a su espalda a su hermanito.
- Hija mía –le dije-, llevas una carga pesada.
Me miró y me repuso:
- ¡No llevo una carga pesada, llevo a mi hermano!

No supe qué replicarle. Las palabras de esa niña me llegaron a lo más profundo del corazón. Cuando parece que los problemas de la gente van a hundirme con su peso, hasta el punto de que mi corazón casi se siente vencido, me vienen a la memoria las palabras de aquella niña: “No llevo una carga pesada. ¡Llevo a mi hermano!”.

* * *
 
La fiesta de Cristo Rey corre siempre el riesgo de ser leída en clave triunfalista. No son pocos los que han hecho un uso blasfemo del grito “¡Viva Cristo Rey!" justificando monarquías absolutistas o no sé que otras políticas dictatoriales más o menos teocráticas.

¡Qué lejos de la imagen de mi Cristo Rey Crucificado! Su trono, la cruz; su corona, un trenzado de espinas; su cetro, una caña cascada a golpes en su cabeza; su manto, un trapo rojo que sirve de mofa; sus honores, los escupitajos de unos desalmados y embrutecidos soldados; su gloria, la soledad y el abandono de los suyos; … Mirado desde el prisma de los reyes de este mundo, Jesucristo es el anti-rey; y así lo veía el malhechor que le insultaba y se burlaba desahogando en Él su frustración (Lc 23,39).

Sin embargo, la piedra que desecharon los arquitectos es la piedra angular del edificio espiritual cristiano (Mt 21,42). El Reino de Dios es la clave del mensaje de Jesús.  Casi todas sus parábolas hablan del Reino (“El reino de los cielos se parece a…”), un Reino, dice:


* que no vendrá de forma espectacular sino calladamente, como la semilla de mostaza que sorprende por ser capaz de llegar a lo más alto desde lo más pequeño; o la levadura que en silencio fermenta y da crecimiento a la masa (Mt 13,31-33);
* un reino que es banquete de bodas del Hijo del Rey, al que son invitados los más pobres (Lc 14,12-24),
* reino que está ya aquí y que pedimos que venga (Mt 6,10; Lc 11,2); 
* el reino de la bienaventuranza de los pobres, de los que sufren, de los perseguidos por causa de la justicia, de los que trabajan por la paz (Mt 5,3-12)…

Al final del camino el meditador descubre que Rey y Reino, Jesús y su mensaje, son una misma cosa; porque donde está el Reino del amor, allí está Él.

Ese reino tiene una constitución: las bienaventuranzas; y una ley fundamental: amar como ama el Rey (Jn 13,34); y un estandarte que contemplado con fe ilumina y salva: la cruz (Jn 3,13-17). 

Para que ilumine se necesita una “mirada convertida”. Porque no salva mirar la cruz como signo del sufrimiento que es preciso aguantar para aplacar la ira de un Dios revanchista; tampoco salva la cruz de una ascética sin amor. Salva la cruz del amor generoso, la cruz mirada con los ojos de la niña que no sabe de teologías ni de asfixiantes leyes morales, pero sí sabe de fraternidad y misericordia. ¡No llevo una carga pesada, llevo a mi hermano!

Esa Cruz es la del Reino, la cruz del amor. Y en ella está el Rey, clavado como diamante en el engaste de una joya. Tú eres el engaste, Cristo es el diamante; porque el Reino de este Rey está dentro de ti. “Que si bien lo consideramos –dice santa Teresa- no es otra cosa el alma del justo sino un paraíso adonde dice El tiene sus deleites. Pues ¿qué tal os parece que será el aposento adonde un Rey tan poderoso, tan sabio, tan limpio, tan lleno de todos los bienes se deleita?” (1 M 1,2).

* * *
 

Contempla a la niña que carga con su hermano. ¿Cuál es su secreto? Lleva a Cristo en su interior, y con Él su hermano no es una carga sino una gracia, un don maravilloso. ¿Entiendes ahora aquello de que lo más importante en la vida es buscar el Reino que es Jesús?
 
Aprovecha la solemnidad de Cristo Rey para contemplarte como palacio de Rey, como hábitat del Reino de Dios, como lugar donde Cristo pone su amor. Como Dios en el Edén,  con la brisa de la tarde, Él  baja al jardín que es tu interioridad a estar y pasear contigo. En ti se delita, ¿no te parece grandioso? Facilítale su estancia. Deja que reine en tu vida; permite que te invada su Presencia Soberana, y todo lo demás se te dará en, con y por Él (Mt 6,33).
 
 
* * *
 
 
EVANGELIO
Lucas 23,35-43

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo:
—«A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo:
—«Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».

Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: «Éste es el rey de los judíos». Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:

—«¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».

Pero el otro lo increpaba:
—«¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibirnos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada».

Y decía:
—«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
Jesús le respondió:
—«Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso».

 
Casto Acedo. Noviembre 2019

sábado, 16 de noviembre de 2019

Permanecer en Cristo

Nuevamente, una reflexión sobre el Evangelio del domingo, que espero que también nos sirva para el próximo encuentro (Miércoles, 20 a las 19,30 ). Como textos complementarios tenéis al final el Evangelio y la oración "Adora y confía" de Theilard de Chardin, que ya conocemos, pero que es bueno meditarla desde la perspectiva que se propone en esta entrada. 
 

* * *
 
Imagínate con otros amigos o amigas entrando con Jesús en la Catedral de Santiago a la que habéis llegado tras varios días de peregrinación. El ambiente que se respira en el templo es de alegría, de satisfacción por el camino recorrido.

Todos quedáis gratamente impresionados contemplando las grandiosidad de la plaza del Obradoiro, la belleza del pórtico de la gloria y la magnificencia de la Catedral. ¡Ha merecido la pena!
 
De pronto, ante los ojos sorprendidos de los peregrinos, Jesús exclama:  “Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra, todo será destruido”. (Lc 21,6). La sorpresa del momento se cambia en estupefacción. ¡A este hombre no hay quien lo entienda! Luego comienza a hablar de malas noticias: guerra, destrucción, persecuciones, disensiones familiares…, y termina invitando a ser perseverantes. ¿En qué?
 
Jesús, cuando la grandiosidad de la exterioridad te tiene atrapado, aprovecha el momento para volver a la interioridad y poner ante ti lo que el budismo llama la impermanencia. Todo pasa, todo cambia, nada permanece; sólo puedes  vivir el momento, y desde el instante presente observar el ir y venir de todas las cosas.

Observando la impermanencia de todo te das cuenta de que el sufrimiento es fruto del apego a cosas que no tienen consistencia, porque están en constante cambio. Te apegas no sólo a la materialidad de las cosas, sino también a las ideas y creencias acerca de ellas, un apego mucho más sutil y complicado de discernir. Así, por ejemplo, crees que estas apegado al dinero, pero en realidad estás atado aal prestigio que te da, o a la idea de los beneficios que crees que el  te reporta; o crees que estás apegado a tu familia o a otras personas cuando lo que te preocupa es tu soledad.
 
Si todo es impermanencia, ¿no hay nada donde asirse?  El budismo queda esta pregunta en el aire, sin respuesta concreta, como indicando sólo la conveniencia de desligarse del sufrimiento que suele generar el estar aferrados a algo. La virtud está en la habilidad de fluir con las cosas y en la contemplación de los valores que se vislumbran eternos.
 
Jesús avisa: todo lo que veis es caduco. ¡Que nadie os engañe! No vayáis tras ello; dejadlo pasar.

Pero hay algo que no acabáis de ver, algo que es eterno, que no pasa nunca. Un puerto interior donde tender el ancla   y hacer frente a la tormenta de la exterioridad .¿De qué se trata? De Él mismo. Jesús es eternidad. Aunque fluye contigo en el devenir de la historia, es, sin embargo, imperecedero. Es el misterio de la encarnación.


Parangonando un texto bíblico, “Cristo, que es rico en su eternidad, abrazó la pobreza de la impermanencia, para enriquecernos a todos con ese gesto” (cf 2 Cor 8,9). La clave está en permanecer en Cristo.  “Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn , 31-32). Cristo es el eje que siempre permanece, que no pasa nunca (cf Mt 24,35). 
 
 En cierta ocasión le preguntaron acerca de él mismo: ¿Quién eres? “¿Qué signos nos muestras para obrar así?. Y él contestó: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero él hablaba del templo de su cuerpo.  (Jn 2,18-21). Aunque los templos de este mundo están sometidos a ley del devenir, hay un templo que escapa a esta ley y es eternamente estable: Jesucristo, Dios humanado, eternidad encarnada, permanencia eterna.
 
Quien permanece en Cristo persevera con él en los conflictos y los cambios. “Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él“ (1 Jn 4,15-16). Frente a la caducidad de las cosas, la permanencia del amor (cf 1 Cor 13,8).  ¿No es hermoso? Permanecer en Dios, permanecer en Cristo, permanecer en el amor. Sólo eso. 
 
Cuando vives agobiado, cuando a tu alrededor se oyen tambores de guerras y conflictos, cuando te ves desplazado en tu cargo, menospreciado o desconsiderado por otros,... sufres. Pero no son esas realidades las que te hacen sufrir, sino la impermanencia del ego que se resiste a morir y te seduce para que te aferres a tus ilusiones, tus aspiraciones, tus deseos.
 
* * *
 
Relájate, acalla tus potencias, contempla el fluir de tus pensamientos, preocupaciones y deseos.  No te vayas tras ellos, son inconsistentes. Como dice Theilard de Chardin, "todo cuanto te inquiete es falso", impermanente. ¡Los ojos en Cristo!, dice santa Teresa. No tienes nada que temer (Rm 8,31-38). Permanece en Él y deja fluir todo lo demás. En Cristo encuentras tu identidad , tu armonía. Contempla en Él tu verdad de hijo amado de Dios.
 
No pienses en nada que no sea Él, no te dejes influir por nada que no venga de Él, no desees nada que no desee Él. Ancla tu corazón en Cristo, respira en Él, permanece en su amor. Adora y confía.
 
 
* * *

EVANGELIO (Lucas 21,5-19). 

En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida».


Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».

Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos.

Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».

Entonces les decía: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes.

Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo.

Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio.

 
Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.

Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre.

Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».
 
* * *
 
ADORA Y CONFIA
No te inquietes por las dificultades de la vida,
por sus altibajos, por sus decepciones,
por su porvenir más o menos sombrío.

Quiere lo que Dios quiere.
Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades
el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo,
acepta los designios de su providencia.

Poco importa que te consideres un frustrado
si Dios te considera plenamente realizado;
a su gusto.
Piérdete confiado ciegamente en ese Dios
que te quiere para sí;
y que llegará hasta ti,
aunque jamás le veas.
Piensa que estas en sus manos,
tanto más fuertemente cogido,
cuanto más decaído y triste te encuentres.

Vive feliz. Te lo suplico.
Vive en paz.
Que nada te altere.
Que nada sea capaz de quitarte tu paz.
Ni la fatiga psíquica.
Ni tus fallos morales.
Haz que brote, y conserva siempre sobre tu rostro,
una dulce sonrisa,
reflejo de la que el Señor
continuamente te dirige.

Y en el fondo de tu alma
coloca, antes que nada,
como fuente de energía
y criterio de verdad,
todo aquello que te llene
de la paz de Dios.

Recuerda:
cuanto te reprima e inquiete
es falso.
Te lo aseguro en el nombre
de las leyes de la vida
y de las promesas de Dios.
por eso, cuando te sientas
apesadumbrado, triste,
adora y confía.

                                                                                              Teilhard de Chardin, SJ

 
Casto Acedo. Noviembre 2019
 
 
 

sábado, 9 de noviembre de 2019

¿Contemplar la muerte?

 
Una breve reflexión en torno a la liturgia de este domingo, que nos habla de resurrección. Y viene muy bien en este mes de Noviembre, mes de las castañas... El Evangelio lo tenéis al final. La primera lectura es de 2 Macabeos, 7,1-2.9-14.

No solemos meditar sobre la muerte. La tendencia más común es la de aislar o ignorar todo lo referente al sufrimiento y la muerte. Hospitales, residencias de enfermos y ancianos, psiquiátricos, tanatorios, están pensados para “no ver”, y con el “no ver”, no contemplar. ¿Tan ingenuos somos que pensamos que la táctica del avestruz soluciona el problema que tenemos delante?

¿Te has parado alguna vez a contemplar-imaginar tu muerte? Seguro que no. El mero hecho de mencionar que se pueda hacer te da escalofríos. ¡Mejor lo dejamos! Es la reacción más corriente. Hubo un tiempo en que todo lo relacionado con el sexo (nacimiento) era el gran tabú; hoy parece que a ese tabú lo ha sustituido otro: la muerte. ¡Intenta sacar el tema en tu grupo de amigos y verás el rechazo y la huida que produce mencionarla!

¿Y Halloween?, me dices. No te engañes; disfrazando la muerte se la esconde, y nos engañamos creyendo que así apostamos por la vida. ¿Te parece poca muerte disfrazar la realidad con la máscara del consumo? La "fiesta consumista de los muertos" no deja de ser un escape de la vida para volver mañana al mismo aburrimiento mortal.

Los fariseos temían a la muerte si no cumplían la ley de Dios, y por eso se aferran a la resurrección como premio para los buenos, aunque renunciando a la libertad de la vida terrena; los saduceos, ricos y poderosos, pensaban que Dios premia o castiga en esta vida, y negaban la resurrección; justificaban así su riqueza y bienestar como un premio merecido a su supuesta bondad.

Jesús habla de muerte y de resurrección, pero no como castigo ni como escape al compromiso con los pobres, sino como clave de la vida. Los hijos de Dios “son hijos de la resurrección” (Lc 20,36), y por eso caminan viviendo ya en la tierra su eternidad. Para Jesús hay resurrección, pero no hay que esperar a otro mundo para gustarla, basta con unirse a él y participar de su vida. Jesús es vida encarnada; carne divinizada que no conoce la corrupción. Participar en su Pascua (paso de la muerte a la vida)  es resucitar ya: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día" (Jn 6,54).

Contempla tu muerte. No te asustes. En la espiritualidad cristiana la contemplación de la muerte no es sumirse en la oscuridad, sino acercarse a la Luz. Bajo esa Luz todo adquiere un sentido nuevo. Dice la Escritura: “Vale la pena morir cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará” (2 Mac 7,14). Lo dijo el joven Macabeo cuando era sometido a torturas. No pensaba en la muerte, sino en la vida.


Eso es contemplar la muerte: verla desde la perspectiva de lo permanente, lo eterno. Decía Epicuro que «la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya». En parte tiene razón. Pero nuestra tradición va más allá y nos dice que “La muerte ha sido absorbida en la victoria. Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?” (1 Cor 15,55). No negamos la muerte como realidad, sino que afirmamos  la superioridad de la vida sobre ella.

Para Jesús, la muerte no es, es decir, ha perdido su entidad; la luz ha vencido a las tinieblas. Como partícipe del Cuerpo de Cristo, no pienses que eres caduco y mortal. Sólo tu ego lo es. El ego tiende a ser idealista, iluso, falso; el yo es encarnado, corporal y espiritual a la vez, real. Tu ser más profundo es eterno, porque eres habitación de Dios, y Dios es tu hábitat natural “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. (Jn 6,56). 
Contémplate lleno de vida, lleno de Dios, eterno. Porque te habita un “Dios de vivos, (que) no es Dios de muertos. Porque para él todos están vivos” (Lc 20,38).

Atrévete a hacer una meditación en torno a las palabras del joven macabeo sometido a tortura. Sabía que sus enemigos podían matar su cuerpo, pero no su espíritu, su ego, no su yo. También a ti pueden matarte el ego que posees; pero no pueden matar tu verdadero yo, tu ser eterno. Así tiene sentido la sentencia: “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará” (2 Mac 7,14). 
Por tanto, contempla cuántos sufrimientos te vienen por tu egolatría. ¿No es un sufrimiento y una muerte para el ego las críticas, los rechazos, el ser ignorado? Vale la pena morir al ego cuando se tiene la esperanza de que con su muerte resucitará el yo.
 
* * *




EVANGELIO
(Lc 20, 27-38)
 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.
 
Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»

Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

 
Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.”

Casto Acedo. Noviembre 2019



sábado, 2 de noviembre de 2019

Zaqueo


Una meditación sencilla sobre Zaqueo, sobre todo a partir de este espléndido dibujo.
Por si alguien desconoce el texto evangélico de Lucas 19,1-10, lo trascribo al final.

Todos tenemos en mente la imagen de Zaqueo subido a su árbol, esperando a Jesús o siendo invitado a bajar: “¡Zaqueo, baja, que hoy necesito hospedarme en tu casa”!. A mí me llama la atención este dibujo porque recoge otro momento, el de la entrada de Jesús en casa de Zaqueo. No le fue fácil; en sus ojos se palpa la sorpresa y el miedo que esa visita supone, tanto por la grandeza del personaje al que hospeda como por la reacción llena de ira, críticas y envidia de los de fuera, o incluso el miedo por lo  supone personalmente hospedar a tan gran huésped.
 
* * *
Zaqueo vivió una hermosa historia de amor (conversión). Hagamos una lectura alegórica de la historia de Zaqueo desde la invitación al silencio contemplativo, mirándola  como la historia  del paso  al reino interior (yo) dejando a un lado el dominio de lo exterior (ego).

Zaqueo había puesto el quicio de su vida en las cosas exteriores, en los ruidos del mundo: títulos, funcionariado, dinero, confort, etc. Esperaba quedar satisfecho con todo ello, pero no fue así. La vida no se juega en la piel sino en el corazón y, por más que disimulara,  Zaqueo se percibía a sí mismo triste y vacío. Buscaba algo más.

Pasó Jesús, le vio subido al árbol de sus anhelos, tuvo en cuenta el interés por conocerle, y él mismo le invitó a dejarle “entrar dentro de él". "Quiero hospedarme en tu casa", le dijo, y él aceptó. Entró Jesús y, tal vez por primera vez, el mismo Zaqueo entró y empezó a gustar su propia interioridad. 
 
No lo tuvo fácil. Cuando uno quiere adentrarse en el propio ser, los pensamientos, sentimientos e inercias de "lo que hasta ahora había sido" murmuran y reaccionan con dureza, ya sea contra el invitado o contra el yo-anfitrión.
 
 Cuando la luz brilla, las tinieblas se agitan (cf Jn 1,4-5). Así reaccionaron los paisanos de Zaqueo contra él y contra Jesús. "Todos murmuraban" exteriorizando sus envidias y recelos. Es el juego del  ego cuando se ve desplazado. Le hubiera gustado lucirse recibiendo también a Jesús, exhibiéndolo como un trofeo. No le gusta que Jesús se fije en ese pecador al que todos desprecian y no tenga en cuenta sus ególatras perfecciones. Y ponen distancias criticando y señalando con el dedo. ¡Cuánto daño hace la murmuración! 


Jesús no se deja amedrentar por los ruidos que pretenden ocultar la música de su sinfonía de misericordia.  Fiel a lo pequeño, tuvo en cuenta ese yo pequeñito de Zaqueo que para dejarse ver puso en ridículo a su pretencioso ego subiéndose a un árbol. Bendito árbol. Sin él no se habría dado el encuentro. Forma parte de esas cosas insignificantes que acaban por ser esenciales: el tiempo de silencio, la lectura de una Palabra, el detalle de una mirada contemplativa, etc., son como el árbol de Zaqueo, lugares donde Jesús encuentra su oportunidad para hacerse cercano.  
Pero, además de los muros externos, Zaqueo  encuentra otros obstáculos. A la violencia, críticas e intrigas que vienen de fuera se unen los temores y prevenciones que le nacen dentro.  Aceptar a Jesús en casa da un poco de miedo.
 
Mirad los ojos de Zaqueo: agradecidos y a la vez asustados, dulces y a la vez temerosos. Sin embargo, Jesús no le deja venirse abajo. Lo abraza y lo lleva hacia dentro, donde podrá mirarse en Él y descubrirse a sí mismo en lo que es por naturaleza: amor, generosidad, bondad… Con Jesús comienza a sentirse seguro. "¡Siempre he estado aquí, contigo, no temas", parece decir Jesús. "Estabas fuera, buscando por caminos equivocados, y yo estoy dentro. Entra en ti conmigo".

En intimidad y silencio, alejado de la mirada egoísta de murmuradores e intrigantes, la vida de Zaqueo cambia. Se da en él un cambio “afectivo”, su corazón soltó la avaricia y se llenó de Dios, se gozó en Cristo; pudo decir con el místico: “en la interior bodega, de mi Amado bebí”. Embriagado por el vino de su amor, rompe las barreras exteriores que hasta entonces le impidieron ser él mismo; y da un segundo e inseparable paso hacia fuera: un cambio “efectivo”. “La mitad de mis bienes se los doy a los pobres, y repararé todo el daño que he hecho”. ¡Qué grande Zaqueo!

¿Creéis que Zaqueo pensó en algún momento que llegaría a hacer lo que hizo? No. Si lo hubiera pensado se habría echado atrás. No habría subido al árbol, no habría dejado entrar a Jesús en su casa, no habría salido afuera a repartir sus riquezas. No lo pensó, sólo salió a la calle movido por la curiosidad de ver a Jesús; se subió a un árbol y se dejó llevar por la sorpresa de la invitación: “Es preciso que me hospede en tu casa”. Es necesario, porque sin mí no podrás cambiar. Un hermoso texto para contemplar.

Súbete al árbol de Zaqueo (silencio, meditación), porque va a pasar Jesús. Y si entra en tu casa, deja a un lado el árbol, que ya ejerció su función, y permite que su amor te invada y te llene de gozo y energía para reparar cualquier daño que sufres o del que hayas sido autor.


Ojalá puedas escuchar con Zaqueo, para ti, la sentencia final de su historia: “Hoy ha sido la salvación de esta casa”.
 
Casto Acedo. Noviembre 2019
 
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ZAQUEO Lc 19,1-10

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

 Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. Él bajo en seguida y lo recibió muy contento.

 Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: "Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituyo cuatro veces más"

 Jesús le contestó: "Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido."
 
Casto Acedo.