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sábado, 2 de noviembre de 2019

Zaqueo


Una meditación sencilla sobre Zaqueo, sobre todo a partir de este espléndido dibujo.
Por si alguien desconoce el texto evangélico de Lucas 19,1-10, lo trascribo al final.

Todos tenemos en mente la imagen de Zaqueo subido a su árbol, esperando a Jesús o siendo invitado a bajar: “¡Zaqueo, baja, que hoy necesito hospedarme en tu casa”!. A mí me llama la atención este dibujo porque recoge otro momento, el de la entrada de Jesús en casa de Zaqueo. No le fue fácil; en sus ojos se palpa la sorpresa y el miedo que esa visita supone, tanto por la grandeza del personaje al que hospeda como por la reacción llena de ira, críticas y envidia de los de fuera, o incluso el miedo por lo  supone personalmente hospedar a tan gran huésped.
 
* * *
Zaqueo vivió una hermosa historia de amor (conversión). Hagamos una lectura alegórica de la historia de Zaqueo desde la invitación al silencio contemplativo, mirándola  como la historia  del paso  al reino interior (yo) dejando a un lado el dominio de lo exterior (ego).

Zaqueo había puesto el quicio de su vida en las cosas exteriores, en los ruidos del mundo: títulos, funcionariado, dinero, confort, etc. Esperaba quedar satisfecho con todo ello, pero no fue así. La vida no se juega en la piel sino en el corazón y, por más que disimulara,  Zaqueo se percibía a sí mismo triste y vacío. Buscaba algo más.

Pasó Jesús, le vio subido al árbol de sus anhelos, tuvo en cuenta el interés por conocerle, y él mismo le invitó a dejarle “entrar dentro de él". "Quiero hospedarme en tu casa", le dijo, y él aceptó. Entró Jesús y, tal vez por primera vez, el mismo Zaqueo entró y empezó a gustar su propia interioridad. 
 
No lo tuvo fácil. Cuando uno quiere adentrarse en el propio ser, los pensamientos, sentimientos e inercias de "lo que hasta ahora había sido" murmuran y reaccionan con dureza, ya sea contra el invitado o contra el yo-anfitrión.
 
 Cuando la luz brilla, las tinieblas se agitan (cf Jn 1,4-5). Así reaccionaron los paisanos de Zaqueo contra él y contra Jesús. "Todos murmuraban" exteriorizando sus envidias y recelos. Es el juego del  ego cuando se ve desplazado. Le hubiera gustado lucirse recibiendo también a Jesús, exhibiéndolo como un trofeo. No le gusta que Jesús se fije en ese pecador al que todos desprecian y no tenga en cuenta sus ególatras perfecciones. Y ponen distancias criticando y señalando con el dedo. ¡Cuánto daño hace la murmuración! 


Jesús no se deja amedrentar por los ruidos que pretenden ocultar la música de su sinfonía de misericordia.  Fiel a lo pequeño, tuvo en cuenta ese yo pequeñito de Zaqueo que para dejarse ver puso en ridículo a su pretencioso ego subiéndose a un árbol. Bendito árbol. Sin él no se habría dado el encuentro. Forma parte de esas cosas insignificantes que acaban por ser esenciales: el tiempo de silencio, la lectura de una Palabra, el detalle de una mirada contemplativa, etc., son como el árbol de Zaqueo, lugares donde Jesús encuentra su oportunidad para hacerse cercano.  
Pero, además de los muros externos, Zaqueo  encuentra otros obstáculos. A la violencia, críticas e intrigas que vienen de fuera se unen los temores y prevenciones que le nacen dentro.  Aceptar a Jesús en casa da un poco de miedo.
 
Mirad los ojos de Zaqueo: agradecidos y a la vez asustados, dulces y a la vez temerosos. Sin embargo, Jesús no le deja venirse abajo. Lo abraza y lo lleva hacia dentro, donde podrá mirarse en Él y descubrirse a sí mismo en lo que es por naturaleza: amor, generosidad, bondad… Con Jesús comienza a sentirse seguro. "¡Siempre he estado aquí, contigo, no temas", parece decir Jesús. "Estabas fuera, buscando por caminos equivocados, y yo estoy dentro. Entra en ti conmigo".

En intimidad y silencio, alejado de la mirada egoísta de murmuradores e intrigantes, la vida de Zaqueo cambia. Se da en él un cambio “afectivo”, su corazón soltó la avaricia y se llenó de Dios, se gozó en Cristo; pudo decir con el místico: “en la interior bodega, de mi Amado bebí”. Embriagado por el vino de su amor, rompe las barreras exteriores que hasta entonces le impidieron ser él mismo; y da un segundo e inseparable paso hacia fuera: un cambio “efectivo”. “La mitad de mis bienes se los doy a los pobres, y repararé todo el daño que he hecho”. ¡Qué grande Zaqueo!

¿Creéis que Zaqueo pensó en algún momento que llegaría a hacer lo que hizo? No. Si lo hubiera pensado se habría echado atrás. No habría subido al árbol, no habría dejado entrar a Jesús en su casa, no habría salido afuera a repartir sus riquezas. No lo pensó, sólo salió a la calle movido por la curiosidad de ver a Jesús; se subió a un árbol y se dejó llevar por la sorpresa de la invitación: “Es preciso que me hospede en tu casa”. Es necesario, porque sin mí no podrás cambiar. Un hermoso texto para contemplar.

Súbete al árbol de Zaqueo (silencio, meditación), porque va a pasar Jesús. Y si entra en tu casa, deja a un lado el árbol, que ya ejerció su función, y permite que su amor te invada y te llene de gozo y energía para reparar cualquier daño que sufres o del que hayas sido autor.


Ojalá puedas escuchar con Zaqueo, para ti, la sentencia final de su historia: “Hoy ha sido la salvación de esta casa”.
 
Casto Acedo. Noviembre 2019
 
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ZAQUEO Lc 19,1-10

En aquel tiempo, entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más adelante y se subió a una higuera, para verlo, porque tenía que pasar por allí.

 Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo: Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa. Él bajo en seguida y lo recibió muy contento.

 Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: "Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituyo cuatro veces más"

 Jesús le contestó: "Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido."
 
Casto Acedo.

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