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sábado, 16 de noviembre de 2019

Permanecer en Cristo

Nuevamente, una reflexión sobre el Evangelio del domingo, que espero que también nos sirva para el próximo encuentro (Miércoles, 20 a las 19,30 ). Como textos complementarios tenéis al final el Evangelio y la oración "Adora y confía" de Theilard de Chardin, que ya conocemos, pero que es bueno meditarla desde la perspectiva que se propone en esta entrada. 
 

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Imagínate con otros amigos o amigas entrando con Jesús en la Catedral de Santiago a la que habéis llegado tras varios días de peregrinación. El ambiente que se respira en el templo es de alegría, de satisfacción por el camino recorrido.

Todos quedáis gratamente impresionados contemplando las grandiosidad de la plaza del Obradoiro, la belleza del pórtico de la gloria y la magnificencia de la Catedral. ¡Ha merecido la pena!
 
De pronto, ante los ojos sorprendidos de los peregrinos, Jesús exclama:  “Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra, todo será destruido”. (Lc 21,6). La sorpresa del momento se cambia en estupefacción. ¡A este hombre no hay quien lo entienda! Luego comienza a hablar de malas noticias: guerra, destrucción, persecuciones, disensiones familiares…, y termina invitando a ser perseverantes. ¿En qué?
 
Jesús, cuando la grandiosidad de la exterioridad te tiene atrapado, aprovecha el momento para volver a la interioridad y poner ante ti lo que el budismo llama la impermanencia. Todo pasa, todo cambia, nada permanece; sólo puedes  vivir el momento, y desde el instante presente observar el ir y venir de todas las cosas.

Observando la impermanencia de todo te das cuenta de que el sufrimiento es fruto del apego a cosas que no tienen consistencia, porque están en constante cambio. Te apegas no sólo a la materialidad de las cosas, sino también a las ideas y creencias acerca de ellas, un apego mucho más sutil y complicado de discernir. Así, por ejemplo, crees que estas apegado al dinero, pero en realidad estás atado aal prestigio que te da, o a la idea de los beneficios que crees que el  te reporta; o crees que estás apegado a tu familia o a otras personas cuando lo que te preocupa es tu soledad.
 
Si todo es impermanencia, ¿no hay nada donde asirse?  El budismo queda esta pregunta en el aire, sin respuesta concreta, como indicando sólo la conveniencia de desligarse del sufrimiento que suele generar el estar aferrados a algo. La virtud está en la habilidad de fluir con las cosas y en la contemplación de los valores que se vislumbran eternos.
 
Jesús avisa: todo lo que veis es caduco. ¡Que nadie os engañe! No vayáis tras ello; dejadlo pasar.

Pero hay algo que no acabáis de ver, algo que es eterno, que no pasa nunca. Un puerto interior donde tender el ancla   y hacer frente a la tormenta de la exterioridad .¿De qué se trata? De Él mismo. Jesús es eternidad. Aunque fluye contigo en el devenir de la historia, es, sin embargo, imperecedero. Es el misterio de la encarnación.


Parangonando un texto bíblico, “Cristo, que es rico en su eternidad, abrazó la pobreza de la impermanencia, para enriquecernos a todos con ese gesto” (cf 2 Cor 8,9). La clave está en permanecer en Cristo.  “Si permanecéis en mi palabra, seréis de verdad discípulos míos; conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Jn , 31-32). Cristo es el eje que siempre permanece, que no pasa nunca (cf Mt 24,35). 
 
 En cierta ocasión le preguntaron acerca de él mismo: ¿Quién eres? “¿Qué signos nos muestras para obrar así?. Y él contestó: Destruid este templo, y en tres días lo levantaré. Los judíos replicaron: «Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?». Pero él hablaba del templo de su cuerpo.  (Jn 2,18-21). Aunque los templos de este mundo están sometidos a ley del devenir, hay un templo que escapa a esta ley y es eternamente estable: Jesucristo, Dios humanado, eternidad encarnada, permanencia eterna.
 
Quien permanece en Cristo persevera con él en los conflictos y los cambios. “Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él“ (1 Jn 4,15-16). Frente a la caducidad de las cosas, la permanencia del amor (cf 1 Cor 13,8).  ¿No es hermoso? Permanecer en Dios, permanecer en Cristo, permanecer en el amor. Sólo eso. 
 
Cuando vives agobiado, cuando a tu alrededor se oyen tambores de guerras y conflictos, cuando te ves desplazado en tu cargo, menospreciado o desconsiderado por otros,... sufres. Pero no son esas realidades las que te hacen sufrir, sino la impermanencia del ego que se resiste a morir y te seduce para que te aferres a tus ilusiones, tus aspiraciones, tus deseos.
 
* * *
 
Relájate, acalla tus potencias, contempla el fluir de tus pensamientos, preocupaciones y deseos.  No te vayas tras ellos, son inconsistentes. Como dice Theilard de Chardin, "todo cuanto te inquiete es falso", impermanente. ¡Los ojos en Cristo!, dice santa Teresa. No tienes nada que temer (Rm 8,31-38). Permanece en Él y deja fluir todo lo demás. En Cristo encuentras tu identidad , tu armonía. Contempla en Él tu verdad de hijo amado de Dios.
 
No pienses en nada que no sea Él, no te dejes influir por nada que no venga de Él, no desees nada que no desee Él. Ancla tu corazón en Cristo, respira en Él, permanece en su amor. Adora y confía.
 
 
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EVANGELIO (Lucas 21,5-19). 

En aquel tiempo, como algunos hablaban del templo, de lo bellamente adornado que estaba con piedra de calidad y exvotos, Jesús les dijo: «Esto que contempláis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida».


Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?».

Él dijo: «Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos.

Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Porque es necesario que eso ocurra primero, pero el fin no será enseguida».

Entonces les decía: «Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes.

Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo.

Pero antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio.

 
Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.

Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre.

Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas».
 
* * *
 
ADORA Y CONFIA
No te inquietes por las dificultades de la vida,
por sus altibajos, por sus decepciones,
por su porvenir más o menos sombrío.

Quiere lo que Dios quiere.
Ofrécele en medio de inquietudes y dificultades
el sacrificio de tu alma sencilla que, pese a todo,
acepta los designios de su providencia.

Poco importa que te consideres un frustrado
si Dios te considera plenamente realizado;
a su gusto.
Piérdete confiado ciegamente en ese Dios
que te quiere para sí;
y que llegará hasta ti,
aunque jamás le veas.
Piensa que estas en sus manos,
tanto más fuertemente cogido,
cuanto más decaído y triste te encuentres.

Vive feliz. Te lo suplico.
Vive en paz.
Que nada te altere.
Que nada sea capaz de quitarte tu paz.
Ni la fatiga psíquica.
Ni tus fallos morales.
Haz que brote, y conserva siempre sobre tu rostro,
una dulce sonrisa,
reflejo de la que el Señor
continuamente te dirige.

Y en el fondo de tu alma
coloca, antes que nada,
como fuente de energía
y criterio de verdad,
todo aquello que te llene
de la paz de Dios.

Recuerda:
cuanto te reprima e inquiete
es falso.
Te lo aseguro en el nombre
de las leyes de la vida
y de las promesas de Dios.
por eso, cuando te sientas
apesadumbrado, triste,
adora y confía.

                                                                                              Teilhard de Chardin, SJ

 
Casto Acedo. Noviembre 2019
 
 
 

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