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sábado, 9 de noviembre de 2019

¿Contemplar la muerte?

 
Una breve reflexión en torno a la liturgia de este domingo, que nos habla de resurrección. Y viene muy bien en este mes de Noviembre, mes de las castañas... El Evangelio lo tenéis al final. La primera lectura es de 2 Macabeos, 7,1-2.9-14.

No solemos meditar sobre la muerte. La tendencia más común es la de aislar o ignorar todo lo referente al sufrimiento y la muerte. Hospitales, residencias de enfermos y ancianos, psiquiátricos, tanatorios, están pensados para “no ver”, y con el “no ver”, no contemplar. ¿Tan ingenuos somos que pensamos que la táctica del avestruz soluciona el problema que tenemos delante?

¿Te has parado alguna vez a contemplar-imaginar tu muerte? Seguro que no. El mero hecho de mencionar que se pueda hacer te da escalofríos. ¡Mejor lo dejamos! Es la reacción más corriente. Hubo un tiempo en que todo lo relacionado con el sexo (nacimiento) era el gran tabú; hoy parece que a ese tabú lo ha sustituido otro: la muerte. ¡Intenta sacar el tema en tu grupo de amigos y verás el rechazo y la huida que produce mencionarla!

¿Y Halloween?, me dices. No te engañes; disfrazando la muerte se la esconde, y nos engañamos creyendo que así apostamos por la vida. ¿Te parece poca muerte disfrazar la realidad con la máscara del consumo? La "fiesta consumista de los muertos" no deja de ser un escape de la vida para volver mañana al mismo aburrimiento mortal.

Los fariseos temían a la muerte si no cumplían la ley de Dios, y por eso se aferran a la resurrección como premio para los buenos, aunque renunciando a la libertad de la vida terrena; los saduceos, ricos y poderosos, pensaban que Dios premia o castiga en esta vida, y negaban la resurrección; justificaban así su riqueza y bienestar como un premio merecido a su supuesta bondad.

Jesús habla de muerte y de resurrección, pero no como castigo ni como escape al compromiso con los pobres, sino como clave de la vida. Los hijos de Dios “son hijos de la resurrección” (Lc 20,36), y por eso caminan viviendo ya en la tierra su eternidad. Para Jesús hay resurrección, pero no hay que esperar a otro mundo para gustarla, basta con unirse a él y participar de su vida. Jesús es vida encarnada; carne divinizada que no conoce la corrupción. Participar en su Pascua (paso de la muerte a la vida)  es resucitar ya: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día" (Jn 6,54).

Contempla tu muerte. No te asustes. En la espiritualidad cristiana la contemplación de la muerte no es sumirse en la oscuridad, sino acercarse a la Luz. Bajo esa Luz todo adquiere un sentido nuevo. Dice la Escritura: “Vale la pena morir cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará” (2 Mac 7,14). Lo dijo el joven Macabeo cuando era sometido a torturas. No pensaba en la muerte, sino en la vida.


Eso es contemplar la muerte: verla desde la perspectiva de lo permanente, lo eterno. Decía Epicuro que «la muerte no es real ni para los vivos ni para los muertos, ya que está lejos de los primeros y, cuando se acerca a los segundos, éstos han desaparecido ya». En parte tiene razón. Pero nuestra tradición va más allá y nos dice que “La muerte ha sido absorbida en la victoria. Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?” (1 Cor 15,55). No negamos la muerte como realidad, sino que afirmamos  la superioridad de la vida sobre ella.

Para Jesús, la muerte no es, es decir, ha perdido su entidad; la luz ha vencido a las tinieblas. Como partícipe del Cuerpo de Cristo, no pienses que eres caduco y mortal. Sólo tu ego lo es. El ego tiende a ser idealista, iluso, falso; el yo es encarnado, corporal y espiritual a la vez, real. Tu ser más profundo es eterno, porque eres habitación de Dios, y Dios es tu hábitat natural “El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”. (Jn 6,56). 
Contémplate lleno de vida, lleno de Dios, eterno. Porque te habita un “Dios de vivos, (que) no es Dios de muertos. Porque para él todos están vivos” (Lc 20,38).

Atrévete a hacer una meditación en torno a las palabras del joven macabeo sometido a tortura. Sabía que sus enemigos podían matar su cuerpo, pero no su espíritu, su ego, no su yo. También a ti pueden matarte el ego que posees; pero no pueden matar tu verdadero yo, tu ser eterno. Así tiene sentido la sentencia: “Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se tiene la esperanza de que Dios mismo nos resucitará” (2 Mac 7,14). 
Por tanto, contempla cuántos sufrimientos te vienen por tu egolatría. ¿No es un sufrimiento y una muerte para el ego las críticas, los rechazos, el ser ignorado? Vale la pena morir al ego cuando se tiene la esperanza de que con su muerte resucitará el yo.
 
* * *




EVANGELIO
(Lc 20, 27-38)
 

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron: «Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano.
 
Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.»

Jesús les contestó: «En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

 
Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.”

Casto Acedo. Noviembre 2019



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