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sábado, 30 de noviembre de 2019

Esperanza

 Comienza el tiempo de Adviento, unas semanas para disponer el corazón al encuentro con Dios. Toda oración, y especialmente la contemplativa, es un ejercicio de adviento, de disponibilidad para recibir al que viene, o de abrirnos al que siempre ha estado.  En estos días ponemos de fondo la esperanza, virtud que solemos valorar por debajo de la fe y el amor. Fe, esperanza y caridad son virtudes "teologales", es decir,  antes que nada  son don de Dios. No puedo alcanzar la fe, la esperanza y el amor por mis propias artes; Dios las da a quien quiere, cuando quiere y como quiere; a mi solo me corresponde disponerme a recibir estas virtudes poniendo los medios necesarios. Uno de esos medios es la meditación.  Digamos algo sobre la esperanza.
 
 
"Siempre me ha gustado el desierto.
Puede uno sentarse en una duna,
nada se ve, nada se oye
y sin embargo,
algo resplandece en el silencio…
- Lo que más embellece al desierto
-dijo el principito-
es el pozo que oculta en algún sitio…”.

La cita es de Saint-Exupèry en El principito… Habla de desierto, de descansar sobre algo tan inestable y hermoso como una duna, de contemplar algo que resplandece en el silencio. Nada se ve, nada se oye. Pero bajo la simplicidad del paisaje aparentemente estéril,  se vislumbra el manantial. Un pozo de agua bajo la arena del desierto. ¡Se puede definir de un modo más bello la esperanza?
 
Símbolo clásico de esta virtud es el ancla, que estabiliza la nave en el puerto cuando corre el riesgo de ser mecida por el mar embravecido. El pozo que oculta el desierto, la fuente que se esconde en el hondón de cada persona,  ¿no es ancla que estabiliza y sosiega en la tormenta? 
 
Santa Teresa, en Camino de perfección habla del agua hacia la que se encamina el buscador de Dios. El manantial se halla en el centro del alma, “queramos que no, hijas mías, todos caminamos hacia esta fuente, aunque de diferentes maneras. Que no  os engañe nadie en mostraros otro camino para llegar a beberla sino el de la oración” (21,7).
 
El deseo, la “sed de Dios”, es el punto de partida de la práctica de la meditación. El pozo oculto en el corazón es la esperanza que anima al meditador. Se trata de ahondar en el propio ser, de conocerse a sí mismo para conocer a Dios, y de conocer a Dios  para conocerse a sí mismo.   ¿Por qué os digo que la meta del camino espiritual es llegar a beber de la fuente de Agua Viva? -añade  santa Teresa-. “Para que no os congojéis del trabajo y contradicción que hay en el camino, y vayáis con ánimo, y no os canséis” (19,14). O sea, para que no perdáis la esperanza.

Cercana la Navidad no viene mal tomar conciencia del Adviento, de la venida de Dios a nosotros. Viene para cambiar el pesimismo social que  respiras, las alucinaciones consumistas que te seducen y la dispersión en que vives. No viene mal ejercitarte (meditar) en descubrir que bajo la arena de las navidades se esconde la Navidad. Para verla te has de despojar de lo que te distrae. "Nada de comilonas y borracheras, nada de lujuria y desenfrenos, nada de envidias y rivalidades" (Rom 11,13), es decir, nada de "ego"; y  despertar el "yo".

“La noche está avanzada, el día está cerca” (Rm 11,12).No seas pesimista porque estos no son tiempos oscuros; no estamos entrando en la oscuridad sino saliendo de ella. La esperanza del místico está puesta en el día que despunta; espera el amanecer con ojos abiertos y esperanzados. Una voz le grita: ¡Es hora de despertar del sueño, porque la aurora está cada vez más cerca! (Rm 11,11).

 

 * * *
 La esperanza no está fuera de ti, está dentro, en lo más íntimo de ti mismo.  Lo más bello del desierto es que en algún lugar esconde un manantial. También ese secreto es lo más hermoso que tú mismo tienes; y los demás. En tu desierto cierra los ojos, acalla todo,  y percibe el torrente de la Vida que fluye en ti. Está en  tu interior; Cada día, en cada instante.  Ahí, en eterna presencia, está la esperanza que no defrauda.
 
Siéntate en la duna de tu desierto. Vacíate  de ideas, sentimientos y deseos. Y ora al ritmo de tu anhelo:  
 
Maranatha,
¡Ven, Señor, Jesús!
 

*  *  *
 
CARTA DEL APOSTOL SAN PABLO A LOS ROMANOS
13, 11-14a
 
Hermanos:

Daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz.
 
Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo.
 
Casto Acedo. Noviembre 2019
 

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