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lunes, 2 de diciembre de 2019

Orar en adviento (repetición)

Este es un viejo escrito que vuelvo a colgar en el blog. Alguien del grupo me dice que no tenga miedo a repetir, porque aunque el "material" sea el mismo cada uno es distinto cada día, y lo que no  sirvió de luz hace un año  puede servir ahora. Por eso transcribo esta entrada de otros años. Lo vuelvo a enlazar sobre todo para los que no lo conocen, pero también para los que quieran seguir buceando por los mismos mares y darse la oportunidad de encontrar cosas que dejaron pasar en la última inmersión; bien por despiste o porque sus intereses espirituales han cambiado desde entonces.   
 

* * *

“Me pongo en silencio
 y actitud de escucha
ante Dios que viene". 
(Unas claves para la oración en el tiempo de Adviento)

 1.- ME PONGO (YO)

Soy yo quien me pongo ante Dios. Pero mi “yo real”, no el “yo” que quiero que Dios vea. A Él no le puedo engañar. Tal vez a los otros y a mí mismo sí, pero a Él no.


Dice Joan Chittister: “La tentación a la que debemos hacer frente, si queremos verdaderamente aprender a orar, consiste en orar como si fuéramos más de lo que somos. Quizá más piadosos; puede que más dispuestos a aceptar la voluntad de Dios; más espirituales en cuanto a nuestras preocupaciones; más despegados del mundo; más ciudadanos del otro mundo que peregrinos en este… Pero cuando lo único que llevamos a la oración es nuestra santidad, ¿qué estamos haciendo? … ”.
 
 Lo primero que necesitamos para orar bien es “conocimiento personal”, un conocimiento sincero que “nos salva de nosotros mismos”. (Baste como ilustración la parábola del fariseo y el publicano de Lc 18,10-13). Cuando oro, ¿quién se pone ante Dios? ¿Mi "yo ideal" falso? ¿O mi "yo real", mi “yo imperfecto”, pecador, limitado?

2.- EN SILENCIO.

Uno de los títulos más hermosos de María es el de “mujer silente”, madre de Silencio. He de acallar mis ruidos para orar. Sin silencio no hay escucha, que es el siguiente paso. El silencio es la condición necesaria para la música, el seno donde se gesta. Silencio exterior: ¿acaso los lugares bulliciosos son los más adecuados para orar?, silencio mental (acallar los pensamientos, dejarlos a un lado; ¿pienso luego existo? Dios está más allá de nuestras ideas y creencias), silencio del corazón (Es el silencio sagrado que procura serenar el corazón ante el misterio; podéis imaginar a José y María contemplando el misterio del recién nacido; a los pastores, a los magos, … postrados ante Él, callados, contemplando, … El Gran Silencio de la Nochebuena  propició oír la voz del ángel que anunciaba el nacimiento del Salvador...

“Dios dijo a Elías: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor». Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva" (1 Re 19,11-13).

El silencio abona el terreno para la escucha; la voz de Dios no es violenta ni arrolladora, sino suave y susurrante; “No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará Manifestará la justicia con verdad”. (Is 42,2-3). Dios no amedrenta ni amenaza, se acerca al hombre en el silencio, en la suavidad de su palabra.
 
3.- ACTITUD DE ESCUCHA.
 
Cuando me dispongo a escuchar música suelo preparar el equipo de sonido, elegir el canal o el disco o soporte que contiene lo que quiero escuchar; selecciono la composición escogida y modulo el volumen para disfrutar de un plato que yo mismo me he preparado.

Muy interesantes todo lo  previo: la programación, la técnica,  los modos, etc. Pero, en la oración, aunque los preparativos para la escucha (charla, lectura espiritual, texto, postura física, control de la respiración,  mantra-jaculatoria, etc…), tienen su importancia, estas cosas no son lo definitivo;  pueden ayudar, pero no constituyen una garantía de encuentro con Dios. Preparo la mesa, pero el alimento es un don. No se puede forzar la venida de Dios, porque ésta es una gracia. Hay quien cree que el encuentro con el Misterio puede ser obtenido por técnicas; creencia propia de los que confunden la experiencia de Dios con sentir ciertos fenómenos provocados.  
 
Lo que se busca en la oración no son extrañas experiencias que engorden el propio "ego", sino el encuentro con Dios. Y éste sólo Dios lo concede. Es tan así que a veces incluso sobra la preparación. Hay que ser humildes y reconocer la evidencia: Dios se revela a quien quiere y como quiere, y nuestros esfuerzos son sólo expresión de buena voluntad hacia él.  

No podemos ir a la oración exigiendo nada.  Escuchar a Dios requiere ponerse ante Él humildemente, hacer silencio, y… esperar. Eso sí, esperar con una conciencia abierta, lanzada hacia fuera. No indago en mis ensoñaciones y vacíos, no me embobo con el eco de mis soledades, no me miro el ombligo, no hago oración encorvado sobre mi propia persona, sino que me abro en silencio hacia fuera... porque, aún estado dentro de nosotros, el Señor nos sale al encuentro desde fuera; no es un encuentro con un desdoblamiento de mi yo, sino con "Otro".

Por tanto, la preparación para el encuentro debe estar más en la actitud  interna que en los modos o actos externos. Santa Teresa resume muy escuetamente cómo orar recurriendo al ejemplo impactante de la mirada entre amantes:   "mira que te mira"  o “los ojos en Él”. Estar abiertos a un cruce de miradas con Dios es un buen principio para orar.
 
 
4.- ANTE DIOS QUE VIENE.
 


La vida de Dios es “gracia”. No está en mis manos alcanzar a Dios. Digámonoslo por enésima vez: no se trata de llegar a Dios sino de disponernos para que Dios se nos allegue. Es cierto que necesitamos una disciplina orante: la "determinada determinación" de santa Teresa; pero ahí acaba todo por nuestra parte.
 
Estamos en el tiempo de  oración: la preparación, el silencio… ¿ahora qué? … Pues como Abrahám a su Hijo Isaac subiendo al monte Moria: “Padre, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?" ¡Te has olvidado de lo esencial!; y "Abrahám respondió: “Dios proveerá” (cf Gn 22). En la oración ocurre los mismo: Dios proveerá su presencia en la oración. Si quiere. Tú déjate llevar por el silencio… No pienses, no especules, no te ates a ideas y conceptos; que tus emociones no te lleven a la distracción de los pensamientos; deja que pasen todos esos ruidos, sin enfadarte, sin alterar tu voluntad íntima de silencio  para Él … Dios, si quiere, pasará ante ti en el susurro, rozando tu piel como un viento suave… No quieras atraparlo, sólo déjate acariciar por Él y disfruta su presencia. Luego, terminada la oración, tendrás tiempo de especular y recapitular, tiempo de hablar e intentar explicar lo inexplicable.

 Orando así preparas el Adviento: tiempo para orar, para despertar, para ejercitar  tu alma en haciéndote consciente del paso de Dios por tu historia y por la historia de tu mundo.
 

II.
Criterios para escuchar a Dios;
empatía, respeto, no juzgar...
 
Dios viene y hay que aprender a escucharle. Ten claro que orar no es ensimismarte, ni lanzarte a un alocado e interminable monólogo contigo mismo o con Dios, sino abrir el oído a la voz-presencia  de Dios; por eso no está mal tener unos acertados criterios para sintonizar con su comunicado.
 
Lo  mismo que son básicos en una acertada comunicación de ayuda entre dos personas unos criterios de escucha, así en Adviento, podríamos ejercitarnos también en la escucha de Dios, del prójimo (próximos) y del mundo.
 

 Para escuchar se requiere, en primer lugar empatía, o lo que viene a ser lo mismo: capacidad de ponerse en lugar del otro, de sentir como el otro, de ver las cosas como las ve el otro… Empatía no es un “hacer como si escuchara”… requiere “autenticidad”…


o Adviento, pues, te invita a “ponerte en lugar de Dios”. ¿Difícil? Tal vez no tanto como solemos creer. Si Dios quiere tu bien y tu vida, ¿cómo se siente cuando ve que te alejas de él? ¿Qué experimentará como Padre cuando como hijo te desmadras?... Se trata de “sentir con el Padre su mirada sobre tí”… Sentir al mismo Dios, el que Jesús te revela,  no te aferres al Dios que a ti te gustaría que fuera.


o Empatiza también con los que te rodean. ¿Cómo los miras? Ponte en su lugar: ¿Qué esperan de ti? ¿Cómo crees que te ven? … ¿Qué espera de ti tu marido, tu hijo, tu vecino, tu compañero de trabajo…?  ... Deja de pretender ser el dueño de la verdad, porque la verdad también está en los otros.


o Y observa el mundo con sus problemas de terrorismo, guerras, consumismo, agnosticismo, etc… Mira, contempla, el mundo… empatiza con un mundo que a veces no te gusta, pero del que formas parte sí o sí. Es tu mundo, y debes amarlo si quieres cambiarlo. 

 o Dios, tus próximos y el mundo te están hablando. Con un lenguaje verbal o no verbal. El Adviento te está invitando a escucharles, con respeto. Respetar a una persona es dejarla ser ella misma, dejar que tu hijo sea tu hijo, no el que tú quieres que sea, que el mundo sea el mundo, con sus grietas a corregir, ese es tu mundo, no el que tu quieres que sea, respetar a Dios es dejar que Dios sea Dios
 

o Tenemos la tendencia a no respetar, a hacer * un Dios a mi medida, a *querer que los que me rodean sean conformes con lo que me gustaría que fueran, *que el mundo funcionara como a mi me gustaría que fuera… Cuando los otros nos son como yo quiero me cierro en banda y no les escucho, no les dejo entrar en mi vida, “cierro los ojos a la realidad” (técnica del avestruz)… me aíslo. Así entro en la oscuridad y la desesperanza.
 
o Escuchar requiere también, como algo ligado íntimamente al respeto, evitar los juicios, las visiones moralistas… ¡Deja que Dios sea el único juez!
 
* Deja de juzgar a Dios (entiendo juzgar como condenar) … "Si Dios me quisiera…", "si Dios fuera bueno…". Gran atrevimiento es este de juzgar a Dios (cf Job 40,4)… Nunca sabemos lo que se esconde detrás de sus acciones… Bueno, si tenemos fe, estamos dispuestos a aceptar que en Dios se esconde una buena voluntad que a menudo no entendemos… Has de saber que “tú no eres tus pensamientos”, no eres lo que crees que eres, y el mundo no es lo que piensas, y por supuesto Dios no es el Dios que tú crees que es. Dios supera cualquier previsión de tu mente; tanto es así que para decir algo de Él convienen más las negaciones que las afirmaciones (teología apofática).

* Deja de juzgar al prójimo. ¿Acaso no serías tú peor que el peor de los humanos si Dios no estuviera contigo? Cuando Juzgas a tu hermano no ves a tu hermano, ves sus actos, … no has entrado en el misterio de su persona… Sé como el mismo Dios que viene: "No juzgará por apariencias ni sentenciará de oídas" (Is 11,3), su juicio será de amor, desde su  corazón compasivo a tu corazón herido por la violencia. Recuerda el “diamante” que es tu hermano. En su más profundo centro lleva la presencia de Dios.  Tal vez no tiene, como tú, la suerte de saberlo.

* Y, en fin,  deja de juzgar al mundo… Abandona la “cultura de la queja”, del victimismo, del “¡salvádme!”… Pasa mejor a la cultura de la acción… Dios se revela “obrando” (Soy el que soy siendo) …


o Nuestras “valoraciones morales” se ponen entre nosotros y la realidad, oscurecen el entorno, no nos dejan ver la luz… Las lágrimas impiden ver el sol…  Los juicios "de oídas y desde la apariencia", el “lastimeo” (la pena, el pesimismo), los prejuicios sobre Dios, sobre la Iglesia, el mundo o los hombres,  paralizan; el optimismo y  la confianza  lanza a la acción con alegría. Frente a la "escuela de sospecha" (no hay Dios, no hay honradez, no hay verdad, no hay justicia...) y sus maestros (Feuerbach, Marx, Nietzsche, Freud)  el orante opone una "escuela de confianza" (Hay camino, hay verdad, hay vida) y un maestro (Jesús de Nazaret). Desde aquí oramos.

ADVIENTO ESTA PIDIENDO “ATENCION”, “ESCUCHA”, “ESPERANZA”… Vivir atentos (attendre, esperar)… salir de nosotros mismos para situarnos en el Otro, los otros y lo otro (apertura, observación, contemplación pura –sin prejuicios, sin condenas, ..- Un buen ejercicio para estos días: hacer silencio (de creencias, de ideas, de preocupaciones, de prejuicios… y contemplar desde el corazón)…

Estar atentos a Cristo que Pasa, que nace en belén, en el mundo, en el hermano, en ti mismo. Eso es orar. En silencio, sin prejuicios, abiertos a la esperanza. No dejes escapar la oportunidad que en este tiempo se te ofrece.

Y no olvides que Dios no te pide que subas al cielo para venir a ti; no te pide ser perfecto; Dios te encuentra donde tú estas, con tus bondades y tus deficiencias. Como a María,  a Abrahán, a Moisés, a Pedro, a Mateo, a Zaqueo, ... y a tantos otros, DIOS TE ENCUENTRA DONDE TÚ ESTAS. Permanece atento, en escucha.
 
Casto Acedo.

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