Hace años me topé con este texto y me llamó fuertemente la atención. Se trata de una anécdota o "florecilla" de san Francisco, que si no es cierta en su historicidad, es decir, si no sucedió realmente, sin embargo creo que está bien aplicada al sentir general del santo; como dicen los italianos: "se non è vero, è ben trovato".
Traigo a colación la florecilla con motivo del tercer domingo de Adviento, que llamamos "domingo gaudete", o sea, de "¡alégrate!", domingo de la alegría
¿Dónde está la verdadera alegría? La historia en cuestión no tiene desperdicio y requiere leerse con el corazón, en caso contrario no se entenderá en absoluto.
Al final tienes el texto de la Primera Lectura de la liturgia del domingo, un canto de liberación: "Llegarán a Sión con cantos de júbilo: alegría sin límite en sus rostros. Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción".
¿Dónde está la verdadera alegría? La historia en cuestión no tiene desperdicio y requiere leerse con el corazón, en caso contrario no se entenderá en absoluto.
Al final tienes el texto de la Primera Lectura de la liturgia del domingo, un canto de liberación: "Llegarán a Sión con cantos de júbilo: alegría sin límite en sus rostros. Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción".
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El bienaventurado Francisco, en Santa María de la Porciúncula, llamó a fray León, que acudió a su lado y se dispuso a escuchar y escribir:
-Heme aquí preparado.
-Escribe –dijo– ¿cuál es la verdadera alegría?.
Imagina que viene un mensajero y dice que todos los maestros de la universidad de París han ingresado en la Orden. Escribe: No es la verdadera alegría.
Y que también, todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; y que también, el rey de Francia y el rey de Inglaterra entran a formar parte de nuestra hermandad. Escribe: No es la verdadera alegría.
Imagina también que mis frailes se fueron a los infieles y los convirtieron a todos a la fe; o que tengo tanta gracia de Dios que sano a los enfermos y hago muchos milagros: Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.
Pero, entonces, ¿cuál es la verdadera alegría? -repuso el hermano León-.
Piensa, hermano, que volvemos de Perusa y en mitad de una noche oscura llegamos aquí, a nuestra casa. Es tiempo de invierno, de lodos y de frío, hasta el punto de que se forman canelones de agua congelada en las extremidades de la túnica que hieren continuamente las piernas, y mana sangre de tales heridas.
Envueltos en lodo, frío y hielo, llegamos a la puerta, y, después de haber golpeado y llamado por largo tiempo, molesto por lo intempestivo de la hora, acude el hermano portero y pregunta: -¿Quién es? Yo respondo: -El hermano Francisco y el hermano León. Y él dice: Fuera; no os conozco, melindres, no es una hora decente para andar mendigando por los caminos; no entraréis. E insistiendo yo de nuevo, me responde otra vez: no os conozco, no os puedo abrir a esta hora.
Y yo de nuevo de pie en la puerta le digo: Por amor de Dios, abridnos. Y él responde: No lo haré. Iros al lugar de los Crucíferos y pedid allí.
Sigo insistiendo, y el hermano portero, perdida la paciencia, con un palo nudoso en sus manos, sale afuera y nos apalea a los dos dejándonos ensangrentados, bañados en lodo y ateridos de frío en la oscuridad de la noche.
Si en esas circunstancias, hermano, hemos tenido paciencia y no nos hemos alterado ni siquiera un ápice, y no hemos proferido palabra de reproche o deseado mal alguno al hermano portero, ahí está la verdadera alegría y la verdadera virtud y la verdadera caridad.
Escribe, hermano León.
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Que cada cual saque sus conclusiones. Pero no dejes de meditar a fin de silenciar los ruidos de la queja, el odio o el deseo de revancha. Sólo entrando en el Silencio, se puede llegar a la verdadera alegría. Sólo ahí se da la verdadera Navidad.
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Lectura del libro de Isaías
35, 1-6a. 10
El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrará la estepa y florecerá, germinará y florecerá como flor de narciso, festejará con gozo y cantos de júbilo.
Le ha sido dada la gloria del Líbano, el esplendor del Carmelo y del Sarón. Contemplarán la gloria del Señor, la majestad de nuestro Dios.
Fortaleced las manos débiles, afianzad las rodillas vacilantes; decid a los inquietos: «Sed fuertes, no temáis. ¡He aquí vuestro Dios! Llega el desquite, la retribución de Dios. Viene en persona y os salvará».
Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos se abrirán; entonces saltará el cojo como un ciervo y cantará la lengua del mudo. Llegarán a Sión con cantos de júbilo: alegría sin límite en sus rostros. Los dominan el gozo y la alegría. Quedan atrás la pena y la aflicción.
Casto Acedo. paduamerida@gmail.com. Diciembre 2019

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