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sábado, 18 de julio de 2020

Dios no hace basura (orar el domingo 19 de Julio)


“Cierto hermano preguntó al abad Pastor, diciendo: ¿Qué haré? Pierdo los nervios cuando estoy sentado solo en mi celda orando. El anciano le dijo: No desprecies a nadie, no condenes a nadie, no regañes a nadie. Dios te dará la paz y podrás meditar con serenidad”. [1]
Uno de los principales obstáculos para la oración es la conciencia errónea que considera que al orar me distingo de los demás, porque orando soy más santo, más puro, más perfecto, y por tanto, con cierto derecho a juzgar sobre la bondad o maldad de los hermanos. ¿No será esta la razón por la que no avanza mi espíritu orante? 

La costumbre de dividir el mundo en buenos y malos, sabios y necios, listos y torpes, no genera sino tensiones. ¿Dónde me situaré? Nunca encuentro el lugar exacto, bien sea por la soberbia de creerme entre los justos o por la baja confianza en mí mismo que me destierra al lugar de los condenados. O tal vez porque por el solo hecho de colocar a otros frente a mí, sin sentir que son parte de mí mismo, ya es una equivocación.

El bien y el mal, la luz y las tinieblas, lo justo y lo injusto, andan mezclados en el mundo. Hay trigo y cizaña en los campos de Dios. ¿Quién juzgará? Demonizar al hermano, señalarlo frente a mí y considerarlo un peligro  es mala salida. 

Dios no bendice la postura inquisidora que juzga, condena y margina. “Deja que el trigo y la cizaña crezcan juntos”. No te toca a ti arrancar, porque al juzgar y condenar al hermano estás arrojando lejos el trigo de la misericordia. No juzgues ni condenes; no es tarea tuya. Lo tuyo es amar, integrar, perdonar y silenciar. 


Anota en tu corazón que Dios no hace basura; Dios no siembra cizaña ni en ti ni en nadie. “El enemigo lo ha hecho”. Toda la cizaña que pueda haber en tu corazón, todo lo que entorpece tu vida de oración y justicia, no es cosa de Dios. Lo repito: Dios no hace basura. Tú no eres basura. Tu hermano tampoco. Por tanto, ni tu ni tu hermano estáis destinados al estercolero sino al jardín de Dios.

Por tanto, no te desprecies a ti mismo, y “no desprecies a nadie, no condenes a nadie, no regañes a nadie. Dios te dará la paz y podrás meditar con serenidad”. Abraza el mundo como lo abraza el Misericordioso, que “hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos” (Mt 5,45). 



Pistas para orar este domingo


*Como siempre, busca el momento y el lugar apropiados. 

*Ayúdate de la respiración o de las sensaciones del cuerpo. Serénate. Aquiétate.   

*Siéntete parte de todo lo creado y de toda la humanidad como campo de Dios. Observa todo con amor, sin juzgar. Dios no hace basura.

*Participa de la mirada de Dios; sonríe complaciente gozando de ver gozar a las criaturas; y muestra un rictus de tristeza compasiva por la tristeza que te produce que el enemigo, de noche, siembre cizaña en el mundo. 

*Dios no hace acepción de personas (Hch 10,24; Lc 20,21), ama a todos por igual, sin prestar atención a sus obras. Sin perder la calma, sin condenar, con ánimo compasivo, deja que te invada el Espíritu misericordioso del Creadorm, espíritu de unidad. Si te conmueve la ignorancia de los hombres,  no dejes que genere en ti odio o miedo sino amor. 

*Dios no hace basura, Dios no siembra cizaña. “El enemigo lo ha hecho”. Contempla todo lo verdadero, hermoso y bueno que hay en ti. Si ves algún mal, déjalo ir. Dios siembra buena semilla. Pon tu mirada en el trigo (humildad, yo). No prestes atención a la cizaña (soberbia, ego). No des cancha al mal y  dejará de ser


*Lejos de ti la guadaña. No te corresponde a ti cortar ni arrancar. Lo tuyo es amar. “No desprecies, no condenes, no regañes. Tendrás paz y podrás meditar con paz y serenidad sentado solo en tu celda".  


*Considera estas palabras del libro de la Sabiduría 12,13-19: "Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres. Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento".

* Donde abundó la cizaña, sobreabundó el trigo (cf Rm 5,20). Confía, espera, y ama.  Yo no soy basura, tú no eres basura, tampoco tu hermano. A su tiempo el trigo dará la cosecha.

*Agradece los dones de Dios y anota lo que hoy te ha enseñado.

* * *


EVANGELIO 
Mt 13,24-30

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente: 

«El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. 

Entonces fueron los criados a decirle al amo: "Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?" Él les dijo: "Un enemigo lo ha hecho." Los criados le preguntaron: "¿Quieres que vayamos a arrancarla?" 

Pero él les respondió: "No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero."»

Casto Acedo. Julio 2020



[1] Citado Por THOMAS MERTON, La sabiduría del desierto, XLII.

domingo, 12 de julio de 2020

La Palabra (Orar en domingo 15º Ord A.)


El silencio es el lugar natural en que habita la Palabra. Silencio y Misterio se complementan. En presencia del Misterio sólo nos queda callar, como Job, que sólo alcanza a intuir el misterio de Dios al contemplar en actitud de escucha sus maravillas (cf 42,3-5)  ¿Qué es el Misterio sino aquello o Aquel que es inexpresable en conceptos y sólo accesible desde la experiencia directa? 

Hay un solo Dios, el cual se manifestó a sí mismo por medio de Jesucristo, su hijo, que es Palabra suya, que procedió del silencio”, dice san Ignacio de Antioquía. En el silencio originario estaba la Palabra, “en el principio ya existía la Palabra; y la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios… Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn1,1.14).  

La Palabra es la lluvia que cae del cielo sobre la tierra abierta, en escucha, y empapando su hondura  fructifica  en fe, esperanza y amor, virtudes teologales, divinas, que llevan a la unión con Él (cf Is 55,10-11). La Palabra da “semilla al sembrador y pan al que come”, es decir, la Palabra acogida en el vientre del silencio facilita la participación en el ser de Dios y sacia el hambre de vida eterna.

* * *

“Cuando un silencio sereno lo envolvía todo, tu palabra descendió desde los cielos” (Sb 18,14-15). El silencio abre el camino a la Palabra. La parábola del sembrador invita a contemplar a Jesús como Palabra y a mi persona como tierra. Jesús viene a mi vida, llama a mi puerta, y desea ser recibido. ¿No es ya un buen motivo de alegría el hecho de que Dios desee estar conmigo? Pero hay ruidos interiores que frustran el deseo de Dios.

1. Tal vez el primer ruido sea la rutina, el ritualismo y el legalismo farisaico. A menudo la Palabra es como semilla  “que cae al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron”.  Hay quien cierra a cal y canto sus accesos a la vida interior. ¿Prejuicios? ¿Malas experiencias? ¿Miedos? Lo cierto es que no son pocos los que tienen endurecido el corazón; es algo muy propio  de quienes ha hecho de la fe una rutina, una ley o una colección de ritos mágicos. ¿Estaré yo entre ellos?  

En personas así, la semilla   rebota y no puede  arraigar. Sólo aprovecha a los pájaros.  La perdida no es culpa de la semilla, sino de la tierra endurecida.  Sin  acogida de la Palabra, no hay transformación,  “Si uno escucha la Palabra del Reino sin entenderla –es decir, sin valorarla y aceptarla- viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón”.

2. El camino espiritual es ilusionante, sobre todo en sus principios. ¡Parece todo tan fácil! Como si la emoción del primer “te quiero”, del primer beso,fuera a durar para siempre cuando sólo es un amor de superficie, un tanteo. Aún queda mucho por ahondar. La semilla fructifica sembrada en  la profundidad del ser. Y para ahondar hay que perseverar. Ya lo sabes: “la determinada determinación” de santa Teresa.

Algunas semillas caen “en terreno pedregoso”.  El deseo de vivir desde dentro es fuerte, e ilusiona en sus primeros pasos. Dios, de entrada, mima a quien le busca, aunque en su ignorancia que tal vez lo que busque sea su propia complacencia. Cuando el egoestá al acecho para apropiarse del éxito, aunque sea espiritual, éste tiene poco futuro. La semilla “brotó enseguida; pero cuando salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó”.

La vida espiritual requiere una disposición de ánimo a prueba de éxitos. Y a prueba de cruces. El Amado se aleja poniendo a prueba el amor. ¿Qué buscas en Él? ¿Prevalece en ti el amor a Dios o el amor propio? Hay momentos en que no es agradable seguir y servir a Cristo. Entonces se requiere la “determinada determinación” teresiana, la perseverancia aunque la situación interior o exterior no acompañe.  En el desierto hay oasis. También mucha sequedad.

La Palabra  sembrada en terreno pedregoso  significa que la escucha y la acepta enseguida con alegría, pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe”. ¡Qué importante es la constancia para quitar las piedras del deseo novedades, de expectativas, de querer imponer a Dios los ritmos del crecimiento espiritual!. ¡Y qué buen remedio es el día a día de la meditación!  Riego, decía la santa, que comienza con el trabajo de sacar agua del pozo con cubos, luego sacándola con ayuda de un cigüeñal; la perseverancia da el hábito y bastará abrir el acceso al rio para que se entre el agua por su peso; finalmente se da el riego por el agua de lluvia, por pura gratuidad divina, cuando él quiera darla. A la santa le faltó mencionar el “riego por goteo”. Si hubiera existido en su tiempo seguro que lo pone como ejemplo de perseverancia.

3. En tercer lugar, lo que “cayó entre zarzas”.  Vivir en los zarzales de una sociedad consumista y capitalista no es fácil. El estrés y el deseo obsesivo de triunfar económica y socialmente pesan sobre nosotros como una losa de cemento. En un ambiente tan materialista, ruidoso y volcado hacia fuera,  no es fácil el crecimiento en el espíritu. Hay que optar. “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13), “que es una idolatría” (Ef 5,5). No se trata de negar la necesidad de lo material sino de superar el apego desmesurado a esas necesidades.

Quien pone su confianza en sus bienes “es el que escucha la Palabra, pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas los ahogan y se queda estéril”. ¡Estoy tan atado al interés;tengo tantas ocupaciones!: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada” (Lc 10,41-42). El encumbramiento del hacer (tanto vales tanto haces), el afán de poseer (tanto vales tanto tienes) acaban por ahogar la vida espiritual.

4. Y, finalmente, la tierra más apropiada  para el espíritu: la semilla que “cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta “.Desarrollar la propia espiritualidad es cuestión de abrirse a ella en fe. Y no olvidemos que ésta es oscuridad y silencio.  La Palabra madura en el silencio. Para que arraigue has de silenciar todo lo que ensordece tu alma: prejuicios, rutinas, cansancios, expectativas, afán de aparentar y poseer. Asumir que “solo Dios basta”. 

La Palabra, que procede del silencio del Padre insemina tu silencio y lo fecunda. En el silencio encuentra la Palabra su hábitat natural. Y en ese vacío de todo se da la sanación: “No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”.

El silencio es el ámbito a cultivar. Un ejemplo paradigmático es el de la Virgen María, “oyente de la Palabra” (K. Rahner). En su silencio echó raíces el Verbo Encarnado. Ella es tierra buena, que “significa el que escucha la Palabra y la entiende; ése da fruto”. Atender la Palabra, entenderla en su significado profundo, regarla con la oración y con una vida adecuada, te lleva a vivir en plenitud tu vocación, tu destino: la unión con Dios (GS 19)



IDEAS  PARA LA ORACIÓN 

* Es bueno tener a mano una Biblia, para leer  y  para poder tocar el “libro”, contemplarlo como símbolo de la Palabra, Presencia que sana y da vida (Sal 118; Jn 15,3).  Puedes leer el texto de Is 55,10-11 y centrar en él toda la meditación. 

*Imagina tu alma como terreno agrietado por la falta de humedad, seco y sediento. También hay en ese terreno piedras,  zarzas y maleza… Aparta de tu mente y de tu corazón todos esos apegos que obstruyen la profundización.  

*Dios se apiada de ti y manda la nieve y la lluvia. Siente como empapa tu vida y refresca tus sequedades … Déjate lavar y fecundar por su gracia . … Siente como el agua de Dios refresca, limpia empapa y revitaliza cada parte de tu cuerpo y de tu espíritu.

*Imagina que de lo más hondo de ti va brotando la semilla. Una semilla que ya estaba ahí,  pero andaba falta del agua de la Gracia. Observa como en tu espíritu Dios va creciendo, se abre paso en las dificultades, y termina siendo un gran árbol donde los pájaros anidan y los hombres encuentran sombra en días de calor (cf Mt 13,31-32; Mc 4,32).

*Siéntate a la sombra de Dios, acogiendo con él a todos los hermanos. La semilla de la Palabra te sana, te hace vivir en Dios. Contémplate como un huerto, un jardín de Edén, donde la semilla ha fructificado, y Dios se deleita. (cf Gn 3).  Siéntete en comunión de amistad, paseando con Él a la brisa del atardecer  

*Da gracias a Dios porque no sólo te da cosas, sino que se te da Él mismo en su Palabra, Jesucristo.

*Dios habla en el silencio. Toma nota de las llamadas, los impulsos del corazón,  que Dios te ha dirigido durante este rato de oración.


EVANGELIO
Mt 13,1-23

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla.

Les habló mucho rato en parábolas:
—«Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron.
Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.

Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron.

El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga».

Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
—«¿Por qué les hablas en parábolas?».

Él les contestó:
—«A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías:
"Oiréis con los oídos sin entender;

miraréis con los ojos sin ver;

porque está embotado el corazón de este pueblo,

son duros de oído, han cerrado los ojos;

para no ver con los ojos, ni oír con los oídos,

ni entender con el corazón,

ni convertirse para que yo los cure".
¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador:
Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.

Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe.

Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno».

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. 

Les habló mucho rato en parábolas: «Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.»

Casto Acedo. Julio 2020

domingo, 5 de julio de 2020

Sabiduría e ignorancia (Oración para el domingo 14º Ord A)



“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11,25) 
* * * 

Buda significa “iluminado”, el que ha recibido la iluminación. Así describe el maestro vietnamita Thich Nhat Hanh la Iluminación de Sidharta Gautama, más conocido como Buda:
Gautama (Buda) se sintió como si una cárcel que le había retenido durante miles de vidas se hubiese abierto de golpe. La ignorancia había sido el carcelero. A causa de la ignorancia, su mente había estado obscurecida, como la luna y las estrellas ocultas por las nubes de tormenta. Nublada por interminables oleadas de pensamientos ilusorios, la mente había dividido falsamente la realidad en sujeto y objeto, yo y otros, existencia y no existencia, nacimiento y muerte, y de esas distinciones surgían opiniones erróneas: las prisiones de los sentimientos, ansias, aferramiento y el devenir. El sufrimiento del nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte sólo contribuía a engrosar los muros de la cárcel. Lo único que se podía hacer era apoderarse del carcelero y contemplar su verdadero rostro. El carcelero era la ignorancia… Una vez eliminado el carcelero, la cárcel desaparecería y ya nunca volvería a construirse de nuevo”.
 * * *

Cuando Jesús da gracias al Padre porque ha revelado las cosas del Reino a los sencillos está expresando con palabras una experiencia de iluminación, y al mismo tiempo alaba al Padre porque dicha iluminación es un don de Dios, una revelación. El Padre se da a conocer, se deja ver, ilumina con su luz a los sencillos. Con la iluminación el yo auténtico del ser es liberado de la prisión en la que le tiene encerrado la vanidad del ego; y con los ojos abiertos ve a Dios.

Por contra, los sabios y entendidos de este mundo tienen vedado el conocimiento de Dios, su visión. ¿Por qué? Porque no son sabios verdaderos sino doctos ignorantes. Confunden las doctrinas aprendidas con la verdad gustada.  Buscan fuera lo que está dentro, confunden la creatura con el Creador, y así “alardeando de sabios resultan ser necios” (Rm 1,22; cf 1,18-31); en su ignorancia hacen de Dios un objeto, un concepto, una imagen intelectual, una realidad extraña situada frente a ellos. Y no es. Ya lo supo san Ignacio de Loyola: "no el mucho saber harta y satisface al anima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente".



Y lo mismo le pasó a san Agustín. Tardó años en darse cuenta de que a Dios no se le puede hallar ni en las imaginaciones, ni en los cálculos, ni en las especulaciones de la mente, ni en las cosas, porque Él es “el más allá de todo” (Gregorio de Nisa), y no está al alcance de nadie. Sólo por revelación se puede captar-contemplar su esencia. Buscó san Agustín a Dios en la sensualidad de las cosas, en el placer sensual, en el amor a su hijo Adeodato y a la que fue su madre,  en su amistad con Alipio y en la filosofía. Su búsqueda espiritual la focalizó Agustín fuera de su persona, como si Dios fuera un objeto entre otros objetos.

“Tú estabas dentro de mí y yo afuera. -dijo en sus Confesiones-. Tú estabas conmigo,  pero yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti  aquellas cosas que si no estuviesen en ti,  no existirían”. 
Tardó en darse cuenta de que vivía encerrado en la cárcel de la ignorancia. Sus barrotes eran su mente y sus sentidos. Consideraba como Dios lo que solo eran criaturas. Un día se rompieron para él los candados de esa cárcel y pudo percibir  la verdad sin barrotes:
“Me llamaste y clamaste,  y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste,  y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré,  y ahora te anhelo; gusté de ti,  y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia  la paz que procede de ti”.
Hermosa descripción de su experiencia. Echando mano de todos los sentidos corporales, que le tenían encerrados en su ignorancia, logra expresar su experiencia de conversión: Llamaste, clamaste (oído), brillaste, resplandeciste (vista), exhalaste y aspiré (olfato), gusté (gusto), me tocaste (tacto).  Es difícil describir  la experiencia de Dios y aquí se  hace recurriendo a la experiencia sensual.

La descripción se hace con conceptos. Pero quedarse en ellos es volver a la cárcel. La experiencia de Dios es algo inefable, imposible de encerrar y transmitir con ideas o palabras. Hay que ir más allá. Dios, más que estar como un objeto más a nuestro lado, es y existe más allá de la existencia de los seres. Yahvé (soy el que fue-soy-seré).  Dios es Todo, y “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). 

Ser iluminado es  sentirte parte de ese todo. Y eso solo se da en el recogimiento y la  humildad.  “Revelas, Padre, estas cosas a los pequeños”. Dios se revela a los humildes porque sólo quien se baja del pedestal del ego puede percibir la identidad de su yo, que no es un objeto sino un sujeto creado unido al Sujeto eterno.

* * *

Dios es Todo y es Nada. Hay mucha sabiduría en el anonadamiento de la Cruz, donde la persona queda despojada de todo lo superfluo y queda sostenida solamente en su esencia (amor de donación hasta fundirse en el Otro) Es un alivio llegar a esa experiencia de kénosis, de abajamiento y desaparición en Dios, de cruz, de nada, de iluminación.  Es salir de la cárcel a la que nos tiene atada la ignorancia. Porque no es de verdaderos sabios poner el ser en el afán de aparentar, de tener, de dominar. Ser es amar. La iluminación es el amor en estado puro.

La ignorancia es el mayor pecado del hombre. Recibir la iluminación es alcanzar la sabiduría divina: "Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria" (1 Cor 2,8). Es la ignorancia la que mató a Jesús, el autor de la vida y la gloria.  Es un deber pedir y trabajar por ser librados de este pecado.

Cansa y agota gastar tanta energía en perseguir ilusiones,  sin acertar a ver  que la felicidad no está en las cosas de fuera sino en gustar de Dios que, siendo “todo en todos” está en mí y me une a todos y a todo. 

Vivir esta unidad es encontrar la plenitud. “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis vuestro descanso”. Puedes entender ahora a san Juan de la Cruz: "El alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa", porque ha gustado la sabiduría de los pequeños, ha recibido el don de la iluminación, y es libre.

* * *

PARA LA ORACIÓN

*  Es importante  elegir un lugar tranquilo y un momento sin prisas para orar.

*Comienza “descargando” los agobios y problemas que traes. Te puede ayudar el hacer unas respiraciones  profundas y luego centrarte unos minutos en el vaivén de tu respiración.

*Abandona tus pensamientos, no le des cancha. Puedes prestar atención a tu respiración cada vez que te vayas tras ellos. Es un modo de volver a ti y unificarte ubicándote en el presente.

* Siéntete unido a todo y a todos en Dios. “En Ti vivimos, nos movemos y existimos”.

* Dios dentro de ti, llenándote todo. Dios fuera de ti, envolviéndolo todo. Dios en ti y en todo. Contémplate unido o unida en Dios a la creación entera. No te limites a pensar que eres parte del todo. ¡Estás en el Todo y todo está en ti! ¿No has tenido nunca esa sensación de unidad? Rememora.

* Todo está bien. Todo va bien. Dios es. … Déjate en el Todo. No pienses, no imagines, … simplemente, abandónate. … Permanece así el tiempo de oración.

*Termina agradeciendo a Dios haber conocido la Verdad.  Dale gracias, porque no esta en tus manos salir de la ignorancia; y sin embargo Él te libera de ella. “Gracias, Padre, porque has dado a conocer tu sabiduría a los pequeños”.

Al terminar la oración, toma nota de lo que has sentido y hacia donde sienes que se ha movido tu corazón. Anota llamadas concretas. 


EVANGELIO. 
Mt 11,25-30.


En aquel tiempo, exclamó Jesús: 

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. 

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

C. Acedo. Julio 2020