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domingo, 5 de julio de 2020

Sabiduría e ignorancia (Oración para el domingo 14º Ord A)



“Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños” (Mt 11,25) 
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Buda significa “iluminado”, el que ha recibido la iluminación. Así describe el maestro vietnamita Thich Nhat Hanh la Iluminación de Sidharta Gautama, más conocido como Buda:
Gautama (Buda) se sintió como si una cárcel que le había retenido durante miles de vidas se hubiese abierto de golpe. La ignorancia había sido el carcelero. A causa de la ignorancia, su mente había estado obscurecida, como la luna y las estrellas ocultas por las nubes de tormenta. Nublada por interminables oleadas de pensamientos ilusorios, la mente había dividido falsamente la realidad en sujeto y objeto, yo y otros, existencia y no existencia, nacimiento y muerte, y de esas distinciones surgían opiniones erróneas: las prisiones de los sentimientos, ansias, aferramiento y el devenir. El sufrimiento del nacimiento, la vejez, la enfermedad y la muerte sólo contribuía a engrosar los muros de la cárcel. Lo único que se podía hacer era apoderarse del carcelero y contemplar su verdadero rostro. El carcelero era la ignorancia… Una vez eliminado el carcelero, la cárcel desaparecería y ya nunca volvería a construirse de nuevo”.
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Cuando Jesús da gracias al Padre porque ha revelado las cosas del Reino a los sencillos está expresando con palabras una experiencia de iluminación, y al mismo tiempo alaba al Padre porque dicha iluminación es un don de Dios, una revelación. El Padre se da a conocer, se deja ver, ilumina con su luz a los sencillos. Con la iluminación el yo auténtico del ser es liberado de la prisión en la que le tiene encerrado la vanidad del ego; y con los ojos abiertos ve a Dios.

Por contra, los sabios y entendidos de este mundo tienen vedado el conocimiento de Dios, su visión. ¿Por qué? Porque no son sabios verdaderos sino doctos ignorantes. Confunden las doctrinas aprendidas con la verdad gustada.  Buscan fuera lo que está dentro, confunden la creatura con el Creador, y así “alardeando de sabios resultan ser necios” (Rm 1,22; cf 1,18-31); en su ignorancia hacen de Dios un objeto, un concepto, una imagen intelectual, una realidad extraña situada frente a ellos. Y no es. Ya lo supo san Ignacio de Loyola: "no el mucho saber harta y satisface al anima, mas el sentir y gustar de las cosas internamente".



Y lo mismo le pasó a san Agustín. Tardó años en darse cuenta de que a Dios no se le puede hallar ni en las imaginaciones, ni en los cálculos, ni en las especulaciones de la mente, ni en las cosas, porque Él es “el más allá de todo” (Gregorio de Nisa), y no está al alcance de nadie. Sólo por revelación se puede captar-contemplar su esencia. Buscó san Agustín a Dios en la sensualidad de las cosas, en el placer sensual, en el amor a su hijo Adeodato y a la que fue su madre,  en su amistad con Alipio y en la filosofía. Su búsqueda espiritual la focalizó Agustín fuera de su persona, como si Dios fuera un objeto entre otros objetos.

“Tú estabas dentro de mí y yo afuera. -dijo en sus Confesiones-. Tú estabas conmigo,  pero yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti  aquellas cosas que si no estuviesen en ti,  no existirían”. 
Tardó en darse cuenta de que vivía encerrado en la cárcel de la ignorancia. Sus barrotes eran su mente y sus sentidos. Consideraba como Dios lo que solo eran criaturas. Un día se rompieron para él los candados de esa cárcel y pudo percibir  la verdad sin barrotes:
“Me llamaste y clamaste,  y quebraste mi sordera; brillaste y resplandeciste,  y curaste mi ceguera; exhalaste tu perfume, y lo aspiré,  y ahora te anhelo; gusté de ti,  y ahora siento hambre y sed de ti; me tocaste, y deseo con ansia  la paz que procede de ti”.
Hermosa descripción de su experiencia. Echando mano de todos los sentidos corporales, que le tenían encerrados en su ignorancia, logra expresar su experiencia de conversión: Llamaste, clamaste (oído), brillaste, resplandeciste (vista), exhalaste y aspiré (olfato), gusté (gusto), me tocaste (tacto).  Es difícil describir  la experiencia de Dios y aquí se  hace recurriendo a la experiencia sensual.

La descripción se hace con conceptos. Pero quedarse en ellos es volver a la cárcel. La experiencia de Dios es algo inefable, imposible de encerrar y transmitir con ideas o palabras. Hay que ir más allá. Dios, más que estar como un objeto más a nuestro lado, es y existe más allá de la existencia de los seres. Yahvé (soy el que fue-soy-seré).  Dios es Todo, y “en Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). 

Ser iluminado es  sentirte parte de ese todo. Y eso solo se da en el recogimiento y la  humildad.  “Revelas, Padre, estas cosas a los pequeños”. Dios se revela a los humildes porque sólo quien se baja del pedestal del ego puede percibir la identidad de su yo, que no es un objeto sino un sujeto creado unido al Sujeto eterno.

* * *

Dios es Todo y es Nada. Hay mucha sabiduría en el anonadamiento de la Cruz, donde la persona queda despojada de todo lo superfluo y queda sostenida solamente en su esencia (amor de donación hasta fundirse en el Otro) Es un alivio llegar a esa experiencia de kénosis, de abajamiento y desaparición en Dios, de cruz, de nada, de iluminación.  Es salir de la cárcel a la que nos tiene atada la ignorancia. Porque no es de verdaderos sabios poner el ser en el afán de aparentar, de tener, de dominar. Ser es amar. La iluminación es el amor en estado puro.

La ignorancia es el mayor pecado del hombre. Recibir la iluminación es alcanzar la sabiduría divina: "Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria" (1 Cor 2,8). Es la ignorancia la que mató a Jesús, el autor de la vida y la gloria.  Es un deber pedir y trabajar por ser librados de este pecado.

Cansa y agota gastar tanta energía en perseguir ilusiones,  sin acertar a ver  que la felicidad no está en las cosas de fuera sino en gustar de Dios que, siendo “todo en todos” está en mí y me une a todos y a todo. 

Vivir esta unidad es encontrar la plenitud. “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis vuestro descanso”. Puedes entender ahora a san Juan de la Cruz: "El alma que anda en amor, ni cansa ni se cansa", porque ha gustado la sabiduría de los pequeños, ha recibido el don de la iluminación, y es libre.

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PARA LA ORACIÓN

*  Es importante  elegir un lugar tranquilo y un momento sin prisas para orar.

*Comienza “descargando” los agobios y problemas que traes. Te puede ayudar el hacer unas respiraciones  profundas y luego centrarte unos minutos en el vaivén de tu respiración.

*Abandona tus pensamientos, no le des cancha. Puedes prestar atención a tu respiración cada vez que te vayas tras ellos. Es un modo de volver a ti y unificarte ubicándote en el presente.

* Siéntete unido a todo y a todos en Dios. “En Ti vivimos, nos movemos y existimos”.

* Dios dentro de ti, llenándote todo. Dios fuera de ti, envolviéndolo todo. Dios en ti y en todo. Contémplate unido o unida en Dios a la creación entera. No te limites a pensar que eres parte del todo. ¡Estás en el Todo y todo está en ti! ¿No has tenido nunca esa sensación de unidad? Rememora.

* Todo está bien. Todo va bien. Dios es. … Déjate en el Todo. No pienses, no imagines, … simplemente, abandónate. … Permanece así el tiempo de oración.

*Termina agradeciendo a Dios haber conocido la Verdad.  Dale gracias, porque no esta en tus manos salir de la ignorancia; y sin embargo Él te libera de ella. “Gracias, Padre, porque has dado a conocer tu sabiduría a los pequeños”.

Al terminar la oración, toma nota de lo que has sentido y hacia donde sienes que se ha movido tu corazón. Anota llamadas concretas. 


EVANGELIO. 
Mt 11,25-30.


En aquel tiempo, exclamó Jesús: 

«Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor. 

Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. 

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.»

C. Acedo. Julio 2020

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