Buscar en este blog

martes, 29 de diciembre de 2020

Sobre el autoengaño


La realidad del auto-engaño

En la meditación cuarta sobre la humildad hemos señalado que uno de los grados, el séptimo en el computo de san Benito, consiste en “ser honrado con uno mismo”.

Aparentemente parece que es inconcebible y absurdo pensar que uno pueda engañarse a sí mismo; pero es algo tan rutinario en nosotros que no nos percatamos de ello. Casi podríamos decir que vivimos muchas facetas de nuestra vida instalados en la mentira, o en algo no menos nocivo:  la media verdad, un apaño mental que  nos permite ir tirando, pero sin apenas empuje. Todos sabemos que hay medias verdades que son más dañinas que la mentira.

¿Por qué me engaño a mí mismo? La respuesta puede estar en algo tan comprensible como el querer huir del sufrimiento. No me gustan algunas cosas que me suceden o me han sucedido en la vida, cosas que me inquietan e impiden vivir en paz. Hay en mi memoria acontecimientos  o elementos oscuros de los que me avergüenzo, tendencias e inclinaciones que descubro en mí mismo y que no me gustan, tareas que considero que debo realizar pero que temo hacer por el dolor o sufrimiento que sospecho me acarrearían; hay evidencias que debo asumir pero no me apetece, porque  me dan miedo.  

Ese miedo provoca en mi, de modo más o menos consciente, una reacción de “olvido”, de relegación mental de esos asuntos; y de este modo acabo creando una realidad parcial o incluso paralela, seleccionada según mis propios intereses, que excluye todo lo que estorba a mis planes. Me construyo un mundo ideal en el que me siento cómodo, un mundo confortable que justifico racionalmente y donde todo lo desagradable queda fuera.

Entro así en un sueño. Mi mente deja fuera de su consciencia  aquello que no quiere aceptar. Puede ser mi condición sexual, o mi avaricia oculta, mi miedo a comprometerme en una concreta relación de pareja, mis negocios poco limpios, la incongruencia de mis comportamientos morales contrarios a mis creencias, un acontecimiento personal o familiar que me avergüenza, etc. 

Aunque todos estos asuntos son objeto de mis pensamientos, sin embargo, mi ego se las apaña para no mirarlos con detenimiento, para apartarlos y esconderlos lejos del punto de mira de la contemplación directa. Todas esas cosas acaban formando un mundo que vivo en penumbra, una sombra  que no permito entrar en mi consciencia. 

Está claro que si quiero crecer espiritualmente necesito prestar atención a todo, adentrarme también en la contemplación de mis sombras, de aquello que no acabo de encajar; necesito despertar del mundo irreal que ha seleccionado y fabricado mi mente, y adentrarme en mi realidad,  aunque asumir todo lo que hasta hora he apartado de mi atención lleve consigo sufrimientos (cruz). No cabe duda de que  esos sufrimientos son purificadores y forman parte de la dinámica pascual (muerte-vida) de toda espiritualidad. 

La dinámica del auto-engaño

La fábula de Esopo la Zorra y la uvas expone de forma sencilla  la dinámica del autoengaño:

Estaba una zorra con mucha hambre, y al ver colgando de una parra unos deliciosos racimos de uvas, quiso atraparlos con su boca

Mas no pudiendo alcanzarlos, a pesar de sus esfuerzos, se alejó diciéndose:

—¡Ni me agradan, están tan verdes!


El hambre produce dolor a la zorra; y sabe que su solución puede estar en alcanzar las uvas del parral. Pero al no lograrlo se añade ella misma el sufrimiento del fracaso. Entonces se pone en marcha el mecanismo de justificación que alivie su frustración: las uvas están verdes. Se engaña a sí mismo ignorando su impotencia para conseguir su premio, y lo hace del modo más común: negando la realidad y culpando a otros de su desgracia: “no me agradan, están verdes”.

Es la forma en la que tú mismo o tu misma te engañas. Cuando la realidad no te gusta buscas justificaciones que no son sino mentiras. Es lo que hace el padre que trabaja sin descanso día y noche porque es ambicioso, pero se convence a sí mismo de que    lo hace por sus hijos a los que no dedica ni unos minutos al día; es la mentira de quien se queja de lo insolidario que es el mundo, pero rehúye comprometerse en un voluntariado social; el engaño de quien despotrica contra los ricos excluyéndose  de entre ellos mientras avariciosamente crecen los números en su cuenta corriente; el autoengaño del fundamentalista religioso o político que quiere imponer su fe y moral a los demás so pretexto de querer salvarlos;  la mentira del hipócrita  que impone a otros, a veces a sus hijos o pareja, exigencias de respeto y trabajo que no está dispuesto a imponerse  a sí mismo (Mt 23,1-4), etc.

No pararíamos de poner ejemplos. Y si somos honrados con nosotros mismos reconoceríamos que hay muchas cosas que pasan ante nuestras narices, cosas que nosotros mismos hacemos o dejamos de hacer y que marginamos no prestándo la debida atención sólo porque no conviene a nuestros interés, porque nos molesta el simple hecho de pensarlas. ¿No te has dado nunca cuenta de cómo justificas mentalmente tus pequeñas faltas de respeto y atención a los detalles que te exige la vida familiar o de amistad? Cuando no quieres dedicar tiempo y esfuerzo a cuidar, escuchar  o atender a alguien, siempre encuentras una explicación. El posible sufrimiento de no responder a las exigencia de tu conciencia te lleva a buscar justificaciones que adormezcan la intranquilidad interior.


Engaño personal y social

Las más de las veces todo lo dicho ocurre de modo inconsciente. Tu mente te ha acostumbrado a protegerte de la ansiedad disminuyendo la atención ante hechos y circunstancias que te desagradan. Y esta falta de atención personal a la realidad acaba  también creando una somnolencia o autoengaño social; así, situaciones que cada uno edulcoramos mentalmente acaban estableciéndose como mentiras sociales que se adornan con eufemismos. ¿No habéis oído nunca decir aquello de “mi padre está mejor en la residencia de mayores”, estoy de acuerdo con la “interrupción voluntaria del embarazo”, hay que ayudar a “bien morir” (eutanasia), "nadie es perfecto",  "una cosa es la teoría y otra la práctica", etc.? 

Con frases así nos engañamos y de paso vamos creando una sociedad engañosa. Tras nuestras matizaciones a la verdad suele haber un interés que nos lleva a convencernos y convencer a otros de que tal o cual creencia, actitud o acto, son lo mejor para todos, cuando en realidad lo único que justifico es mi propia conveniencia hecha conveniencia del grupo. 

Añadamos a esto que, cuando los automatismos mentales se vuelcan en regodearse atentamente en lo que produce placer ninguneando lo desagradable por miedo al sufrimiento, surgen unos “puntos ciegos” en nuestra atención, una incapacidad (ceguera) para ver cosas evidentes que ocurren en nosotros mismos o en nuestro entorno. ¿No has observado cómo hay cosas que todos ven en alguna persona y sin embargo ella es incapaz de verlas en sí misma? 

Y lo que ocurre a nivel personal, también se da a nivel social. Hay situaciones de injusticia muy evidentes, como por ejemplo el tema del control de la inmigración (¿no dice el articulo 13 de los derechos humanos que “toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”? ¿Dónde está escrito que los hombres no pueden circular libremente por el planeta?), o las grandes desigualdades sociales (¿cómo puede alguien dudar que sea una injusticia el hecho de que alguien sea multimillonario en un mundo de desigualdades abismales? ; sin embargo nuestro mundo liberal-capitalista es incapaz de ver la injusticia).

Una realidad distorsionada por una atención deficiente (realidad no-meditada) deforma nuestra percepción y experiencia e inhibe nuestra acción. ¿No notáis cómo nuestro siglo, en un uso indecente de los medios de comunicación, con la excusa de amortiguar el dolor echa mano de la distorsión de los hechos, a veces banalizándolos,  a fin de manipular la experiencia? Y con facilidad nos sometemos a los edulcorados criterios propagandísticos a fin de escapar a la dolorosa realidad.  ¿No ha ocurrido así con el cómputo y otras noticias acerca de la pandemia del coronavirus? La realidad que conocemos suele ser la que más nos agrada. ¿Cuántas veces has dejado de ver un programa de televisión, o un periódico, cuando dan opiniones que son contrarias a tus gustos e ideología? Tú mismo seleccionas la realidad y te cierras  así a una vida plena de felicidad, un estilo de vida que no rehúye sino que ama y respeta a los contrarios. Si sólo amo a mis amigos, ¿qué mérito tengo? ( cf    )

La meditación como terapia

Deberíamos concienciarnos de la importancia de la meditación-contemplación de nuestra realidad a fin de despertar de nuestros engaños, sean estos conscientes (culpable)  o inconscientes (ignorancia). La felicidad solo es posible en la verdad; es la verdad la que facilita  el crecimiento espiritual y nos hace  libres. Y es fácil de entender esto: lo que hacemos objeto de nuestra  atención plena (meditación) queda dentro del marco de nuestra conciencia y es susceptible de ser reconocido y sanado, mientras que aquello que es desechado termina desvaneciéndose. Aunque siempre estará en el fondo, inclinando la balanza hacia el abismo, y  puede emerger dolorosamente en cualquier momento.

Decía Williams James que “mi experiencia es aquello a lo que estoy dispuesto a prestar atención. Y mi mente va siendo modelada por los ítems que recibo”. Cuando no vivo como pienso acabo pensando como vivo. Para ello solo tengo que mentirme un poco no dando importancia a lo que no satisface mis intereses. Nadie dio importancia al covid-19 hasta que le tocó dolorosamente en carne propia o de amigos o familiares cercanos. Faltó atención, contemplación de la realidad en su justa densidad. Cuando se tomó conciencia se inició el camino hacia la vacuna. Lo mismo ocurre con tantos y tantos virus personales que nos negamos a reconocer en nuestro yo.

Meditar es un buen camino para conocernos y poder salir de la dinámica de autoengaño en la que, por desgracia, estamos sumidos. Hay muchas cosas que pasan inadvertidas en nosotros porque no queremos mirarlas detenidamente; y como no las advertimos no las podemos cambiar al menos que seamos consientes de ellas y determinemos, aunque no nos guste, aceptarlas y trabajarnos espiritualmente para sanar nuestro yo.

* * *

Para practicar el conocimiento propio

Dice la carta de Santiago que “quien oye la palabra y no la pone en práctica se parece al hombre que se miraba la cara en un espejo y, apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era. Pero el que se concentra en una ley perfecta, la de la libertad, y permanece en ella, no como oyente olvidadizo, sino poniéndola en práctica, ese será dichoso al practicarla” (Sant  1,23-25). Y valga esta cita para que la apliquemos a la meditación y el silencio. Sin práctica, todo lo escrito aquí es un discurso inútil. Sólo la práctica del silencio y  la meditación nos puede hacer dichosos.

Y aquí me gustaría señalar la importancia del tema que hoy nos ocupa. Para ser honesto con uno mismo es de vital importancia abrir los ojos de la inteligencia y el corazón al hecho de que el mayor obstáculo para el crecimiento espiritual soy yo mismo. Solemos acusar de nuestros fracasos a personas o circunstancias externas a nosotros. “Si hubiera nacido en otra familia, si no fuera por lo difícil que está la situación actual, si mi trabajo me lo permitiera, si yo tuviera mejores medio, si mis hijos fueran más obedientes, etc.” Estos condicionales son un autoengaño, una manera de echar fuera la responsabilidad, una manera de justificar lo injustificable. Esos obstáculos se pueden mirar más como oportunidades que como impedimentos.  

Nos chantajeamos a nosotros mismos cuando echamos mano de argumentos externos para no tener necesidad de mover algo dentro de nosotros. Si pusiéramos empeño en conocernos y entrenarnos para vivir en la realidad seríamos invencibles; nada fuera de nosotros nos podría apartar de la sabiduría. Pero hay en nuestro castillo interior un traidor, un ego que se ha colado de polizón y no te deja ser tú mismo al dar juego a elementos poco recomendables: miedos, complejos, pasividad, acomodamiento… El enemigo está dentro de ti, y te engaña convenciéndote de que es bueno ocultar lo oscuro, porque sacarlo a la luz no es conveniente y no te servirá de nada. 

No es fácil ejercitarse en la honestidad personal, pero te propongo:

1.- Que escojas algún elemento de tu personalidad que no te guste y que normalmente rehuyes. Un complejo, un miedo, una experiencia dolorosa que no quieres recordar, una vergüenza que quieres tapar, una justificación para no cambiar alguna actitud… Puedes pensar en alguna persona, ideología u opinión, hacia la que sientes rechazo y sueles dejar en la penumbra en cuanto aparece.

2.- Mira ese elemento con serenidad en el tiempo de meditación. Sácalo de la sombra y préstale atención plena.  Hazlo con cariño  sin rechazo, como un miembro herido de tu cuerpo que quieres sanar. Mira que Dios te quiere tal como eres.

3. Interioriza esto: yo no soy la verdad, la única verdad es Dios y su Palabra (Jn 14,6). Sólo Él me puede dar la luz y la felicidad. "Tu luz, Señor, nos hace ver la luz" (Sal 35,10). Observa cómo a medida que te conoces a Jesús (la luz) te vas conociendo más a ti mismo en tu naturaleza original, en lo que eres: Hijo de Dios. 

3.- Pide la gracia de conocerte y aceptarte a fondo, en tu realidad total, más allá de tu agrado, más allá de tus intereses.

Cuando termines la oración, escribe tus impresiones. No será fácil poner al descubierto las mentiras que has mantenido ocultas durante tantos años, pero es un trabajo que merece la pena. Romper esquemas de bienestar es sano y facilita la aventura de recorrer caminos siempre nuevos.

Casto Acedo. Diciembre 2020.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Meditación en la humildad (4)


Ser honrado con uno mismo. 
Estar dispuesto a aprender de los demás. 

Nota para que no nos perdamos:  lo que estamos meditando en el grupo lo emmarcamos en la necesidad del propio conocimiento que santa Teresa pide ejercitar en la tercera morada para así crecer espiritualmente. Seguimos dando pasos en este conocimiento personal a partir de los grados de humildad de la regla de san Benito; lo hacemos ayudados por la obra de J. Chitistter, Doce pasos hacia la libertad interior. Aquí abordamos los grados séptimo y octavo: Ser honrado acerca de uno mismo y estar dispuesto a aprender de los demás. 

No debemos olvidar que la humildad, tal como la entiende san Benito, es un proceso que aprendemos grado a grado y que abarca todas las facetas de la vida. Además, no hay que caer en la trampa de creer que se trata de adquirir unas habilidades sociales adaptables a lo que nos sale al paso en la vida; la humildad no es una técnica, una habilidad recurrente, sino un modo de verse a uno mismo y de ver el mundo. 

Los seis primeros pasos son sencillos: ser conscientes de la presencia de Dios, aceptar su voluntad, vivir la obediencia, ser paciente, dejarse guiar por un buen director espiritual, y no ceder el lugar que debe ocupar Dios al dinero u otros bienes materiales. Los grados séptimo y octavo nos llevan aún más arriba, o mejor decir abajo. Nos enseña san Benito en ellos que la mera relación con Dios no basta; e incluso puede ser falsa y causa de una refinada soberbia. La humildad no es una genuflexión ante el sagrario, ni un golpe de pecho, ni una inclinación de cabeza ante el altar o el obispo; la humildad, lo hemos dicho, no es la práctica de unos cuidados gestos externos ejercida desde la mirada altiva de quien está más alto en la pirámide social. 


Sé honrado contigo mismo 

El séptimo grado es una verificación de los otros seis. Sólo se llega a él tras haber encontrado a Dios verdaderamente. Así lo expone san Benito: “El séptimo grado de humildad consiste en creerse el último y peor de todos, no sólo de palabra sino en lo más profundo de su corazón, humillándose y diciendo con el profeta: Pero yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo (Sal 22,6). Me he ensalzado y he sido humillado y confundido (cf Lc 14,11). Y también: Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus mandamientos (Sal 19,71)”. 

Este grado es un obstáculo escandaloso para el mundo moderno, que se mueve bajo la guía de eslóganes tales como “sé el mejor”, “no te prives de nada”, “muestra a todos tu fuerte personalidad”, “no te arredres ante tus aspiraciones a subir”… Esto no congenia bien con el consejo del maestro benedictino: no sólo decir sino llegar a creer que realmente eres el más vil de todo, el más débil, "un gusano y no un hombre”. ¿No va esto contra el mito moderno de la autorrealización? Visto a la ligera parece que sí, pero contemplado atentamente podemos decir que este grado de humildad no es una barbaridad o una mala psicología. 

Lo que se ofrece en este grado no es una perversión psicológica, sino lo mejor que la experiencia humana puede ofrecer. Nadie puede ser eternamente el mejor, ni tenerlo todo, ni seguirá adelante constantemente. El impío grial de la autorealización total es un espejismo, un sueño inalcanzable, una aspiración que sólo conduce a un árido desierto espiritual. Cuando tenemos que ser los mejores no podemos ser nosotros mismos. 

En el séptimo grado de humildad san Benito te invita a dejar de engañarte acerca de ti, a aceptar lo que siempre has sabido: que te has engañado a ti mismo o a ti misma y que has tratado de engañar a los demás. Por mucho que hayas aparentado o creído aparentar ante ti mismo o ante los que te rodean, no dejas de ser tu propio yo débil, herido y atemorizado. 

En este grado aprende a relajarte. Una vez que te conoces y dejas de fingir ser lo que no eres te liberas para aceptarte y aceptar a los demás. Ya no tienes que fingir. La energía que gastabas en ocultarte a ti mismo y ocultar a los demás tus carencias puedes canalizarla entonces de modo más positivo tratando amablemente a los demás, porque los sentirás más cercanos, más iguales, tan dignos de compasión como tú mismo o tu misma. El vecino alcohólico no será un paria sino un ser humano tan digno como tú; la pobre chica del rellano, a la que consideras un tanto ligera de cascos pasa a ser tu hermana cuando descubres que tú mismo no eres tan formal como aparentas; al compañero de trabajo, tan pelma él, lo miras de otro modo, porque terminas aceptando que también tú eres con frecuencia un incordio para los otros. 

Llegar a este grado te ayudará a reconocer que también tú puedes perder el auto-control que crees tener sobre tu vida (¡lo tengo todo tan controlado!); y perder el control no es una tragedia; en la aceptación de tus fallos, al amarte en lo que eres, te abres a comprender y aceptar a los demás en lo que son. Y, como ya hemos dicho, tienes la ocasión de volverte más amable; y, curiosamente, v serás más amado por todos, porque los demás suelen amar más a quien es y se sabe débil que al engreído. Si lo miras con atención, reconocer tus caídas te hace sentir más humano, más cercano a la humanidad.

Cuando entras en tu interior, donde la necesidad de impresionar no enturbia el entendimiento, descubres el vestuario y el maquillaje, la distancia y la iluminación, que, de cara a la galería, pones en todo lo que haces. Ahí hay algo que la gente no llegará nunca a ver, tu propio yo. Y es ese yo el que debes aceptar tal como es. La sana conversión espiritual consiste en volverte a tu realidad personal más íntima, a tu yo. Ahí sabes que no eres la Virgen María, sino María Magdalena; sabes que no eres san Juan sino Judas. Ahí hay espacio para cambiar, para convertir tu vida. 

Cuando vives engañándote a ti y a los demás, queriendo aparecer como criterio de perfección; cuando impones tus creencias y tu ley como norma social porque te crees en posesión de la verdad, ¿qué espacio dejas al avance espiritual? El séptimo grado de humildad te pide tener espacio de sobra para crecer; gracias a este grado puedes abrirte a nuevas posibilidades. Siempre hay alguien y algo nuevo que descubrir. La humildad de reconocerte como imperfecto y débil facilitará pasar al octavo grado: estar dispuesto a aprender de los demás. 


Estar dispuesto a aprender de los demás 

“El octavo grado de humildad –escribe san Benito- consiste en que el monje no haga más que lo que le proponen la regla común del monasterio y el ejemplo de los mayores”. 

El octavo grado nos libera de perder el tiempo queriendo alcanzar la luna; nos proporciona, en línea con el tercer grado ya comentado en otro lugar, un respeto por los demás, una agudeza para admirar entusiasmados a los grandes espirituales en lugar de perdernos trazando torpemente nuestro propio camino con la soberbia convicción de que  somos unos iluminados o iluminadas. Aquí se  invita a permanecer abajo, en la corriente de la vida, para aprender lo que los demás han aprendido antes que nosotros. Ser discípulo o discípula. El discipulado presupone la humildad de reconocer la propia ignorancia preguntando y aprendiendo de los maestros; vinculados a ellos, y sobre todo al Maestro Jesús, no cometemos el error de ser nuestro propio guía ciego (cf Mt 15,14). 

La humildad es aquí cemento de relaciones. En este grado descubres la importancia de la amistad, el comienzo de la fe, que no puede crecer en solitario sino en comunidad. No puedes caminar en solitario. Tus amigos, tu grupo de oración y estudio, y la comunidad toda, tienen mucho que ensañarte; para ello solo necesitas respeto por la experiencia ajena y confianza en otras personas. A esto te faculta la humildad; la conciencia de tu limitación te abre la puerta a recibir con agradecimiento ejemplos y lecciones de Dios y de los demás. 

* * * 

Aprende, pues, que la verdadera humildad no es una virtud para presumir de santidad, para que te adoren; y menos aún para adorarte a ti mismo o a ti misma. Esto sería muy dañino; porque el auto-culto es siempre principio de crueldad ya que acabarás queriendo someter a los otros bajo la tiranía de tus propios criterios. Por este motivo alcanzar este grado de humildad, es trabajar por la paz. Primero la paz interior que ganas al aceptarte en tu realidad y no tener que violentarte fingiendo lo que no eres; y también estás trabajando por la paz del mundo, porque quien conoce y acepta su pequeñez no se vuelve contra nada y contra nadie sino a favor de todo y de todos. La aceptación del propio ser en humildad es fuente de compasión y paz. 

Casto Acedo. Diciembre 2020. paduamerida@gmail.com

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Desmontar la necesidad de agradar

Unida a la meditación en la humildad-3  va esta reflexión e invitación a la práctica del propio conocimiento. Recordad que estamos profundizando en las terceras moradas de santa Teresas, en concreto en el tema del conocimiento de un@ mism@ y la humildad. "Humildad es andar en verdad", decía la santa, es conocerse en la propia verdad. 


"Cuidaos de no practicar  vuestras buenas obras  delante de los hombres  para ser vistos por ellos" (Mt 6,1).


Todos hemos crecido alimentando en nosotros la necesidad de aprobación. Ya de niños nos enseñaron qué teníamos que hacer para ganarnos la sonrisa y el cariño de otros. En la escuela se nos adoctrinó acerca de cómo debemos comportarnos para crecer como personas de provecho, y si repondíamos a lo que se esperaba de nosotros éramos premiados; en caso contrario castigados.

La catequesis hizo crecer en muestra mente el esquema de la aprobación; en este caso bajo la mirada de un Dios que premia o castiga según que nuestras obras le agradaran o no. De este modo las religiones han domesticado el mensaje de los líderes religiosos hasta hacer de ellos unos conformistas sociales; a pesar de que un estudio cuidadoso de Jesucristo nos demostrará que no era una persona cuya aspiración era la de agradar a los demás, sino todo lo contrario: alguien que provocó con sus palabras y actitudes el rechazo y la censura. Lo mismo cabría decir de los otros fundadores de religiones, que fueron rebeldes al sistema imperante.  Pero hemos domesticado su mensaje adaptándolo a la cultura de la “aprobación social”. 

La educación que recibimos en el instituto,  en la universidad o en el centro de formación laboral fue otro tanto de lo mismo. Escogimos estudios que gozaran del visto bueno de nuestros padres o de la salida laboral o el prestigio que la sociedad nos pedía para responder a sus demandas. Siempre pendientes de la aprobación ajena. 

No hemos estudiado lo que nos gustaba, ni expusimos en los exámenes lo que realmente pensábamos o sabíamos, sino aquello que nos proporcionara el aprobado del profesor. Y luego, terminada la formación, nos hemos puesto a trabajar, y a fin de triunfar seguimos buscando la aprobación del jefe o de quienes nos puedan facilitar un ascenso. 

Con los amigos, la pareja, los compañeros de trabajo, más de lo mismo. Siempre es más fácil responder a lo que esperan de mi que complicarme la vida poniendo sobre la mesa mis verdaderas ideas y sentimientos. He aprendido a adaptar mis respuestas a lo que otros esperan de mi. Y así he ido sorteando la vida, sin enfrentarme a ella,  huyendo de mi realidad. 

El precio pagado para obtener beneplácito de otros ha sido muy alto: cuando he actuado así he sacrificado mi auténtico ser (yo) a costa de engordar una falsa imagen de mí mismo (ego). La necesidad de aprobación ha hecho de mí un títere que se mueve al ritmo que marcan otros. Y esto, en muchas ocasiones,  no ha hecho más que producir en mí amargura, tristeza y desencanto.

A veces estallamos violentamente ante los demás. ¡Chic@, no hay quien te conozca! ¿Cómo sales hoy tan respondon@?¡No esperaba eso de ti!

Hemos aguantado mucho tiempo con la propia identidad escondida y represada; hemos callado para no crear conflictos, para no desagradar; hemos acallado los pensamientos por miedo al rechazo; hemos moderado o corregido la propia opinión adaptándola al oyente; hemos reprimido nuestra personalidad por temor a que nos rechacen y nos excluyan del rebaño;… pero llega un momento en que el "yo" se rebela y se impone violentamente. 

Hay quienes no entienden que una persona tan formal y tímida hasta entonces, de repente, explote. Pero tiene su lógica. La olla a presión tiene un límite de resistencia. Cuando la presión (represión) a la que se somete el yo debido a la necesidad de agradar no encuentra una válvula de escape revienta violentamente o se desinfla cayendo en la depresión.

* * *

 

Creo que no nos costará mucho esfuerzo vernos reflejados en lo expuesto.  


Pues bien, la necesidad de aprobación nace de algo falso, pero que nosotros hemos establecido como real desde siempre: para ser feliz necesitamos la aprobación de los demás, y para ganar ésta debemos someter  nuestros gustos y criterios a lo que ellos esperan de  nosotros. Esta creencia firmemente arraigada en nuestra mente y nuestro corazón nos pone en situaciones muy difíciles en la vida, y con frecuencia nos obliga al fariseísmo. 


No  somos tan perfectos como quieren los demás que seamos, pero ¿cómo desmontar la imagen que les  hemos vendido hasta ahora? Y si declaro lo que realmente soy y pienso, ¿no me rechazarán?, ¿no me quedaré sin amigos? ¿no  me repudiará mi pareja? ¿Podré conservar mi puesto de trabajo? … Por miedo a la intemperie y la soledad preferimos seguir vendiendo una imagen ficticia de nosotros y escondiendo la realidad. "Sepulcros blanqueados" (Mt 23,27), decía Jesús.

 

Lo que hacemos al querer agradar siempre es tan inútil como absurdo. Pienses lo que pienses, digas lo que digas, hagas lo que hagas, siempre habrá gente que estará de acuerdo contigo y gente que no.  Y seguramente, contra tu pronóstico, tendrás más aceptación cuando seas tú mismo que cuando juegas a dar coba a tu interlocutor. Pruébalo. 


Pierde el miedo a opinar cuando tus ideas son contrarias a las que exponen otros; plantea los temas desde tu punto de vista, aunque choque con los otros; hazlo con respeto y verás como, aunque al principio te cueste, irás descubriendo un mundo nuevo a tu alrededor. Un mundo en el que tú no serás una marioneta en manos de otros; serás tú mismo. Muchos te rechazarán (no has nacido para agradar a todo el mundo), pero seguro que otros muchos te valorarán y respetarán como nunca lo han hecho hasta ahora .

* * *


Practicando 

Propongo un ejercicio que ayude a tomar conciencia de cómo tendemos a vender una imagen de nosotros que sea del agrado y aprobación de  los que nos rodean,  sometiéndonos para ello a sus criterios. Simplemente, al acabar el día, constata si has vivido algún hecho como los que se mencionan a continuación o similar:

* Has adulado a algún interlocutor buscando (yo diría mendigando) su cariño.

*Te has sentido humillado o insultado porque alguien ha declarado una opinión contraria a la tuya.

*Has hecho algún favor a otra persona y te ha quedado cierto resentimiento porque lo has hecho forzado.  No te  has atrevido a decirle que no.

* Has  dicho algo que no piensas sólo por evitar que los que te escuchan te den de lado (miedo al rechazo).

*Has propagado chismes y habladurías sólo por llamar la atención y disfrutar de la atención que te prestan tus oyentes.

* Estás ansioso porque los demás aprueben y alaben algo bueno que has dicho o  has realizado. Y si lo minusvaloran te hundes.

 

Puedes tomar nota de alguna  experiencia igual o parecida que hayas vivido durante el día o la semana. Mira lo más objetivamente posible el hecho a fin de extraer lecciones para liberarte de esa costumbre que te lleva a buscar la aprobación de otros. 


Sólo por el hecho de hacerte consciente de esas reacciones automàticas para recibir aprobación estás  poniendo el cimiento para ser más libre, más dueño de ti mismo.

 

Puedes seguir estos pasos


1.   1. ¿Qué ocurrió? Repasa el acontecimiento, y míralo sin juzgarlo (evita sentimientos de culpa o impotencia).toma nota

2.  2. ¿Qué me motivó a hablar o actuar así? No tengas miedo a reconocer el poder que la “imagen de quieres dar de ti mismo” ha tenido en tu respuesta o reacción.

3.   3. ¿Reconozco en lo dicho u hecho un deseo de ser aprobado a costa de ceder en mis verdaderas opiniones o posturas? Sin ser duro o dura  contigo, reconoce humildemente tu error. Sólo así podrás corregirlo en otra ocasión.


Este tipo de experiencias son muy comunes en el día a día. Solemos verlas en los demás. Nos cuesta verlas en nosotros. Nos falta humildad. Y además, la costumbre ha hecho que formen ya parte de nuestro vivir rutinario. 

Es importante que te liberes del “qué dirán”. Tus actos deben partir de un decisión personal, fruto de un conocimiento recto (conciencia formada en la bondad y la verdadera compasión). A partir de la toma de conciencia del hecho deberías estar más atento cuando se repita y crear mecanismos para dar la respuesta más adecuada a tus ideas y convicciones propias. Se hace camino al andar.

Y no te autoengañes. Cuando te sientes mal (dolido, deprimido, ofendido…) porque alguien no te aprueba, que sepas que, aunque tú crees que es él el responsable de tu desdicha, no es así. El problema es tuyo, y al cargar la responsabilidad sobre otro te estás ocultando la herida, con lo cual haces imposible la curación.

* * *

Es importante ser tu mismo, con tus debilidades, tus ideas acertadas unas veces, equivocadas otras, pero tú mismo. Estás llamado o llamada a ser un loco o una loca, una persona rara por su originalidad, que no tiene por qué someterse a nadie, basta que sea ella misma respetando, que no sometiéndose, a lo otros. Una aloca o un loco  original, como el que describe la parábola de Kalil Gibrán.

El loco (1918)

Me preguntáis como me volví loco. Así sucedió:

Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras -si; las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado, y que llevé en siete vidas distintas-; corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:

-¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!

Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:

-Miren! ¡Es un loco!

Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro, y mi alma se inflamó de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance, grité:

-¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!

Así fue que me convertí en un loco. Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser. Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón.

Medita esta parábola y aprende a no vivir esclavo de la aprobación de otros. Hallarás libertad y seguridad, “la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser”.

Nota: las referencias psicológicas a la necesidad de aprobación están recogidas muy resumidamente del capítulo III de Wayne W. Dyer, en Tus zonas erróneas.

Casto A. Diciembre 2020

Meditación en la humildad (3)

Esta semana deberíamos haber tenido encuentro de meditación. Pero debido a ser la víspera de santa Eulalia lo retrasamos hasta el miércoles 16. No obstante, os adelanto el tema. Así lo podéis leer, y el próximo miércoles podemos dedicar más tiempo al silencio. 

Soltar el perfeccionismo y la codicia

Muchas veces nos equivocamos, y es de sabios reconocer los propios errores y recomenzar. El error no es un fracaso sino una oportunidad; el fracaso no es caer sino quedarse en el suelo. 

El primer grado de humildad, dijimos que es la conciencia de la presencia de Dios en la vida, en palabras de san Benito: “tener siempre presente el temor de Dios sin dejarlo en olvido”; el segundo la aceptación de la voluntad de Dios: “no ames tu propia voluntad ni satisfagas sus deseos”; el tercero nos invitaba a reconocer el valor de la experiencia de los que nos rodean y dejarse guiar, "que por amor a Dios el monje se someta al superior con total obediencia”, el cuarto grado pide perseverancia: “armarse interiormente de paciencia cuando, al obedecer, se le presenten situaciones difíciles e ingratas, incluso hirientes. Soportándolas no se canse ni desista”. 

Ahora vamos a abordar los grados quinto y sexto, que invitan a reconocer las propias faltas: “no ocultar al abad en humilde confesión todos los malos pensamientos, ni el mal hecho a escondidas”, y a vivir con sencillez: “contentarse con lo despreciable y lo último”. 

Respecto a estos grados quinto y sexto, podemos comenzar anotando  que la humildad tiene mucho que ver con la aceptación de uno mismo, algo que no es fácil. Una cosa es reconocer la presencia de Dios y el valor ajeno, y otra muy distinta es aceptarnos en lo que somos, teniendo menos cosas de las que quisiéramos tener y renunciando a la imagen que, ante nuestros ojos y los de los  demás,  nos hemos ido forjando desde niños

En estos grados san Benito desenmascara dos demonios: la tiranía de la perfección y el peligro de la codicia. Ambos demonios son hermanos, y alimentan el desasosiego quebrando la paz interior. Para el crecimiento espiritual se impone, pues, conocernos en estos grados y liberarnos del apego a la imagen social que vendemos (ego) y a la tiranía del consumo como valor supremo (codicia). 


El culto a la propia imagen 

Respecto al quinto grado, el culto a la imagen, o el perfeccionismo, hemos de decir que nos esclaviza porque nos aleja de la fuente de nuestra felicidad, que no está en lo que desde fuera vean y digan de ti los demás, sino  en la visión que de ti mismo tienes dentro. Lo que me hace feliz no es lo exterior, sino la adecuada visión interior acerca de todo lo que me acontece y me rodea. 

Al cultivar nuestra imagen exterior damos de lado a nuestras verdaderas necesidades y vivimos en constante tensión, ocupados y consumidos por el miedo a ser descubiertos, y sometidos a la terrible necesidad de controlar a los demás para conseguir su alabanza. Emergen aquí la competitividad, la envidia y los celos, generándose así unas luchas interiores que consumen nuestras energías y nos amargan la vida. 

La regla de humildad de san Benito viene a decirnos, ya en el siglo VIII, algo que confirma ampliamente la psicología moderna: debemos dejar de llevar máscaras y no debemos pretender ser perfectos, aceptando nuestras debilidades y limitaciones. 

Es importante “confesar”, sacar a la luz esa ciénaga de engaños, luchas e incertidumbres, en las que de algún modo se puede haber convertido tu vida. Situado ante alguien que te quiere -amigo o amiga, esposo o esposa, padre o madre, sacerdote, …- es bueno hacer una buena confesión, destaparte, desahogar tu propia interioridad, desprenderte de las falsas imágenes y empezar a ser quien verdaderamente eres. Este diálogo-confesión te ayudará a sacar lo mejor de ti una vez descargada la falsedad que tanta energía te robó. 

La mayor tragedia de la vida consiste en negar la propia insuficiencia y no recurrir a otros cuando caemos. Nos destruimos cuando no confesamos el germen de codicia, ambición, ira y lujuria en el momento mismo en que está creciendo en nuestro corazón. Para ello es bueno recurrir a personas sabias que nos quieren y nos rodean. Sometiéndonos a la escucha de nuestros problemas entramos a fondo en ellos y buscamos salidas beneficiosas. 

La humildad nos hace valientes. Una vez que admitimos lo que somos, ¿qué otra crítica puede rebajarnos, menoscabarnos o destruirnos? Cuando sabes lo que realmente eres mueren tus falsas ilusiones de grandeza y desaparece el ego fariseo que convive contigo. 

Una vez que te deshaces de la carga que supone la perfección, puedes empezar a relajarte y vivir con las puertas abiertas al sol de la sinceridad; estarás  en paz con el mundo.  Ahora la única perfección que debes perseguir es la de una buena disposición a comenzar de nuevo, aprendiendo de tus imperfecciones. 


Vivir con sencillez 

El sexto grado, vivir con sencillez, fluye junto al quinto. El perfeccionismo y el cultivo de la imagen llevan consigo la sensación de que tenemos derecho a algo. Entonces nos convencemos de que sólo seremos felices si la vida nos premia con el éxito económico y social. A partir de aquí la posesión de títulos y bienes se convierte en una necesidad agobiante. 

San Benito opone a todo esto su método de vida espiritual, que enseña que lo mejor es “contentarse con lo despreciable y lo último”, con lo cual nunca me volveré a sentir frustrado ni insultado. No tendré que sentirme avergonzado de mi casa, mi coche, mi ropa, mi barrio, mis servicios electrónicos, mi modelo de teléfono móvil, etc. Al saber y aceptar quién soy no tengo que aparentar ser de otra manera, ni ser otra persona. Me siento cómodo conmigo mismo, y si para mejor o peor hay cambios en las cosas exteriores, no tengo que cambiar con ellas ni sentirme insignificante en mi interior. 

La humildad se vive tomando la vida en la mano tal como viene. No se obstina en ser más sino que es consciente de que el presente es lo que hay, y vive el ahora, aunque sin negarse a que el futuro pueda ser mejor. Vivir las aspiraciones a mejorar desde el realismo. La humildad nos hace capaces de ver que el presente contiene riquezas a nuestra disposición que no habíamos visto antes porque teníamos los ojos puestos más allá del momento actual. La felicidad está en aceptar lo que al presente tenemos, evitando envidiar a nadie por lo que tiene y no dejándonse atrapar por la ambición. Procurar lo necesario es una lucha, mejorarlo una aspiración, pero querer tenerlo todo corroe el alma. 

Lo que necesitamos para ser felices en la vida es algo más que cosas. En lo material basta tener lo necesario para el cuidado del cuerpo a fin de que nuestro espíritu pueda desarrollarse en libertad. Por eso es bueno practicar el autocontrol en el consumo. ¿Por qué no tener cosas que nos es posible tener? Sencillamente porque no las necesitamos, porque nos sobrecargan y atan nuestra vida a aspectos inferiores: no hay tiempo de lectura cuando hay que cuidar una casa excesivamente grande, no hay tiempo para la familia mientras se atiende a una empresa que no deja de crecer, no hay tiempo para meditar cuando se tiene tanta preocupación por cuidar y conservar los bienes… 

Además, está el aspecto social: la acumulación, el acaparamiento, el hiperconsumismo, son contrarios a la bondad cuando hay cada vez más pobres. La pobreza económica no es una virtud, pero sí lo es la austeridad y la sencillez en el uso de las riquezas que se poseen. La humildad consiste en hacer de ellas un uso debido, cuidado, generoso y de manos abiertas. El desafío es el de vivir proféticamente en un mundo que piensa únicamente en términos de conseguir más en lugar de en términos de tener lo suficiente. La humildad, la verdadera humildad, exige que poseamos únicamente para dar y que acumulemos únicamente para compartir. 

Admitir quienes somos en verdad y aprender a conformarnos con lo que tenemos, han de ser consideradas como dos piedras angulares de la humildad. Nos dan paz en un mundo en plena confusión. Es importante tener en cuenta que nuestra felicidad o tristeza, nuestra dicha o desdicha, dependen en su mayor parte no de las circunstancias sino de la actitud con la que encaramos esas circunstancias. 

* * *
"El que se enaltece será humillado, el que se humilla será enaltecido" (Mt 23,12). La humildad es la clave para levantarse en la vida y enriquecer el alma.  Hemos expuesto dos nuevos aspectos de esta virtud según san Benito: desmontar las imágenes falsas que ofreces a los demás y aprender a vivir con lo que tienes sin ambicionar bienes superfluos.  Es bueno que en la tarea de autoconocimiento que te has propuesto no te dejes engañar. Aprende a ser  quien eres, vacíate de títulos y pretensiones, reconoce tus imperfecciones, y aprende a vivir con lo esencial renunciando a los bienes superfluos.

C. A. Diciembre 2020.