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martes, 29 de diciembre de 2020

Sobre el autoengaño


La realidad del auto-engaño

En la meditación cuarta sobre la humildad hemos señalado que uno de los grados, el séptimo en el computo de san Benito, consiste en “ser honrado con uno mismo”.

Aparentemente parece que es inconcebible y absurdo pensar que uno pueda engañarse a sí mismo; pero es algo tan rutinario en nosotros que no nos percatamos de ello. Casi podríamos decir que vivimos muchas facetas de nuestra vida instalados en la mentira, o en algo no menos nocivo:  la media verdad, un apaño mental que  nos permite ir tirando, pero sin apenas empuje. Todos sabemos que hay medias verdades que son más dañinas que la mentira.

¿Por qué me engaño a mí mismo? La respuesta puede estar en algo tan comprensible como el querer huir del sufrimiento. No me gustan algunas cosas que me suceden o me han sucedido en la vida, cosas que me inquietan e impiden vivir en paz. Hay en mi memoria acontecimientos  o elementos oscuros de los que me avergüenzo, tendencias e inclinaciones que descubro en mí mismo y que no me gustan, tareas que considero que debo realizar pero que temo hacer por el dolor o sufrimiento que sospecho me acarrearían; hay evidencias que debo asumir pero no me apetece, porque  me dan miedo.  

Ese miedo provoca en mi, de modo más o menos consciente, una reacción de “olvido”, de relegación mental de esos asuntos; y de este modo acabo creando una realidad parcial o incluso paralela, seleccionada según mis propios intereses, que excluye todo lo que estorba a mis planes. Me construyo un mundo ideal en el que me siento cómodo, un mundo confortable que justifico racionalmente y donde todo lo desagradable queda fuera.

Entro así en un sueño. Mi mente deja fuera de su consciencia  aquello que no quiere aceptar. Puede ser mi condición sexual, o mi avaricia oculta, mi miedo a comprometerme en una concreta relación de pareja, mis negocios poco limpios, la incongruencia de mis comportamientos morales contrarios a mis creencias, un acontecimiento personal o familiar que me avergüenza, etc. 

Aunque todos estos asuntos son objeto de mis pensamientos, sin embargo, mi ego se las apaña para no mirarlos con detenimiento, para apartarlos y esconderlos lejos del punto de mira de la contemplación directa. Todas esas cosas acaban formando un mundo que vivo en penumbra, una sombra  que no permito entrar en mi consciencia. 

Está claro que si quiero crecer espiritualmente necesito prestar atención a todo, adentrarme también en la contemplación de mis sombras, de aquello que no acabo de encajar; necesito despertar del mundo irreal que ha seleccionado y fabricado mi mente, y adentrarme en mi realidad,  aunque asumir todo lo que hasta hora he apartado de mi atención lleve consigo sufrimientos (cruz). No cabe duda de que  esos sufrimientos son purificadores y forman parte de la dinámica pascual (muerte-vida) de toda espiritualidad. 

La dinámica del auto-engaño

La fábula de Esopo la Zorra y la uvas expone de forma sencilla  la dinámica del autoengaño:

Estaba una zorra con mucha hambre, y al ver colgando de una parra unos deliciosos racimos de uvas, quiso atraparlos con su boca

Mas no pudiendo alcanzarlos, a pesar de sus esfuerzos, se alejó diciéndose:

—¡Ni me agradan, están tan verdes!


El hambre produce dolor a la zorra; y sabe que su solución puede estar en alcanzar las uvas del parral. Pero al no lograrlo se añade ella misma el sufrimiento del fracaso. Entonces se pone en marcha el mecanismo de justificación que alivie su frustración: las uvas están verdes. Se engaña a sí mismo ignorando su impotencia para conseguir su premio, y lo hace del modo más común: negando la realidad y culpando a otros de su desgracia: “no me agradan, están verdes”.

Es la forma en la que tú mismo o tu misma te engañas. Cuando la realidad no te gusta buscas justificaciones que no son sino mentiras. Es lo que hace el padre que trabaja sin descanso día y noche porque es ambicioso, pero se convence a sí mismo de que    lo hace por sus hijos a los que no dedica ni unos minutos al día; es la mentira de quien se queja de lo insolidario que es el mundo, pero rehúye comprometerse en un voluntariado social; el engaño de quien despotrica contra los ricos excluyéndose  de entre ellos mientras avariciosamente crecen los números en su cuenta corriente; el autoengaño del fundamentalista religioso o político que quiere imponer su fe y moral a los demás so pretexto de querer salvarlos;  la mentira del hipócrita  que impone a otros, a veces a sus hijos o pareja, exigencias de respeto y trabajo que no está dispuesto a imponerse  a sí mismo (Mt 23,1-4), etc.

No pararíamos de poner ejemplos. Y si somos honrados con nosotros mismos reconoceríamos que hay muchas cosas que pasan ante nuestras narices, cosas que nosotros mismos hacemos o dejamos de hacer y que marginamos no prestándo la debida atención sólo porque no conviene a nuestros interés, porque nos molesta el simple hecho de pensarlas. ¿No te has dado nunca cuenta de cómo justificas mentalmente tus pequeñas faltas de respeto y atención a los detalles que te exige la vida familiar o de amistad? Cuando no quieres dedicar tiempo y esfuerzo a cuidar, escuchar  o atender a alguien, siempre encuentras una explicación. El posible sufrimiento de no responder a las exigencia de tu conciencia te lleva a buscar justificaciones que adormezcan la intranquilidad interior.


Engaño personal y social

Las más de las veces todo lo dicho ocurre de modo inconsciente. Tu mente te ha acostumbrado a protegerte de la ansiedad disminuyendo la atención ante hechos y circunstancias que te desagradan. Y esta falta de atención personal a la realidad acaba  también creando una somnolencia o autoengaño social; así, situaciones que cada uno edulcoramos mentalmente acaban estableciéndose como mentiras sociales que se adornan con eufemismos. ¿No habéis oído nunca decir aquello de “mi padre está mejor en la residencia de mayores”, estoy de acuerdo con la “interrupción voluntaria del embarazo”, hay que ayudar a “bien morir” (eutanasia), "nadie es perfecto",  "una cosa es la teoría y otra la práctica", etc.? 

Con frases así nos engañamos y de paso vamos creando una sociedad engañosa. Tras nuestras matizaciones a la verdad suele haber un interés que nos lleva a convencernos y convencer a otros de que tal o cual creencia, actitud o acto, son lo mejor para todos, cuando en realidad lo único que justifico es mi propia conveniencia hecha conveniencia del grupo. 

Añadamos a esto que, cuando los automatismos mentales se vuelcan en regodearse atentamente en lo que produce placer ninguneando lo desagradable por miedo al sufrimiento, surgen unos “puntos ciegos” en nuestra atención, una incapacidad (ceguera) para ver cosas evidentes que ocurren en nosotros mismos o en nuestro entorno. ¿No has observado cómo hay cosas que todos ven en alguna persona y sin embargo ella es incapaz de verlas en sí misma? 

Y lo que ocurre a nivel personal, también se da a nivel social. Hay situaciones de injusticia muy evidentes, como por ejemplo el tema del control de la inmigración (¿no dice el articulo 13 de los derechos humanos que “toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”? ¿Dónde está escrito que los hombres no pueden circular libremente por el planeta?), o las grandes desigualdades sociales (¿cómo puede alguien dudar que sea una injusticia el hecho de que alguien sea multimillonario en un mundo de desigualdades abismales? ; sin embargo nuestro mundo liberal-capitalista es incapaz de ver la injusticia).

Una realidad distorsionada por una atención deficiente (realidad no-meditada) deforma nuestra percepción y experiencia e inhibe nuestra acción. ¿No notáis cómo nuestro siglo, en un uso indecente de los medios de comunicación, con la excusa de amortiguar el dolor echa mano de la distorsión de los hechos, a veces banalizándolos,  a fin de manipular la experiencia? Y con facilidad nos sometemos a los edulcorados criterios propagandísticos a fin de escapar a la dolorosa realidad.  ¿No ha ocurrido así con el cómputo y otras noticias acerca de la pandemia del coronavirus? La realidad que conocemos suele ser la que más nos agrada. ¿Cuántas veces has dejado de ver un programa de televisión, o un periódico, cuando dan opiniones que son contrarias a tus gustos e ideología? Tú mismo seleccionas la realidad y te cierras  así a una vida plena de felicidad, un estilo de vida que no rehúye sino que ama y respeta a los contrarios. Si sólo amo a mis amigos, ¿qué mérito tengo? ( cf    )

La meditación como terapia

Deberíamos concienciarnos de la importancia de la meditación-contemplación de nuestra realidad a fin de despertar de nuestros engaños, sean estos conscientes (culpable)  o inconscientes (ignorancia). La felicidad solo es posible en la verdad; es la verdad la que facilita  el crecimiento espiritual y nos hace  libres. Y es fácil de entender esto: lo que hacemos objeto de nuestra  atención plena (meditación) queda dentro del marco de nuestra conciencia y es susceptible de ser reconocido y sanado, mientras que aquello que es desechado termina desvaneciéndose. Aunque siempre estará en el fondo, inclinando la balanza hacia el abismo, y  puede emerger dolorosamente en cualquier momento.

Decía Williams James que “mi experiencia es aquello a lo que estoy dispuesto a prestar atención. Y mi mente va siendo modelada por los ítems que recibo”. Cuando no vivo como pienso acabo pensando como vivo. Para ello solo tengo que mentirme un poco no dando importancia a lo que no satisface mis intereses. Nadie dio importancia al covid-19 hasta que le tocó dolorosamente en carne propia o de amigos o familiares cercanos. Faltó atención, contemplación de la realidad en su justa densidad. Cuando se tomó conciencia se inició el camino hacia la vacuna. Lo mismo ocurre con tantos y tantos virus personales que nos negamos a reconocer en nuestro yo.

Meditar es un buen camino para conocernos y poder salir de la dinámica de autoengaño en la que, por desgracia, estamos sumidos. Hay muchas cosas que pasan inadvertidas en nosotros porque no queremos mirarlas detenidamente; y como no las advertimos no las podemos cambiar al menos que seamos consientes de ellas y determinemos, aunque no nos guste, aceptarlas y trabajarnos espiritualmente para sanar nuestro yo.

* * *

Para practicar el conocimiento propio

Dice la carta de Santiago que “quien oye la palabra y no la pone en práctica se parece al hombre que se miraba la cara en un espejo y, apenas se miraba, daba media vuelta y se olvidaba de cómo era. Pero el que se concentra en una ley perfecta, la de la libertad, y permanece en ella, no como oyente olvidadizo, sino poniéndola en práctica, ese será dichoso al practicarla” (Sant  1,23-25). Y valga esta cita para que la apliquemos a la meditación y el silencio. Sin práctica, todo lo escrito aquí es un discurso inútil. Sólo la práctica del silencio y  la meditación nos puede hacer dichosos.

Y aquí me gustaría señalar la importancia del tema que hoy nos ocupa. Para ser honesto con uno mismo es de vital importancia abrir los ojos de la inteligencia y el corazón al hecho de que el mayor obstáculo para el crecimiento espiritual soy yo mismo. Solemos acusar de nuestros fracasos a personas o circunstancias externas a nosotros. “Si hubiera nacido en otra familia, si no fuera por lo difícil que está la situación actual, si mi trabajo me lo permitiera, si yo tuviera mejores medio, si mis hijos fueran más obedientes, etc.” Estos condicionales son un autoengaño, una manera de echar fuera la responsabilidad, una manera de justificar lo injustificable. Esos obstáculos se pueden mirar más como oportunidades que como impedimentos.  

Nos chantajeamos a nosotros mismos cuando echamos mano de argumentos externos para no tener necesidad de mover algo dentro de nosotros. Si pusiéramos empeño en conocernos y entrenarnos para vivir en la realidad seríamos invencibles; nada fuera de nosotros nos podría apartar de la sabiduría. Pero hay en nuestro castillo interior un traidor, un ego que se ha colado de polizón y no te deja ser tú mismo al dar juego a elementos poco recomendables: miedos, complejos, pasividad, acomodamiento… El enemigo está dentro de ti, y te engaña convenciéndote de que es bueno ocultar lo oscuro, porque sacarlo a la luz no es conveniente y no te servirá de nada. 

No es fácil ejercitarse en la honestidad personal, pero te propongo:

1.- Que escojas algún elemento de tu personalidad que no te guste y que normalmente rehuyes. Un complejo, un miedo, una experiencia dolorosa que no quieres recordar, una vergüenza que quieres tapar, una justificación para no cambiar alguna actitud… Puedes pensar en alguna persona, ideología u opinión, hacia la que sientes rechazo y sueles dejar en la penumbra en cuanto aparece.

2.- Mira ese elemento con serenidad en el tiempo de meditación. Sácalo de la sombra y préstale atención plena.  Hazlo con cariño  sin rechazo, como un miembro herido de tu cuerpo que quieres sanar. Mira que Dios te quiere tal como eres.

3. Interioriza esto: yo no soy la verdad, la única verdad es Dios y su Palabra (Jn 14,6). Sólo Él me puede dar la luz y la felicidad. "Tu luz, Señor, nos hace ver la luz" (Sal 35,10). Observa cómo a medida que te conoces a Jesús (la luz) te vas conociendo más a ti mismo en tu naturaleza original, en lo que eres: Hijo de Dios. 

3.- Pide la gracia de conocerte y aceptarte a fondo, en tu realidad total, más allá de tu agrado, más allá de tus intereses.

Cuando termines la oración, escribe tus impresiones. No será fácil poner al descubierto las mentiras que has mantenido ocultas durante tantos años, pero es un trabajo que merece la pena. Romper esquemas de bienestar es sano y facilita la aventura de recorrer caminos siempre nuevos.

Casto Acedo. Diciembre 2020.

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