Seguimos, apoyados en J. Chittister, la serie de grados de humildad de san Benito con el fin de llegar a mirarnos y conocernos mejor. Recuerda que el trasfondo de todo está en la tercera morada de santa Teresa, que nos pedía conocimiento propio. Un conocimiento que sólo es posible en humildad, y no es otra cosa humildad que andar en verdad.
San Benito, en su regla, dice así acerca de los grados de humildad noveno y décimo:
“El noveno grado de humildad consiste en que el monje no deje hablar a la lengua y, guardando silencio, no hable hasta que se le pregunte. Pues la Escritura enseña que en las muchas palabras no falta el pecado, y el que refrena la lengua es hombre prudente (Prov 10,19), y que el deslenguado no estará firme en la tierra (Sal 140,11).El décimo grado de humildad consiste en no ser de risa fácil y pronta, pues está escrito que el necio se ríe a carcajadas (Eclo 21,20)".
Hablemos del silencio
Hablemos del silencio, aunque el silencio es algo inefable, sólo palpable desde la práctica.
El silencio es un tema transversal y eje en muestro grupo de oración. Y no viene mal recordar su importancia, esta vez alentados por la sabia recomendación de san Benito, que pone la práctica del silencio como determinante para el hombre humilde.
Si algo caracteriza a nuestra sociedad es la contaminación acústica que lo invade todo. Desde fuera nos vienen constantemente ruidos de motores y todo tipo de máquinas, música por todas partes, altavoces, tonos de teléfonos, gritos de vendedores, proclamas invitando al consumo, etc. Estamos tan acostumbrados al ruido que cuando nos falta lo echamos de menos.
Y también vivimos en la abundancia de ruidos interiores: ambiciones desmedidas, aspiraciones imposibles, exigencias, caprichos, descontentos, preocupaciones inútiles, miedos, etc… que impiden el propio despertar. Un alma que está despertando a la vida espiritual necesita no solo luchar contra los ruidos exteriores, sino también vencer a los demonios interiores; sin hacer frente a estos adversarios no es posible el crecimiento espiritual.
Existe un vínculo íntimo y muy fuerte entre silencio y humildad. No escribió san Benito su regla y normas sobre el silencio para hacer del monje una persona sumisa al mirarse en sus vergüenzas, sino para que pueda conocerse a sí mismo en toda su gloria.
La humildad permite dejar a Dios ser Dios en la propia vida; para ello has de despojarte de todo título, de toda pretensión, de toda máscara, de todos esos ruidos que ensordecen tu alma y te impiden escuchar la voz divina, que no es necesariamente la que imaginas.
Silencio para conocerte
Los monjes del desierto eran claros y concisos a la hora de destacar el silencio como elemento clave para la vida monástica. Ya conocemos este apotegma del siglo III que evidencia el preponderante papel del silencio en una espiritualidad madura: “Cierto hermano fue al abad Moisés de Escitia y le pidió una palabra. Y el anciano le dijo: Ve, siéntate en tu celda y ella te lo enseñará todo”.
¿Se puede decir tanto con tan pocas palabras? La verdadera sabiduría no se adquiere a partir de lecciones magistrales o edificantes, sino desde el silencio. “¡Siéntate en tu celda!”, es decir, entra en el silencio de tu interioridad, y ella te lo enseñará todo.
No busques maestros y doctores que te expliquen las cosas del espíritu, porque no es cuestión de “saber” sino de “sabor”; no se trata de teorizar sobre la fórmula del H20 sino de sumergirte en el agua que eres tú mismo y Dios.
¡Qué importante es esto! Buscamos respuestas a nuestras preguntas en el exterior: fórmulas, teorías, consejos, programas, etc. y no nos damos cuenta de que la única respuesta medianamente válida nos viene de dentro: “¡siéntate en tu celda!”, entra en ti; todas las respuestas están en ti; y lo mismo ocurre con las preguntas, esas preguntas que nadie sino solo tú puedes hacerte. Pregunta y respuesta surgen del silencio.
En el silencio llegamos a conocernos a nosotros mismos; ahí sentimos la furia que nos consume, la codicia que pudre nuestro corazón, la soledad que socaba nuestras esperanzas, la falsedad que desmiente nuestra apariencia de sinceridad, etc. En el silencio interior miramos lo que somos, nos conocemos desde fuera, como otros nos conocen, y entonces nos sonrojamos con lo que vemos en nuestra misma vida; y aquí llega la humildad.
Cuando llegas a conocerte de veras, súbitamente brota en ti la humildad que atempera tu arrogancia y te hace amable para con tu hermano o hermana. Al saber de tus luchas te capacitas para conocer y valorar las suyas, al conocer tu fracaso sientes temor reverencial ante sus éxitos, y disminuyes tu tendencia a alardear, a castigar a nadie con tu arrogancia, a abrumar con tus certezas. De este modo el silencio se convierte en una virtud tuya, y desde ti en una virtud social.
Moderación en el hablar
El silencio exige moderación en el hablar; el debido silencio de la lengua. Todos tenemos tendencia a imponer nuestras ideas, a colocar nuestras opiniones por encima de cualquier otra, a tener siempre la última palabra en la discusión. Ser el último en una conversación en lugar de ser el primero, es una agresión a nuestro ego. San Benito en su regla te está diciendo: escucha, aprende, permanece abierto a los demás. Ahí está la materia del crecimiento personal, el barro en que se moldea la humildad.
Es bueno, por tanto, que analicemos nuestras palabras. Hay palabras que hieren y palabras que acarician, palabras que abruman y palabras que descargan, palabras que hunden y palabras que levantan, palabras inútiles y palabras necesarias ¿Cuáles son las más abundantes en mi? Reconoce que la mejor respuesta que podemos dar en muchos de los momentos de nuestra vida es la del silencio, la de la escucha. De este modo alimentamos nuestra sabiduría y servimos de muleta a quienes están necesitados de descansar su alma en la conversación.
No ser de risa fácil
Y para alcanzar humildad, además del silencio, el décimo grado: la moderación en la risa, el dominio de esa risa cruel que se burla del hermano o se jacta socarronamente de vivir una vida desprecupada y superficial.
El “no ser de risa fácil y pronta” es una buena consigna para quien se ejercita en humildad. Hay que entender su significado en nuestro tiempo. Los antiguos dedicaron mucha atención a la calidad de la risa, un valor olvidado en nuestro siglo. Toleramos con “humor” incluso aquello que en su base es procaz e incluso brutal. Nos reímos de lo obsceno, lo hiriente, lo burlesco.
La risa incontrolada es cosa de hoy; ayer se practicaba la moderación en el reír. Las fotos de ahora son todas de caras sonrientes, pero si miramos los retratos antiguos observamos gestos serios; los colegios para señoritas enseñaban el fino arte de sonreír bajo presión y de ser sobrias ante las trivialidades.
En tiempos pasados, la advertencia del libro de la Sabiduría de que “el necio ríe estrepitosamente” era considerado como algo básico en la vida espiritual. Reyes y grandes señores eran personas serias y controladas; la gravedad era lo apropiado para las personas maduras y responsables. La risa, se pensaba, caracterizaba lo vulgar, lo basto, lo de mal gusto. Quien no se moderaba en ella demostraba una desafortunada falta de autocontrol.
Hoy, en una cultura donde abundan las series cómicas, el club de comedias y los monólogos graciosos, en un tiempo en el que la risa parece ser exigencia de toda persona considerada dichosa, hay que matizar lo que dice san Benito al respecto.
Hay que distinguir entre risa y humor. El humor nos permite ver la vida desde una perspectiva fresca y graciosa; con el humor aprendemos a tomarnos a nosotros más a la ligera. Y no creo que san Benito estuviera en contra del humor, habida cuenta de que tomarnos con humor nuestras vidas, reírnos de nosotros mismos, supone un alto grado de humildad.
Lo que sí es indecoroso y cruel es reírse de las tragedias o las faltas ajenas, de los chistes racistas o sexistas, de las creencias de los otros. La burla, el escarnio, el comentario despectivo, el regocijo por el mal ajeno, no es sino una falsa apariencia de alegría.
La persona humilde no usa nunca sus palabras chistosas para herir a otra persona; no ríe con desprecio. Todo lo contrario, cultiva la dulzura en el trato, la ternura, la sonrisa acogedora. El humilde se sabe inacabado, incompleto, uno más entre los demás; lo que no espera de sí mismo no lo espera de los demás; no se burla de los desvaríos ajenos, pero sí sabe aceptar con humor sus propias debilidades. Quien humildemente se acepta a sí mismo con humor tal como es no suele tener inconveniente en aceptar también a los demás, y sabe ayudar a otros a aceptar, con cierta gracia, sus limitaciones, algo muy importante para el crecimiento espiritual.
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Concluyendo los grados de humildad noveno y décimo de san Benito podemos decir que el silencio es una de las piedras angulares de toda vida que podamos tildar de humilde. Ahora bien, en la práctica del silencio no se trata simplemente de no hablar. No se trata de un silencio absoluto, sino de un silencio juicioso. El silencio egoísta, desdeñoso, el pasivo agresivo, el insensible a las necesidades del otro, no es el silencio que recomienda san Benito.
El consejo es, por tanto, hacer silencio para escuchar la voz de Dios que nos habla dentro de nosotros y alrededor de nosotros por la palabra del maestro; y también es importante el silencio para estar atentos a la voz de los hermanos; cuando no hay silencio, cuando mi propio ruido me ahoga, se ahoga el dinamismo de la vida espiritual. Cuando me muevo en el monólogo, cuando discuto queriendo imponer mi visión de las cosas convierto mi ego en un obstáculo que me impide aprender nada de nadie.
Cuando el discurso se descontrola y el cotilleo se convierte en el alimento del alma, la soberbia no anda muy lejos. Cuando lo frivolizamos todo y nos burlamos de todo ponemos en peligro la seriedad de toda la vida, y nuestro espíritu desfallece.
Llegar a hacer silencio, a escuchar a otro, a ti mismo y a Dios debe ser un deseo importante para ti. La Palabra que buscas habla en tu interior; por eso es importante que hagas silencio; sólo desde él se puede cribar la sabiduría que se mueve en medio de los ruidos del mundo. En el silencio y la atención plena a tu interior podrás escuchar esa palabra que es Silencio y en el silencio va trabajando tu espíritu.
Casto Acedo. Enero 2021




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