Buscar en este blog

sábado, 16 de enero de 2021

Orar con Samuel (Domingo 17 de Enero)

“Escuchar requiere ejercicio y entrenamiento. Nuestros oídos están embotados: podemos incluso oír, pero no escuchamos. “Hijo de hombre, vives entre ciudadanos rebeldes que tienen ojos pero no ven, oídos pero no oyen”, leemos en el libro del profeta Ezequiel (12,2). ¡Se nos dicen tantas cosas que simplemente no escuchamos!”.

La escucha requiere una radicación, un habitus, una permanencia. No hay duda de que en la escucha hay muchos equívocos, por lo que necesitamos que nos orienten en la escuela de la audición. La historia del joven Samuel (cf 1 Sam 3,1-19), que aún no sabe que lo llama Dios (creyó oír la voz de Elí, su maestro), es la historia del aprendizaje de la escucha. Hay una vigilancia interior que se aprende progresivamente, una disposición de corazón que nos permite escuchar lo inaudible. No tengamos dudas: todo aquello que escuchamos, pero verdaderamente todo, debe ser solo la preparación para la escucha de lo que permanece en silencio. Sólo en el hábitat del silencio, en largos viajes de silencio y exposición orante, puede madurar la escucha” (J. Tolentino Mendoça,  La mística del instante).

Este domingo parece prevalecer en la liturgia de la Palabra el tema de la vocación. La llamada de Dios a Samuel y la de Jesús a sus discípulos me parece una buena ocasión para meditar sobre la importancia del silencio. 

Como dice el texto citado arriba, “sólo en el habitat del silencio, en largos viajes de silencio y exposición orante, puede madurar la escucha”. Porque no hay duda de que Dios sigue estando ahí, y sigue hablando, pero ¿hay oyentes de su Palabra? 

* * * 

La historia de la vocación de Samuel nos sirve de ejemplo para comprender la íntima relación existente entre el silencio, la vida espiritual y la vocación religiosa. Samuel hubo de aprender a escuchar. Por tres veces oyó la voz del Señor que le llamaba: “¡Samuel, Samuel!”. Pero de principio no identificó esa voz, la confundía con la del sacerdote Elí. Su religiosidad primaba sobre su espiritualidad. Y siguió desconcertado en el silencio de la noche. 

Pero Dios  es perseverante y pronunció de nuevo su nombre. Y tuvo Samuel la suerte de tener cerca un maestro experimentado que le ayudó a dar el paso de ir más allá de lo religioso (ritos y leyes) hacia lo contemplativo; Elí, además de sacerdote, era un hombre espiritual y como tal condujo magistralmente al discípulo al encuentro con el Señor: “comprendió entonces Elí que era el Señor el que llamaba al joven”,  y le dió el consejo oportuno: “Ve a acostarte (vuelve al silencio de la noche) y si llama de nuevo dí: Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Y ahora sí,  la Palabra de Dios no sólo fue oída e interpretada por la inteligencia del joven, sino acogida en el corazón. Así, desde su experiencia mística, se inició la vocación profética de Samuel.


Orar con el texto de la vocación de Samuel.
(Lo tienes transcrito al final de esta entrada)

Meditar es un ejercicio de entrenamiento para la escucha. Se trata de entrar en el silencio desde la oscuridad de la fe, cuando nuestras preguntas no encuentran respuestas, cuando los acontecimientos que vivimos, ya sea personales o sociales (como la pandemia que vivimos), no tienen una definición clara. Disponte a la oración:

* Busca un lugar tranquilo donde nada ni nadie interrumpa tu tiempo de oración. Colócate en una postura que te facilite a la vez la atención y la quietud. Respira pausadamente mientras apartas de tu mente y tu corazón todo lo que en este momento te inquieta o preocupa. Relaja tus músculos soltando todo lo que tensa tu cuerpo. Deja salir cualquier cosa que te oprima el corazón. Párate unos minutos donde se señala con una (+) 

* Comienza adentrándote en el silencio oculto tras los sonidos que percibes. Escúchalos sin juzgarlos. Mira detrás de ellos. Cada pequeño sonido, la más mínima vibración está siendo sustentada por el silencio que hace posible su existencia. Dios es ese silencio. Como el gran silencio, Dios lo sostiene todo.  Contempla.  (+) 

* Deja que tu silencio se funda con el suyo. ¡Habla, Señor, que tu siervo (tu sierva) escucha!. No fabriques con tu imaginación respuestas a tu ruego; mantén tu atención al silencio, al gran silencio, no olvides que “todo aquello que escuchamos, pero verdaderamente todo, debe ser solo la preparación para la escucha de lo que permanece en silencio”. Contempla esta paradoja. Dios habla en el silencio. No pienses, no especules, sólo escucha. (+) 

* Medita unos instantes este texto de san Juan de la Cruz: “Una Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y esta habla siempre en eterno silencio y en silencio ha de ser oída del alma”. (+) 

* Entra en la noche de la fe: silencia tus ideas y creencias, tu visión de ti mismo y de tu historia, tus planes y permanece atento al silencio.... (+) Escucha tu nombre pronunciado por Dios resonando en el silencio, hábitat de Dios …(+) … Si tienes dificultas para hacerlo te puede ayudar el repetir interiormente “¡Habla, Señor, que yo, N., tu siervo (tu sierva) estoy a la escucha!”. Déjate llevar por esta jaculatoria. (+) 

* Permanece en el silencio. Permanece en Dios. Déjate invadir por su silencio elocuente, por su música callada, por su palabra inefable…. ¡Habla, Señor, que tu siervo (tu sierva) escucha!. (+)

* Dice un maestro espiritual que “cuando el silencio habla, la vida se transforma”. No hay duda de que la mejor preparación a la escucha y, al mismo tiempo, la mejor respuesta a la llamada de Dios es el silencio. Sólo desde él despojo que supone el silencio puedes escuchar la voz de Dios y dar una respuesta pura, no subjetiva ni interesada, a su llamada. ¡Habla, Señor, que tu siervo (tu sierva) escucha! (+)

* * *


Terminada el rato de oración me pregunto acerca de lo que Dios me ha concedido vivir. ¿He sentido en algún momento que mi corazón se ensanchó? ¿Me he sentido impulsado a responder a la llamada de Dios con algún gesto concreto? ¿Debo esmerarme en algo concreto en el próximo ejercicio de meditación? … Escribo mis impresiones convencido de que eso me ayudará a mejorar mi práctica oracional. 

* * * 

Lectura del primer libro de Samuel 
(3, 3b-10. 19)

En aquellos días, Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió: «Aquí estoy.»

Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 

Respondió Elí: «No te he llamado; vuelve a acostarte.» 

Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. 

Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 

Respondió Elí: «No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte.»
Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. 

Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy; vengo porque me has llamado.» 

Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: «Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: "Habla, Señor, que tu siervo te escucha."» 

Samuel fue y se acostó en su sitio. 

El Señor se presentó y le llamó como antes: «¡Samuel, Samuel!» 

Él respondió: «Habla, que tu siervo te escucha.»

Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.


Palabra de Dios

Casto Acedo. Enero 2021.

No hay comentarios:

Publicar un comentario